(A propósito de Le Pen y otros pequeños detalles)
investigación política e histórica del cual, desgraciadamente, sólo se permanente" (Siglo XXI). Desde hace algún tiempo, Brossat se orienta fragmentada y de comprender y combatir las razones de la falsificación en v del estado de la cuestión en Francia. Pero su interés va muchi neofascismo. Constituye una muy interesante reflexión sobre algunas
SABER Neofascismo
CREER
de la historia propuesta y realizada desde diversas corrientes de mas allá de la experiencia francesa e incluso del fenómeno del En 1942, Stefan Zweig, exiliado en Brasil, tomó un veneno y murió. El, que durante tanto tiempo había escrutado la catastrote y la marea oscura que se lle vaba su mundo de aver - su cultura, sus amigos, sus libros, su país -, no veía ya otro medio de escapar de la "mano del destino". En sus memorias (1), terminadas poco antes de su suicidio, se interroga sobre la asombrosa ceguera manifestada por sus contemporáneos - ante todo, los alemanes - frente al ascenso del nazismo. Los monárquicos -señala con una ironía empapada en la tinta más negra- estaban convencidos de que el ascenso de Hitler al poder sólo podía constituir un preludio del retorno triunfal del Emperador; los nacional-alemanes (2) no dudaban ni por un instante que Hugenberg, su tenor, se comería de ur cabo austríaco; la industria pesada se regocijaba del ascenso al poder de un hombre con puño de hierro capaz de librarla de su temor atávico al bolchevismo; el pequeño comerciante se veia ya libre de la competencia de los grandes almacenes; la casta militar no ocultaba su júbilo al escuchar las diatribas antipacifistas del Führer; los propios socialdemócratas hallaban más de un consuelo en la idea de que, al menos, su temible adversario sabría meter en cintura a los comunistas...
En este palmares de la ceguera establecido por Zweig, faltan estos comunis-
Alain Brossat
El autor de este artículo está desarrollando un amplio trabajo de conoce en castellano su excelente "En los orígenes de la revolución especialmente a investigar el pasado mas reciente, en torno a la
Segunda Guerra Mundial, tratando de reconstruir una memoria ensamiento, de derecha e izquierda. Este artículo parte del caso Li de las ideologías actualmente dominantes en el sistema.
tas. Una lástima: también ellos estaban convencidos de que después del gnomo irrisorio y gesticulador, sonaría su hora.
Es verdad que Zweig no era un gran político y que no entendía nada de marxismo. Su campo elegido era el "alma
, la psicología de las profundidades. Sus memorias son las de un testigo horrorizado, no las de un actor. Y sin embargo, su desesperado asombro y su meditación sobre la ceguera frente al horror ascendente nos soprenden por su
La grandísima fuerza de personajes como Mussolini, Hitler o Le Pen consiste en irrumpir en el ruedo político como bufones o cómicos. Tan vulgares en su demagogia, tan exagerados en sus gesticulaciones, inconsistentes en sus divagaciones ideológicas - tan distintos de esas estatuas de cera que son normalmente los políticos - que no se les toma en serio. Payasos, "augustos"
cer reír o asustarse, lo que dura una vueltecita a la pista. Desde que Le Pen exhibe sus bíceps y sus grasas sobre las tablas, no dejan de repetirnos que es el retorno de Poujade (nota: político populista de derechas de los años 50, durante la IV República francesa) y que todo esto sólo durará lo que dure una feria o una crisis necesariamente destinada a esfumarse en espera de tiempos mejores; no dejan de repetirnos que, por muy enojosas que sean las proporciones que haya
NOTAS: 1.- Stefan Zweig, "Le Monde d'hier, souvenirs d'un Européen", Belfond, 1982. 2.- Nacionalistas conservadores. 3.- Marianne: Nombre familiar de la figura de busto de mujer que simboliza la República francesa, y que aparece en los sellos de correos. (N. del T.) 4.- Véase a este respecto: Walter Lagneur, "Le Terrifiant Secret", Gallimard, 1981, y David S. Wyman, 'L'abandon des Juifs, les Américains et la solution finale", Flammarion, 1987.
adquirido el globo, no hay que confundir: Le Pen es algo feo, como una cagarruta de mosca en la bandera, como un torunculo en la frente de Marianne (3): pero nada que ver, Dios nos libre, con Hitler, el nazismo o los campos de concentración. Un pequeño ataque de acne, pero no la peste. ¿Acostumbrarse?
Lo que nos interesa aquí en primer lugar no es tanto la validez de tal o cual comparación histórica como esa irreprimible necesidad de tranquilizarse que necesariamente nos lleva de nuevo a Zweig. Esa horrible sangre fría que de un manotazo destierra la rabia y el asco, la repulsión y el odio. Esa indefectible propensión a apartar la mirada de aquelo que constituye el monstruo como ta monstruo - su monstruosidad -, esa reticencia a llamarlo por su nombre. Todo contribuye asi a trivializar el mal y acosumbrarnos a vivir en su proximidaa, a cohabitar con él, como se habitúa uno a vivir en los parajes de una tabrica quimica cuyas chimeneas vierten noche y dia humos envenenados. Todo: un cierto discurso historiográfico cuyos veredictos ("nacionalpopulismo a la francesa") son saludados con forzosos suspiros de alivio; la legitimación de la bestia en los medios de comunicación, basada en la ecuación: "representativo" = tratable con el mismo derecho que los "demás"; un engañoso ambiente de paz civil en el que veros, en estreno exclusivos monstruo prosperar no al hilo del disturbio, del cataclismo, del pogrom o de la querra, sino de elecciones, de juramentos televisados, de procesiones sin llas tan mala cuando sólo muerde co alabras y se conforma con engordar a calor de la crisis.
Incluso cuando la inmundicia trepa hasta el 14%, nos tranquilizamos: la víbora es todavía muy pequeña, comparada con la boa socialdemócrata, por ejemplo. Pero hay que aprender de otras miradas, obligarse a otras preguntas: ¿cuál es el eco y el arraigo de las ideas y representaciones del Frente Nacional en la policía, en el ejército, a la luz de ciertos "sucesos" o de ciertos acontecimientos de Nueva Caledonia, por ejemplo? ¿Qué posible variante, qué posible dinámica de futuro dibujan las declaraciones de Pasqua sobre los "valores", o el acuerdo "local" de Gaudin (nota: político de la derecha tradicional) con el FN? Aquí no está de más recordar un poco de historia - para pensar lo inconcebible: como señala Zweig, en un contexto dado, Hitler se zampó cruditos a los poderosos nacional-alemanes, en medic del mutuo entusiasmo -. Aqui ya no se trata de aritmética (electoral), dinámica, de conjunción de factores, de coyuntura posible. Y siguiendo el hilo de
Zweig: ¿quien, al evaluar con ojo de profano o de especialista el "efecto Le Pen", no ha caído, en uno u otro momento, en la trampa del "no hay mal que por bien no venga"? ¿Quién no ha encontrado en la afirmación del demagogo el eco más o menos ensordecido de su propio credo? No olvidemos nunca este consenso larvado en torno a la utilidad de la bestia: para unos, era una suerte que estuviera allí para meter cizaña entre las derechas (y le han proporcionado ampliamente los medios); para otros, había que admitir que el vulgar titiritero "planteaba verdaderas preguntas" - aunque, tranquilicense ustedes, diera malas respuestas -, para otros más, convenía reconocer los evidentes méritos de su fe liberal, en el sentido reaganiano del término; para otros muchos mas, habia que saludar en él al patriota preocupado por la identidad francesa y la integridad nacional; sin olvidar a aquéllos que, antaño muy rojos y en absoluto racistas, se alegran de ver al lobo rematar la saludable obra de liquidación del PC en esos extra desesperados por el ¿Quién, frente a la bestia, no ha cedido nunca a la alegría maligna de verla morder al adversario en el talón, al pequeño cálculo interesado, al abandono "realista" -si prospera de este modo, es que en cierto modo "representa", "legitima" lo que ya existe-? ¿Quién, un día u otro, no ha dado el empujoncito a la trivialización del mal? ¿Quién, frente a él, no ha sentido y manifestado nunca sino horror y re-
Entendámonos: aquí no se trata de estigmatizar tal o cual maniobra retorcida de la socialdemocracia o tal o cual evidente manifestación de la creciente contaminación de la derecha llamada clásica por los miasmas de las alcantarillas. No hay nada de nuevo en ello. Frente a las catástrofes inminentes (1914, 1933 en Alemania, 1939-1940 en Francia), la socialdemocracia no admite lecciones de ceguera de nadie: agrupada en torno a la bandera, entona sus cánticos patrióticos y cierra los ojos con la esperanza de que la bestia se conforme con devorar a los rojos sin pisotear las rosas. En cuanto a la derecha "clásica", en nada constituye, en la tradición francesa, una esencia distinta de la extrema derecha activista, una esencia democrática opuesta a otra fascistizante, fascista o totalitaria. En este sentido, el gaullismo, su guerra contra la OAS y su hábil gestión del patrimonio de la Resistencia, han mezclado las cartas; pero el paisaje en que vivimos tiene una historia más antigua: el frente anti-Dreyfus, las Ligas de los años treinta, la lucha contra el Frente Popular y el apoyo a la España franquista, el colaboracionismo, el anticomunismo de guerra fría y las crispaciones neocolonialistas... Sobre todos estos "escenarios" de nuestra historia contemporánea, la derecha que algunos llaman "civilizada" y aquella que admiten que no lo es, más bien se interpenetran que se distinguen sus
NATIONAL
PARTE esencias, como bloques. En este sentido, los enfrentamientos y disputas de trastienda políticas y electorales constituyen un engaño permanente. Hay que volver a poner las cosas en su sitio recordando, por ejemplo, que esta "academia" de la Nueva Derecha que es el Club de l'Horloge no es más lepenista que chiraquiana. Y preguntándose, sopesándolo todo, qué es lo que distingue los sueños de un Pons (nota: dirigente del RPR, golista), de los de un Stirbois (nota: político del Frente Nacional) en relación con el futuro de Nueva Caledonia... Creer en ello
Pero no es eso lo esencial. Lo esencial es que en el fondo, nadie "cree" realmente en la bestia, es decir, en su aptitud para producir la catástrofe. La bestia irrita, repugna, inspira vergüenza (de ser francés) y a veces diversión, pero realidad no da verdadero miedo - quiero decir miedo por el aire que respiramos, nuestra vida, nuestros derechos, nuestra cultura, nuestros hijos. No creemos en ello (en el sentido en que Zweig asombra de que no se creyera). En el fondo, frente al monstruo baboso que eructa su hiel a la altura del 14%, todo el mundo, y no sólo los demócratas balda' dos de ilusiones democráticas, cree espontáneamente en la democracia, en la paz civil, en la inamovibilidad de las instituciones que garantizan su perennidad Si no fuera así, los propios revolucionarios no manifestarían tanta sangre fría, e incluso algunos de ellos, tanta indiferencia, frente a la crecida de las aguas sucias. Eso no tiene nada de especialmente original: siempre se cree más en el aire que se respira, en el mundo en que se ha nacido, que en las enfáticas "lecciones de la historia". Pese a la guerra de Argelia y Myao del 68, recuerdos lejanos ambos y más festivo que cataclísmico el segundo, creemos en la paz civil y en la "democracia" (aquélla que nos permite pasar nuestras vacaciones donde
FRONT
celebrar nuestras mítines, leer "Politis" (nota: semanario de izquierda, próximo a las ideas de Pierre Juquin), comer sin tarjeta de racionamiento y leer a Bataille o a Duras) más que en su posible final. Frenta al Mal, al posible cataclismo, siempre se prefiere, por regla general, creer en la eternidad de las cosas, en vez de saber. En 1933, los demócratas y los judíos de Alemania seguían creyendo que las instituciones de la República de Weimar y las tradiciones de la gran cultura alemana tendrían más peso que las pamplinas y los escenarios apocalípticos de Hitler. Y no obstante, era muy difícil que no conocieran las intenciones del Führer. En plena exterminación de los judíos de Europa, el presidente Roosevelt y los dirigentes de la comunidad judía americana, inundados bajo informaciones alarmantes relativas a los campos y las cámaras de gas, no se lo creían: un pueblo civilizado no puede hacer eso (4). Y además, a un nivel más prosaico, el saberlo estorbaba La ilusión retrospectiva
En un contexto en el que las implicaciones de esta dialéctica del saber y del creer apenas pueden compararse, evidentemente, asistimos sin embargo al retorno de este mismo gusto de no saber. Tanto un diario como Le Monde como los tenores de la socialdemocracia se han hecho maestros en este arte espontáneo del "wishful thinking" (nota: literalmente, pensamiento deseoso, se utiliza para caracterizar los análisis de la realidad determinados por lo que el autor desea que ocurra) frente a la bestia: si
POUR
EUROPE
DES
5.- Anne Tristan, "Au Front", Gallimard, 1987.
de Vicay; Sori, y Rousso en "Le Syndrome
7.- Ibidem, cap. 1 y II.
et Vu se al me. Stu gül Friedänder, "Re
Seuil, 198
9.- Rousso, op. cit.
FRANCE
tropieza en las elecciones locales, si un antiguo lugarteniente del titiritero llega y le escupe en la sopa, si su grupo parlamentario se agrieta, si una oportuna reforma del modo de escrutinio lo reduce a la mínima expresión, echan las campanas al vuelo: ya os lo habíamos dicho, esto no podía durar mucho. O bien, entonces la ilusión retrospectiva, con fondo de lamentables cálculos electoralistas, viene a rematar la faena: el fascismo son las masas desencadenadas y fanatizadas en la calle, los libros ardiendo, los judíos exterminados, la guerra... y ya véis que Le Pen no es nada de esto. Por consiguiente: sus cuatro millones de electores (a los que tendemos una mano fraternal e interesada) no podrían en ningun caso ser vituperados como "tascistas". O bien, además, ruines recuperadores que sirven a Dios y al diablo: leed el un empino se Base o Trin te Nacional es un francés como usted y como yo a quien le han arruinado la vida y que pasa las de Caín en sus barrios
Estos apóstoles de la tranquilidad y la seguridad olvidan sólo una cosa: la ple be desorientada, desesperada, encolerizada que aupó a Hitler al poder er también, "buena": no soñaba con cáma as de amas Menía o los usos No era más que una masa desorientada por el paro y la miseria, una amalgama de rencores y cóleras dispuestos a coagularse
May en Frand se o pare lenas,
FRANCAD
mente: esta conjunción en un impetuoso movimiento de iras ciegas e intereses inconexos, esta conversión en discurso, en ideología de acritudes, de angustias dispersas, este milagro de unas soluciones tan nítidas como imaginarias: tres millones de parados, tres millones de inmigrantes... El después, la continuación y el final, la posible transformación del grano pestilente en rosa de sangre bien abierta, eso es otra cosa: cuestión de coyuntura, de dinámica, en la que vienen a conjugarse muchos más factores que la simple crecida de este agua de cloaca. Pero que no vengan a espetarnos a priori el distingo tranquilizante: a menos que caigamos en los tópicos vulgares de la psicología de los pueblos, no hay ninguna razón en especial para encontrarle al populacho lepenista de 1988 mejor pinta que a la plebe nazi de 1930. Lo que dice Trotski de la segunda - una humanidad "desmigajada", atomizada y enfurecida - se aplica perfectamente a la primera.
A los demócratas de todo pelaje no les gusta que se les recuerden estas evidencias, porque ellos, camaleones desmemoriados, sólo saben pensar la eternidad del momento presente: cuando brilla el sol de la prosperidad, transmutan en "valores" ", en ética social, los dividendos de la buena marcha del sistema; cuando el cielo se ensombrece, abren el paraguas filosófico del individualismo, de la necesaria competencia y de la furia de vencer. Su único credo es en el fondo el de lo bien fundado del momento actual. Por ello nunca han sabido, ni sabrán nunca pensar la barbarie en gestación y las posibles catástrofes. La esperanza
enana y miope que alimentan - y que tan fácilmente entra en resonancia con las pocas ganas de todos de imaginar lo peor - se sitúa en las antipodas de aquélla que, necesariamente, ingredientes de la acción revolucionaria. Contrariamente a lo que imaginan (es mucho decir) los incendiarios de ayer convertidos en notarios hoy, la acción revolucionaria no es la sintonia grandilocuente y vacía de un futuro incierto, incumplido, "no ocurrido". Es esa percepción de la historia que no confunde lo real con la composición de la Asamblea Nacional. Es aquella percepción de las subterráneas de la historia que permite concebir lo mejor y lo peor posible. Le Pen es necesariamente inconcebible como agente de la catástrofe que, debido a sus pequeñas certidumbres democráticas y patrióticas, sigue considerando eternos os consensos todavia dominantes de la "urbanidad" francesa. Pero ¿cuántas veces, desde la Comuna de París hasta la guerra de Argelia, los hemos visto derrumbarse? Gorbachov es necesariamente ininteligible para quien, debido a su credo antitotalitario, ha confundido siempre la inmovilidad de las torres del Kremlin con el movimiento de la sociedad soviética. En ambos casos, es escrutando un pasado que no se percibe a simple vista, como puede concebirse el futuro o los futuros posibles, como es posible inscribirse en una historia abierta tanto a lo peor como a lo mejor.
Sin duda la facilidad con que Le Pen y la corriente que representa se han visto legitimados en la Francia de los años ochenta esta estrechamente relacionada con un estado de la memoria colectiva. El historiador K. Pomian señala que "una época pasada, cuando llega su momento, se pone a funcionar como una pantalla sobre la cual las generaciones siguientes pueden proyectar, objetivandoas, sus contradicciones, sus desaarros. sus conflictos "(6). Desde hace ya décadas, Vichy, la resistencia y la colaboración desempeñan este papel en Francia, reactivando incansablemente viejas fracturas, siguiendo el hilo en las batallas de la memoria hasta la Comuna de París, si no hasta la Revolución Francesa. que desde tiempo inmemorial, el "resistencialismo" ha dejado de tener el papel de mito dominante y consensual que pudo cumplir desde mediados de los años cincuenta hasta mediados de los años setenta (7). Desde 1968, de hecho, lo vemos desgastarse, desmoronarse y dejar de ser ese imponente coloide de la epoca en que muy pocos se habrían atrevido a discutirle al PCF el título de "Partido de los 75000 fusilados" y en la que Malraux elogiaba a Jean Moulin. Lo hemos visto desmoronarse en el cine con esa película síntoma de la crisis que fue "Le chagrin et la pitié" (1971), con "Lacombe Lucien" del Louis Malle, "Sección especial" (1975) de Costa Gavras, "Portero de noche" de Liliana Cavani, y algunas otras. Lo hemos visto desmoronarse en política con el "caso" Marchais (nota: referencia al escándalo que se provocó en Francia al conocer que el secretario general del PCF había participado en el servicio de trabajo obligatorio impuesto por los nazis durante la ocupación), los múltiples retornos a la actualidad de la polémica en torno a la detención de Jean Moulin; lo hemos visto desmoronarse de un forma más sutil e inaprehensible en torno al desarrollo de lo que se ha dado en llamar "la moda retro" o, en todo caso, de una calificación masiva del período de la ocupación como "buen proyecto", lugar, paisaje, "pantalla" interesante para "hacer-arte", para estetizar lo real: obras de la calidad de "El re de los alisos de Michel Tournier o último metro" de François Truffaut deben ser comprendidas también en este contexto en el que la estetización se apodera del nazismo, o incluso de Vichy (8).
Aquí, por supuesto, las batallas de ideas y de memoria, las "modas", y los movimientos estéticos, no pasan sin dejar huella fuera de los circuitos de la historia contemporánea. La guerra de Argelia, con las nuevas divisorias de aguas que trae consigo, reactivando al mismo tiempo lo antiguo e incluso lo arcaico (los viejos petainistas son, naturalmente, pro Argelia francesa, pero resistentes como Bidault y Soustelle también); pero también, no lo olvidemos, Mayo del 68, con su pasión por poner en duda las herenclas y patrimonios propuestos por los 'padres", han contribuido poderosamente a este desmantelamiento de los consensos memorísticos relativos al período
1939-1945, penosamente establecidos al hilo de tres décadas. Como señala oportunamente Henry Rousso (9), cuando este espejo se rompe, cuando este mito integrador se encuentra despedazado, no desembocamos, contra todo lo que cabría esperar, en la indiferencia o en el silencio. Por el contrario, surge el momento de la obsesión. Este período de mala memoria (1939-1945), del que todos instintivamente comprendemos que constituye un nudo decisivo de nuestra historia, aunque hayamos nacido mucho después de la Liberación de París o de la muerte de Pétain, cumple más que nunca su papel de pantalla de nuestros desgarros y conflictos, de nuestros problemas de identidad, de nuestro malestar presente. Cada año, insiste Rousso, trae su parte de resurgencias, de revela-
", de escándalos: del "caso" Manouchian al proceso de Barbie, de las fanfarronadas al "detalle" de Le Pen... Sólo que los juegos, contrajuegos e implicaciones de esta memoria se desarrollan ahora en un paisaje devastado por la dispersión y la fragmentación. Desde nace una década, por ejemplo, asistimos al vigorosísimo y espectacular desarrollo de una memoria judía para la
"escenario" (el nazismo, genocidio, la colaboración, la Resistencla) ocupa evidentemente un lugar central; esta memoria tiene sus referencias, su horizonte y su "gramática" propias y particulares en las que la evolución de Israel y los nuevos sentimientos de la identidad judía ocupan un lugar esencial, pero, señalémoslo, esta misma memoria, que tanto tardó en imponerse y labrar su
10.- Véase, por ejemplo, la interesante revista mensual de la FINDIRP, "Le Patriote résistant". 11.- Véase Zeev Sternhell, 'Ni droite ni gauche", Seuil, 1976, y Alain Finkielkraut, "L'Avenir d'une négation, réflexion sur la question du génocide", Seuil, 1982. 12.- Maro Ferro, "Pétain", Fayard, 1987. En el mismo sentido, véase también el "Laval" de Fred Kupferman, Balland, 1987. 13.- Robert O. Paxton, "La France de Vichy", Seuil, 1973.
surco en la Francia posterior a la Segunda Guerra Mundial, está fundamentalmente en conflicto, dividida, dispersa: ¿qué tiene en común la traducción en nueva (?) filosofía de su ser-judío por André Glücksmann y Bernard-Henri Lévy con los frutos amargos recogidos por el historiador Maurice Raisfus del árbol de la memoria judía? Aquí se desvela todo un paisaje. Estamos en pleno periodo de reorganización, de reterritorialización de de este período-pantalla; todo sucede como si cada grupo, cada "tribu", viniera a proyectar su propia película, a perseguir sus obsesiones, sus desavenencias y sus rencores, a tratar de hacer valer su memoria contra la de los demás: revisionistas (negacionistas sería más apropiado) por un lado, deslizándose por la cuesta de su delirio (pero no sin efectos perversos mucho más allá de su cenáculo: en pleno proceso Barie, unos estudiantes de instituto a los que se daba, con ocasión del mismo, una pequeña charla sobre el nazismo y el genocidio, reclamaban, "por aquello de la objetividad", que también estuviera presente o representado "el otro punto vista"...); asociaciones de antiguos deportados y resistentes por otro lado, alimentando incansablemente la llama de la piedad y del recuerdo (10); neoconservadores, cuya flor y nata se agrupa en el Club de l'Horloge, mirando de soslayo interesados del lado del debate "revisionista" alemán: ellos también han comprendido que no son las cámaras de gas sobre lo que hay que librar batalla, sino sobre la denuncia del verdadero bárbaro, del verdadero ememigo, del adversario atávico: no el nazi, asiático rojo...; huérfanos de la casa Marchais, consagrados a la administración de una colosal herencia de memoria dilapidada por ellos mismos (hasta el unto que cuando Lajoinie (nota: dirigente del PCF) tacha a Le Pen de fascista en un plató de televisión, el espectadorelector apenas experimenta ya sino la excitación del asiduo a los duelos a pri-
Insistimos: esta pantalla nunca ha estado tan solicitada, ni tan presente esta memoria de los años turbios, como desde que las balizas consensuales le han sido arrancadas; como señala Rousso, "esta obra llega, de lejos, a la cabeza de todas las reminiscencias canalizadas por la clase política": cuando hay "disputas" en la Asamblea, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, necesariamente es esa reterencia la que se moviliza, ahora y siempre; es muy sencillo: la derecha y la extrema derecha no tienen ninguna lección que recibir de quienes aprobaron el Pacto entre Stalin y Hitler hasta junio de 1941, ni de quienes votaron plenos poderes para Pétain en 1940; las izquierdas, por su parte, no tienen lecciones que recibir de quienes heredaron la oriflama ajada del petainismo... Y además, sobre todo, es la hora del vértigo generalizado, más que de la duda metódica: esta idea se ha ido abriendo paso lo mismo del lado del Club de l'Horloge que en los libros de intelectuales progresistas como Zeev Sternell o Alain Finkielkraut (11). El proceso de Barbie fue una ocasión para entrar en la era de la duda, en la misma medida, al menos, en que fue ocasión para reanudar un mínimo consenso de la piedad: ¿qué es un crimen contra la humanidad? ¿Quién entregó a Jean Moulin a la Gestapo? ¿Por qué las organizaciones judías, en 1944, no habían dispersado a los niños de Izieu? ¿No hay algo de verdad en la argumentación del abogado Vergès sobre lo relativo de tal genocidio en relación con tal otro?, etc. La duda está en todas partes. Más que nunca, "el cadáver está aún caliente, y como sigue diciendo Rousso, "no es la hora del médico forense, sino más bien la del médico a secas, o del psicoanalista": En nuestra relación con ese nudo de nuestra historia que constituye el período 1939-1945, aún vivimos el tiempo de la memoria, de sus tribus, de sus batallas. Estamos muy lejos aún del "frío objeto"; la memoria se ha movido, se ha desplazado, se ha remodelado; pero nos es mucho más fácil aún escribir la historia de la memoria de este periodo desde 1945, que acometer su historización. Esto se ve bien leyendo la monumental biografía de Pétain (12) que publicó Marc Ferro en 1987. Colocado bajo el signo tutelar de Braudel, este libro enuncia de entrada su ambición: decir cosas nuevas sobre Pétain, comprenderlo en el paisaje de los años fatales (1939-1945) lejos de las pasiones y enfrentamientos renunciando a los recuerdos del testigo y a las facilidades de la guerra civil, continuada en el mundo simbólico del relato historiográfico. "El historiador - previene Ferro a modo de preámbulo - debe con•servar, explicitar, analizar, diagnosticar. Nunca debe juzgar." El análisis histórico es lo contrario de la memoria vivida.
¿Cómo hace frente Ferro a su audaz apuesta? Con una habilidad que, a mi juicio, hace honor a su talento, pero invalida sus presupuestos epistemológicos teñidos de positivismo: al escribir un libro "abierto", "moderado", sobre Pétain, en que la voluntad de mantener a raya la indignación, los arrebatos y el asco, y la resolución de emanciparse de las evidencias vividas de la memoria y de la experiencia producen menos un saber nuevo que una mirada menos acerba, más "comprensiva", a veces, sobre Pé. tain. Pero no es esto aún, me parece a mí, esa "historia" que Ferro opone a las crispaciones y enfrentamientos de la memoria. Es una memoria que se des. plaza y trata de producir nuevos consensos, más "distendidos", tal vez más equitativos; a decir verdad, esa voluntad de "apaciguar los ánimos" en torno a la memoria del petainismo, de reunir en torno a un consenso de memoria ampliamente aceptable, más allá de los inmovilismos clánicos, esa manera de militar
como historiador por la paz civil - contra ese demonio tan francés de la guerra civil -, tódo ello suscita en nosotros como un sentimiento de lo conocido... Cierta "Carta a los franceses" de cierto candidato a la presidencia de la República (nota: alusión al texto central de la pasada campaña electoral de Mitterrand). Me parece recordar además, sin querer esquematizar a ultranza, que Marc Ferro firmó el llamamiento de dicho candidato.. Allí donde se encuentran de forma igualmente clara y perceptible efectos de actualidad y preocupaciones epistemológicas, la memoria tiene un largo camino ante sí...
En cierto sentido, el libro de Ferro me recuerda la película de Malle "Adiós muchachos". Uno y otro podrían llevar como subtítulo: "o: la nostalgia del consenso". Uno y otro militan por encima de todo a favor de una memoria en la que sobren las acritudes, el vértigo de identidad o el cinismo se impondría una percepción serena de este pasado (en torno a la cual se nos invita a reunirnos). Es cierto que la película de Malle trata de un tema doloroso, pero, al contrario que "Le chagrin et la pitié" o "Shoah", no es una película destinada a abrirnos los ojos acusándonos; muy al contrario, es una película que nos deja bien, restaura en nuestra alma y conciencia un cierto sendignidad y de legitimidad: esos buenos curas que esconden y educan a los niños judíos con riesgo de sus vidas, somos nosotros, es la identidad francesa en su sustrato profundo. ¡Borradas las mordaces provocaciones de "Lacombe Lucien"! Nuestras epidermis francesas no se han equivocado: "Adiós muchachos", cubierta de oscars y de laureles, ha gustado a todo el mundo; al consagrar la memoria judía por todas y todos, nos propone sobre todo un compromiso honorable de la memoria en que catolicismo, discreto patriotismo y recuerdo del genocidio comulgarían sin agresividad en una misma piedad. Como el libro de Ferro, la película de Malle nos invita a una nueva postura de la memoria: terminada, por supuesto, la memoria heroica transmitida por películas "La batalla del ferrocarril" o "El Padre tranquilo", por tantas autobiografías y relatos épicos; pero terminada también la memoria flagelante, contrita, amarga: no lo olvidemos, el libro de Ferro viene a oponerse al de Paxton (13) en el que el historiador norteamericano viene a dar un vigoroso puntapié al hormiguero de los mitos resistencialistas; viene a oponerse también, explícitamente, a la película de Marcel Ophüls en la que el hilo más constante lo constituye la cobardía francesa de los años 1939-1945. ¿ Todos héroes? Desde luego que no, y lo sabemos desde hace ya cierto tiempo, nos dicen Malle y Ferro. ¿Entonces, todos monstruos o cobardes? Tampoco. La verdad no está en el blanco ni en el negro, sino en algún tono del gris. Sobre esta pantalla gris seguiremos proyectando nuestros desgarros y nuestros conflictos. Y se puede vivir con esto, parecen decirnos unos y otros... ¿Es este el nuevo consenso-compromiso memorístico de este "escenario" (de todo punto vital para nosotros) donde estamos destinados a habitar en la década que vie-
Quizás. Pero por ahora, vivimos sobre todo en la confusión, las incertidumbres, el vértigo de la memoria relativa a este período. Y esto beneficia a Le Pen y sus tropas de alcantarilla. •
NOTAS: (1). Un total estimado en 216.000 millones de dólares para Irán y en 193.000 millones para Irak, en ocho años de guerra, por el Economist Intelligence Unit. 2). Y sin contar la parte creciente de estos ngresos dedicada a lo que podría llamarse "importaciones sustitutivas de la producción", a causa de las destrucciones efectuadas po a aviación irakí. Por ejemplo, Irán se ve ac tualmente obligado a importar más de 200.000 barriles/día de productos petroleros a causa de los daños sufridos por sus refinerías.
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¿HA ' GUERRA?