Inprecor en castellano

Revista de la Liga Comunista Revolucionaria (IV Internacional), nueva serie, 1979–1991

Política internacional: Bush, Gorbachov y el tercer mundo

· Inprecor n.º 75, marzo de 1990 · pp. 24-30 · 5.984 palabras

LA REVOLUCION ES BOND UNACUTALA MENTRAS MASILE DAN MASSE MIGARA Tomemos, un Candlo Con coraje, s

BASTA DE NUCLEO SECC

BAEDESIONES

Política Internacional

BUSH, GORBACHOV Y EL TERCER

MUNDO: TEMAS Y QUIMERAS

Fred Halliday es autor de excelentes analisis de política internacional, centrados especialmente en la política exterior soviética. La orientación de Gorbachov en este terreno hacía necesario reconsiderar el enfoque de "segunda guerra fría" que servía de marco general a los análisis de Halliday. En su último libro, "From Kabul to Managua" , halliday analıza exnaustivamente las relaciones USA-URSS a finales de los años 80 y adapta su punto de vista a los nuevos datos, pero conservando las ideas básicas que ha defendido durante estos años: en especial la perspectiva de continuidad de conflictos Este-Oeste en el Tercer Mundo. La rapidez con que se desarrollan los cambios en la situación internacional y la transcendencia de los mismos desde finales de 1989 plantea inevitablemente problemas a algunas de las conclusiones de Halliday en su libro, pero aún así consideramos de mucho interés conocer sus ideas. El texto que sigue es el capítulo 6° de "From Kabul to Managua"

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En el año 1988, las dos grandes potencias tuvieron importantes cambios de dichov tomó posesión como presidente de la URSS, después de incrementar durante tres años su poder como Secretario General; en noviembre, George Bush fue elegido presidente de los EEUU, tras ocho años de vicepresidente. Así comenzó una nueva fase, potencialmente más pacífica, en las relaciones diplomáticas Este-Oeste, construída sobre la base de los avances logrados en las negociaciones precedentes. Estas elecciones gemelas, que marcan una nueva fase de dirección ejecutiva dentro de una continuidad general, inciden en la política respecto al Tercer Mundo, y en otros elementos centrales de las relaciones americano-soviéticas. Así, la coyuntura de finales de la década de los ochenta, parecía caracterizada por la inminencia de una nueva reflexión tancial y una reformulación de la política respecto al Tercer Mundo.

Paralelamente a las elecciones presidenciales en los EEUU y la URSS, en la segunda mitad de 1988 se produjo un giro decisivo. El flujo y reflujo de conflicto y negociación en el Tercer Mundo durante la década previa había producido negociaciones internacionales y compromisos sobre casi una docena de cuestiones. Ahora se estaban retirando las tropas soviéticas de Afganistan; se acordaron ceses de fuego en Nicaragua, Angola y la guerra de Iran-Irak; comenzaron negociaciones sustantivas sobre el Sahara occidental y Camboya, e incluso había algún movimiento en dos de los asuntos más difíciles: el conflicto árabe-israelí y la península de Corea.

Las dos partes reconocían abiertamente el grado en el cual la resolución de las cuestiones del Tercer Mundo tenían una importancia global, más que meramente nacional o regional. La evolución y la aplicación de una política hacia el Tercer Mundo había preocupado a los EEUU y a la URSS desde que emergieron como los constituyentes de un mundo bipolar en 1945, y era la causa de algunos de sus mayores éxitos, como de los mayores fracasos. Surgieron problemas no sólo con respecto a fuerzas políticas en el Tercer Mundo, sino también dentro de la sociedad y el aparato de Estado de estos dos paises líderes: una de las razones de la caída de Kruschev en 1964 fue el haber dirigido mal la crisis de los misiles cubanos.

Como han enfatizado, entre otros, los autores de Discriminate Deterrence, los asuntos del Tercer Mundo minaron la posición de numerosos presidentes americanos posteriores a la guerra. En no pocas ocasiones, los EEUU y la URSS, encontraron que el Tercer Mundo les creaba problemas en relación a sus respectivos aliados. La fricción entre los EEUU de una parte, y Francia y aran Bretana por otra, y entre la URSS y China, es suficiente evidencia de esto. Dogmatismo de lo benigno: el advenimiento de la "glasnot internacional" Del lado soviético, la percepción de los asuntos del Tercer Mundo era diferente a la de EEUU, pero presionaba de la misma manera. En la segunda mitad de 1988, se había producido una evolución substancial en el contenido y en el estilo, más allá de las posiciones iniciales de "nuevo pensamiento" que postulaba

Gorbachov en 1985 y 1986. Además de su devoción por la política occidental, la "glasnot internacional" implicaba un amplio rechazo de los compromisos soviéticos previos, y la negación del papel del Tercer Mundo en el avance del socialismo. Desde la perspectiva soviética, el Tercer Mundo constituía un terreno de inestabilidad y crisis, en el cual había un riesgo de confrontación de las grandes potencias. Incluso sin llegar a la confrontación, la intervención de éstas planteaba peligros especiales para la paz, y para la reducción de la tensión Este-Oeste. En el contexto del "nuevo pensamiento" de Gorbachov, el coste de la intervención en los asuntos del Tercer Mundo no era sólo económico y militar, sino también internacional, global. Lo más importante era que esa intervención, al minar el entendimiento EEUU-URSS, inhibía la concentración de energia y recursos en las preocupaciones domésticas soviéticas. En contraste con la perspectiva marxista-leninista clásica, que sostenía que el desarrollo del socialismo en la URSS se acentuaría con el incremento de la lucha revolucionaria y el compromiso socialista en el Tercer Mundo y en las colonias, el "nuevo pensamiento" implicaba, que para consolidar y transformar la URSS, era necesario limitar la extensión de esta lucha, y el compromiso y la participación soviética en ella. Ahora, los textos soviéticos negaban llanamente que los movimientos de liberación nacional tueran beneficiosos para la URSS. Dejando aparte las cuestiones teóricas, vo pensamiento" podía contar con un amplio sentimiento de desilusión y hostilidad existente en la Unión Soviética hacia los aliados socialistas del Tercer Mundo. Estos fueron acusados, con diversos niveles de justicia, de las penurias económicas y de las malas relaciones con los EEUU. El énfasis sobre el "interés nacional" y sobre el nacionalismo, sirvió por lo tanto para aprovechar este aislacionismo soviético en favor de la causa de la perestroika. El viejo concepto dde "correlación de fuerzas" fue reemplazado por un nuevo "balance de intereses", supuestamente aceptable para el Este y el Oeste.

En la época que Gorbachov fue elegido Presidente de la URSS, en octubre de 1988, las ideas incipientes de 1985 fueron llevadas mucho más adelante

Por una parte, 1988 se convirtió en el año no sólo de las declaraciones soviéticas, sino del acuerdo soviético a una serie de pactos regionales en los cuales su influencia y prestigio estaban en peligro: el más destacado fue Afganistán, pero también en la región del Golfo y en Angola. Paralelamente a esos acuerdos específicos, y al tratado INF con los

EEUU, comenzó el proceso de "glasnot internacional", al abrirse dentro de la

URSS, una discusión sobre política exterior. Si en los primeros tres años de la glasnot la discusión más abierta estaba

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NOTAS: (1). Un ejemplo ilustrativo de esta nueva perspectiva bipartidista es dado por Henry Kissinger y Cyrus Vance, "Bipartisan Objectives for American Foreing Policy", Foreign Affairs, verano 1988, donde se aboga por un intervencionismo calibrado. (2). Para las opiniones de Shevarnadze sobre la necesidad de perseguir el interés nacional ver "Foreing Policy and Diplomacy", International affairs, nº 10, 1988. Para un ejemplo claro de "glasnot internacional" y su negación de un conflicto inherente con los EEUU, vea Andrei Kozyrev, "Confidence and the Balance of Interests", International affairs, nº 11, 1988. (3). Para una comparación de las ideas soviéticas y occidentales sobre la "interdependencia" y asuntos relacionados vea la publicación conjunta de IMEMEMO y el Royal Institute of International Affairs, International Economic Security, por Igor Artemiev y Fred Halliday, Moscú y Londres, 1988.

confinada a una variedad de temas doesta restricción no se mantenía en 1988, cuando, con un apoyo evidente desde arriba, se expresaron una serie de críticas e ideas nuevas. De esta manera, el Ministro de Asuntos Ex-

Shevardnadze, fue el pionero en sostener que el "interés nacional", diferenciado de la solidaridad internacionalista de clase, debía determinar -y por implicación, limitar- la intervención soviética en asuntos exteriores, que un alto funcionario de su Ministerio criticaba abiertamente la idea de que había algo dentro del sistema político de los EEUU que era implícitamente hostil a la URSS. Según pasaron los meses, fueron aumentando para los funcionarios soviéticos las posibilidades de cuestionar la implicación en el Tercer Mundo, y dudar de las credenciales socialistas La política occidental en el Tercer Mundo: cuatro opciones La política exterior y los pronunciamientos oficiales de los EEUU a principios de la década de los 80 habían sido dominados por la "amenaza" soviética y la relación con ella de las conmociones del Tercer Mundo. Por el contrario, en las discusiones de finales de los ochenta, había un reconocimiento creciente de que los asuntos del Tercer Mundo podrian ser separados de las relaciones americano-soviéticas, y que la influencia del conflicto del Tercer Mundo en las relaciones URSS-USA, unida a la escalada del armamento nuclear, minaban las negociaciones Este-Oeste y amenazaba los intereses de los EEUU. De esta manera, si hasta entonces la amenaza del Tercer Mundo había sido presentada como un combinado soviético-revolucionario, ahora el papel soviético se reducía frecuentemente y la amenaza revolucionaria se relacionaba con otros problemas de los EEUU, especialmente al fundamentalismo islámico, el terrorismo, y la droga. La deuda del Tercer Mundo, especialmente en su variante latinoamericana, era cada vez más considerada como una amenaza mayor que la revolución para la estabilidad de los EEUU. Esta distancia respecto a la amenaza "soviética" le otorga al Tercer Mundo una dimensión amenazante muy distinta y mas convincente que la que jamas había tenido. De esta manera, se hizo factible un nuevo intervencionismo, desconectado de la rivalidad con la URSS

La evaluación de las cambiantes actitudes americanas hacia el Tercer Mundo, y de las opciones con las que se enfrentaba Bush, fueron dificultadas por el escaso lugar que aparentemente ocupaban los asuntos del Tercer Mundo, y en realidad, los asuntos internacionales en general, en las elecciones americanas de 1988. Ninguna de las candidaturas se centraron en estos temas, y las encuestas indicaban que los votantes también ponían muy poco énfasis en los asuntos internacionales al hacer su elección. Esto contrastaba notablemente con las elecciones de 1980, cuando la

"soviética" y su extensión en el Tercer Mundo y, por supuesto, Irán, habían sido tan prominentes. Sin embargo, este abandono aparente falseaba la realidad: la nueva actitud hacia el Tercer Mundo era una condición para hacer posible el ejercicio aparentemente "analgésico" de democracia moldeada por los

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medios de comunicación de masas, que llevó a George Bush a la Casa Blanca.

Los cambios en la política soviética habían permitido a los políticos americanos concentrarse casi exclusivamente en asuntos domésticos, y, a través de los ocho años precedentes, Reagan había vuelto a constituir un enfoque bipartidista de los asuntos del Tercer Mundo, que ni el Irangate, ni la persistencia del "síndrome de Vietnam" podían cuestionar. La política de Reagan había evitado la intervención directa de tropas americanas, a la manera de Vietnam, y fue golpeada por el Irangate, pero en cualquier caso abogaba por la necesidad y la legitimidad de la intervención americana en las crisis en el Tercer Mundo por otros medios. Estos incluían la "diplomacia preventiva": la administración de las crisis revolucionarias, la "contra-insurgencia", el apoyo a las fuerzas contrarrevolucionarias, y asistencia militar creciente a los aliados de los

Como ex-director de la CIA, se podía esperar que Bush respaldara una variedad de acciones encubiertas en el Tercer Mundo: la causa de los Contra parecía estar muriendo, pero se consideraba a Bush comprometido en una creciente ayuda militar a El Salvador y la continuidad del apoyo a UNITA.

Por consiguiente, si Bush heredó una América que estaba menos interesada por los temas internacionales, y en particular por la URSS, el nuevo consenso en los EEUU favorecía un intervencionismo limitado en el mundo(1): Por tanto, no es sorprendente que hubiera en Washington gente que argumentaba que, al alcanzar un acuerdo con Moscú, Washington tendría las manos más libres para intervenir en el Tercer Mundo. Los cambios en el contexto internacional provocaron un debate considerable entre los que se ocupan de la política exterior occidental, oficial y oficiosa. Teniendo en cuenta el nuevo pensamiento soviético sobre el Tercer Mundo, y un cierto acercamiento americano-soviético, era posible establecer por lo menos cuatro amplios estilos de pensamiento en la discusión americana sobre cómo formular la política hacia el Tercer Mundo. El primero consistía en una aproximación conjunta americano-soviética a crisis específicas en el Tercer Mundo. Esta puede ser caracterizada de manera general como la opción del "condominio". Sus primeras versiones están en el Acuerdo de Principios Básicos, de 1972, y la declaración Vance-Gromyko sobre Oriente Medio de 1977, e incluso antes aún, la propia Carta de 1945 de las Naciones Unidas, que otorgaba funciones especiales, diplomáticas y coercitivas, incluyendo la acción militar conjunta, a las cinco grandes potencias de la

Como se ha indicado ya, la idea dominante a finales de los ochenta de una política conjunta americano-soviética en temas del Tercer Mundo, se enfrentaba a dos obstáculos, ambos igualmente insuperables: primero, la persistencia de la competencia socioeconómica y la incapacidad de las propias grandes potencias para alcanzar la suficiente confianza y acuerdo para llevar a cabo una política común; segundo, la resistencia de terceras partes, incluyendo Estados y movimientos revolucionarios en el Tercer Mundo, a soluciones impuestas desde fuera. La existencia de un compromiso previo por parte de las grandes potencias daba a estas fuerzas del Tercer Mundo un margen considerable para iniciativas que podían desbaratar las discusiones de las grandes potencias, y ganarse aliados en el conflicto. Si alguna lección podía extraerse de la historia posterior a 1945 era precisamente que era en los momentos de mayor acercamiento de las grandes potencias cuando los aliados menores de ambas partes se volvían más inquietos; China rompió con la URSS durante el deshielo de las relaciones americano-soviéticas de fines de los 50 y principios de los 60, y tanto Israel como Egipto se apresuraron a oponerse al acuerdo EEUU-URSS de 1977

La segunda opción puede ser incluída bajo el término "inter-dependencia", un concepto que se puso de moda en el análisis académico y oficial de las relaciones internacionales durante la década de los 70. Este término sugería que la competencia militar al viejo estilo entre los estados estaba siendo reemplazada crecientemente por una interacción económica, ideológica y social, y que el crecimiento de esos lazos no-militares reduciría los riesgos de una confrontación militar. El término se aplicaba originalmente a las relaciones entre los Estados capitalistas desarrollados de la OCDE, para acentuar su creciente interpenetración económica y, de esta manera, disminuir la posibilidad de un conflicto entre ellos. Ciertamente, la probabilidad de una guerra entre los EEUU y Canadá, o entre diferentes países de la CEE, había desaparecido en la época posterior a la guerra. El término fue, sin embargo, extendido para referirse a las relaciones entre países capitalistas desarrollados y países del Tercer Mundo, como en los Informes Brandt de 1980 y 1983, y, por una sucesiva extensión, para cubrir las relaciones entre el bloque occidental y el soviético. A veces, se utilizaba el término "interdependencia" no para referirse a la interrelación económica de países similares, sino al balance militar entre los propios dos bloques, implicando con esto que la "deterrence" (disuasión) y la posesión de armas nucleares por ambas partes evitaba el conflicto militar. Otras veces, especialmente en el uso soviético del término como parte del "nuevo pensamiento", la interdependencia se utilizaba para sugerir que si el Este y el Oeste podían maximizar su interrelación económica por medio de acuerdos oficiales, esto minimizaría el peligro de conflicto militar. A fines de los 80, parecía que más allá de las ventajas económicas, la URSS incentivaba la inversión económica y el comercio occidental en su interior no sólo por ventajas económicas directas, sino con la esperanza que esto disminuiría el peligro de guerra en el futu-

El término "interdependencia" es ambivalente, tanto ilumina como confunde. Si identifica un proceso real en el mundo contemporáneo, también mezcla la realidad de una interconexión creciente con un deseo de que esta interconexión incremente la armonía global, y con una creencia, a menudo infundada, en que este proceso ha reducido el poder de los Estados. De hecho, paralelamente a la creciente interdependencia, han surgido nuevos conflictos en el mundo, y los Estados, aunque pierden el control de algunas áreas, han ganado en otras. El resultado irónico de esta contusa aspiración fue que, en los años 70, la interdependencia se convirtió en concepto central de la Comisión Trilateral, el organismo privado responsable de la mayor parte de la política de la administración Carter, y una década después, en fundamento del "nuevo pensamiento" soviético. En ambos casos, la interdependencia implicaba la creencia en que la confrontación al viejo estilo estaba muriendo, y que los lazos económicos estaban creando un mundo más flexible y pacífico, del cual desaparecerian esos conflictos, o al menos se harían más mane-

La idea de que los lazos económicos reducen la confrontación militar, aparentemente de sentido común, es antigua, y aparece en muchos pensadores liberales de los siglos dieciocho y diecinueve. Sin embargo, es una base mucho menos sólida para la política que lo que pudiera parecer, ya que exagera la medida en la cual un conflicto estratégico y político puede ser ahogado por los vinculos económicos. El estallido de la primera guerra mundial, cuestionó gravemente esta idea, arrojando a una guerra total a estados que habian comerciado e invertido activa y mutuamente. De manera similar, aunque menos destructiva, la creencia de Carter en los efectos beneficiosos del comercio fue seguida por el primer ataque de la segunda guerra fría, en la que las propias relaciones económicas entre el Este y el Oeste se convirtieron en un objeto de manipulación estratégica. Lejos de utilizarlo con fines benéficos, los EEUU buscaron imponer restricciones al comercio con la URSS, para de esta manera debilitarla por medio de embargos, a la vez que buscaba forzarla a una mentista que le resultara más difícil aún de afrontar que a los EEUU. El término interdependencia tiene considerable validez para describir relaciones entre países desarrollados de estructura socio-

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(4). American Comittee on US-Soviet Relations, "The Requirements for Stable Coexistence in US-Soviet Relations" informe conjunto con el USA-Canada Institute of the Academy of Sciences of the URSS, Washington 1988, p.9. (5). Sobre Yemen del Sur y otros casos de supuesto "expansionismo" soviético a finales de los 70 ver mi texto "Threat from the East?", Penguin 1982, publicado en los EEUU como Soviet Policy in the Arc of Crisis, Institute for Policy Studies, 1981. (6). Meeting the Mavericks, p.29.

similar, aunque aquí también puede minimizar el grado de proteccionismo y competencia que puede haber en tal interacción. Por otra parte, como base para entender las relaciones Norte-Sur, o las relaciones Este-Oeste, supone que a fin de cuentas prevalecerá el beneficio económico sobre los intereses estratégicos, algo que, al menos respecto al pasado, se ha probado que no ocurre. Una política hacia el Tercer Mundo que esté basada en la perspectiva de "interdependencia" corre el riesgo que soportaron los internacionalistas liberales de antes de 1914 y los "trilateralistas" de la década de 1970. Sería ingenuo presumir que la creciente independencia entre los sistemas económicos soviéticos y occidentales resolverá por

La tercera opción, favorecida por muchos liberales americanos, y adoptada ahora por algunos analistas soviéticos, es la de "no-intervención" y "desmilitarización" de las relaciones de los EEUU y de la URSS con el Tercer Mundo. Por referencia a Vietnam, y los posteriores intentos de reproducir una implicación en el Tercer Mundo, los liberales de EEUU han dado los argumentos siguientes en favor de que los EEUU se mantengan fuera de esa implicación: el coste es demasiado alto; los Estados del Tercer Mundo y sus asuntos no importan realmente. En esencia, América puede ignorar esas crisis, y debe cesar de exagerar su importancia estrategica y el grado de implicación soviética en ellas. Ademas, dicen esos críticos liberales, la intervención militar no funciona: Vietnam y Afganistán son ejemplos. Un enunciado claro de esta perspectiva fue presentado en un informe conjunto, elaborado en 1988, del Comité Americano sobre Relaciones EEUU-Soviéticas y el Instituto EEUU-Canadá de la Academia de Ciencias de la URSS. Junto a la discusión de temas nucleares, las dos partes analizaron el modelo del pasado de la implicación URSS-América en el tercer mundo e hicieron una lista de los ejemplos de este tipo de actividad por cualquiera de los dos lados. Después

"La propuesta de desmilitarizar la competencia EEUU-Soviética en el Tercer Mundo tiene implicaciones de gran alcance. Para ser efectiva tendría que incluir: 1) no intervenir directa o indirectamente con fuerza militar; 2) no transferir una lista especificada de armas sofisticadas, junto con un acuerdo mutuo de influir sobre otros grandes suministradores de armas para que adopten la misma política; 3) no introducir fuerzas militares delegadas, fuerzas voluntarias o fuerzas paramilitares encubiertas en conflictos regionales; 4) no organizar, pagar, equipar o asesorar insurgencias o contra-insurgencias; 5) limitar los programas de asistencia militar a equipamiento y entrenamiento necesario sólo para la legítima defensa; 6) ofrecer protección militar a amigos y aliados sólo contra invasiones a través de sus fronteras; 7) y establecer mecanismos para asegurar la adecuada verificación de todos estos acuerdos".(4)

Esta lista de implicaciones de no-intervención y desmilitarización explicaba en detalle, en terminos mas claros, muchos de los temas surgidos en el acuerdo de Principios Básicos de 1972; y estaba amenazada de derrumbarse por muchas de las mismas razones que había minado la declaración anterior.

En primer lugar, la propia lista de implicaciones y el análisis histórico precedente de las intervenciones sovieticas y americanas en el Tercer Mundo indicaba algunas polémicas simplificaciones: un número de puntos fueron aceptados por cada uno de los lados en el contexto del estudio conjunto, pero estos buenos modales no podían, por sí mismos, asegurar la exactitud de las cuentas presentadas. Por ejemplo, el uso que se hizo en informe del término "delegadas", invocado frecuentemente por los americanos para referirse a las fuerzas cubanas en Angola y Etiopía, ignoraba el grado en el cual Cuba actuaba por su propia voluntad, aunque concordara con la política soviética en general, y el hecho de que en ambos países Cuba estaba defendiendo a Estados reconocidos internacionalmente contra ataques desde fuera. En la lista de las intervenciones militares en el Tercer Mundo por las que el informe criticaba a la URSS se incluía a Yemen del Sur en 1978: podíamos considerarlo un detalle menor, si no fuera porque no existió tal intervención(5). Una política basada en el intercambio de mitos y en repetir la nociva e inexacta letanía de los derechos americanos, difícilmente podría constituir una base para mayor entendimiento interna-

Mas alla de las cuestiones históricas, había otros problemas en esta propuesta para un régimen desmilitarizado. En unos términos que recuerdan demasiado los de la Liga de las Naciones y su perspectiva utópica de las relaciones internacionales, este esquema liberal para los años 80 ignoraba cuestiones clave que son la base de las tensiones internacionales. Así, en relación a Vietnam y Afganistán, trataba de confirmar la proposición de que la intervención militar debe ser rechazada porque no funciona. Sin embargo, se podría defender de manera igualmente inteligente la proposición contraria: la razón por la cual la intervención militar, directa e indirecta, continúa siendo atractiva en los asuntos internacionales, es que en muchos casos ha funcionado, como lo demuestra la lista de las intervenciones americanas y soviéticas desde 1945 -en Hungría, Checoslovaquia, así como en la República Dominicana y Granada. Como en el caso de la tortura, el argumento contra la intervención es menos efectivo, si se basa sobre la afirmación de que no

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funciona. La amarga verdad es que funciona suficientemente a menudo -y la amenaza de intervención funciona mucho más a menudo aún-, siendo una efectiva y, por ello mismo, especialmente perturbadora caracteristica de las relaciones internacionales: la intervención americana en la República Dominicana en 1965 y la de Granada en 1983 son pruebas suficientes de ello

La debilidad práctica de la posición de no-intervención del informe liberal de 1988 era también evidente en cómo excluía la asistencia militar directa, incluso cuando los Estados fueran atacados desde fuera -dejando poco claro de qué manera, frente a esa caracteristica no poco frecuente de las relaciones internacionales, debían responder los Estados del Tercer Mundo. Más aún, fallaba en resolver el rompecabezas que la no-intervención presenta para el análisis liberal: el informe implicaba que los gobiernos existentes en todo el mundo deberían ser considerados como legítimos, y que ninguna fuerza de oposición debía ser apoyada con medios militares contra regímenes establecidos, incluso si estos fueran opresivos y no-democráticos. Esta comprensión bipolar congelaria, por lo tanto, el orden injusto en lo social y lo político de muchos países, evitando la instauración de condiciones más justas, porque esto perturbaria a Washington y a Moscú. La lógica de la no-intervención, liberal en sus orígenes, estimulaba de esta manera la institucionalización de la represión. Un nuevo intervencionismo Estas tres orientaciones políticas -condominio, interdependencia y no-intervención- se basaban en alguna medida en un entendimiento soviético-americano y una continuidad y reforzamiento de las negociaciones que se llevan a cabo desde 1986 en adelante. Sin embargo, junto a éstas, existe una cuarta opción: la defensa, nuevamente, de la intervención unilateral en el Tercer Mundo. Aunque ésta ya había sido evidente en la URSS a finales de los años 70, como quedó demostrado por la intervención en Afganistán en diciembre de 1979, fue en la discusión americana de los años 80 donde quedó más claro el resurgimiento del intervencionismo. Frente a cada derrota, puede haber dos reacciones: que la intervención no debe volver a intentarse, o que debería ser intentada otra vez, pero hacerlo mejor. Si la política liberal de no-intervención representó una de las respuestas americanas a Vietnam, había otra tendencia, que buscaba volver a llevar a cabo la intervención en el Tercer Mundo, pero sobre la base de las "lecciones" de la guerra de

La discusión americana sobre estas "lecciones" dividió dos grandes escuelas, la "estratégica" y la de "baja intensi-

, o como las clasificó un autor militar, la escuela de la "guerra" y la de la "insurgencia". Una tercera respuesta al aparente callejón sin salida de los años 70 fue el desarrollo de una estrategia estrictamente militar, basada en una mezcla de armas convencionales y misiles nucleares de poca potencia, para enfrentarse a las crisis y amenazas del Tercer Mundo. Este pensamiento estaba evidentemente detrás del informe del Pentágono sobre Disuasió Discriminada, en el cual un énfasis especial sobre la amenaza del Tercer Mundo sobre los EEUU se combinaba con una discusión sobre cómo una utilización selectiva, es decir "discriminada", de las armas nucleares podría hacer viable otra vez la estrategia militar en el Tercer Mundo. En cierto modo, el cambio en la percepción de la amenaza del Tercer Mundo en los años 80 hizo más fácil esa discusión neo-intervencionista. Una vez que el conflicto en el Tercer Mundo fue separado parcialmente de la rivalidad con la URSS, los riesgos estratégicos generales de una acción militar alli quedaban reducidos. Golpes selectivos contra estados "terroristas", narcotraficantes en América Latina, o secuestradores de aeronaves civiles, acciones llevadas a cabo bajo el pretexto de que esos objetivos eran el enemigo principal, hicieron "concebible", otra vez, la intervención de una manera que hubiera sido más difícil si esas acciones hubieran supuesto una implicación a gran escala de las tropas de combate americanas o la posibilidad de un choque directo con la Unión So-

De esta manera, un intorme preparado por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Georgetown, diseñado para orientar la política del nuevo presidente fue titulado: "Encontrando a los disidentes: desafíos para el próximo Presidente". Este documento planteaba que mientras las amenazas por parte de la Unión Soviética estaban cediendo, crecían otras amenazas en el Tercer Mundo: regímenes regionales que se fortalecen, difusión de nuevas tecnologías, nucleares y convencionales, y una serie de fenómenos nuevos, como el terrorismo, secuestros de personas y de aviones, y el tráfico de drogas. Al hacer un llamamiento a "respuestas no-convencionales" el informe identificaba problemas dentro del sistema de los EEUU y su tradición política, y llamaba a deshacerse de cualquier resto de escrúpulos: "Por el contrario, la respuesta de los EEUU a los ataques no-convencionales tiende a estar moldeada dentro de sus propias tradiciones democráticas, tratando de basarse sobre la fuerza de la ley interna e internacional para enfrentarse a amenazas no-convencionales. El éxito a cualquier precio no ha sido nunca un concepto con el que los americanos se sientan cómodos. Al mismo tiempo, la derrota en toda circunstancia no es una perspectiva que los EEUU deberían aceptar tranquilamente. Ante la ausencia de algún tipo de respuestas efectivas, los EEUU continuarán siendo vulnerables al área gris de la guerra no-convencional"(6). Las características de una nueva política, conteniendo muchos elementos del nuevo menú intervencionista, incluía: convertir la respuesta a los desafíos regionales en una componente central, no simplemente reactiva de la política exterior de los EEUU; asegurar el apoyo interno a estas políticas por medio de la "educación pública"; esperar menos de los aliados y clientes; una asistencia de seguridad más sistemática; desarrollar modos de utilizar "fuerza encubierta" en el Tercer Mundo; utilizar la "diplomacia coercitiva" más inteligentemente, evitando los errores de algunas implicaciones anteriores; un mayor énfasis dentro de la organización de la seguridad nacional en los EEUU a los asuntos del Tercer Mundo.

Tras las delicadas formulaciones del informe, se podría detectar una agenda más auto-afirmativa: la "educación pública" significa el tipo de manipulación de los medios de comunicación y desinformación desarrollados por la administración Reagan con respecto a América Central; la reducción de expectativas respecto a los aliados se traduce en preocuparse menos por las consecuencias diplomáticas y en un unilateralismo americano más fuerte. Pero este informe, y gran parte del nuevo intervencionismo, ignoran el contexto político e internacional en el cual emergieron esos problemas: por ejemplo, los Estados del tercer mundo eran más auto-afirmativos porque los países más desarrollados, tales como los EEUU les vendieron armas; el tráfico de drogas se expandió tanto, por la demanda dentro de los EEUU; el terrorismo fue en muchos casos una respuesta a situaciones políticas que se estaban pudriendo durante mucho tiempo, sin que los EEUU hicieran gran cosa por resolverlas; las conmociones en el Tercer Mundo tienen mucho que ver con condiciones de injusticia social y política extremas mantenidas por regímenes que tienen apoyo

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occidental, precisamente del tipo de 'asistencia de seguridad" que el CSIS estaba proponiendo aumentar.

Sin embargo, en mucha de la discusión en EEUU sobre la intervención en el Tercer Mundo, hay factores más nebulosos, aunque en todo caso potentes, de psicología e ideología. Como un efecto de rebote de la derrota de Vietnam en los EEUU, la perspectiva de intervención contra otros volvió a ser aceptable, contando con que los costes para los propios EEUU no fueran demasiado grandes. Prácticmente la totalidad discusión pública sobre Vietnam en la década de los 80, sea en libros de historia, películas o discursos políticos, tenía como horizonte el intento de llegar a un acuerdo sobre lo que Vietnam nos hizo a nosotros", los EEUU; lo que los EEUU hicieron en Vietnam, con la devastación de su ecología, economía y comunidad humana, encubierta por un vengativo bloqueo, fue raramente tratado. Este autismo moral e histórico tuvo su expresión más clara en el término más comunmente utilizado, tanto por liberales como por intervencionistas, para describir la intervención en Vietnam: "cenagal". Este término, con reminiscencias de auto-compasión, implicaba que eran los EEUU quienes fueron la vícti na, y que si no se hubieran "nundido en Vietnam, todo nubiera estado mu! bien. La cuestión de si la intervención misma había sido legítima, y qué les

"otros", los habitantes del "cenagal", fue convenientemente repriCompromiso y más allá Dos conclusiones, sobre todo, salen de este análisis y la cambiante interacción entre el Este y el Oeste y el Norte y el Sur discutidas aquí. La primera es que al ser las causas de las revueltas en el Tercer Mundo, en una medida considerable, independientes de la rivalidad EEUU-URSS, éstas continuarán cualquiera que sean las relaciones entre Washington y Moscú. Una distensión entre el Este y el Oeste que se base en el final de las crisis del Tercer Mundo será precario, como lo será también una política que suponga que alguna panacea puede curar los etectos internacionales del cambio en el Tercer Mundo. La contradicción a la que se ve arrastrada la perspectiva liberal no-intervencionista ilustra muy claramente que los trastornos políticos y sociales en el Tercer Mundo van a perdurar y se van a esparcir inevitablemente sus efectos: el mantenimiento de la paz implica no prevenir tales trastornos, sino reconocer y vivir con sus consecuencias en el plan internacional. En lo que se refiere a las relaciones soviético-americanas, se aplica la proposición inversa: esa rivalidad entre las dos, en todo lo que tiene que ver con el Tercer Mundo, es no sólo un producto de desafíos regionales o malos entendidos, sino una competencia socio-económica más amplia, que abarca la carrera armamentistica, Mundo, y el modelo de cambio social y político dentro de los propios bloques. S es este contexto más amplio el que explica cómo y por qué los dos bloques de poder se implican en el Tercer Mundo, esto también indica que la resolución de algunos conflictos meramente "regionales" no va a producir un acuerdo completo. La aparición de un acuerdo diplomático al final de la década de los 80 no es resultado del final de la rivalidad soviético-americana, sino más bien de un cambio en el equilibrio de fuerzas entre las dos partes, y por la necesidad de los EEUU de hacer concesiones en el Tercer Mundo para así concentrar sus esfuerzos en una revitalización dentro de su propia casa. Queda por ver en qué medida esta revitalización va a tener éxito, y en qué medida los conflictos del Tercer Mundo que están en el punto de mira de la diplomacia soviética y americana podrían permitir una solícita cooperación entre las grandes potencias

En el corazón de la rivalidad soviético-americana se encuentra una competencia entre dos sistemas políticos y sociales, dos ideas generales competitivas sobre cómo las sociedades individuales y el mundo en su totalidad debería estar organizado. Esta competencia, lejos de desaparecer, continuaba al final de los 80 precisamente el terreno más central, respecto a las formas de gobierno y los sistemas socio-económicos en que deben basarse las sociedades del Tercer Mundo, y por extensión, en el mundo más desarrollado. Si por "guerra fría" se entiende periodos de intensa rivalidad soviético-americana, entonces el incremento de la negociación sobre el control de armamentos y los asuntos del Tercer Mundo al final de los años 80 significa el término de la guerra fría: pero, utilizado en este sentido restringido, cepto es diferente de la dinámica más amplia de la rivalidad Este-Oeste, que continúa incluso cuando no hay "guerra fría" en el sentido restringido. Las guerras frías de finales de los años 40 y principios de los 80 nos indujeron a ver el conflicto como predominantemente militar, referido a la carrera de armamentos, abastecimiento de armas, y conflictos locales. Estos conflictos fueron en muchos aspectos autónomos, pero siempre formaron parte, y estuvieron subordinados a un conflicto socio-

La campanas politicas, y a la rivalidad ideológica. las negociacio nes de finales de los años 80 pocos elementos indican que este conflicto fundamental ha terminado: es cierto que se ha aliviado la situación en regiones y Estados específicos, pero las negociaciones y compromisos establecidos para ello, han creado un nuevo foro para el desarrollo del conflicto y para verificar la fortaleza y la plasticidad de cada bloque y de sus aliados del Tercer Mundo. D