Estrellas siniestras
Bajo la férula del tristemente célebre Ariel Sharon (responsable de las masacres en los campos palestinos de Sabra y Chatila, en Líbano en 1982), actual ministro de Vivienda y Construcción, el Estado de Israel prepara un nuevo proyecto de acondicionamiento de su territorio: el plan "Siete Estrellas" -por el nombre de los siete grandes centros urbanos que se crearán a lo largo de la "línea verde judía"- tiene como objetivo instalar, de aquí a 1994, a 200.000 inmigrantes judíos en veinte colonias en Galilea y en el Israel central y meridional. Si bien es cierto que no afecta más que en muy pequeña medida a los territorios ocupados, supone sin embargo la expropiación y la expulsión de los palestinos que viven a ambos lados de la línea verde.
El objetivo de este plan es reforzar las implantaciones judías en los territorios ocupados, poniéndolas en contacto con las nuevas ciudades que serán construidas en el mismo Israel. Está también destinado a solucionar el "problema demográfico" en las zonas inicialmente pobladas por los habitantes palestinos de Israel, levantando una barrera entre éstos y los de los territorios; así como entre los diversos centros de población palestina en Israel, aumentando además la población judía presente en esas regiones a fin de convertirla en mayoritaria. El establecimiento de varias grandes ciudades servirá, asimismo, para alejar el peligro real que para Israel supone la existencia de varias pequeñas poblaciones árabes, susceptibles de convertirse algún día en pujantes metrópolis. Crueles desilusiones Hasta el momento, 24.000 de los 250.000 inmigrantes llegados en la última oleada de la "aliya" han entrado en el mercado de trabajo tras finalizar sus cursos intensivos de hebreo; sólo 12.000 de ellos han encontrado empleo. En marzo de 1991, el número de parados en Israel alcanzó las 165.000 personas, un 10% de la población activa. Según el ministerio de Finanzas, el paro amenaza con llegar al 14% de la población activa durante este año, si la tasa de crecimiento no alcanza el 9%. Según un informe del Banco de Israel, aparecido en abril de 1991, de aquí a dos años debería llegarse a los 400.000 parados: "La economía israelí se enfrenta a un desafío de envergadura: crear 600.000 nuevos empleos en los cinco próximos años para absorber a los inmigrados y a los jóvenes que entran en el mercado de trabajo". El gobernador del Banco de Israel, por su parte, afirma que "tal tasa de paro sería muy preocupante para nosotros; podría llevar a un parón en la inmigración y forzar a cerca de 200.000 personas a ir a la emigración".
Según el director general de la Agencia Judía, de miles de inmigrantes dejen de recibir sus bolsas para la integración y no encuentren trabajo".
Un concejal de la ciudad de Alto Nazareth cuenta que "este mes, 600 inmigrantes terminarán sus cursos de hebrero e irán automáticamente a engrosar las filas de los parados. En nuestra ciudad, no tenemos necesidad de mano de obra suplementaria. No tenemos medios para resolver este problema. En nuestra región deberíamos crear 5.000 empleos de aquí a seis meses. Así, no hay forma alguna de resolver el problema del empleo, ya que a falta de inversiones en el país en general, no hay desarrollo. Por el contrario, las empresas ya existentes lo que hacen es echar a una parte del personal".
Numerosos inmigrantes que ejercían profesiones científicas altamente cualificadas en la URSS (médicos, ingenieros, investigadores...) se encuentran en paro. Cada vez más inmigrantes rebuscan entre la basura, barren las calles y hacen chapuzas. Viven esta desvalorización de su status social como una humillación y algunos no lo soportan; el procentaje de intentos de suicidio entre los inmigrantes soviéticos recientes comienza a inquietar a las autoridades israelíes. La "aliya" negra A finales de mayo de 1991, tras los problemas creados en Etiopía a raíz de la salida de Mengistu, el conjunto de la comunidad judía etíope (15.000 falasas) fue transportado a Israel gracias a un puente aéreo organizado por el Ejército entre Addis Abeba y Tel Aviv.
En enero de 1985, otros 6.000 falasas llegaron a Israel en una operación similar, cuando una dramática hambruna asoló Etiopía. Pero su integración en la sociedad israelí se ha dado a menudo muy malamente. Han tenido que hacer frente a la incomprensión de numerosos israelíes, que rehúsan aceptar a judíos negros. Las autoridades religiosas у laicas les consideran como "primitivos" y faltos de cultura, tratándoles con paternalismo y desprecio.
Al contrario que los inmigrantes procedentes de la Unión Soviética, los falasas fueron puestos en cuarentena durante varias semanas; en ese periodo, en el que fueron registrados y vacunados, las autoridades verificaron que los hombres estaban circuncidados, lo que no ocurre con los demás inmigrantes. La sociedad israelí, fundamentalmente racista, reaccionó rápidamente contra los falasas una vez pasadas las primeras emociones: el ministerio de Educación recibió varias cartas de familias en las que se amenazaba con retirar a sus hijos de las escuelas si se inscribía en ellas a demasiados niños etíopes. En cuanto a los inmigrantes de la Unión Soviética, se quejan de la llegada de esos "judíos negros" mientras los problemas de su integración continúan sin resolver.