Boris Kagarlitsky es el más conocido dirigente del Frente Popular de Moscú. El trabajo que en ba London la o or Economica con monia de erbir el preel 1 sa Deutsbre de 1989,
URSS
LA IMPORTANCIA
DE SER MARXISTA
Espero que el título casi wildeano de mi conferencia no induzca a error. Intento ser totalmente serio. Si hay lugar para la ironía en el tema que trataré hoy, es del tipo de aquellas "ironías de la historia" de las que escribió tan proféticamente Isaac Deutscher. He pensado durante mucho tiempo qué decir en esta conterencia. Usualmente, cuando los galardonados reciben su premio intentan hacer un discurso muy sabio y profundo para demostrarse a sí mismos y al público que no se les ha concedido en balde.
Probablemente hubiera hecho exactamente lo mismo si la situación política en mi país fuera algo diferente y los tanques no se hubieran convertido en una visión cotidiana en las calles de muchas de nuestras ciudades. Pero, desgraciadamente, es así como se está desarrollando la situación. Hoy todo el mundo espera en Occidente que alguien que acaba de llegar de la URSS hable de los actuales acontecimientos políticos. Intento por lo tanto hablar no de historia sino de lo que está pasando en mi pais en estos momentos. La generación de los sesenta La época no se presta a la investigación académica seria. Pero ¿se deduce de ello, que podemos prescindir totalmente de la teoría en estos tormentosos días?
Pareciera que un sector importante de la intelligentsia liberal, hablando desde la tribuna del Congreso de los Diputados del Pueblo, en la televisión y en las páginas de Novedades de Moscú, lo considera efectivamente posible. Y, en cualquier caso, este sector de nuestra sociedad está profundamente convencido que puede prescindir totalmente del marxismo. Muy posiblemente estén en lo cierto: no lo necesitan. Pero ¿tampoco lo necesita la sociedad?
En el plano ideológico, los dos primeros años de la Perestroika supusieron la revancha de la generación de los años sesenta. personas representativas de esta generación se encontraron sin esperarlo en primera línea; muchos de ellos descubrieron que tenían poder real. El comunismo liberal, que había inspirado a los intelectuales de la era Khrushchev y sufrido una derrota aplastante después de la intervención de las fuerzas soviéticas en Checoslovaquia parecía disfrutar de un segundo aliento.
La gente una vez más creía en la posibilidad de que tuvieran lugar reformas graduales desde arriba, y que una retorma liberal de mercado, vislumbrada como una segunda edición de la Nueva Política Económica de Lenin y aplicada bajo la dirección de dirigentes del Partido conscientes de su responsabilidad histórica, nos conduciría suave y directamente a la democracia. Y la Intelligentsia liberal ayudaria a este proceso a través de su consejo y crítica constructiva.
Desgraciadamente, estas ilusiones estaban destinadas a durar poco. Pronto se hizo patente que detrás del deseo general de cambio se agazapaban intereses contradictorios; que la reforma de mercado emprendida por las autoridades beneficia realmente a los sectores más modernos del aparato -la tecnocracia-, a una alianza de unas cuantas coorporaciones internacionales con la nomenclatura burocrática tradicional, a través del sistema de "empresas mixtas"
Por supuesto hubo algunos cambios positivos y reales. No debe subestimarse el hecho mismo de que el pueblo soviético tiene ahora acceso a escritos que eran considerados peligrosos y subversivos sólo hace tres o cuatro años. Ello no es solamente importante para los intelectuales. Y, a pesar de la abundante manipulación burocrática, no hay duda que la celebración de elecciones a
Boris Kagarlitsky comienzos de este año y los subsiguientes trabajos del Congreso y del Soviet Supremo han estimulado la vida política y han permitido que las voces de la oposición sean escuchadas. Pero si de lo que se habla es de nuestra vida cotidiana, de la lucha diaria por la supervivencia, entonces hay que decir que la perestroika no ha beneficciado a las
Los liberales tipo años sesenta se encontraron a la defensiva. Estaban siendo reemplazados por partidarios más consistentes de la ideología neo-liberal: por admiradores de la Sra. Tahtcher y Ronald Reagan. Nos gusten o no estos puntos de vista, el caso es que eran bastante más lógicos que las posiciones de los comunistas-liberales. De hecho, si se está a favor de la libertad de mercado sin restricciones, de la "pluralidad de la propiedad", en la práctica esto supone crear un sector privado y la venta por acciones de las empresas estatales. Si la única esperanza para el pais se sitúa no en la clase obrera sino en unos empresarios dinámicos, si se defiende la necesidad de comercializar la educación y el sistema de salud, o para resumir, si lo que se hace o se defiende es exactamente lo mismo que lo que hace y predica la Derecha occidental, entonces ¿de qué sirve hablar de socialismo y de volver al "verdadero Lenin" o a la experiencia de los años 20? Para los neo-liberales más consistentes este discurso ideológico es sólo una deuda contraída con la tradición que las circunstancias políticas obligan a pagar, una pantalla de humo temporal que ya no es necesaria en la época de la glasnot.
Los liberales tipo años sesenta solían pensar de otra manera. Creían de verdad en la posibilidad de combinar las ideologías liberal y comunista. Hoy en día, a muchos de ellos les parece que los partidarios de la Reforma están yendo demasiado deprisa. Pero ya no tie-
nen en sus manos la hegemonía ideoló-
, lo que es peor, son incapaces de proponer una alternativa estrategica Para la sociedad, el liberalismo tipo años ochenta es el heredero natural del liberalismo de los sesenta. Una orientación tecnocrática El grupo dirigente se inclina cada vez más a adoptar una vía tecnocrática, orientándose hacia los valores de la sociedad occidental, pero entendidos de una manera muy estrecha y primitiva. El Occidente al que aspiran la élite liberal y la burocracia no es una civilización con tres mil años de antigüedad, sino tecnológica y consumo. El deseo de ser parte del paraiso terrenal les dicta una política que busca copiar los métodos occidentales sin tener en cuenta en qué medida estos métodos son apropiados para nuestro nivel social, económico y cultural. Hoy por hoy, hay poco que diferencia a la élite gobernante soviética de las élites tecnocráticas y modernizantes pro-occidentales de la mayoría de los países en vías de desarrollo. Por supuesto, nadie repudia formalmente la fraseología socialista, pero cada vez hay menos necesidad de ella. Al principio, cuando aún se estaban definiendo los contornos ideológicos de la perestroika. Gorbachov y otras figuras oficiales no tenían reparos en lanzar consignas como "Más democracia es mas so-
, ni en referirse a los beneficios de la autogestión o de la participación de los trabajadores en la toma de deci-
Hoy, es cosa del pasado. La tendencia de las nuevas prioridades ideológicas comienza poco a poco a hacerse discernible. Es de nuevo posible leer en las páginas de la prensa oficial (Litera-
Boris Kagarlitsky turnaya Gazeta) críticas del filósofo ruso Berdyaev, y de algo que no entendio o comprendió. Ahora se le acusa de no haber sido capaz de comprender la "verdad del capitalismo", y de haber sido completamente incapaz de superar las influencias del marxismo en su labor creadora. Ogonek y otras publicaciones nos hablan de los crímenes de los Bolcheviques, que mataron al último Zar de Rusia. Y la crítica de Trotsky y del trotskismo está alcanzando un nivel sin precedentes desde los tiempos de Stalin. No se trata de manera alguna de una manifestación de pluralismo, o de la evidencia de la debilidad de la censura. Los censores actúan e interfieren cuando se cruzan con algo verdaderamente peligroso para el sistema en su encarnación presente. Los periodistas se quejan incluso de que a finales de 1989 la censura se está haciendo cada vez más estricta. Hace veinte años, Isaac Deutscher habló de la conciencia de los ex-comunistas. Estos ex-comunistas, al rechazar el stalinismo no solo defienden los valores de la burguesía, sino también lo hacen con la intolerancia tradicional del estalinista. La conciencia de los ex-comunistas se ha convertido en una especie de identidad colectiva de algunas de las personas que controlan los sectores más influyentes de los medios de comunicación en la URSS. La "nueva" ideología En 1898 se publicó por entregas consecutivas en la popular revista Ciencia y
Vida (Nauka i Zhizn) la obra del conocido filósofo Alexander Tsipko sobre las "raíces del estalinismo". Como era previsible, el autor encuentra las raíces del estalinismo en el marxismo y en la tradición socialista que habrían conducido en línea recta al Gulag. Nada de ello es nuevo para los lectores occidentales.
Tsipko repite básicamente los argumentos de Hayek, Solzhenitsyn, los nuevos filósofos franceses y otros muchos autores por el estilo que han escrito antes que él (con la única diferencia de que por lo que se refiere al talento literario, Tsipko es notablemente inferior a sus predecesores). El artículo provocó una irritada reacción de los liberales tipo años sesenta. Otto Latsis publicó una respuesta de protesta en una de las revistas más populares de Moscú: Znamya. Puntualizó las numerosas incongruencias del artículo de su oponente, sus inexactitudes en relación con los hechos e incluso una errata anecdótica, que Tsipko corrigió al preparar la publicación de la obra: donde había escrito "Thermidor" debía decir "Brumario". Todo ello era muy convincente, pero el artículo de Latsis no podía tener y de hecho no tuvo el mismo eco que el de Tsipko. No se trataba de la calidad de los argumentos que proporcionaba uno u otro autor. En este caso era mucho más importante el lugar en el que trabajaba Tsipko: en el Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista. Sin duda ello explica porque Tsipko es capaz de culpar del estalinismo a la "Vieja Guardia" bolchevique y a toda la tradición marxista, pero omitiendo cuidadosamente criticar a Lenin.
Esta nueva ideología liberal, propagada por millones de periódicos y revistas, programas de radio y televisión, no puede sin embargo en forma alguna convertirse en la ideología de las masas. Las encuestas sociológicas demuestran que la mayoría de la población cree como antes en la idea de la justicia social y exige mayor igualitarismo. Las medidas prácticas parar introducir las retormas de mercado han encontrado resistencia, incluso allí donde todo el mundo se une para defender la necesidad de dichas reformas. La gran huelga de los mineros de julio y agosto demostró que existe una creciente conciencia de los intereses obreros, entendidos de forma que se convertirán en un gran obstaculo para las reformas de mercado tal y como las impulsan los expertos liberales. Sintiendo esta amenaza, los neo-liberales han sometido sus propias posiciones ideológicas a una revisión radical. Poco después de que apareciera el artículo de Tsipko, Igor Klyamkin y Andranik Migranyan aparecieron en la prensa rechazando no sólo el marxismo, sino también la democracia en nombre de la introducción de la economía de mercado. Consideraban que en la práctica el único medio de implementar las reformas económicas liberales es la creación de un régimen fuerte y autoritario, capaz de suprimir de forma efectiva la resistencia de las masas.
Nada de ello es nuevo en Rusia. Pasar de actitudes liberal-occidentalizantes a posiciones antidemocráticas es una costumbre tradicional. Tras la Revolución de 1905, toda una serie de importantes pensadores de orientación liberal de izquierdas (Bulgakov, Berdyaev, Struve y otros) escribieron, en la obra colectiva Vekhi, sobre la necesidad de reconciliarse con el Zarismo y de la preservación de un régimen estricto y autoritario que pudiera proteger a la élite ilustrada de las iras de las masas. La verdad nacida de la experiencia histórica demostró que esa protección era de poco fiar. La revolución ocurrió a pesar de todo y fue aún más sangrienta que lo que nadie hubiera predicho en 1905. Los dirigentes de los liberales rusos, los Cadetes, se distanciaron en su momento de los autores de Vekhi. Pero después de la revolución se encontraron en el mismo lado de la barricada. Las contradicciones del "occidentalismo" La Historia se repite, una vez como tragedia, la segunda como farsa. Hoy es la farsa lo que presenciamos. El público liberal se indigna ante la traición de Klyamkin y Migranyan. Pero ambos se encuentran muy lejos de la altura de Bulgakov y Struve, por no mencionar un pensador de la importancia de Berdyaev. Y sus críticos están también a muchas leguas vista de los dirigentes del partido Cadete de 1905, que unió a los representantes más brillantes de la intelligentsia burguesa rusa de su épocaComo entonces, hoy la ideología occidentalista se encuentra en una contradicción irresoluble. Ante la ausencia de estructuras sociales y clases de tipo "occidental", la única fuerza capaz de asegurar un cambio de tipo occidental en la sociedad, es decir, de forzar el proceso natural de la evolución social, sería un régimen autoritario y despótico que nada tiene en común con las tradiciones occidentales. ¿Hasta qué punto está el régimen preparado para asumir este papel? El hecho mismo de que la
Concentración en Moscú, el pasado 5 de marzo, en homenaje a las victimas de Stalin burocracia oficial, que ha legitimizado su dominación con promesas de llevar al país hacia la prosperidad por una vía anti-capitalista, se oriente hoy hacia la adopción de métodos capitalistas, evidencia la completa bancarrota histórica e ideológica del sistema, el fracaso total del estalinismo tradicional. Pero la transformación de este régimen en uno capitalista es muy improbable
Presenciamos las contradicciones lógicas de un régimen post-Thermidoriano. El Thermidor estalinista, como el Thermidor francés, fue esencialmente una contrarrevolución que creció desde dentro mismo de la revolución y que fue en gran medida la continuación y realización de la revolución. Los esfuerzos para delimitar la frontera ente el bolchevismo y el estalinismo, así como los esfuerzos para reducir el bolchevismo a un precursor del estalinismo son tan poco convincentes unos como otros.
Por su parte el régimen, que ha hecho un uso de primera magnitud de la herencia revolucionaria para su propia justificación ideológica, estaría encantado ahora de librarse de esta herencia, pero no puede hacerlo. La promesa de una vía "no capitalista" es todavía esencial para el mantenimiento de la estabilidad política del sistema, incluso si se consigna en la practica. Por otra parte, lo que estamos presenciando hoy, no es la formación de una burguesía y de relaciones capitalistas en el sentido occidental de término, sino el surgimiento de un monstruo repugnante, una especie de convergencia negativa que combina las peores caracteristicas de ambos sistemas: Occidente у Oriente. Lo llamamos estalinismo de mercado. La viabilidad práctica de este monstruo está aún por ver. Pero lo más probable es que no dure mucho.
Las ideas que forman el corazon de esta estrategia de desarrollo son totalmente tradicionales. Se otorga a una minoría el derecho a ejercer la fuerza sobre la mayoría en nombre de esa misma mayoría. La riqueza, el desarrollo de la economía y la construcción de empresas modernas son vistos como los unicos criterios de progreso. Si para los bolcheviques la economia era como una gran fábrica, los nuevos liberales creen que la sociedad y la economía deben regirse como un supermercado gigante Son unas ilusiones simétricas, y una aproximación supersimplificada de la realidad, lo que unen al stalinismo de mercado actual y el stalinismo primitivo de los años 20, que se formó dentro del partido bolchevique. En la raíz de ambos existe una concepción distorsionada del radicalismo y del progreso. En ambos, la adopción de esta lógica, aunque solo sea por una parte de la intelligentsia, es la evidencia de su progunda crisis. Las alabanzas al autoritarismo y al industrialismo en la poesía de Mayakovsky irritan a sus críticos, que creen ver en ellas la degeneración de su taento. pero muchas de las tormulaciones de los comentaristas de hoy, glorificando el derecho del más fuerte, seducidos por el arte del comercio y predicando el consumismo como la virtud suprema, suenan como monstruosidades no menores. Pero la farsa es la farsa: todavía no ha surgido entre ellos un Maya-
Se está produciendo la crisis de la intelligentsia. El rechazo de los ideales democráticos y de la idea del "bien común", que eran esenciales para la vieja intelligentsia, cualquiera que fuera su afiliación de partido, y que todavía existía en los años sesenta, significa en la práctica el rechazo por parte de la inteiligentsia de su papel especial en la sociedad como depostiaria colectivo de los valores políticos y morales y la sustitución de la intelligentsia rusa por una in-
telectualidad de tipo occidental, sólo que sin la educación y la competencia occidentales. Habiendo dejado de ser una "intelligentsia" en el sentido ruso de la palabra, sin habernos convertido en auténticos intelectuales de tipo occidental, corremos el riesgo de extinguirnos, dejando en nuestro lugar nada. La formación de una izquierda alternativa Afortunadamente la situación no es desesperada. Las quejas de liberales y tuncionarios sobre el crecimiento impetuoso de la "izquierda radical" no están desprovistas del todo de razón. La nueva generación de la intelligentsia, como sus predecesoras hace treinta o cien años, no puede encontrar un lugar propio en el sistema que se está formando. El vehículo de expresión de la rebelión de la nueva generación es más que la literatura la música de rock (aunque, paradójicamente, la calidad literaria de las letras de las canciones de rock ha comenzado de pronto a mejorar rápidamente). Es evidente que aún tenemos que familiarizarnos con los nuevos autores literarios, pero ya tenemos nuevas consignas políticas. La espina dorsal del movimiento socialista que está ganando rápidamente tuerza es precisamente la joven intelligentsia. Raramente se encuentran críticas a los mitos liberales en las páginas de la prensa censurada, pero el nuevo samizdat está lleno de ellas. Se está constituyendo una alternati-
La batalla decisiva para la que nos estamos preparando son las elecciones a nivel municipal y de repúblicas que se celebrarán dentro de seis meses. No hay que excluir que el aparato pierda el control de algunas de las grandes ciudades y repúblicas a manos de los Frentes populares. Creemos incluso que en Rusia, una coalición de fuerzas ligadas a los Frentes Populares puede ganar una mayoría en los soviets de Moscu y Leningrado. El Frente Popular debería entonces aplicar sus propias soluciones a los problemas de todos los días, municipalizando y democratizando la estructura económica y la administración social. Existe una demanda de ideas socialistas en la sociedad. Esa es precisamente la razón por la que provocan tanto temor en el poder actual. Tienen más miedo a publicar la obra de Trotsky que la de Soljenitsin. Copias del "Archipiélago Gulag" circulan por miles, pero los principales escritos de Trotsky todavía tienen que hacerlo clandestinamente. Pero debemos comprender claramente que la demanda de justicia social de las masas no puede ser un sustituto de una alternativa real que sea a la vez cultural, económica y política.
La consigna de justicia social no es, en el estricto sentido del término, ni socialista ni marxista. El materialismo de
Karl Marx no enunció sin más la simple dependencia de la Humanidad de la economía, que ya se conocía mucho antes de él, sino la profunda conexión existente entre la estructura de la sociedad y el modo de producción que se forma en su seno. La misión de los socialistas es precisamente cambiar las relaciones entre las personas en el proceso de producción y no la redistribución mecánica de la propiedad entre ricos y pobres. Esta posición de principios ha sido olvidada frecuentemente tanto por los socialdemócratas, con su socialismo redistributivo, como por los radicales de todo tipo, inspirados en la bella utopía del igualitarismo universal.
Debemos encontrar la respuesta a muchas preguntas. La más importante de ellas es quizás cómo combinar la eficacia económica con la satisfacción de las esperanzas de las masas en una mayor justicia social. Y las medidas parciales para corregir los "excesos del mercado" no sirven en este caso. La única solución que vislumbramos es la inclusión de relaciones de mercado dentro de una estructura global de planificación democrática y autogestión, utilizando esas relaciones para que sirvan a los intereses de la sociedad. El mercado puede servir como una garantía y defensa de los intereses individuales, pero nunca puede automáticamente servir al interés colectivo. Por esa misma razón no puede ni debe ocupar el lugar central en el sistema de valores de una sociedad que lucha por ser democrática y humana. Cada individuo, independientemente de su talento, salario o suerte debe tener derecho a una vida digna. La sociedad que convierta este principio en una práctica cotidiana sera una sociedad socialista. Las personas que hagan de este principio algo central en sus vidas acabarán siendo inevitablemente
Hoy más que nunca necesitamos un sistema radical de valores. pero no es suficiente. Debemos comprender la dialéctica del desarrollo, abandonar los dogmas del pasado, superar la visión simplificada del progreso como una mera acumulación de valores materiales. Hoy, nuestro país y el mundo necesitan gente capaz de pensar dialécticamente. Gente que se rija por los intereses de las masas y que tenga confianza en ellas. Gente que pueda combinar el conocimiento teórico con el activismo. Quizás haya alguien capaz de imaginar otra vía. Pero personalmente no puedo imaginar que una visión del mundo semejante pueda surgir más que desde la tradición marxista.
Un marxismo que incluye la herencia de los "autores clásicos" y de los revisionistas de todo tipo, las investigaciones neo-freudianas de Marcuse y Fromm, el materialismo existencialista de Sartre, el refinado análisis de los Cuadernos de Prisión de Gramsci y el contradictorio pero siempre estimulante pensamiento revolucionario de las obras
de Trotsky. Y que portador de toda esta riqueza, nunca sea concebido como una suma de textos definitivos y apócrifos. Necesitamos los textos sólo para un fin: para asimilar con método crítico las lecciones que contienen, para formar nuestra propia cultura de pensamiento que nos dote y nos impulse a nuevos análisis teóricos que nos permitan dar respuesta a los problemas con los que hoy nos enfrentamos. Un camino hacia el mundo El marxismo es la vía hacia la civilización europea, el camino hacia la tradición occidental, entendidas no como los estantes de un supermercado sino como una riqueza real de experiencias políticas, culturales y sociales con todas sus contradicciones. Sin dejar de ser lo que somos, debemos superar el provincianismo. Debemos abrirnos un camino hacia el mundo, que no es solamente Occidente. Finalmente, debemos completar la histórica y difícil transición, especialmente para la cultura rusa, del europeísmo" y el "occidentalismo" al universalismo. Y el internacionalismo marxista puede ayudarnos a ello.
La consigna de una "casa común europea", que ha popularizado el régimen de Gorbachov, no es hoy sino una justiicación para dar la espalda definitivanente a la mayoría de la humanidad que vive, como es de todos conocido, más allá de las fronteras de Europa. La tarea no es solamente luchar por una Europa de los trabajadores que sustituya a la Europa de las compañias transnacionales y los burócratas, sino hacer a esta Europa parte de un mundo mas humano y más justo.
La discusión benévola sobre los valores humanos universales no ayuda por sí misma. Para poder llevar a la práctica los derechos humanos hay que cambiar la estructura política y social y, consecuentemente, unirse a la lucha de los oprimidos contra los opresores, de los explotados contra los explotadores. Este es el principio esencial de la ética marxista, sin el que los llamamientos al bien común se desinflan o se convierten en una justificación para las políticas mercenarias de los estratos sociales dirigentes en Rusia o muchos países del Tercer Mundo, que sueñan con integrarse en la clase dirigente mundial y recibir así su parte del pastel global.
Ha llegado el momento de rechazar la hipnosis del discurso liberal y elegir. Se está con las élites dirigentes contra el pueblo o con la mayoría de la humanidad contra todo aquello que le impide vivir como seres humanos. Este dilema se nos plantea a todos en varias zonas del planeta. Pero con especial urgencia en Rusia. Rusia volverá a ser de nuevo parte de un único mundo. La pregunta es qué tipo de mundo será ese. La respuesta depende en buena medida de nosotros. •