La principal característica de la economía de mercado moderna es que es explotadora. Explotadora del medio y explotadora de las personas. Que sea explotadora del medio es hoy algo tan bien documentado que no es necesario repetir las pruebas. Pero que sea explotadora de las personas ha sido muy a menudo dejado de lado por los ecologistas.
Es hora de que esta cuestion sea colocada en primer plano y que el movimiento ecologista comience a hacer causa común con militantes sociales, tanto en el Sur como en el Norte. Es hora, en efecto, de reconocer que si el movimiento ecologista puede útilmente llamar la atención del público sobre los problemas del medio, no puede esperar abordarlos sin considerar también la cuestión más fundamental de la justicia social. Y esto quiere decir enfrentarse a las cuestiones fundamentales: cómo está organizada la sociedad, quién controla los recursos y tiene el poder de decisión, quién se beneficia de las políticas sociales y económicas en curso, y quien las sufre; y cómo estas políticas se ponen mejor en cuestión.
Los "residuos humanos" En el Sur, la conexión íntima entre la crisis ecológica y las cuestiones más amplias de la justica social y económica se presenta de una forma clara. Miles de personas son cada día echadas al basurero humano por la carrera hacia la ganancia económica y política a corto plazo. Sus bosques son cortados por compañías cuyo único interés es sacar la mayor fortuna financiera posible de una sola tala; sus ríos nados por pantanos o polucionados a fin de promover un desarrollo industrial que no les beneficia; sus tierras confiscadas para plantar cultivos que se exportarán al Norte, sus vidas cotidianas oprimidas por la deuda, la insolvencia 1, a menudo, por la opresion politica Jn aldeano de Nueva Guinea, amenazado de ser expulsado por un proyecto de pantano, expresa de forma contundente el sentimiento de opresión que muchos sienten en el Sur: "Nos hemos
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Nicholas Hildyard
Por una ecología
de la liberación
convertido en residuos humanos".
En el Sur, los problemas de justicia social y de destrucción del medio ambiente están ligados de una forma manifiesta a la imposición de políticas de desarrollo que están minado los medios de existencia de la mayoría en interés de una minoría. En el Norte, la relación no está tan clara, pero no es menos estrecha. Un nivel de vida elevado, un grado de prosperidad, que no ha sido posible mas que por la explotación de Tercer Mundo, preservan a la mayoria de nosotros de los efectos destructivos de la sociedad industrial moderna. Pero como en el Sur, esta protección no existe para los pobres: quienes viven de sus subsidios de paro pueden preocuparse apasionadamente de las cuestiones medioambientales, pero no pueden generalmente hacer nada sobre ello. Su pobreza les niega la "elección del consumidor" que se ofrece a los más ricos; no pueden preferir Perrier al agua polucionada de su grifo. Igualla amenaza, y mas a menudo, la realidad, del paro tiene por consecuencia que los pobres no tienen frecuentemente otra elección que aceptar empleos altamente polucionados y evitan prudentemente exigir condiciones de trabajo más sanas por temor a perder su empleo. En realidad, cuanto más pobre es una comunidad, más se la considera el vertedero para cualquier industria polucionante.
Un solo ejemplo: recientemente el servicio californiano de eliminación de basuras ha pagado 500.000 dólares a una oficina de consultores de Los Angeles, Cerrell Associates, por identificar las comunidades locales que son menos susceptibles de rechazar "una asignación de territorio localmente indeseable " ("Locally Undesirable Land Use"), el eufemismo de la jerga de los industriales para designar un depósito de residuos tóxicos. El estudio ha concluído que estas comunidades son las rurales, pobres, políticamente conserva-
"abiertas a las promesas de ventajas económicas", , poco instruídas y ya comprometidas en "actividades de explotación naturales", como por ejemplo la agricultura, la ganadería o la extracción minera. En consecuencia, las empresas de desechos reciben el consejo de "marcar" comunidades que, en la óptica de los consultantes son demasiado estúpidas, demasiado desorganizadas, demasiado pobres y demasiado respetuosas de la autoridad para oponerse al emplazamiento de residuos que no serían aceptados en comunidades locales más ricas, más instruídas, zonas habitadas por miembros de pro-
Está claro; el Norte tiene también sus "residuos humanos".
Privación y marginación. El estudio de Cerrell no revela solo el cinismo de las burocracias modernas. De hecho la cuestión que la industria de los residuos planteaba era: "¿Qué es lo que hace a una comunidad humana vulnerable a la explotación?". Carrell habría podido contentarse con responder "bajas rentas": pero eso habría sido una respuesta incompleta y engañosa, pues hay muchas comunidades pobres en los EEUU que se han opuesto con determinación al emplazamiento de un depósito de resi-
Lo que hace la sofisticación del estudio de Cerell, es que ha identificado muy correctamente las bajas rentas tactores que privan de poder a una comunidad, que marginan hasta tal punto a la gente, económica, social y políticamente, que no ve otra opción que participar en un sistema que es explotador no solo del medio ambiente, sino también de su salud, de la salud de sus hijos, de su comunidad y del sentimiento de su propia dignidad. Es este estado de privación de poder, de marginación, el que distingue las comunidades "marcadas" por Cerrell de las demás: y esta es una situación engendrada por fuerzas que no pueden ser reducidas a una simple carencia material.
El proceso de privación del poder. La privación del poder no es un fenómeno reciente. En el Norte, el proceso ha estado inextricablemente ligado a la emergencia de la economía de merca-
do; el reemplazamiento de la economía informal por la economía formal; la introducción del trabajo asalariado; la alienación de la tierra y otros recursos clave del uso en común (incluso si la propiedad no era forzosamente comunal); la erosión de las estructuras políticas locales por el avance del Estado; la adopción de tecnologías centralizadoras y grandes consumidoras de recursos pero poco creadoras de empleos; y las economías de escala.
Ser privado de poder es más que verse negado el derecho de voto o privado de estructuras de gobierno formalmente democráticos. Pues tener un poder real, el poder que confiere a una comunidad la competencia de zanjar en decisiones que afectan a su vida cotidiana y su futuro, implica más que simplemente poder echar cada cinco años una papeleta de voto en una urna: exige que la comunidad como un todo, sea capaz de ejercer un control significativo sobre sus asuntos económicos, sobre sus asuntos sociales y sobre sus asuntos políticos.
La privación de poder existe cuando el control es efectivamente retirado a la comunidad y confiado en su lugar a intereses que, o no son representativos de la comunidad, o no le están ligados por ninguna obligación social, o no tienen ningún interés a largo plazo en su bienestar. Esta transterencia de poder engendra inevitablemente juego de estructuras políticas, económicas y sociales: la sociedad es reorganizada mientras las viejas obligaciones у relaciones sociales son transtormadas; y es esta reorganización de la sociedad, más que la mesa electoral, la que determina en qué medida la gente tiene más o menos poder.
Desde el punto de vista histórico, la fuerza más poderosa que ha privado a la gente de poder, ha sido la emergencia de la economía de mercado. Mientras que la economia popular tradicional cedía el sitio a la economía formal, actividades económicas que estaban antes enraizadas en relaciones sociales, se han encontrado monetarizadas: salarios y dinero, más que cooperación y dependencia mutua, se han convertido en la base de la subsistencia. Lazos sociales sutiles que en muchos casos permitían a la comunidad actuar en el interés colectivo son minados por nuevas relaciones sociales creadoras de antagonismos y de divisiones. De forma análoga, recursos comunes, como la tierra y el agua, se convierten en mercancías y su acceso no está ya determinado por los lazos sociales sino por
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el mercado. De forma creciente las comunidades pierden el control sobre sus actividades económicas y, por ello, su poder disminuye. Sus vidas se hacen dependientes de mercados sobre los que no tienen ninguna influencia, determinadas por decisiones en las que tomado parte (y en las que nunca podrán tomar parte) y por fuerzas que no podrán nunca comprender plenamente; fuerzas que tampoco pueden comprender los economistas.
La privación de poder es un proceso que se autoalimenta. Cuando las funciones que cumplía antes la comunidad son eliminadas una a una, la comunidad se atrofia como fuerza social, económica y política: deja de funcionar como comunidad justamente porque tiene cada vez menos funciones que cumplir. Pierde su cohesión y se hace incapaz de resistir al desarrollo de la intrusión, no solo del mercado sino también de las burocracias que se introducen para tomar en sus manos las funciones que la comunidad llevaba a cabo anteriormente; la educación de sus hijos, por ejemplo, o los cuidados a los viejos y a los enfermos. Verdaderamente, es una de las ironías del mercado que a pesar de las proclamaciones de los liberales que tanto le adulan, no pueda funcionar sin Estado: pues es el Estado quien recoje a los desgraciados expulsados por el mercado, a los "residuos humanos". Es el mercado el que engendra una gran parte de la espantosa pobreza que caracteriza hoy tantas ciudades del mundo industrializado, pero es el Estado el que debe asumir el problema. Y haciendo esto, provoca todavía más privación de poder, haciendo a la gente dependiente de una burocracia que debe responder a mil demandas diferentes con recursos limitados en tiempo y en dinero; y una burocracia que por naturaleza, es mucho más distante e impersonal para tratar a la gente de otra forma que como un
¿Quién tiene el poder? El proceso de privación del poder ha sido acelerado a través de la imposición en el Sur de políticas de desarrollo modernas. Estas políticas sirven específicamente (y explícitamente) la intención de restructurar las sociedades del Tercer Mundo a fin de que puedan ser incorporadas a las estructuras económicas, políticas y sociales producidas por la industrialización en el Norte. No es sorprendente que los agentes principales, y los beneficiarios, del proceso de
"desarrollo" hayan sido esas burocracias erigidas en corporaciones (entre las cuales está el Estado) a los que ha ido a parar el poder del que gozaban antes las comunidades en el Norte.
Esto es cierto tanto para las economías de mercado del Oeste, como para las "economías de mando" del bloque del Este. Como J.K.Galbraith señalaba: "El poder decisivo en la sociedad industrial moderna es ejercido no por el capital sino por la organización, no por el capitalista sino por el burócrata industrial. Esto es cierto en los sistemas industriales occidentales. Es cierto también en las sociedades socialistas... Pues la organización, es decir la burocracia, es inevitable en la tecnología industrial avanzada".
Es vital comprender los intereses, y el comportamiento, de tales organismos burocráticos, si queremos poner en cuestión las fuerzas que están destruyendo el medio ambiente y marginando a los pueblos. Instituídas para fabricar o vender tal o cual mercancía, para proporcionar tal o cual saber especializado, para ofrecer tales o cuales servicios específicos, las diferentes burocracias se preocupan ante todo de promover sus propios intereses, perpetuarse y aumentar su poder y su influencia. Este deseo de autopreservación engendra un punto de vista estrecho, con orejeras, una visión "en túnel" que tiene su propia dinámica. Las decisiones no son tomadas porque son deseables por razones sociales o ecológicas sino porque sirven a intereses particulares En realidad, vemos repetidamente que organizaciones especializadas han manipulado la investigación, deformado análisis costos-beneficios y suprimido informaciones con el objetivo de vender productos conocidos por su nocividad o con el objetivo de continuar actividades que son nefastas para el medio am-
Las lecciones El poder del que disponen las burocracias, y la privación concomitante de poder de las comunidades locales, es un aspecto central del Estado industrial moderno, de hecho, del conjunto del proceso que llamamos" desarrollo". Es la clave para comprender la creación sistemática de "residuos humanos", tanto en el Norte como en el Sur; la clave para comprender la destrucción de nuestro medio ambiente; y también la clave para comprender cuales son las fuerzas que bloquean el cambio. Pues estas burocracias dominan hoy
nuestras vidas. De hecho, estamos inextricablemente mezclados con ellas y moldean nuestro futuro. Son también el principal obstáculo para el cambio. Así, si la energía nuclear es hoy preferida por los gobiernos como "solución" al efecto de sierra, no es por la inexistencia de otras opciones , sino porque esas opciones no favorecen a las prioridades de las burocracias que dominan el sector energético. Si la agricultura orgánica no ha sido ampliamente adoptada, no es porque es una alternativa impracticable, sino porque ha sido sistemáticamente difamada como impracticable por la industria agro-alimenticia.
Intentar reformar esas burocracias puede retrasar la crisis ecológica, pero no nos acercara a su solución. La solución, no vendrá mas que si estamos preparados, como movimiento ecologista, para enfrentarnos al problema más fundamental de la privación de poder: arrancar el poder a las burocracias para devolverlo a la comunidad. Es decir tomar en serio la reivindicación de las comunidades en el Tercer Mundo y otras partes, que quieren que los habi-
85 Nicholas Hildyard tantes locales tengan el poder de decisión sobre sus recursos.
Para hacer esto el movimiento verde no puede actuar aisladamente. Y no puede triunfar si sus campañas no abordan problemas sociales más amplios. Orientar nuestras campañas hacia el problema de la privación de poder puede ser uno de los medios de progresar, no sólo permitiendo al movimiento concluir alianzas más amplias, sino también permitiéndole resistir más fácilmente la opinión según la cual la crisis ecológica sería una crisis puramente técnica. Cuando proponemos soluciones, no deberíamos sólo preguntarnos: "¿Va esto a eliminar una amenaza para el medio ambiente o promover la restauración ecológica?", sino: "¿Va a favorecer esta solución los intereses de las burocracias oficiales o los de los habitantes?". En definitiva, va a impedir o a animar a las comunidades a reforzar su poder o va a aumentar su marginación?"
Pues en última instancia sólo por el compromiso directo y decisivo de los habitantes locales y de sus comunidades en la búsqueda de soluciones se resolverá la crisis económica. Como ha dicho Lois Gibbs, de la "Coordinadora de ciudadanos contra los residuos tóxiCOS", , un grupo ecologista local en los EEUU :"El cambio no resulta de tecnicas astutas de presión institucional, o de hábiles investigaciones científicas, o de "magia" sino sencillamente de la confianza en el sentido común de la gente y de su voluntad de actuar una vez que es consciente de los problemas".
Los grupos ecologistas no pueden nunca rivalizar en poder financiero con los intereses a los que se enfrentan invariablemente. Pero disponen de una riqueza cuya fuerza, una vez que se recurre a ella, no debería ser subestimada: la gente, el pueblo.
Los teólogos de la liberación han argumentado desde hace mucho que la Iglesia era poco pertinente mientras no estuviera dispuesta a abordar el problema del poder y de la opresión. Los ecologistas tienen necesidad de abordar eso mismo también: nos hace falta una "ecología de la liberación".