Para Breth Lobo, una mujer excepcional que luchó por que la presencia de las mujeres en la política dejase de ser una
Brasil
Mujeres en el PT
excepción. Los partidos políticos han convivido con un número apenas simbólico de mujeres en sus espacios de dirección y representación. Un número tan reducido que, incluso en el PT, sólo simboliza la permanencia y la reproduccion en e ámbito partidario de los mismos mecanismos de discriminación y opresión de género de la sociedad patriarcal, que mantiene el espacio público como un espacio masculino.
El feminismo y el movimiento de mujeres denunciaron la discriminación, la subordinación personal, la alineación a través de la prisión del espacio doméstico, integrando a la esfera de la política una nueva dimensión: lo central de la lucha contra la opresión de género. El proceso de desvelamiento de cómo se estructura y se manifiesta la opresión de las mujeres enfocó elementos que, hasta entonces, no eran acepta dos con el estatuto de "político" -la división social, política y económica entre la vida pública y la vida privada, que de en evidencia el papel de la ; resaltó la importancia de la sexualidad; denunció las multiples formas en que el capitalismo utiliza la división sexual del trabajo; repudió el control masculino, social e individual, sobre el cuerpo y la sexualidad de las muje res; e introdujo -de forma nada abstracta, pues estaba fundado en la exigencia de cambios en lo cotidiano y en la sociedad- el desafío de la construcción de mucho más profundamente arraigada en la cultura, que la explotación capita-
Tatau Godinho lista (...) Cualquier movimiento que encarne valores capaces de realizar una sociedad sin jerarquía de géneros sería constitutivamente incapaz de aceptar una sociedad fundada en la división de
La crítica y el choque con la izquierda, con los partidos en especial, pero también con el movimiento sindical, se relacionan tanto con la comprensión teórica del carácter de la opresión de género como con las estrategias de lucha de las mujeres. Por un lado, hay dificultad y resistencia para comprender la especificidad de la opresión de las mujeres, el carácter de la dominación patriarcal, la contradicción adicional del papel de los hombres y de los privilegios masculinos. Por otro, las mujeres tienen que confrontarse a una visión instrumental y muchas veces manipulatoria de su movimiento, en aquellos momentos en que su movilización interesa a otros sectores. Eso, cuando no se considera a la organización específica de las mujeres como una desviación burguesa o pequeño burguesa, o como una división de la clase trabajadora. Cambios importantes En Brasil, el crecimiento del movimiento de mujeres es contemporáneo a la lucha contra la dictadura y al proceso de reorganización partidaria. Ese fue un periodo en que situación social de las mujeres pasó por cambios importantes: entró de forma acentuada en espacios públicos, rompiendo por diferentes caminos con elementos de reclusión doméstica y familiar. Algunos datos son importantes: la participación de las mujeres en la PEA creció de 20% en 1970 a 36,9% en 1985; las proyecciones hechas para 1990 elevan ese número al 41% (vale recordar que las amas de casa no son consideradas económica. mente activas). En los últimos años, el nivel de escolaridad femenino aumentó; la diseminación de los métodos anticonceptivos alcanzó cifras comparables a las de los países capitalistas avanzados, aunque con grandes perjuicios para la salud de las mujeres. En el pla no específicamente político, la participación femenina en el electorado pasó de 35,4% en 1974 a 50,4% en 1990, y
la nueva Constitución abrió camino a elementos básicos de ciudadanía, todavía en la práctica negada a las mujeres. Las mujeres pasaron a participar mayoritariamente en diversos movimientos populares urbanos y también creció afiliación a los partidos. Según datos de la Fundación Carlos Chagas, en el Estado de Sào Paulo, el número de mujeres inscritas en los 6 más grandes partidos (PMDB, PDS, PTB, PDT, PT y PFl.) llegaba, en 1986, a cifras que oscilaban entre el 39% y el 42% del total de afiliados -en la capital, el porcentaje oscilaba entre el 45% y el
Las mujeres pasaron a ser una base socio-política importante para los partidos; cuando menos, dejaron de ser ignoradas. A fin de cuentas, nosotras también votamos. Sin embargo, la mayor parte de los discursos no consigue ir más allá de la generalización de los problemas de las amas de casa. Algunas veces se llega a hablar de igualParticipación y poder Incluso ampliando su participación, las mujeres no logran entrar en los espaclos de poder y decisión. Están en la base de los partidos pero no llegan a los cargos de direccion y representación. En el PT no es diferente. En la Dirección Nacional, electa en 1990, hay 77 hombres y sólo 5 mujeres; o sea, 93,9% de hombres y 6,1% de mujeres. Una proporción constante a lo largo de su historia.
Es preciso explicar el por qué de esa presencia tan absurdamente reducida y construir una política consciente para revertir esta realidad. En la historia de los partidos ligados a los movimientos de los trabajadores es un lugar común aceptar la necesidad de desenmascarar y luchar contra la desigualdad real, mantenida por la sociedad de clases. Pero la comprensión de lo que significa -y el combate de las formas en que se manifiesta- la desigualdad de género, esto es, la desigualdad y las jerarquías entre hombres y mujeres, ha resultado bastante difícil.
En la socieda actual, la separación entr lo público y lo privado, que atribuye a las mujeres el papel primordial en a tamilia y en la reproducción, profundiza una división sexual del trabajo que determina las formas en que las mujeres se insertan en el espacio público, privándolas de las condiciones para ejercer, en igualdad de condiciones con los hombres, la participación social y política. Esta división modela los papeles sociales y los comportamientos diferenciados por género; moldea una cultura patriarcal en la que la construcción de la vida y de la identidad de las mujeres se conforma a través de la otredad. a través de la hombre; estructura el poder patriarcal sobre las mujeres, tanto en el espacio público como en la vida privada y establece cómo las relaciones entre hombres y mujeres se cristalizan de forma jerárquica en las instituciones.
Para las mujeres, el derecho a la ciudadanía es dado, en primer lugar, por la maternidad, vinculada evidentemente al papel de esposa y ama de casa. Esta es la imagen pública y éste es el papel social aceptables, construídos y reiterados permanentemente. Los otros papeles e imágenes constituyen transgresiones. No llegamos a los puestos públicos como mujeres, sino como excepciones. Para las mujeres, la participación política exige elementos de ruptura difícilmente medibles con el papel que se les ha atribuido. El censo hecho durante el III Congreso Nacional de la CUT, en 1988, es bastante significativo comparable con la realidad de las petistas: "la investigación hecha entre los participantes en el III Congreso de la CUT reveló que las mujeres presentes contaban con mayor escolaridad, desempeñaban actividades profesionales de mayor cualificación y, al contrario de los hombres, eran en su mayoría solteras o separadas. O sea, para calificarse como dirigentes, las mujeres tienen que presentar mayor grado de escolaridad, mayor calificación profesional, más tiempo de militancia que los hombres y sacrificar su vida
La izquierda cuestiona muy poco, o nada, la división sexual del trabajo, la estructura familiar tradicional y la subordinación personal de las mujeres. En realidad, los partidos, y los militantes en general, reproducen esta división. Así, las mujeres entran en la militancia política marcadas por la estructuración de los papeles en la familia y su pro yección en la sociedad. Y, como consecuencia de una educación para la sumisión, mantienen la carga de la responsabilidad por el trabajo doméstico, que no es colectivizado en términos sociales -a través de guarderías y otros equipamientos- y, en general, menos todavía en la vida familiar cotidiana. Pero más allá de estas dificultades, la estructuración misma de la vida partidaria, con la reproducción acrítica de la ideología patriarcal, presenta obstáculos a la plena participación política de las mujeres. En particular, en relación a las instancias de dirección y poder, la dinámica es la de la exclusión.
Podemos recordar las varias formas en que se manifiesta la división sexual del trabajo en la vida partidaria. También ahí cabe a las mujeres el "trabajo doméstico": los hombres hacen la gran política y las mujeres son auxiliares. Si no son dirigentes, los hombres son asesores y las mujeres, secretarias. Al mismo tiempo, las formas de funcionamiento que privilegian el desenvolvimiento individual y no el trabajo colectivo desfavorecen a las mujeres. Incluso por la forma diferenciada de su socialización. Los criterios de selección y valoración política están profundamente identificados con lo que se consideran características masculinas: la agresividad, la competitividad individual, etc. Al mismo tiempo, se establece una duplicidad de criterios en la que lo que se considera valores para el militante son defectos para la militante. La palabra y la acción política de las mujeres es
desvalorizad, y mas todavía si es identificada con el trabajo feminista, en sí mismo visto como una actividad de segunda categoría.
Toda la simbología y el lenguaje que representa el poder tienen como referencia al poder masculino. Específicamente en el lenguaje, ese referente se transforma en un machismo extremadamente agresivo, la gran mayoria de las veces calcado de una pretendida superioridad de la sexualidad masculina, que se reafirma por la subyugación violenta de las mujeres.
Son nuestros compañeros los que transfieren a lo cotidiano de las relaciones en el partido la forma como operan con la división entre lo público y lo privado. Es difícil para los hombres aceptar la dirección política de una mujer; es difícil convivir con las mujeres como sujetos políticos si, eliminado el barniz ideológico, lo que se espera de ellas. es que sean enamoradas, estén disponibles para eso. No es desconocido que el status de militante y dirigente partidario o sindical es utilizado como instrumento de poder para buscar privilegios sexuales y afectivos con las mujeres - en general las que están en un escalón abajo de la llamada jerarquía política.
En la vida partidaria, las mujeres siguen enfrentadas a la ausencia de polí ticas especificas para contraponerse a los mecanismos sociales de la opresión de género, que van desde la falta de guarderías y el horario de las reuniones, hasta las dificultades de acceso a la formación política, entre otros. Estos son algunos de los elementos que hacen que los espacios de actuación política, en particular los espacios partidarios y del movimiento obrero, se caractericen, en general, por un ambiente hostil a las mujeres, que ejerce sobre ellas una violencia cotidiana. Resultado:
la mujeres se sienten permanentemente outsiders (marginadas) y se adaptan a los patrones exigidos por el modelc nasculino del militante político
Acción afirmativa
Las relaciones de poder perpetuan una situación de discriminación cotidiana y de exclusión de las mujeres. Es contra esta dinámica que el movimiento de mujeres y las mujeres organizadas en partidos políticos y en sindicatos har defendido la necesidad de desarrollal olíticas de acción afirmativa, o sea, l dopción de medidas concretas en e plano de la construcción partidaria y/o sindical capaces de revertir la lógica
"natural" de la sociedad. Es esta lógica ca de la una polia a como la nores.
La defensa de una política de acción afirmativa parte del principio de que la participación igualitaria entre hombres y mujeres en la vida social y política es un derecho democrático esencial. Pero al mismo tiempo, reconoce que incluso el discurso liberal es capaz de repetir de manera genérica esta afirmación. A fin de cuentas, una de las características de la concepción liberal de la democracia es el reconocimiento de la igualdad formal, como parte de los mecanismos para encubrir las discriminaciones y las exclusiones sociales. Así, la política de acción afirmativa combate • la inmensa desigualdad social entre hombres y mujeres con medidas concretas para revertir la lógica de la exclusión de las mujeres del espacio pú-
Los hombres en su status social diferenciado, de opresores, tienen una situación global que les asegura privilegios, constituyendo relaciones de poder jerárquicas que se reproducen en la izquierda, en los partidos, en los sindicatos. La política de acción afirmativa rechaza una concepción idealista de las relaciones sociales, reconociendo que la asimilación político-teórica del feminismo es esencial, pero en forma alguna suficiente, para que se rompa esta situación de desigualdad. La subordinación y la opresión de las mujeres no se resumen en un problema ideológico o cultural; se mezclan con aspectos materiales y opera en la vida cotidiana, en las relaciones que se establecen entre sexos, de forma individual, en la familia, cruzando todas las estructuras de la
Una política de acción afirmativa niega que se pueda construir un proyecto de transformación social igualitario, un proyecto socialista, sin la autoorganización de las mujeres y sin su presencia efectiva en los espacio de poder y decisión. Esta es una condición imprescindible para garantizar que la lucha contra la discriminación de género esté presente con la radicalidad necesaria en todo proyecto de revolución social.
Sean cuales sean los discursos y las intenciones, un partido que tiene su dirección casi exclusivamente compuesta por hombres mantiene en la practica la opresión de las mujeres.
Política de cuotas
Uno de los mecanismos centrales defendidos por las mujeres como acción afirmativa dentro de los partidos y sindicatos es el establecimiento de cuotas para la participación en las direcciónes.
Desde 1973 el Partido Socialista francés aplica un criterio de cuotas que define un porcentaje mínimo de mujeres en las listas electorales y en las instancias dirigentes del partido. En 1982, un diputado del PS francés presentó una enmienda proponiendo que la lista de candidatos presentados por los partidos
no pudiesen contar con más del 75% de personas de un mismo sexo, lo que en la práctica significaba la obligatoriedad de los partidos de presentar por lo menos el 25% de candidatas mujeres. En 1988 el Partido Social Demócrata de Alemania aparobó una política gradual para lleaga a una cuota mínima de participación de 40% para hombres o mujeres en las listas para las elecciones parlamentarias, los cargos de dirección y la elección de delegados. En Mexico, el Partido Revolucionario de las y los Trabajadores funciona con una cuota mínima para la participación de las mujeres en la dirección.
¿La propuesta es polémica? Sin duda. Pero la experiencia demuestra que la resistencia a la participación política de las mujeres en las instancias de dirección no puede ser quebrada sin una política consciente, que se desdoble en propuestas concretas, para garantizar que las mujeres no sean bloqueadas en su plena participación política. Los principales argumentos contra la política de cuotas o metas numéricas son: una supuesta incapacidad política de las mujeres, la visión de la esencia liberal de que esta política hiere la igualdad de derechos, y el carácter artificial y arbitrario para la definición de un porcentaje.
Vale la pena pensar un poco en estos puntos. Es importante recordar la duplicidad de criterios para la valoración política de los hombres y mujeres; a pesar de eso, ningún partido que apruebe una política de cuotas o metas enfrentará grandes dificultades para encontrar un número suficiente de mujeres capaces de ocupar puestos definidos.
Cualquier política que busque revertir conscientemente un cuadro de desigualdad social presnta, necesariamente, un carácter de artificialidad en relación a la sociedad. Si consideramos "natural" la opresión, la explotación, la existencia de privilegios para un sector en detrimento de otro, lo "natural", entonces, es que la dirección del PT siga siendo masculina y machista. Esta ha sido la "naturalidad" de la construcción del PT en estos 11 años. En ese aspecto, reproducimos de forma primorosa la dinámica natural de la sociedad La definición de un número específico, de un porcentaje, tiene un carácter ex. clusivamente táctico de construcción: el objetivo estratégico es lograr condiciones igualitarias y democráticas de participación. Una alternativa que ha sido utilizada en algunos partidos es la relación con la presencia de mujeres en la base. Pero lo fundamental no es procurar una explicación lógico-formal para definir 25%, 33%, 40% o cualquier otra cifra. Esta es una decisión política que debe tomar en cuenta la realidad partidaria. Más allá de esto, sólo se puede considerar razonable el 50%.
El argumento de que una cuota hiere la igualdad de derechos sólo se sustenta si partimos de que, en los hechos, en la sociedad actual, todos los hombres -y las mujeres- nacen y se desarrollan en condiciones de igualdad. Y, más allá de esto, que es la capacidad individual lo que determina el acceso a los espacios de decisión y poder en la
Influídas por esta visión, una parte de las mujeres se resiste a la adopción de políticas de acción afirmativa, pues consideran que tales medidas desvalorizan su esfuerzo y desempeño individual. Por el contrario, el reconocimiento del carácter social de las dificultades que las mujeres enfrentan en la militancia política es un elemento central para que intervengamos de forma colectiva sobre los mecanismos de opresión en la sociedad. Más allá de esto, no nos basta que, como excepción, algunas compañeras puedan ascender a puestos de dirección política, por mucho que esto sea importante. Lo esencial es alterar la situación de las mujeres como
Es preciso decir que una política que exija una presencia minima de mujeres en las direcciónes no debe confundirse con una visión de la construcción partidaria del tipo de "federación" de sectores sociales. Una política de acción afirmativa en relación a las mujeres no se contrapone al combate a las barreras que diferentes grupos sociales discriminados en la sociedad -de caracter nacional, racial, de homosexuales- enfrentan para expresarse social y políticamente. Con todo, si no entendemos que la opresión de género es cualitativamente diferente a la discriminación sufrida por estos sectores, no saldremos del nivel más primario de la discusión. Sea por su extensión en la historia, en las diferentes culturas y civilizaciones, por el papel económico que cumple la función de la división sexual del trabajo, sea por la complementariedad indisociable de la opresión en la vida pública y en la vida privada y el consecuente enraizamiento en las estructuras sociales y en las conciencias individuales, la opresión de género tiene una dimensión y un carácter que no son comparables a los otros sectores. El PT no puede seguir ignorando esta
El Congreso del partido es un buen momento para que comencemos a cambiar esta realidad. (publicado en la revista del PT, Teoría y Debate, número 14. abril-mayojunio de 1991).