América latina
AS TORMENTAS DEL
TERCER MUNDO
Daniel Bensaid у Sergio Rodríguez
La crisis de las economías de los países de América latina, agobiados por el pago de la deuda externa, y el agravamiento de sus terribles consecuencias sociales, han llevado a una reorientación de la política imperialista hacia ellos. Desde el inicio de los ochenta se ha ido articulando la transición de las dictaduras heredadas de la anterior decada hacia sistemas de democracia vigilada, que son un mejor marco para hacer frente a un agudización de las contradicciones sociales que ha producido ya importantes explosiones. En esta situación las direcciones revolucionarias latinoamericanas se enfrentan a nuevos problemas; en base a la reflexión sobre la experiencia acumulada se abre una nueva etapa del debate estratégico.
Después de 1982, los países imperialistas parecen haber conjurado la recesión / conocen, a pesar de la quiebra de 1987, un inesperado dinamismo economico. Esta luna de miel tiene, sin embargo, su cara oculta. Paralelamente, el deterioro de la situación económica en la mayor parte de los países pobres es verdaderamente espectacular. Tan solo para América Latina, los informes de la CEPAL revelan, año con año, indicadores cada vez más inquietantes: espiral acumulada de la deuda, caída del Producto Interno Bruto, caída del salario real, incremento del desempleo y el llamado sector informal... al tiempo que la producción permanece orientada de manera prioritaria hacia la exportación con el fin de pagar el servicio de la deuda.
Al igual que a comienzos de los anos treinta, se presentan ahora las primicias de una reorganización global del proceso de producción, la division del trabajo y las formas de regulación social. Con todo, los márgenes de actuación de los países dependientes son esta vez todavía más estrechos. La internacionalización creciente de la producción, los ser, vicios y el capital deja casi sin espacio a aquellos proyectos nacionalistas que buscan desarrollarse basándose en sus propios recursos, y nada permite prever
Cola de industrialización por sustitución de importaciones comparable a la que acompañó y siguió a la Segunda Guerra Mundial.
Por el contrario, la deuda ha dejado caer todo su peso sobre los proyectos qubernamentales. Incluso aquellos palses que se han beneticiado de nuevos réditos y que a pesar del deterioro ha nantenido una balanza comercial favora e, canalizan sus divisas nacla el pag e la deuda. Desde el inicio de los año ochenta, varios países dependientes han devenido exportadores netos de capital en beneficio de Estados Unidos. Recíдвана ав ода посо по на.
cas, esto es, para trasladar el costo y los estragos de una crisis no resuelta a los hombros de las clases populares de los países pobres. Con la baja en los ingresos por concepto de venta de petróleo y materias primas, los términos del intercambio entre los centros imperialistas y el Tercer Mundo han seguido deteriorándose, a pesar incluso de algunas recuperaciones esporádicas. El agravamiento de las consecuencias sociales Las consecuencias sociales son perceptibles a simple vista y se agravan año tras año. En aquellos países en los que regímenes populistas habían implantad‹ as bases de un Estado benefactor, e debilitamiento de su base social tradicional y la ofensiva liberal se han traducido en un fortalecimiento de la burguesía financiera directamente asociada con el imperialismo (en detrimento de los sectores "nacionales" especuladores que actuaban a la sombra de un Estado fuerte). De esta manera, en la mayor parte de los países de América Latina, la privatización, la reducción del gasto público y las escasas inversiones en materia de servicios sociales llevaron no sólo a un permanente subdesarrollo en materia de educación o salud, sino además a retrocesos espectaculares como la baja en el nivel de escolaridad o el incremento del analfabetismo o la mortalidad incluso en aquellos países que parecían contar con los partidos adecuados para escapar del círculo vicioso de la dependencia (Argentina, México).
Los viejos partidos clientelistas sufrieron también las consecuencias de la liberalización y la privatización de la economía. El caso más claro es el del PRI mexicano, acosado por la corriente liberal y pro-estadounidense del PAN en los estados del norte y, sobre todo y a partir de las elecciones presidenciales de 1988, seriamente desafiado por la corriente neo-cardenista comprometida con los orígenes populistas y antimperialistas del partido. En efecto, los regímenes populistas de Argentina, Brasil, México y, en menor medida, Perú sacaron partido del contexto de la Segunda Guerra Mundial e impulsaron un proceso de industrialización y promovieron la sustitución de importaciones por una producción nacional apoyándose en importantes nacionalizaciones (del petróleo en México, de las minas en Bolivia, de la siderurgia...). Inversamente, hoy asistimos a un curso de reprivatización y penetración, en sectores tradicionalmente protegidos, de inversiones imperialistas directas (particularmente japonesas). En Bolivia, caso extremo, el plan de choque de Paz Estenssoro cierra las grandes minas de estaño (cuyo precio se ha desplomado), vende algunas, apoya la pequeña mineria privada y, de paso, desmantela la COMIBOL y a fuerza social de los mineros derivada de la revolución de 1953
El culto a la exportación, interminable carrera de desgaste para liberarse del tenaz fantasma de la deuda, implica una presión constante sobre el consumo interno y los salarios, así como devaluaciones permanentes en busca de un supuesto apoyo a la competitividad de las exportaciones. El mercado interno se contrae, al tiempo que el sector informal se desarrolla, a menudo ligado al nacotráfico o al contrabando. Paraguay conoce al respecto situaciones verdaderamente delirantes. Incluso en Perú, la llamada economía informal tiende a jugar un papel superior al de la llamada -eufemísticamente- economía formal. No es difícil imaginar lo que estas transtormaciones significan desde el punto de vista de la evolución de la estructura urbana y social: crecimiento vertiginoso
de la marginalidad, los cinturones de mi-
Al mismo tiempo, por una siniestra ironía, los medios de información montan una campaña ideológica activa y entonan himnos escandalosos a la modernización. No se trata de una diversión o de una repetición fuera de lugar de temas de moda en las metrópolis imperialistas: al mismo tiempo que se extienden los síntomas de la recaída en el subdesarrollo se trata, y de qué manera, de sacar partido de la relación de fuerzas para modificar la organización y las relaciones de trabajo en los sectores industrializados, en el sentido de reducir las reservas y de administrar de una manera más flexible los flujos. La flexibilidad tiene también su variante tropical, al tiempo que las nuevas tecnologías en la industria petrolera, los bancos, las telecomunicaciones, la metalurgia, etc., vienen a yuxtaponerse a los arcaísmos
Pero a diferencia de lo que puede suceder en los países imperialistas, el cierre masivo de fuentes de trabajo debido a la reestructuración no se ve, por lo general, compensado por la contratación de mano de obra para la fabricación de nueva maquinaria. La expropiación del "conocimiento obrero" por la aplicación de nuevas tecnologías importadas conduce, más claramente aún que en los centros imperialistas a una polarización creciente entre la cristalización de un proletariado calificado minoritario y el crecimiento de una mano de obra carente de calificación, subempleada y marginada de la otra.
Estas modificaciones estructurales tienen por efecto deseado e inducido atacar el poder de negociación de los sindicatos tradicionales. Se puede, en efecto, imaginar el debilitamiento que para éstos representa el avance del sector informal (¡estimado en un 25% del PIB incluso en un país como México!) o la proliferación de zonas francas que permiten a la jungla del mercado dictar su ley en mejores condiciones. La relativa facilidad con que el gobierno de Salinas de Gortari, no obstante su escasa legitimidad, pudo golpear (en nombre de la ucha contra la corrupción) a una burocracia petrolera todavía ayer todopoderosa proporciona otra prueba del debilitamiento de las burocracias sindicales tradicionales.
Al tiempo que crece de nuevo el torbellino del subdesarrollo, el retraso en materia agraria se mantiene y testimonia el fracaso en este terreno de las corrientes nacionalistas (en Bolivia, Perú, México, etc.). Incluso en Brasil, Sarney ha tenido que renunciar, ante la protesta general de los hacendados, a sus tímidos proyectos de reforma agraria con vistas a ampliar el mercado interno, regularizar el abastecimiento y frenar la especulación. De conjunto, el Tercer Mundo ha devenido, paradójicamente, el más grande importador de cereales y, en lo particular, México no ha tenido más remedio que... ¡importar maíz!
El caso de América Latina es particularmente revelador en la medida en que se trata de países que alcanzaron su independencia política hace casi dos siglos y en la medida en que algunos de ellos conocieron los inicios de un significativo proceso de industrialización a partir del cual parecían haber encontrado una salida al subdesarrollo a través de una segunda ola de sustituciones, esto es, al convertirse ellos mismos en creadores de sus propios bienes de producción. Salvo el caso excepcional de Brasil (el único país dependiente exportador de armas), este asunto está hoy en día liquidado.
Se puede imaginar, con mayor razón, la suerte de los países africanos, que aún no comenzaban a despegar, o la de los países árabes que durante décadas se beneficiaron de los ingresos por concepto de venta de petróleo para dar inicio a un proceso de industrialización. E régimen populista argelino parece, asi, conocer aceleradamente la misma suerte y los mismos problemas que vive el régimen mexicano, procedente también él de una revolución radical interrumpida. Una democracia vigilada Para acceder a estos ajustes y a esta supuesta "modernización", las burguesías locales asociadas al imperialismo necesitaban ciertos espacios democráticos. El fin de los setenta estuvo marcado por la crisis y la caída de las dictaduras de Somoza en Nicaragua y del sha en Irán. El inicio de los ochenta permitió asistir al desgaste y la caída de la mayor parte de las dictaduras latinoamericanas y de El Caribe: en Brasil, Argentina, Bolivia, Perú, Uruguay, Haití e incluso, aunque en condiciones diferentes, en Paraguay. La excepción notoria: Chile. La dictadura populista del PRI mexi cano se bate en retirada.
En Filipinas, la dictadura de Marcos fue derribada. El régimen burocrático de partido único argelino resultó fuertemente sacudido por la explosión social de octubre de 1988. Incluso el régimen autoritario de Corea del Sur es hoy en día el blanco de una poderosa impugnación
obrera y estudiantil. Las burguesías locales, amenazadas en un primer momento por el incremento virtual de las aspiraciones democráticas y las movilizaciones populares, han sabido, en más de un caso, utilizar esta presión contra la vieja ideología populista autoritaria y
Latina, Tancredo, Alfonsín, Sanguineti y Belaúnde anunciaron al unísono que la hora de la democracia por fin había sonado y que la necesaria modernización no podía concebirse sin mecanismos apropiados de concertación. Respondiendo al levantamiento de octubre con un referéndum y una reforma constitucional que cuestionaba tendencialmente el sistema de partido único y la militarización de las organizaciones de masas, Chadli utilizó hábilmente la presión calleiera contra las resistencias a la liberalización en el seno mismo del FLN. Pero, como sucedió en México, la reforma política abrirá el camino al desmantelamiento progresivo del sec tor público, a una apertura creciente a las inversiones extranjeras y a una sumisión extrema a los efectos de la com-
Cierta democratización controlada y vigilada (en Uruguay, Brasil e incluso en Argentina las nuevas autoridades civiles han sabido cubrir y proteger el retiro y la integridad de los ejércitos más comprometidos con los regímenes dictatoriales) constituye entonces la condición para la liberalización y la modernización económica y el medio más conveniente para convencer de la necesidad de pagar el precio y evitar que una salvaje austeridad, sumada a la brutalidad policíaca, provoque explosiones imprevisibles e
Esta vía de concertación avanza también sobre el terreno internacional, como lo ilustran las iniciativas de Contadora o de Esquipulas. Dirigentes у доbernantes han comprendido, en efecto, que pueden sacar partido de una posi-
* parte moderae de leno aca adania
mo tiempo, procurar que lo esencial del aparato represivo permaneciera intacto. Este es el significado de la lev de obediencia que cubrió las espaldas de los militares argentinos por los crímenes cometidos durante la dictadura, así
La o al preco de na marau.
nante movilización, imponer su derecho al referéndum, sin alcanzar sin embargo, ante las amenazas y el chantaje de caos, someter a juicio al ejército. Se trata, entonces y muy conscientemente, de restaurar una nueva legitimidad burguesa, proceso que comprende el confinamiento (temporal o duradero) de los viejos partidos burgueses populistas como el MNR boliviano, el APRA peruano, el peronismo argentino, y de evitar todo peligro de "ruptura democrática" impuesto por la movilizacion.
En América Latina, la operación ha funcionado hasta el momento en la medida exacta en que el sentimiento democrático de las masas tiene un doble filo. En un primer momento, constituye un irresistible resorte de movilización pero, en un segundo, deviene un factor de inhibición ante el chantaje del caos y la amenaza de nuevos golpes de Estado: en Uruguay, mientras el plebiscito de 1980 sentó las bases para la caída de la dictadura, algunos temieron que el reteréndum de 1988 la pusiera de nuevo en escena si concluía en un enjuiciamiento a los militares. En este sentido, las transiciones de comienzos de los años ochenta fueron pacíficas y relativamente tranquilas.
Sin embargo, la permanencia de la crisis y el deterioro social no permiten estabilizar un nuevo sistema de dominación. Los partidos en el poder se desgastan rápidamente: acicateados por un movimiento social encrespado, las alternancias se aceleran entre diversas mayorías efímeras en Perú, Ecuador o Argentina, país éste en el que un peronismo renovado regresa al poder luego de cinco años de mayoría radical. En Brasil, no sólo el partido de la dictadura sino también su alternativa democrática (el PMDB) han conocido un rápido desgaste en el ejercicio de gobiernos municipales o estatales, ejercicio sancionado en las elecciones municipales de 1988 con un ascenso espectacular del PT y su victoria electoral en Sao Paulo mismo. Es inútil recordar que en México, apenas en 1988, el candidato del PRI, a pesar de la movilización de un aparato montado desde hace más de medio siglo, no pudo tomar posesión sino a través de un escandaloso fraude. Las debilidades del movimiento obrero Otra razón de lo precario de los procesos democráticos se encuentra en el débil grado de organización de la sociedad civil y, en primer lugar, del movimiento obrero, con la excepción todavía muy frágil de Brasil. No hay, en efecto, relación alguna entre el carácter masivo y explosivo de los movimientos sociales y la realidad de los partidos obreros independientes de la burguesía. Esta discontinuidad está mediada por la fuerza propia de un movimiento sindical, a
menudo muy dividido y pocas veces coordinado. De esta manera, durante algunos años, la COB boliviana fue un protagonista social y político de primer plano al tiempo que un mosaico de organizaciones políticas no alcanzaba a superar su debilidad. En Ecuador, el FUT se encuentra en condiciones de organizar huelgas geneales significativas mientras la izquierda sigue siendo marginal y se disgrega en un gran número de pequeños partidos. En Argentina, no hay comparación alguna entre la fuerza clasista presente en la CGT y el peso del MAS y el PC frente a la hegemonía peronista. En México, el avance espectacular del cardenismo acelera la crisis del PRI pero puede también constituir un nuevo obstáculo populista a la constitución de un polo político clasista independiente. En Uruguay, el Frente Amplio ha hecho mella sin romper todavía el bipartidismo burgués de blancos y colorados. En Santo Domingo, la izquierda revolucionaria juega un papel determinante en el movimiento sindical pero sigue siendo marginal en el terreno electoral, e impotente frente a la socialdemocracia y el populismo radical de
Sólo recientemente en Perú, Izquierda Unida se encontró de frente a la posibilidad de acceder al poder a través de vías electorales. Esta eventualidad desplazó la apuesta al seno mismo de lU y modificó el centro de gravedad a tavor de Barrantes y en detrimento de las corrientes revolucionarias. En Brasil, por primera vez, una corriente clasista independiente ha sabido conquistar a la mayoría del movimiento sindical a través de la creación y la consolidación de la CUT como primera central obrera del país, al tiempo que el Partido de los Trabajadores se afirma, social y electoralmente, como un partido de masas portador de una alternativa a las formaciones burguesas derivadas del bipartidismo instaurado por la dictadura.
La distancia entre la explosividad social y la débil capacidad de dirección de las organizaciones combativas revolucionarias se expresa además a través de motines súbitos y espontáneos (Santo Domingo en abril de 1984, Venezuela a comienzos de 1989, Argelia en octuPais 1981 1982 1983 Argentina 24.260 43.634 44.751 Bolivia 2.611 3.227 3.966 Brasil 66.243 91.372 94.840 Chile 10.946 17.307 17.489 Colombia 6.657 10.306 11.412 Costa Rica 2.391 3.537 3.972 Ecuador 5.580 7.862 7.330 Jamaica 1.506 2.260 2.686 México 53.468 85.889 91.796 Perú 9.357 11.636 11.347 Uruguay 1.539 2.551 3.055 Venezuela 22.519 32.045 37.432 bre de 1988) y de huelgas generales repetidas (en Perú, Argentina, Ecuador y, en menor medida, Brasil y Colombia). El peso de la deuda Tanto en Santo Domingo como en Venezuela los dictados del FMI jugaron el papel de detonadores en situaciones ya de por sí tensas. Desde 1982, en etecto, las preocupaciones en torno al mecanismo y las consecuencias de la deuda han venido creciendo. A través de iniciativas espectaculares, Fidel Castro se presento como el campeón del desconocimiento de una deuda que, dijo, era económica y moralmente impagable. De esta manera, disputó la bandera de la movilización contra la deuda a líderes neopopulistas como Alan García, que luego de su victoria decidió que Perú no destinaría al pago de la suya más allá del 10% del producto total de sus exportaciones. Los encuentros, jornadas de movilizaciones, conferencias sindicales se han multiplicado por todo el continenete latinoamericano, sin que hasta el momento hayan tomado la forma de un vasto frente antiimperialista en contra del pago de la deuda. Decisiones como la de Brasil, de moratoria unilateral, se presentan más como medios de presión con miras a una renegociación que como una expresión de verdadera determinación de enfrentar el problema.
En estas condiciones, la movilización en contra de la deuda debe permitir a la clase obrera y a las capas pauperizadas de la población hacerse cargo de la renovación de las aspiraciones populares antiimperialistas y en contra de una regresión hacia nuevas formas de dependencia, en un momento en que las burguesías nacionales, a menudo estrechamente asociadas a los intereses de los bancos y las multinacionales o atarea das en poner a salvo sus capitales en
Estados Unidos o Suiza, se muestran poco capaces de dar un último coletazo
Desde esta óptica, la movilización en contra de la deuda no es un simple lema publicitario antiimperialista que venga a justificar el cerrar filas con los sectores patrióticos de la burguesía loLA DEUDA LATINOAMERICANA (EN MILLONES DE DÓLARES) 1984 1985 1986 1987 1988 47.758 47.012 46.974 52.960 55.430 4.205 4.689 5.384 5.407 5.457 100.740 101.865 108.276 119.955 116.538 19.064 19.302 18.905 19.774 19.412 12.037 14.238 15.367 17.007 17.459 3.815 4.186 4.357 4.595 4.696 8.013 8.238 8.742 9.947 10.652 2.816 3.174 3.320 3.768 3.945 92.548 93.906 96.994 102.719 101.642 12.484 13.488 15.227 17.213 18.227 3.049 3.569 3.513 3.843 4.040 36.457 34.693 34.709 36.519 34.982 cal. En realidad, la lucha contra la deuda comienza con el rechazo a sus efectos más palpables: la política de austeridad salarial, que ejerce una presión terrible sobre el poder adquisitivo (icon pérdidas del 30% al 50% de poder adquisitivo real en países como Argentina • Perú en unos cuantos años; con un retroceso de la parte correspondiente a los salarios en relación al PIB mexicano del 43% en 1976 al 41% en 1982... al 26% en 1988!); los golpes claros a los presupuestos públicos en materia de educación y salud; los estragos ecológicos ligados a la salvaje penetración de capital (la Amazonia), a la tala con fines de exportación que favorece el avance de los desiertos, y a planes como el plan "alcohol" brasileño que destruye el equilibrio de las culturas alimenticias: "¿por qué, pregunta el director del programa de las Naciones Unidas para el desarrollo, por qué los países del Tercer Mundo, poseedores de los recursos naturales necesarios para la humanidad, tienen que ser los únicos en pagar así por su conservación?"
Con la excepción de Brasil y los nuevos países industrializados del sudeste asiático, los efectos sociales de la crisis han debilitado el peso relativo de la clase obrera y de sus formas tradicionales de lucha frente al ascenso de sectores pauperizados y marginados tanto en la ciudad como en el campo. Esta situación explica por qué sectores radicalizados, incluso ciertos movimientos armados, pueden jugar un papel durable y creciente en Perú o Colombia sin encontrarse por ello al unísono de luchas reivindicativas más tradicionales de la clase obrera, y sin poder a veces jugar un papel decisivo en la escena política central. Este estado de cosas no excluye luchas políticas centrales, cuyo eje permanece las más de las veces en el terreno de la democracia: contra el fraude en México (1988), sobre la cuestion de los "desaparecidos" en Argentina, por la elección directa en Brasil en 1984-85, por el referéndum contra los militares en Uruguay, por la vida en Colombia. La conquista de espacios democráticos sigue siendo en efecto la condición elemental para una mejor defensa Ante una encrucijada
Ante esta encrucijada, las corrientes nacionalistas y populistas (el PRI mexicano, el MNR boliviano, el APRA peruano, el justicialismo argentino) se encuentran en una situación de debilidad objetiva y de desequilibrio frente a la internacionalización del capital y la ofensiva liberal.
La burguesía, en efecto, se comporta cada vez más como clase y no sólo como Estado-partido. Sin embargo, la crisis del populismo no se traduce necesariamente en el desarrollo inmediato de un polo clasista, como lo ilustra la si-
tuación mexicana. Incluso en Argentina se asiste a un ascenso del peronismo tradicional con la victoria electoral de Carlos Menem. No obstante, la tendencia se orienta antes que nada a la erosión de estas corrientes, más allá de sus ascensos y descensos, ligada a la impotencia de los sistemas de regulación autárquica y encuadramiento clientelar del movimiento popular sobre los que se asientan.
Al mismo tiempo, se afirman los proyectos burgueses modernistas mas o menos ligados a la Il Internacional. La afiliación a esta Internacional socialdemócrata se ha convertido en una moda, incluso para las formaciones burguesas. Aquella aparece asi como un boleto de entrada de América Latina al siglo XXI J como una tercera vía entre la dictadura / la revolución. El margen de maniobra se mantiene, sin embargo, estrecho: ¿qué será de una socialdemocracia latinoamericana sin base social estable en el interior de la clase obrera y los sectores populares y sin posibilidad alguna de redistribuir algunas migajas sustanciales? ¡Resulta sumamente significativo que los dos jefes de Estado que han enfrentado explosiones sociales antiFMI, el de Santo Domingo en 1984 y el de Venezuela en 1989, y que han asumido la responsabilidad de una represión sangrienta, Jorge Blanco y Carlos Andrés Pérez, sean miembros de la internacional Socialista!
Los partidos comunistas hoy menos que nunca representan una alternativa. Algunos, en los años sesenta, sufrieron el choque de la revolución cubana.
To incluso los mismos, resultaron después devastados por... ¡el "eurocomunismo"! Dejaron ahí una parte de su identidad (en Argentina, Brasil, México).
Por último, recibieron de frente el desarrollo de la revolución centroamericana
En Nicaragua, la segunda revolucion victoriosa del continente después de la victoria de Cuba, no sólo sin la participación sino incluso en contra de la poli tica y la voluntad del partido comunista local. En El Salvador, el partido comunista restableció su posición al seno del
FMLN sólo al precio de la célebre autocrítica de su secretario general, Shafik
Handal, que desechó la estrategia etapista de los partidos comunistas de la época estaliniana. Esta autocritica provocó verdaderos estragos entre ciertos cuadros y juventudes de los partidos comunistas chileno, argentino, paragua-
De conjunto, a partir de los años setenta, la relación de fuerzas entre las corrientes reformistas y las revolucionarias evoluciona favorablemente, como lo señalan notablemente la victoria de la revolución sandinista y la aparición de in partido obrero de masas combativo en Brasil. En Perú, el partido comunista happrdide seno de la Cut colombia-
En el seno de la CUT colombiana, ha tenido que admitir una relación plural con otras corrientes radicales, particularmente con A Luchar. En Brasil, ha quedado irremediablemente marginado del movimiento sindical por el PT.. Incluso en Uruguay, donde el partido comunista ha recuperado una parte del terreno perdido bajo la dictadura, tiene que aceptar la presencia del MLN y otras corrientes sindicales clasistas independientes. Una nueva etapa del debate estratégico Los principales debates que atraviesan el movimiento obrero estan directamente ligados a estos cambios en la correlación de fuerzas. La cuestión central ha dejado de girar en torno a revolución por etapas o revolución permanente (con la táctica de alianzas correspondiente), como sucedía todavía después de la revolución cubana. Después de esta experiencia, las tesis de la OLAS, la victoria sandinista y la autocrítica de Shafik Handal, la idea de que no hay dos revoluciones separadas (una antifeudal y una anticapitalista), sino un solo proceso de liberación procedente de un mismo movimiento social y nacional, ha sido ampliamente asumida por los sectores revolucionarios y combativos. Sobre esta base, lo que hoy en día ocupa el centro de las preocupaciones es, sobre todo, la asimilación estratégica de las experiencias cubana y nicaragüense: el cómo de la lucha por la revolución desde el punto de vista de la estrategia militar, la política de alianzas sociales y políticas, la unidad de las fuerzas revolucionarias у su relación con un movimiento de masas plural, el carácter internacional de la lu-
Porque los estrategas imperialistas sacaron, a su manera, lecciones de su experiencia en Vietnam y Nicaragua. Salvo la eventualidad de operaciones de intervención rápida (de la que la incursión a Granada constituye una muestra), parecen ahora evitar ser llevados a una intervención militar masiva y duradera. De ahí el desarrollo combinado de la llamada guerra "de baja intensidad" en Nicaragua, el desarrollo de técnicas de "contra-insurgencia" y el estímulo a políticas de reforma y diálogo conducidas por sus aliados fieles.
Desde el punto de vista de esta política, las dictaduras fantoches y abiertamente represivas constituían una carga y un obstaculo. Jugaron su papel, a finales de los años setenta, para moditicar la relación de fuerzas. Después, se convirtieron en un elemento de distorsión no, sólo social sino también económica: ahí están la corrupción y la malversación de fondos que en Argentina alcanzaron proporciones vertiginosas. Para conjurar los riesgos de explosiones sociales y promover políticas económicas fiables, el imperialismo necesitaba interlocutores gubernamentales más respetables. Se-
gún los diferentes países, la democracia cristiana, los radicales (en Argentina) o el MDB en Brasil fueron instalados o reinstalados en el poder. Se trataba de liberar de responsabilidades a las dictaduras, restablecer lazos con el movimiento social y cubrir el retorno ordenado de los ejércitos a los cuarteles.
Se trataba también de minar la base social de las organizaciones de izquierda no sólo a través de la represión y las derrotas militares. Esta disputa sobre el terreno de la influencia de masas apuntaba no sólo hacia organizaciones armadas como el FMLN salvadoreño, la URNG guatemalteca, las FARC, el M19, el ELN colombianos, y Sendero Luminoso en Perú sino además hacia una nueva izquierda que cada vez más escapa de manera masiva al control tradicional del populismo, la pequeña burguesía o los partidos comunistas. De esta manera, frente al empuje de Izquierda Unida en Perú, la burguesía prefirió apostar a favor del APRA y su joven dirigente Alan García, susceptible de encarnar una opción distinta a la de Castro u Ortega.
En otras palabras, ante el debilitamiento de la autoridad de la OEA (que se negó a responder al llamado de Carter en torno a una intervención en Nicaragua en 1979), el imperialismo se deshizo de una concepción simplista de la lucha antiguerrilla y se reconcilió con las ideas de la Alianza para el Progreso, esto es, con una política contrainsurreccional a un tiempo económica y política, usando el arma de la deuda para disciplinar a los socios locales.
Es en el marco de esta reorientación que se inscriben las transiciones de los años ochenta y el regreso a regímenes constitucionales, luego de que los setenta habían sido los de los golpes de Estado y la instauración de dictaduras militares: Argentina, Perú, Bolivia, Uruguay, Ecuador, Brasil, Chile. La mayor parte de estos golpes de Estado estuvo dirigida a contener un movimiento de masas en auge, aunque estos tuvieran formas diferentes: en Brasil, en 1964, contra la radicalización populista del régimen de Goulart; en Bolivia, en 1971, ante la formación de la Asamblea Popular; en Uruguay, en 1973, contra la ruptura del bipartidismo por el empuje del Frente Amplio; en Chile, para el derrumbamiento del gobierno de la Unidad Popular; en Argentina, contra el desarrollo de corrientes clasistas independientes у la propagación de la lucha armada.
La radicalización social de los años setenta, marcada por el desarrollo de un movimiento de masas urbano, fue diferente a la de los sesenta. Las guerrillas minoritarias inspiradas en una interpretación foquista de la revolución cubana habían sufrido ya serios reveses y trágicas derrotas (en Perú, Venezuela, Guatemala, Nicaragua), simbolizadas por la muerte del Che en Bolivia en 1967. Pero la reorganización masiva del movimiento obrero y popular que se dibujaba fue bloqueada por golpes de Estado acoplados a un nuevo modelo de acumulación. La política de sustitución de importaciones de los años cuarenta-sesenta había llegado, en efecto, a su límite. Las economías más industrializadas tenian que ser reorganizadas en el marco de una nueva división internacional del trabajo y pasar a la producción de bienes de consumo duradero, lo que implicaba la creación de un mercado interno y el paso a la competencia por la exportación. Las economías cerradas heredadas del populismo tradicional se encontraban en desventaja en el momento de hacer frente a esta reconver-
La batalla por la productividad del trabajo exigía a la burguesia, entonces, un ataque vigoroso a las conquistas del movimiento obrero y un retroceso espectacular en materia de salarios. A esto se tradujo el proyecto friedmaniano de desmantelamiento del populismo y prioridad a la exportación (incluida la de bienes agrícolas) en detrimento del consumo interno.
Los golpes de Estado significaron la derrota y la declinación del movimiento de masas, ante una lenta recuperación sobre la base de una transformación sustancial de la clase obrera, la aparición de nuevos sectores proletarios (particularmente en Brasil, Venezuela, Colombia y México) y la introducción de métodos de trabano no taylorianos (a menudo de origen japonés). La década de los setenta se caracterizó también por la explosión de los sectores urbanos y el crecimiento de las grandes metrópolis acelerado por el fracaso de las reformas agrarias y el éxodo rural. En efecto, las tentativas de revolución verde orientadas hacia la exportación (en Bolivia, Perú, América Central) tuvieron por efecto la desorganización del mercado interno y el aprovisionamiento, sin que por ello se conquistaran posiciones importantes en materia de exportación. El crecimiento de la deuda también ha tenido algo que ver con este fracaso. Estos idílicos proyectos fueron financiados a base de créditos y préstamos. Pero la coyuntura cambió. Las tasas de interés se elevaron rápidamente al tiempo que la fuente de petrodólares se agotaba. Los resultados de la exportación no siempre fueron los esperados. De ahí la necesidad de recurrir al FMI, la depuración brutal del aparato productivo obsoleto, el cierre de empresas, etc.
Mientras tanto, el movimiento social recuperó fuerzas que se expresaron en el terreno democrático (las Madres de la Plaza de Mayo), electoral (el fracaso relativo de Arena en Brasil en 1978, el fracaso de la dictadura argentina en el referéndum de 1981) y social (la gran huelga de los obreros metalúrgicos de ABC en Brasil en 1980). En el marco de la nueva política imperialista, sectores significativos de la burguesía latinoamericana comprendieron entonces la necesidad de montarse sobre este tigre renaciente, ofrecer un proceso de democratización controlada a cambio de los golpes de la modernización, remodelar su sistema de dominación y salvar la imagen del ejército en tanto que impor-
La operación fue posible en su conjunto, en primera instancia, en la medida en que a pesar del impetuoso ascen-
so del movimiento de masas, el control que sobre éste ejercían las organizaciones reformistas antes de la instauración de las dictaduras no se encontraba realmente amenazado: el partido comunista tenía firmemente en sus manos a la central única uruguaya; el peronismo se mantenia ampliamente hegemonico en el movimiento sindical argentino; el MIR era una fuerza absolutamente marginal en la CUT chilena bajo el gobierno de la Unidad Popular; la burocracia sindical mexicana se mantenia bien asentada. En pocas palabras, no había nada que realmente pusiera en peligro la hegemonía reformista. Esta debilidad estaba en relación directa con la de las organizaciones revolucionarias comprometidas, bajo el impacto de las revoluciones cubana y vietnamita, con una estrategia militar sin visión política a largo plazo (el PRT argentino, el MIR chileno, el MLN uruguayo). Estas organizaciones, cualesquiera que hayan sido su mérito y su valor, se mantuvieron al margen del movimiento de masas, considerándolo la retaguardia de la lucha armada y, de hecho, subordinándolo al fusil.
Hoy, los golpes de martillo de la crisis acumulan amenazas sobre el proceso de democratización iniciado a comienzo de los años ochenta. Si de nuevo los golpes militares no se descartan, las clases dominantes y sus consejeros imperialistas prefieren utilizar la legitimidad de las instituciones y recurrir, en un primer momento, a fuerzas represivas paralelas, escuadrones de la muerte y fuerzas paramilitares (en Perú, Colombia, Paraguay).
Frente a estos nuevos peligros y a partir de una inicial acumulación de fuerzas, el debate estratégico sobre la conquista del poder comienza de nuevo a plantearse, comprendiendo incluso a Partido de los Trabajadores brasileno
En la mayoría de los países, la conquista de organizaciones clásicas de masas independientes de la burguesía, revolucionarios la voluntad de desarrolar su propia implantación y su propio papel en las luchas agrarias, como lo hacen el PUM peruano, el PT brasileño, A Luchar en Colombia, o el PRT en
Responder a estos intereses sociales puede traducirse en programas de emergencia contra la crisis y la deuda, que bien pueden venir a constituir propuestas de accion practicas susceptiles de atraer a sectores pauperizados de la pequeña burguesía y de acelerar las diferencias al interior de las viejas formaciones populistas.
Mas allá, el debate está ampliamente abierto en torno a la estrategia político-militar de la lucha por la conquista del poder. Al respecto, las viejas estrategias esquemáticas que maniobran con la interpretación toquista de la revolución cubana o con el modelo vietnamita de guerra popular prolongada, están perdiendo peso. Por una parte, el estudio profundo de la revolución cubana sacó a relucir la complejidad de las relaciones entre el movimiento urbano y la guerrilla, el papel de las huelgas generales, y la relacion entre la acumulación de fuerzas en el terreno militar y el movimiento de masas, más allá de las sinplificaciones que, con el aval de la direccion cubana, propagaba hasta hace poco Régis Debray. Por otra parte, la experiencia cercana de la revolución sandinista y centroamericana, que combina aspectos de la guerrilla, la guerra prolongada y la insurrección urbana, constituye objeto de reflexiones y de nuevas y arriesgadas tentativas de sistematización (Harnecker).
En vísperas de la revolución, Nicaragua era un país devastado en manos de una dictadura corrompida. La burguesía era incluso más raquítica que la cubana en la época de Batista. Fue partiendo de este marco que las tres tendencias del frente sandinista arrivaron de hecho a una estrategia político militar combinada y pudieron disputar victoriosamente a la burguesía, a través de una audaz política de alianzas, la dirección de la movilización antidictatorial. Si esta experiencia ofrece ricas enseñanzas al conjunto de la izquierda revolucionaria, no habrá de constituir un modelo para aquellos países en los que el Estado y la burguesía tienen otra
Las experiencias en curso en Colombia, Perú y Brasil abren entonces un nuevo capítulo en la elaboración de una estrategia revolucionaria en el continente. La asimilación colectiva y el intercambio de experiencias pueden en lo sucesivo ser igual de fructíferos que el ejemplo centroamericano, la crisis del movimiento obrero internacional y el peso de la Teología de la Liberación lo han sido al favorecer, a pesar de las dolorosas desventuras de El Salvador, un reencuentro con el pluralismo revolucionario que rompe con el centralismo militar (y algunas veces militaverdadero debate político.