Este informe fue adoptado por el Congreso Mundial con la votación siguiente: 88 votos a favor, 9 votos en contra, 12,5 abstenciones y 3,5 NPV).
La idea central de nuestro análisis de la situación mundial, es el cambio acontecido en las relaciones de fuerzas globales entre las clases, a costa del imperialismo, a partir de 1975. Este cambio es el resultado de la derrota que sufrió en Indochina y el estallido de la primera recesión generalizada de la economía capitalista internacional desde la 2da. guerra mundial.
El deterioro inmediato de la situación mundial para el imperialismo no resulta de su debilitamiento militar. De hecho, militarmente es más fuerte que nunca. Resulta ante todo de los efectos de la guerra de Indochina sobre la situación política interna en los EE. UU., de la declinación relativa de la hegemonía norteamericana sobre el conjunto mundo capitalista, de la grave crisis de dirección imperialista del que resulta de ello. Aún, la larga fase de depresión que atraviesa la economía capitalista sólo ha contribuido en forma indirecta. Este deterioro inmediato ha desembocado en una situación sin precedentes en décadas, cuando desde el comienzo de la era imperialista: en el curso de los últimos cuatro años, el sistema capitalista no dispone más de uno o varios gendarmes mundiales listos a comprometer importantes fuerzas para hacer frente de inmediato a los avances de la revolución.
La dictadura del Sha, pieza clave de todo el sistema imperialista en Medio Oriente, la dictadura de Somoza, pieza clave de la contrarrevolución en América Central; han sido ambas derribadas, sin que el imperialismo haya podido intervenir militarmente, en amplia escala, para salvar a sus aliados más preciosos. La caída de estas dictaduras implica, a su vez, un nuevo deterioro de las relaciones de fuerzas estratégicas para el imperialismo en ambas zonas geográficas.
Pero una cosa es registrar este debilitamiento del sistema capitalista, darse cuenta de la gravedad de la crisis que lo sacude y las crecientes oportunidades que de ello resulta para nuevos avances de la revolución mundial, y otra cosa es evaluar correctamente los recursos de que dispone aún el imperialismo para intentar cambiar la situación.
Al tiempo que decimos que la causa última de la paralisis relativa que ha sufrido el imperialismo durante los últimos cuatro años es política y no militar o financiera, constatamos que el imperialismo posee aún fuerzas y reservas económicas que le permiten responder. La paralisis será pues, solo temporaria. Nos equivocaríamos grandemente si pensáramos que habría un segundo Irán en el Medio o Extremo Oriente, que habría el nacimiento de un segundo estado obrero en América latina, sin una respuesta vigorosa, incluso militar, y en escala importante, por parte del imperialismo.
Los obstáculos políticos a tales intervenciones son serios. Pero no son insuperables a corto término. Suponer otra cosa sería olvidar que salvo en una situación revolucionaria - que no existe hoy en ninguno de los principales países imperialistas— la ideología dominante sigue siendo la de la clase dominante. Cuando lo quiere realmente, cuando esté pronta a pagar el precio, cuando ha llegado a un acuerdo al respecto en su propio seno, esta clase dominante puede modificar en lo inmediato, a su favor, los sentimientos opuestos a aventuras extranjeras en la mayoría de la población de su país.
De hecho, ha comenzado a preparar ya esta respuesta. El ejército norteamericano está en vías de crear un cuerpo de intervención especial, compuesto de 110.000 a 150.000 hombres destinados sobre todo a Medio Oriente, además de las fuerzas de la Marina (en vías de reforzamiento), de la división aerotransportada y de sus poderosas flotas estacionadas en el Mediterráneo, en el Oceano Indico y en el Pacífico. El asesinato del dictador Park implicó inmediatamente una manifestación de fuerza de la VII Flota a lo largo de Corea. El Pentágono ante la caída de Somoza reaccionó creando una base de fuerza de choque especial para cubrir el Caribe y el conjunto de América Central. Los imperialismos norteamericano, británico y francés se preparan igualmente a proteger sus importantes bastiones en Africa, en Egipto, en Marruecos, en el Zaire, en Kenya, y sobre todo en Nigeria y Sudáfrica.
Ha sido desatada una nueva aceleración de la carrera de armamentos nucleares por parte de Washington, tras la pantalla de los acuerdos Salt Il, y de una campaña de intoxicación mistificadora sobre el pretendido avance militar que la URSS conquistaría a mediados de los años 1980. Esta nueva fase de armamento nuclear incluye a Europa Occidental en el marco de la OTAN. Los nuevos cohetes MX y Cruise, los nuevos cohetes de distancia media Pershing, la bomba de neutrones, no son más que los primeros elementos de esta primera fase. Además importantes fuerzas en Europa Occidental acechan el menor signo de duda o de nuevos retrocesos del imperialismo de los EE.UU., para lanzarse a cara descubierta en una nueva etapa, cualitativamente superior, de rearme
autónomo de la Europa imperialista. El enorme potencial, tecnológicamente más avanzado del mundo de la industria capitalista en Europa, le permitiría recuperar el atraso, incluído el dominio de los cohetes y de las armas nucleares, en relativamente poco tiempo.
Ciertamente, las fuerzas armadas soviéticas han conocido un desarrollo paralelo, sobre todo peligroso para el' imperialismo en el terreno naval y aeronaval. Pero el conservadurismo fundamental de la burocracia soviética, su miedo de la revolución mundial, su sujeción al statu-quo que no está dispuesta a mellar, sino marginalmente, como en el Cuerno de Africa, cuando los riesgos son practicamente nulos, hacen muy poco probable la utilización efectiva de su creciente potencia con el fin de contratrestar las intervenciones contrarrevolucionarias del imperialismo. Estas fuerzas sirven mucho más a los fines de disuasión política que para acciones efectivas en conflictos "localizados".
En definitiva, la verdadera dimensión histórica de la deteriorización de las relaciones de fuerzas para imperialismo, no resultan de suponer equivocadamente su paralisis prolongada o su debilitamiento militar, sino evaluando el precio político y social que deberá pagar ante cualquier nueva intervención contrarrevolucionaria en gran escala en cualquier parte del mundo. Este precio será enorme, sin ninguna relación con el que ha pagado por su intervención contrarrevolucionaria en Indochina.
Cualquier intervención militar masiva contra la revolución en América Central, provocará verdaderas explosiones antiimperialistas en el conjunto del continente latinoamericano. Una intervención militar masiva en Medio Oriente amenaza encender el fuego en una buena parte del mundo árabe. Las reacciones anti-guerra de los EE.UU. serán mucho más fuertes que durante la guerra Indochina, abarcando particularmente las minorías nacionales negras, chicanas y portoriqueña, en caso intervención en Africa o en América Latina.
Estas reacciones serán aún más poderosas en caso de intervención militar masiva contra una revolución proletaria auténtica, victoriosa, en uno o varios países de Europa Occidental, intervención por otra parte apenas concebible actualmente por esta misma razón. Las disenciones en el seno de la alianza imperialista, la propagación de sentimientos y de acciones de masas antiimperialistas y anticapitalistas en Europa y en Japón, serían sin duda, aún más fuertes, que la extensión del movimiento antiguerra en EE.UU.
Sólo en el caso que el proletariado y el movimiento de masas antiimperialista sufriera derrotas aplastantes una serie de países claves, comparables a las que sufrió durante los años 1930 o al comienzo de los años 1940, la situación podría modificarse fundamentalmente. En este caso, por otra parte, estaría abierta la vía para la tercera
La gravedad de la crisis del sistema capitalista reclama "soluciones" a la medida de la crisis. Pero las relaciones de fuerzas entre las clases en estos países claves hacen extremadamente improbable tales derrotas a corto o mediano plazo. La variante más probable sigue siendo pues, la de respuestas imperialistas "localizadas" por las que deberá pagar un precio político y social cada vez más elevado. La crisis política del imperialismo será una crisis prolongada.
El examen de la coyuntura económica culmina en una conclusión análoga: La depresión será larga. Sin duda, cubrirá el conjunto de la década del 80, luego de haberse extendido sobre casi toda la década del 70.
Ciertamente, no se trata de una depresión lineal, ni aún de un estancamiento o de un retroceso absoluto a largo término de la producción material. Fases de recuperación suceden a las fases de recesión propiamente dichas, con notables diferencias en cuanto a la amplitud y a la duración de estas fases, en los diferentes países imperialistas, en los diferentes países semicoloniales semiindustrializados, y los diferentes sectores del mundo semicolonial más atrasado.
Pero la inflación, la desocupación estructural, la crisis crónica de ramas industriales enteras continuarán golpeando la economia capitalista internacional en su conjunto. No se vuelve a encontrar el clima de expansión optimista de los años 1950-1960. La amenaza de derrumbe del sistema monetario internacional y de todo el sistema de inflación de crédito que lo sustenta se precisará cada vez más. Simultáneamente, la miseria en los llamados países del "tercer mundo" donde, según un reciente informe de la F.A.O., 500 millones de seres humanos sufren de grave desnutrición, y las perspectivas económicas muy mediocres de los estados obreros burocratizados limitarán los "mercados de sustitución" del capital internacional mucho más que durante y después de la recesión generalizada de 1974-75. La reincorporación de China en el mercado mundial se muestra claramente mucho más modesta que las esperanzas iniciales de los medios imperialistas. Más que nunca, el único "mercado de sustitución" en expansión constante y acelerada, será el de los armamentos, y él mismo, una de las fuentes principales de la inflación permanente desde hace 40 años.
La causa fundamental, de la duración de la depresión, reside en el hecho que ésta no puede llenar rapidamente el papel que las crisis ciclícas de superproducción deben objetivamente desempeñar en el modo de producción capitalista: permitir un alza seria de la tasa media de ganancia, gracias a un acrecentamiento importante de la tasa de la plusvalía y a una desvalorización no menos importante del capital. El obstáculo principal en esta vía, es la fuerza intacta del movimiento obrero, es la fuerza creciente del proletariado. Es la combinación de una depresión económica grave con esta fuerza creciente del proletariado y con el debilitamiento mundial del sistema imperialista - contrariamente a lo que sucedió luego de 1929, al menos en la mayoría de los países imperialistas— que provoca para el Capital una crisis social global de una gravedad sin precedentes.
Evidentemente, la burguesía internacional reaccionó frente a la recesión generalizada de 1974-75 desatando una ofensiva de austeridad practicamente en todos los países capitalistas. Ciertamente, en los países semicoloniales, donde la amplitud de la desocupación, la inflación galopante o la existencia de regímenes dictatoriales brutales reducen la capacidad de respuesta de la clase obrera, los salarios reales han sufrido crueles caídas como consecuencia de estas ofensivas. Especialmente, tal fue el caso de la India, de México, de la Argentina, de Las Filipinas, de Chile, de Perú para no citar sino los casos más significativos. Evidentemente, una fracción de la industria capitalista internacional se orienta hacia los países semicoloniales semiindustrializados, a fin de aprovechar las condiciones sociales más favorables que reinan allí para la rápida acumulación del capital. La burguesía de otros países semicoloniales busca desesperadamente atraer tales capitales, creando especialmente "zonas francas" en condiciones de trabajo y de salarios deteriorados; atacando con este fin brutalmente la clase obrera en países tan alejados los unos de los otros, como Sri Lanka y El Salvador.
La mayor parte de los capitales industriales que resultan del grueso de la producción de la plus valía mundial, sigue siendo invertido en los países imperialistas. Y allí las ganancias realizadas por la ofensiva burguesa de austeridad son extremadamente modestas, cuando no han sido ya anuladas por una respuesta obrera. La resistencia obrera se ha mostrado mucho más tenaz que la prevista por la patronal, por los gobiernos a su servicio y por las burocracias de los PS y de los PC que capitularon ante ella. Esta resistencia se ha centrado sobre todo en el movimiento sindical. Pero sus repercusiones políticas no tardarán en manifestarse.
igualmente, el temor a una respuesta obrera violenta ante un nuevo aumento cualitativo de la desocupación, es lo que ha impedido hasta aquí a la burguesía imperialista
sacrificar muchas de las grandes empresas al borde de la quiebra, mientras la bancarrota de las medianas y pequeñas empresas no cesa de aumentar. Subsidios y subvenciones estatales de toda clase continúan sacando a flote monopolios en quiebra.
He aquí por qué la depresión económica será también, de larga duración. No podrá conocer una salida favorable para el gran capital — que en principio no se puede excluir; "no hay situación sin salida para el capitalismo" nos advertía ya Lenin— si no en el caso de una grave derrota de la clase obrera en una serie de países capitalistas
Es totalmente secundario, en estas condiciones, discutir largamente la cronología, la extensión geográfica y la duración exacta de cada una de las recesiones que se sucederán durante esta larga depresión. Precisiones a este respecto incluyen forzosamente elementos indeterminados y en consecuencia altamente especulativos. ¿Ha comenzado ya la recesión norteamericana en Creemos que sí, pero no está cien por ciento demostrado. ¿Se extenderá al conjunto de los países imperialistas (y a semicoloniales) en 1980? Creemos también que sí, pero en el caso de Alemania y del .
Más que concentrar nuestros esfuerzos analíticos sobre estas previsiones a corto término, pongamos más en evidencia la naturaleza del período. Sobre ésto, la duda no está permitida. Desde fines de los años 1960, el largo "boom"' de post-guerra se ha agotado. Una larga depresión ha comenzado que se extiende sobre el conjunto de la década del 70 y del 80. Asesta un golpe mortal a las ilusiones reformistas y neo-reformistas. El régimen capitalista no es capaz de asegurar ni el pleno empleo, ni el crecimiento regular de los ingresos reales de los trabajadores en los países imperialistas (en los países subdesarrollados estas ilusiones casi no han merecido crédito ni durante el "boom"). La tarea de los marxistas revolucionarios es de llevar la clase obrera a extraer la conclusión política necesaria. El régimen capitalista debe ser derribado. La clase obrera debe conquistar el poder, sino, no existe ningún medio de desembarazarse del doble flagelo de là desocupación y de la inflación.
Ya en los dos congresos mundiales precedentes habíamos subrayado otro rasgo nuevo de la situación mundial: el fin del largo período de estabilización relativa del : capitalismo en Europa Occidental. A partir de 1968, la revolución proletaria, —es decir, crisis pre-revolucionarias y revolucionarias— está de nuevo al orden del día en sentido no solamente histórico, sino mucho más inmediato, al menos en los cuatro países del sud-oeste europeo. Mayo de 1968 en Francia; el "Mayo ascendente" Italiano de 1969; la revolución portuguesa 1974-75; la crisis pre-revolucionaria en España durante el primer semestre de 1976; el ascenso explosivo de luchas obreras y la crisis política en Italia durante el mismo período, han confirmado, este diagnóstico. En otros países de Europa capitalista, ante ,todo en Gran Bretaña, la polarización política creciente, la agravación de conflictos de clase, la potencia del movimiento obrero, la obligación económica cada vez más apremiante que obliga no obstante a la burguesía a afrontarla, abren un período de inestabilidad social y política mucho más pronunciada que en el pasado, aunque no se trate aún de
A partir de diferentes momentos — noviembre de 1975, en Portugal, el segundo semestre de 1976 en España, setiembre de 1977, marzo de 1978 en Francia y en Italia— la iniciativa ha pasado, de manos del proletariado a la de la burguesía. Las razones de este viraje serán discutidos en los puntos especiales del orden del día del Congreso sobre la lucha de clases en Europa capitalista. Lo que es necesario señalar aquí es que se trata de un cambio coyuntural y no de un cambio de período. En ninguno de los países mencionados anteriormente ni aún en varios otros países, la sociedad burguesa ha reencontrado la estabilidad relativa que la caracterizó entre 1953 y
1968, tomando fechas promedio. En ninguna parte, ha sido seriamente lesionada la fuerza creciente y la combatividad del proletariado. En ninguna parte, modificadas las relaciones de fuerzas por importantes derrotas infringidas a la clase obrera. En ninguna parte, el capital está a cubierto de un brusco viraje de la situación que dé paso nuevamente a una crisis pre-revolucionaria.
Pero el reforzamiento del peso del proletariado en el proceso real de la revolución mundial no es sólo el simple resultado del hecho que la revolución golpea de nuevo en la puerta de las metrópolis imperialistas, donde la clase obrera dispone de poderosos batallones. Se trata de un fenómeno universal, que se manifiesta tanto en los países imperialistas como en los países semicolonicales y en los estados obreros burocratizados.
Este mayor peso del proletariado en el desarrollo del proceso revolucionario tiene una causa objetiva y una causa subjetiva. La causa objetiva es el reforzamiento numérico, económico del proletariado, es decir del trabajo asalariado, con relación al conjunto de la población activa, fenómeno verificable en los tres sectores de la revolución mundial. La causa subjetiva es el aflojamiento real, aunque desigual, del grado de controi de los aparatos burocráticos tradicionales (PS, PC, burocracias sindicales, aparatos nacionalistas-populistas) han ejercido durante varias décadas en el proletariado, especialmente luego de en el nivel de la conciencia de clase de un largo período de derrotas de la
Las cifras siguientes son elocuentes:
% DE LA POBLACIÓN ACTIVA ASALARIADA
EN LA INDUSTRIA
Países imperialistas
1960
1977
40%
47%
Italia....
31%
42%
España..
30%
37%
Japón .
29%
36%
Portugal.
39%
41%
Francia
Países semicoloniales semiindustrializados
1977
1960
52%
57%
Hong Kong..
9%
33%
Corea del Sur
23%
32%
Singapur..
20%
27%
Grecia ..
Formosa
11%
27%
26%
Egipto .
12%
25%
Méjico
20%
15%
20%
Brasil
Estados obreros burocratizados
1960
1977
20%
31%
Rumania
23%
32%
Corea del Norte
Yugoeslavia
23%
34%
25%
38%
Bulgaria..
46%
URSS..
29%
49%
Checoslovaquia
46%
48%
51%
República D.A.
35%
58%
Hungría..
Si se agrega a los asalariados en la industria, los de los sectores de los servicios, se llega para el conjunto de los peso del proletariado que países imperialistas a un sobrepasa el 75% de la población activa con puntos que sobrepasan el 90% en los EE.UU., en Gran Bretaña, en
Suecia. En los países semicoloniales semiindustrializados, este peso alcanza o sobrepasa el 50% en la mayoría de los países mencionados anteriormente, aún en la
Argentina donde el proletariado industrial propiamente dicho ha decrecido. El cambio operado es aún más
brutal si se toma como punto de comparación los años 1950 ó 1953 en lugar de 1960.
En cuanto a los países semicoloniales que continúan siendo esencialmente agrícolas, la penetración acelerada del capitalismo en el campo ha provocado, en algunos casos importantes; el crecimiento rápido del proletariado rural compuesto de obreros agrícolas sin tierra, que frecuentemente no tienen sino un empleo durante las cosechas. Constituyen hoy el 40% de la población llamada campesina en la India. Si se agrega los asalariados de la industria y de los servicios, se llega a una masa proletaria que constituye el 45% de la población activa, porcentaje fuera de toda proporción con el de Rusia de 1917 o de China de 1949, sin hablar de Vietnam de 1945 o de 1953.
Este hecho objetivo bastaría para explicar por qué, el largo desvío que la revolución mundial ha conocido luego de la segunda guerra mundial, toca a su fin. Las formas de lucha especificamente proletarias — huelgas políticas de masas, huelgas generales, insurrecciones urbanas— y las especificamente proletarias —comités de toda clase que desembocan en consejos de delegados, es decir soviets embrionarios o en diversos grados de madurez— comienzan a predominar en los tres sectores de la revolución mundial. La revolución iraní y la revolución nicaraguense han confirmado la justeza de este análisis. El ascenso espectacular de las luchas obreras en Brasil es, din duda, la manifestación históricamente más importante.
Si se pone un acento particular por este Congreso Mundial sobre la continuación y ampliación del curso de proletarización de la Internacional, curso en el cual estamos comprometidos desde hace varios años, no es solamente por razones de principios, válidas siempre —a saber que la composición social de nuestro movimiento debe corresponder a su objetivo fundamental, que es el de construir una nueva dirección revolucionaria del proletariado— Un crecimiento rápido como el que hemos conocido luego de 1968 en la juventud, reclama inevita-
Es ante todo, porque el peso preponderante del proletariado en el proceso real de la revolución mundial, porque el ascenso de las luchas obreras, aunque fueran defensivas, contra la crisis y la ofensiva de austeridad del capital, desprenden y van a desprender una nueva generación de militantes y de dirigentes obreros radicalizados al nivel de las empresas y de la organización sindical, y que es vital para nuestra Internacional influenciarla y ganarla a nuestro programa. No podremos hacer esto, con éxito, si no estamos solidamente implantados en las grandes empresas, cualquiera sea la duración de este esfuerzo, que de todas maneras será de largo aliento.
La construcción de partidos y de la Internacional revolucionaria de masas será esencialmente el producto de la fusión de nuestro núcleo —reforzado por reagrupamietos revolucionarios— con esta nueva vanguardia como será el producto de su fusión con corrientes que evolucionan hacia nuestro programa y hacia la ruptura con los aparatos burocráticos tradicionales en los partidos de masas del movimiento obrero y en el movimiento antiimperialista.
Los actuales problemas de la lucha de clases en Europa capitalista y en América latina son tratados en los puntos particulares del orden del día de este Congreso. Queremos, en consecuencia, plantear dos problemas importantes que no serán considerados separadamente por el Congreso: el actual nivel alcanzado por la revolución iraní; algunos problemas generales planteados por la crisis de la dictadura burocrática y el ascenso de la revolución política en los estados obreros burocratizados.
La revolución iraní ofrece una de las manifestaciones más sorprendentes de la ley del desarrollo desigual y combinado.
Por una parte, hemos asistido a una de las movilizaciones revolucionarias de masas más impresionante del siglo
XX. Literalmente, millones de personas se lanzaron a las calles de Teherán sin interrupción. Esta movilización terminó por quebrar la capacidad de resistencia política y moral de ur, ejército que el Sha había equipado con más de 35 mil millones de dólares en armas ultramodernas, y que lo había halagado desde el punto de vista de sus condiciones de existencia. La victoria ha sido lograda a pesar de una represión que costó la vida a decenas de miles de manifestantes en la fase culminante del ascenso revolucionario.
Por otra parte, hemos visto a un clero, el clero chiíta, apropiarse de la dirección política e ideológica del movimiento. Un combate que comenzó contra la autocracia del Sha, por las libertades democráticas, culminó con la adopción de una constitución que restringe también, las libertades democráticas, aunque sea en una medida mucho más limitada que bajo el Sha, y que erige también una especie de autocracia, la del Ayatollah
La personalidad de jomeiny es en cierta forma, la síntesis simbólica de esta contradicción. Ya lo dijimos en otras ocasiones, que el fenómeno de Jomeiny, único en la historia de la revolución burguesa, para no hablar de las frases iniciales del proceso de revolución permanente, combina los rasgos de un Dantón con los de un Savonarola. Pero hay que comprender que Jomeiny sólo puede desempeñar el papel de Savonarola porque ha desempeñado el papel de Dantón, es decir, porque ha dado pruebas de una firmeza, de una intransigencia y de una audacia destacable en la lucha contra el Sha, contra la dinastía Pahlevi y contra la monarquía. He aquí, la fuente real de su prestigio y de su legitimidad ante las masas que trata ahora de reforzar y renovar con una agitación antiimperialistas, cuyo eco es igualmente poderoso en las masas.
Fundamentalmente, no es el control de la religión sobre las masas lo que explica el prestigio del clero chiita. Es el prestigio político ganado por este clero en la contra la tiranía del Sha que explica su posibilidad de imponer, por el momento, la ideología confusa y tramposa de la "República Islámica" y de acrecentar el dominio de la
Evidentemente, la composición social particular de la población de los grandes centros urbanos de Iran, donde las capas semiproletarias de extracción rural reciente prevalecen aún sobre la clase obrera propiamente dicha, explica en parte, la relativa facilidad con la cual Khomeiny ha podido maniobrar hasta ahora. Pero, insistimos, la causa fundamental de su ascendiente es política y no religiosa. Proviene a la vez de la ausencia de toda otra fuerza política de masas que se hubiera comprometido a fondo en la lucha contra el Shah, como del papel de organizador y coordinador de la lucha antidictatorial desempeñado por el clero chiita. Ante la mayoría de las masas, que solo se encontraban en la primera etapa de su politización, el clero chiita aparecía como la dirección auténtica y legítima de la revolución. Existe un paralelismo evidente con las direcciones nacionalistas-populistas de revoluciones (o de etapas iniciales de ascensos revolucionarios) de varios países semicoloniales, especialmente de Méjico, Argentina (Perón), Bolivia (MNR) y Egipto (Nasser), para nombrar solo los ejemplos más típicos.
Para nosotros, el carácter burgués del Estado y del gobierno, así como el carácter básicamente reaccionario del clericalismo islámico, no dejan la menor duda. Pero lo que está claro para nosotros no lo está para el 80% de las masas iranís. Además, no confundimos jamás el movimiento de masas con su dirección coyuntural. Sería en consecuencia, absurdo y sectario creer que la revolución iraní está ya vencida, o en pleno reflujo, solamente en función de la ideología reaccionaria de los actuales dirigentes del proceso revolucionario. Para nosotros, el criterio fundamental es el de la dinámica del movimiento de masas. Algunas tendencias de nuestro movimiento (para no hablar de los PC y de la socialdemocracia) han cometido este error, con consecuencias políticas catastróficas, entre 1944 y 1950 en Argentina, juzgando la situación y la naturaleza del movimiento sindical dirigidos
por los peronistas, conforme a la ideología o a los orígenes de Perón, y no conforme a la trayectoria y la naturaleza social del movimiento de masas.
Manifiestamente, el Jomeinismo es portador de una triple contradicción.
Ha llegado al poder en la cresta de una formidable movilización de masas socialmente desheredadas. Estas se han levantado contra la tiranía del Shah no solamente para conquistar libertades democráticas o el derecho de la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas, sino también, y sobre todo, para poner fin a su miseria, lo que implica una serie de objetivos socio-económicos precisos: un empleo para millones sin trabajo, habitación decente para millones sin habitación que viven hoy en construcciones precarias y miserables, salarios decentes, incluso el control obrero, para millones de trabajadores; el fin de la inflación acelerada, especialmente por el acrecentamiento de la producción nacional de viveres; una verdadera reforma agraria, una existencia soportable para millones de pequeños campesinos; el fin de la opresión secular de las mujeres, sometidas a cargas insoportables.
Jomeiny no puede satisfacer estas aspiraciones procomo por otra parte tampoco cualquier otro político burgués o pequeñoburgués. El crédito político del que goza entre las masas, es por el momento el único dique que protege a la burguesía iraní contra una nueva fase de movilizaciones revolucionarias que tomarán esta vez un cariz anticapitalista directo, la naturaleza de una verdadera revolución social. Es por esto que la burguesía tolera a Khomeiny y utiliza la influencia del clero chiita y la confusión de la "República islámica", incluso del "sociacon el fin de retardar al máximo la conquista de la autonomía política y organizativa del proletariado.
Pero la paciencia de las masas tiene límites. Ante la incapacidad del régimen Jomeinista para satisfacer sus aspiraciones materiales y nacionales se abrirán brechas y diferenciaciones que se profundizarán en el seno mismo del clero; su desbordamiento no es más que cuestión de tiempo. Desde luego, tendrán que reprimir a los kurdos y a la extrema izquierda, sobre todo a partir de agosto de 1979. Pero las masas son militantes, están movilizadas, plenas de confianza en ellas mismas. No pocos comités de empresas comienzan y continúan a desafiar la autoridad de los patrones y del gobierno. El recuerdo de la está muy próxima. Atacar de frente tal movimiento sería suicida. Se trata pues de una represión minuciosa, limitada, selectiva que frecuentemente se ve obligada a dar marcha atrás.
Por otra parte, una represión frontal necesitaría un instrumento eficaz para ello, que en Irán sólo podría ser el ejército. Ahora bien, el ejército está dividido, desarticulado, poco seguro de sí mismo, sobre todo luego del golpe traumático que sufrió durante las últimas semanas de la tiranía del Shah. Requiere tiempo volverlo a forjar como un instrumento adecuado de la contrarrevolución. No es Jomeiny quien puede cumplir este papel hasta el fin. A lo máximo lo puede iniciar.
Finalmente, para la burguesía iraní, la eliminación del régimen del Shah tenía por fin sobre todo racionalizar la economía iraní, eliminar o al menos reducir el nepotismo, el despilfarro, la megalomanía, la ruina de la agricultura, todo lo que traba el crecimiento orgánico de la acumulación del capital, hecho posible en principio por las considerables ganancias petrolíferas. No es Jomeiny el que puede racionalizar, cualquiera sea el punto de vista de la burguesía, salvo el control del movimiento de masas. De allí la división continua en el seno de esta misma burguesía, en el seno del Bazar, en el seno del aparato del estado, en el comando del ejército mismo, en cuanto a los caminos a seguir.
Para los marxistas revolucionarios, lo esencial es juzgar correctamente la dinámica del movimiento de masas, no dejarnos aislar de él, impulsar tanto en el plano de los objetivos antiimperialistas y democráticos como sobre los objetivos anticapitalistas, convertirse en los mejores portavoces de las profundas aspiraciones de las masas, reconocidos como tales por éstas y dirigir al mismo tiempo el combate intransigente por la independencia de clase política y organizativa del proletariado.
V
El capítulo de la resolución política que concierne a los estados obreros burocratizados representa un paso adelante importante con relación a los capítulos análogos de las resoluciones políticas sometidas a los precedentes congresos mundiales. Este paso adelante refleja a la vez un mejor conocimiento de la realidad de estos países por parte de nuestro movimiento -en función de una práctica más ampliay los progresos de la actividad y de la diferenciación política en estos países. No tenemos nada que agregar a lo que el proyecto de resolución política afirma al respecto, ya estos problemas de análisis concreto y de táctica política no parecen haber estado sujetos a controversias durante la discusión preparatoria del congreso mundial.
Porel contrario, hay que oponerse con firmeza a la idea que vuelve períodicamente a la superficie, según la cual, la tendencia de las reformas económicas realizadas en la URSS en Europa Oriental y en la República Popular China, como la colaboración económica más estrecha entre los monopolios capitalistas y las castas burocráticas en el poder en estos países, podrían culminar en una restauración en frío del
Hace más de 45 años, que Trotsky había caracterizado ya correctamente el error teórico subyacente en tales hipótesis. Consiste en "desenvolver el film reformista al revés", de suponer que se podría pasar gradualmente de un estado obrero a un estado burgués, como, los reformistas suponen que se puede pasar gradualmente del estado burgués al estado obrero.
Lo que el programa de transición llama "la fracción
Butenko" de la burocracia existe sin duda alguna. No se puede dudar tampoco que la burocracia, con el conjunto de estas tácticas económicas y políticas zapa los fundamentos del estado obrero. Pero una cosa es zapar, otra es derribar.
Para derribar el estado obrero no basta una lenta evolución. Es necesaria una contrarrevolución activa, violenta, brutal, tanto más violenta y brutal cuánto que no se trataría solamente de quebrar el aparato del estado y neutralizar la oposición de una fracción no despreciable de la burocracia que se identificaría con él, sino sobre todo, de vencer la resistencia de un proletariado mucho más fuerte que en el pasado.
Creer que "la ofensiva Carter" podría alcanzar más fácilmente el objetivo que Weygand, Hitler, Roosveelt o Truman no pudieron alcanzar en condiciones infinitamente más favorables para el imperialismo, es equivocarse completa-
mente sobre la evolución de las relaciones de fuerzas a escala mundial y en los estados obreros burocratizados mismos. Lo que está históricamente a la orden del día en estos estados a pesar de la inevitable sucesión de alzas y bajas coyunturales, no es la restauración del capitalismo, es el ascenso y la victoria de la revolución política antiburocrática.
La base principal de la supervivencia de las dictaduras burocráticas en la URSS no reside ya hoy en el atraso y la pobreza del país, o en la presión del cerco capitalista, aunque estos factores continúen desempeñando un papel secundario. Reside en la despolitización y la ausencia de alternativa política clara y movilizadora del i proletariado soviético, convertido en el segundo en importancia a escala mundial, más de 80 millones de personas. Esta despolitización se disipará primero poco a poco, a medida que se disipe más rápidamente en las "democracias populares" y del ascenso de la revolución proletaria en los países imperialistas.
Una atenta comparación entre la crisis del maoísmo y la crisis del stalinismo demuestra -como lo destaca la resolución política que la República Popular China jamás ha conocido el grado de despolitización y de pasividad del proletariado que caracterizó tanto tiempo a la URSS.
De hecho, no se exageraría afirmando que las posibilidades de una amplia politización en la clase obrera y progresos a corto término de nuestras ideas, son hoy más grandes en China que en la URSS. Visto el nivel de desarrollo alcanzado por estos dos países, se trata sin duda de un fenómeno pasajero. Pero es necesario extraertodas las conclusiones, no solamente en lo que concierne a nuestras iniciativas, sino también desde el punto de vista del análisis del lugar que ocupa la República Popular China en la política mundial.
Somos unánimes en condenar de la manera más enérgica el curso contrarrevolucionario de la política exterior de la burocracia de Pekín, dónde el apoyo al Shah, a Pinochet y la agresión militar contra Vietnam fueron las expresiones más vergonzosas durante el último período. Pero debemos evitar dos errores: el de identificar a la República Popular China con la burocracia gobernante en Pekín; como creer que Pekín se haya transformado en satélite o aliado duradero de Washington. Errores análogos cometidos por algunos en la apreciación de la URSS, en la época del pacto Hitler-Stalin, condujeron a desviaciones desde entonces clásicas.
Entre los intereses de la burocracia china, cuya dictadura está fundada en la supresión de la propiedad privada, y los intereses de los estados imperialistas, existen contradicciones irreconciliables. La burocracia de Pekín maniobra de manera cínica, sin principios en la arena mundial, como por otra parte lo ha hecho y lo hace siempre la del Kremlin, sacrificando sin escrúpulos los intereses de los trabajadores, de los campesinos pobres, de los pueblos oprimidos de muchos países. Pero maniobra para defender su poder y sus privilegios, no los de la burguesía imperialista. En el marco de estas maniobras, nada es durable ni definitivo. Giros bruscos e inesperados son inevitables.
Una de las consecuencias de este cinismo, más pronunciado que nunca, de las burocracias de Moscú y de Pekín, es llevar agua al molino de la ofensiva ideológica de la burguesía internacional, complemento natural de la ofensiva de austeridad antiobrera. La cruzada es llevada bajo la bandera de la "crisis del marxismo". La impotencia ante esta ofensiva, por parte de los PC, tanto pro-Moscú como eurocomunistas, sin hablar de los maoístas, da pena. Es tarea de la IV Internacional tomar resueltamente la cabeza en la defensa del marxismo y de la ciencia contra este regreso al oscurantismo.
Es nuestra convicción que una defensa eficaz del marxismo no puede limitarse a conservar las conquistas, si no que debe combinar la defensa de estas conquistas con un combate teórico audaz por enriquecer el marxismo con la explicación de fenómenos nuevos, explicaciones compatibles con su coherencia interna. El único "marxismo realmente existente" es el marxismo vivo, creador y crítico, que no rechaza ninguna nueva interrogación. organizativamente encarnado. Jamás la historia nos dio tantas pruebas de los desastres a los que conduce la teoría y la práctica del "nacional-comunismo"' como durante los últi mos doce meses. Jamás el realismo fundamental de nues. tro programa y de nuestro proyecto histórico — que condude a la victoria de la revolución mundial - ha sido mejor demostrado.
En la época del imperialismo, en la época de la internacionalización sin cesar creciente de las fuerzas productivas y de la lucha de clases, no hay forma de ser internacionalista en palabras, limitándose en la práctica a construir organizaciones nacionales. No se puede ser internacionalista en la práctica, si no se acepta en los hechos la construcción simultánea de partidos proletarios nacionales y de una Internacional proletaria.
El lugar de la IV Intemacional en el movimiento obrero y revolucionario mundial se puede resumir en este doble combate obstinado, sin concesión alguna, diario, por la autoorganización del proletariado y el internacionalismo práctico y practicado. Pero nada es más conforme a la naturaleza profunda y a la misión histórica del proletariado mismo, que su tendencia instintiva a la autoorganización y al hecho que es la única clase social que puede asumir plenamente y sin reservas el internacionalismo. Es por estos rasgos de su naturaleza, más que por cualquier otro, que la clase obrera revela su capacidad para salvar a la humanidad de la caída en la barbarie y en la autodestrucción. A estas amenazas, más reales que nunca, no hay más que una única alternativa que sólo la clase obrera puede realizar: la victoria de la revolución socialista mundial, la República Mundial de los Consejos de Trabajadores.
ERNEST MANDEL