ECOLOGIA Y SOCIALISMO:
Robert Lochhead, militante de nuestra organización hermana, el Partido Socialista Obrero (PSO), de Suiza, y del movimiento ecologista, escribió el texto que publicamos a continuación con la saludable intención de poner en cuestión la idea ampliamente establecida dentro de las organizaciones revolucionarias según la cual existiría una armonía natural entre el marxismo y el socialismo, por una parte, y la teoría y la práctica de la lucha ecologista, por otra. Según sus propias palabras: «Tenemos en el PSO dos tipos de militantes; aquellos que, sin mantener una relación directa con las luchas ecologistas,, siguen convencidos, con la fe del carbonero, de la superioridad del socialismo y del marxismo en este terreno, aunque sus conocimientos no hayan progresado notablemente; y los militantes más activamente comprometidos en las luchas por la protección del medio ambiente, que asumen de una forma más o menos acrítica elementos del pensamiento ecologista de cualquier procedencia contentándose con darle un "barniz rojo". No creemos que este tipo de problemas apa.
rezcan solamente en Suiza. Por eso nos hemos decidido a publicar el tex-
NOTAS: (1). Henrik Ibsen, "Ein Volksfeind", Reclam,
Stuttgart (traducción castellana a partir de la traducción francesa del autor, N. del T.). (2). K. William Kapp, "The Social Costs of • Private Enterprise' ", Harvard University Press, 1950. (3). Amadeo Bordiga, "Espèce humaine et croûte terrestre", Payot, París 1978.
UNA RELACION
CONFLICTIVA
to de Lochhead. Es fácil demostrar por algunas citas bien escogidas de Marx que no hay en él ni glorificación simple del desarrollo industrial ni una indiferencia congénita hacia la suerte de la naturaleza:
«Cada progreso de la agricultura capitalista es un progreso no sólo en el arte de explotar al trabajador, sino también en el arte de esquilmar el suelo. Cada progreso en el arte de acrecentar la fertilidad durante un tiempo es un progreso en la ruina de sus fuentes duraderas de fertilidad. Cuanto más se desarrolla un país, por ejemplo los Estados Unidos de Norteamérica, sobre la base de la gran industria, más rápidamente se consuma este proceso de destrucción. Luego la producción capitalista no desarrolla la técnica y la combinación del proceso de producción social sino agotando al mismo tiempo las dos fuentes de las que mana toda la riqueza: la tierra y el trabajador». (Marx, "El Capital", libro I,
Sin embargo, el hilo de esta tradición de escepticismo pesimista a propósito de la técnica se rompió en algún punto del marxismo en beneficio del entusiasmo cientificista. ¿Fue por efecto del cientificismo de la Il Internacional en el clima de euforia industrialista de la "Be-
, o de la obsesión por la infrautilización de las fuerzas productivas en la crisis de los años 30, o la obsesión por la industrialización a toda costa del Tercer Mundo en la huella de las revoluciones socialistas china, vietnamita y cu-
Robert Lochhead bana y de las experiencias nacionalistas del peronismo en Argentina y el nasserismo en Egipto?.
La preocupación por la ecología está ausente de la revolución rusa, sin embargo fértil en sus primeros años en utopias y preocupaciones científicas de punta e inconformistas.
Algunos jalones, no obstante, siembran 150 años de pensamiento marxista, como granos prometedores pero que no han llegado a germinar.
A los marxistas de principios de siglo les encantaba la famosa obra de teatro de Ibsen de 1882, "El enemigo del pueblo", cuya intriga problema de contaminación de las
«Doctor Stockmann: Si, Pedro, ¿no hay que llamarlo así?. ¡Date cuenta!: el agua de los baños está contaminada (por las aguas usadas y la carga de desperdicios) e igualmente el agua de las fuentes. Y ésa es el agua que ofrecemos a nuestros desdichados pacientes, que vienen a nosotros confiados y pagan caro para curarse». (Acto II).
El alcalde Pedro Stockmann: He informado al público de los hechos esenciales en mi declaración publicada por el El Correo del Pueblo. Todo ciudadano sensato puede, pues, tormarse su opinión con facilidad: la conclusión que se desprende de estos hechos es que la propuesta del Doctor de reconstruir la traída de aguas, aparte de constituir un acto de censura hacia las autoridades de
nuestra ciudad, equivale a querer imponer un gasto inútil de cien mil coronas por lo menos». (Acto IV).(1)
Los marxistas de los años cincuenta y sesenta conocían y citaban la famosa obra magistral del economista americano K.W.Kapp, autor no propiamente marxista, "El coste social de la empresa privada" , que data de 1950 y cuyos capítulos 5 al 9 son, respectivamente: 5 El coste social de la contaminación del aire; 6, Los costes sociales de la contaminación del agua; 7, El agotamiento y destrucción de los recursos animales; 8 El agotamiento prematuro de los recursos energéticos; 9, La erosión del suelo, el agotamiento de los suelos y la deforestación. La obra de Kapp llama la atención por la evocación de todos los problemas concretos que asociamos más bien a los años 70 y 80. (2)
Un autor marxista poco citado y que sin embargo merece ser leído en el terreno que nos ocupa, Amadeo Bordiga (1889-1970), ingeniero de su Estado, trataba en sus artículos sobre los accidentes de transporte, la contaminación de las ciudades y las catástrofes naturales:
«Así, mientras que el mantenimiento del dique del Po en diez kilómetros exige un trabajo igual, pongamos, a un millón al año, es más ventajoso para el capitalismo reconstruirlo entero gastando mil millones. De otro modo, tendría que esperar mil años. ¿Quiere esto decir que el gobierno negro (democristiano, n. del a.) ha saboteado los diques del Po?. ¡Claro que no!. Ello quiere decir que nadie ha ejercido presión para que proporcione el miserable milloncejo anual; y éste no ha sido gastado por haber sido tragado por la financiación de otras "obras grandiosas" y "nuevas construccuyo presupuesto se elevaba a miles de millones. Ahora que el dique se ha derrumbado, de repente aparece uno que pone en marcha la oficina de proyectos en nombre del sacrosanto interés nacional y otras excelentes motivaciones, y para reconstruirlo.(...)
(...)Si pensamos por el contrario que todos los diques del Po y de los demás rios podrían hacer defección frecuentemente a consecuencia tanto de las obras de mantenimiento, debida a treinta años de crisis, como de la desastrosa tala de las montañas, entonces el remedio será aún más lento. Ningún capitalista vendrá a invertir para beneficio de nuestros bis-
(...)La inundación se ha llevado la poca tierra vegetal que había, y sobre todo las escasas capas no rocosas que le servian de débil sostén; una tierra que durante decenios y decenios había sido a menudo subida a cuestas, cosa increíble, por el miserable cultivador. Todas las plantaciones, incluídas las de árboles, han caído con la tierra; y se han visto flotar sobre el mar naranjos y limoneros desarraigados, base de un cultivo y de una industria particularmente florecientes en ciertos pueblos.(...)
(...)En la base de todo esto no se encuentra un hecho moral ni sentimental, sino la contradicción entre la dinámica convulsiva del supercapitalismo al que hemos llegado, y las sanas exigencias de la organización de la estancia de los grupos humanos sobre la tierra, con el fin de transmitir condiciones de vida útiles a través del tiempo» ("Omicidio dei morti" • Battaglia Comunista número 24-1951, 19-12-1951). (3)
Debemos incluir en estos "jalones" al ecologista norteamericano Barry Commoner, que sin embargo no es marxista, pero que, como Kapp, reconoce tomar elementos de la tradición marxista, y que ha escrito clásicos que siguen siendo hoy día los análisis ecologistas más capaces de satisfacer nuestras exigencias teóricas, aunque, fundamentalmente, Commoner pertenezca teóricamente más a la tradición ecológica que a la marxista: "El cerco" ("The closing circle") (1972) o "la pobreza del poder ('The poverty of power") (1980):
«Así parecen justificarse las opiniones pesimistas de Kapp, que parece dudar que un régimen de libre empresa pueda plegarse a las necesidades restrictivas de una explotación ecológicamente sana» ("El cerco", pág. 274).
«¿Cuáles son las medidas que conviene poner en práctica en un país como los EE.UU., que se enfrenta a la crisis del medio ambiente?. Pienso mucho menos aquí en normar legislativas y en reglamentos tendentes a la protección del
(4). Barry Commoner, "L'encerclement", Seuil 1972. (5). Harry Rothman, "Murderous Providence", Hart-Davis, London 1972. (6). E.P.Odum, "Fundamentals of Ecology", Philadelphia London, Saunders 1959. (7). Alfred Schmidt, "Der Begriff der Natur in der Lehre von Marx" , Europäische Verlaganstalt, Frankfurt, 1962. (8). Es lo que están iniciando en el terreno de la energia: Jean-Claude Debeir, Jean-Paul Deléage y Daniel Hémery, "Les servitudes de la puissance", Flammarion 1986 medio ambiente que en las acciones que medidas de este género serían susceptibles de provocar (toda una transformación del sistema de producción que sería indispensable para hacerlo armonızar con el sistema ecológico). Esta tarea exiaplicación de tecnologías totalmente nuevas: organización de circuitos de retorno, que conduzcan directamente hacia el suelo los desechos domésticos y las aguas de cloaca; sustitución de gran número de materiales sintéticos por materiales naturales; inversión de la práctica actual, consistente en disminuir la extensión de las superficies cultivadas y en obtener los mayores rendimientos sobre las tierras cultivadas mediante un uso intensivo de los abonos; sustitución, en los plazos más breves posibles, de los plaguicidas sintéticos por plaguicidas biológicos; evitar la instalación de industrias consumidoras de cantidades considerables de energía; desarrollar transportes terrestres accionados eficazmente por motores que funcionen a temperaturas bastante bajas y utilizando franjas de terreno de anchura minima; instalar dispositivos de eliminación completa de los residuos de la combustión, de la fundición de los metales y de los procesos químicos (las chimeneas de fábrica deberían escasear cada vez mas); establecer ciclos de reutilización de las materias primas recuperables, de los pruductos de metal, vidrio y celulosa; realizar una planificación ecológicamente sana de la utilización de los suelos, incluidas las zonas urbanas» ("El cerco" pág. 201). (4)
Pero he aquí que estos jalones sólo representan una tradición débil y discontinua. En vano se busca en el marxismo del siglo XX un estudio-guía del probleria de la destrucción del entorno natural, y aquéllos, poco numerosos, que han aparecido en estos últimos diez o quince años no son aún sino tentativas, loables pero poco más que embrionarias(5). ¿Cómo explicar esta carencia?. ¿Por reacción contra la tradicion de protección de la naturaleza que, efectivamente, se remonta a corrientes intelectuales elitistas, nostálgicas, anti-industrialistas y antiobreras del XIX, y aún parcialmente del XX?. ¿O simplemente por la sofocación del pensamiento marxista por el estalinismo o del pequeño número de pensadores marxistas independientes de la postguerra o de su separación respecto de la comunidad de
El marxismo independiente de los últimos 40 años ha producido obras importantes: tratan sobre la economia política, la explicación del boom capitalista de los años 50-60 y del giro recesivo del
74, los mecanismos de subdesarrollo del Tercer Mundo, la organización del trabajo industrial, la historia. Pero en el marxismo de los años 50-60 no encontramos nada sobre la ola de nuevas legislaciones de protección de la naturaleza que se inicia al comenzar los años sesenta, ni sobre los movimientos de protección de la naturaleza. Este marxismo que previó correctamente que el brutal crecimiento numérico de una intelligentsia científica y técnica asalariada iba a poner en crisis las relaciones jerárquicas en la empresa y en la sociedad, no previó que esta nueva capa asalariada no iba a integrarse sin más en el movimiento obrero, sino que, por su formación y por la penetración en profundidad del progreso tecnológico, iba a sensibilizarse en particular por estos problemas científico-políticos que cubre la ecología política. Este marxismo que sin embargo ha debatido a fondo sobre la estructura de la URSS, ha permanecido ciego a la destrucción del medio ambiente que allí se ve. Este marxismo sin embargo movilizado contra el peligro de la bomba, y que debería tener más reflejos de desconfianza hacia los juguetes del capitalismo que cualquier otra corriente del pensamiento, ha caído por completo en la trampa de la energía nuclear civil. Este marxismo, que sin embargo charlataneó hasta la náusea sobre biología en los años 50-60 (para tratar de encontrarse a sí mismo en el absurdo de la biología soviética de entonces) no comprendió que de la ecología biológica, ciencia sin embargo fundada en 1866 por el mismo Haeckel, maestro en materia de biología de Engels y del SPD, surgía, a más tardar a partir de la obra de Odum de 1959(6), una ecología que pretendía elevarse al nivel de la economía política Acaso se haya creído que todo quedaba dicho una vez que se habían clasificado estas teorías en el desván, por cierto justo en sí mismo, de la ideología bur-
Entre las corrientes del marxismo del siglo XX, la de la escuela de Francfort ha estado más preocupada que otras por la concepción marxista de la relación con la naturaleza. La obra, por otro lado brillante, de esta escuela "La concepción
, de Alfred Schmidt(7), cita estos pasajes fascinantes de Marx:
«La naturaleza se convierte, con el progreso de las fuerzas productivas, en un objeto de la actividad humana, puro instrumento de utilidad; deja de ser reconocida como una potencia en sí misma; y la comprensión científica de sus leyes propias ya no aparece sino como una artimaña para someterla a las necesidades humanas, bien como objeto de consumo o como medio de producción»(...)
(...)Las leyes de la naturaleza en absoluto pueden ser anuladas. Lo que puede modificarse según las diferentes situaciones históricas (de la actividad humana) es sólo la forma en que estas leyes se imponen (a la humanidad).
La industria humana como precaria artimaña para explotar una naturaleza cuyas leyes no se dejan anular, he aquí una
idea fértil para abordar desde un punto de vista marxista el problema de la compleja inserción de la industria humana en sistemas ecológicos cuya forma transformará sin poder escapar a sus leyes. Pero la obra de Schmidt, escrita en 1962, permanece en un nivel filosófico muy abstracto y no hace ninguna mención al problema de la destrucción del medio ambiente, que ningún marxista se atrevería ya a esquivar hoy día en una obra dedicada a la concepción de la naturaleza. Ello a pesar de un párrafo de conclusión sumamente inquietante:
«Benjamín tiene razón al decir que a la vista de lo que los humanos se infligen e infligen todos los días a la naturaleza exterior, en lugar de concretar la justa praxis, hasta las fantasías más excéntricas y las más extremas utopías conservan su sentido. Hoy día, cuando las po. sibilidades técnicas de los humanos superan con mucho los sueños de los viejos utopistas, parece más bien que estas posibilidades, realizadas en negativo, se tornan en fuerzas destructivas. En lugar de traer esa felicidad humana, por cierto forzosamente limitada, traen la desdicha total: parece una parodia deformada de la transformación deseada por Marx, en la que sujeto y objeto (la humanidad y la naturaleza) no estuvieran reconciliados, sino destruidos».
Que frente a los ecologistas más moderados existe la necesidad, ampliamente sentida, de una conciliación entre un punto de vista ecologista radical y un punto de vista social radical, lo demuestra la existencia, tanto entre los verdes alemanes como entre los verdes suizos, de un ala que pretende combinar ecología y socialismo.
Pero a veces en la corriente marxista revolucionaria hay una fuerte tentación de hacer nuestra la ideología ecologista, subrayando como único defecto el hecho de que está dispuesta a pasar por encima de la defensa de los intereses de los explotados y de los oprimidos (hoy día, por ejemplo, estan dispuestos a aceptar el trabajo en domingo o la flexibilidad del tiempo de trabajo, o a resignarse al paro). En contra de esta tentación, a pesar de todos los cumplidos que hago a los ecologistas y especialmente a las organizaciones de protección del medio ambiente, pienso que sus ideas son unilaterales, incluso en su propio terreno teórico.
Pero, como vemos, queda por hacer la demostración, a costa de serios estudios:
- Confunden fragilidad (innegable) de los ecosistemas y estrechez absoluta (discutible) de los recursos materiales.
- Probablemente subestiman la variedad posible de alternativas tecnológicas respetuosas del medio ambiente. Al no imaginar un cambio de sistema económico, se ven obligados a desear una restricción del crecimiento en el interior de este sistema, desestimando las muy diferentes posibilidades de crecimiento económico en un sistema muy diferente. Grandes utópicos, resultan paradójicamente unos utopistas bastante tímidos al querer conservar el capitalismo.
- Su utopía es a menudo una utopía de la pequeña empresa capitalista, opuesta en el pensamiento a la grande. Esto es muy poco convincente.
- Lo ignoran todo sobre el periodo histórico de tendencia económica depresiva en el que se hunde el capitalismo desde el 74. La crisis económica, tras haber empujado ya a la burguesía a echar por la borda algunas conquistas de la civilización, amenazará igualmente cada vez más las conquistas de la protección del medio ambiente. Los ecologistas están muy centrados en los países ricos. Es la profundidad de la crisis económica en el Tercer Mundo lo que hace allí tan violento el desastre ecológico. La ingenuidad de los ecologistas en materia de macroeconomía sólo es equiparable a su muda turbación ante las revoluciones de los pueblos del Tercer
¿Qué tareas se desprenden de todo lo que precede para la reflexión marxista, como complemento a la acción política, de la que, por otro lado, tratamos?
En primer lugar, dotarse de medios institucionales para seguir y analizar los tantas cuestiones científicas y técnicas que su simple observación, a fortiori su estudio, no puede hacerse a modo de aficionado, como se hace tradicionalmente la política. Hace falta un aparato. Esto es lo que han comprendido las organizaciones de protección del medio ambiente. Sus numerosos permanentes científicos constituyen el nuevo tipo de -políticos profesionales que la confrontación con este nuevo tipo de problemas político-científicos exige. No es casualidad que las pocas contribuciones que estén a su nivel de competencia (por ejemplo, el libro y la campaña contra el amianto, del PSO suizo) reposen sobre un trabajo universitario profesional sin el cual habrian sido imposibles. Evidentemente, no se puede evitar la pregunta de si no habría que integrarse de una manera u otra en algo existente más que apañar algo nuevo.
Entre los análisis más urgentes que hacer desde un punto de vista marxista:
1. Estudiar la calidad real de las medidas tomadas en estos últimos años por los Estados de los países capitalistas ricos y paralelamente la calidad de la crítica constructiva que de ellas hacen los ecologistas moderados. ¿Han rebajado éstos sus exigencias o realmente han obtenido: satisfacción en ciertos puntos?
2. Estudiar si la situación catastrófica en los países del Este tiene algo que ver con los "problemas del socialismo"
3. En el plano teórico, examinar la validex de las pretensiones globalizadoras de la teoría ecológica. Ello quiere decir confrontarla con la economía marxista. Haría falta para ello un biólogo marxista que tuviese al mismo tiempo un dominio perfecto de la economía política marxista; luego, hablando con realismo, un trabajo de equipo. (8)
MINAS AR
CONTELCE MENTERO
NUCLEAR
4. Hacer 'una historia de los años 60 que analice, por una parte, el desarrollo, por entonces, de las organizaciones de protección del medio ambiente y de las legislaciones anticontaminación, y por otra, las causas del silencio del movimiento obrero y de los marxistas. Ecología y socialismo materia de política del medio ambiente?. El punto de vista socialista revolucionario, ¿tiene una eficacia original que aporademás nos falta espacio aquí, entreten gámonos más bien en considerar algu diferentes aspecto se presenta bajo sus
1. «Muchos hablan del elevado coste tes haciéndolos repercutir en parte sobre el entorno y por consiguiente sobre la colectividad. Es la idea central del libro de K.W.Kapp, citado más arriba:
«La finalidad principal de este libro es presentar un estudio detallado de la manera en que la empresa privada, en condiciones de libre competencia, tiende a crear costes sociales que no son tomados en consideración en los costos de la empresa, sino que, por el contrario, se hacen repercutir fuera de la empresa (se exteriorizan) y se cargan sobre terceros o sobre la comunidad entera» (in-
Las opciones -de tecnología, por ejemplo- más racionales desde el punto de vista del contaminador, no son necesariamente racionales desde el punto de vista de toda la colectividad.
¿Qué propone el WWF para reconciliar a ambos?. ¿Cambiar la mentalidad de los capitanes de la industria, de las finanzas y de la alta administración?. ¿Establecer un complejo sistema estatal de procedimientos de autorización y de tasación de los contaminantes mediante cánones?. La patronal y los partidos de derecha han ejercido todo su poder contra proyectos de medidas bastante más modestos. Y si un sistema como aqué fuera puesto en pie, la complejidad de su aplicación sólo sería equiparable a la amplitud del fraude que se instituiría para esquivarlo. Se tropezaría muy pronto, como en el caso del fraude fiscal, con la imposibilidad de llegar al límite de una
eficacia represiva que debería dirigirse contra los intereses más poderosos.
¿No tienen razón los socialistas revolucionarios en proponer la expropiación y puesta en manos de la colectividad de todas estas actividades económicas con el fin de que los "costes internos" y los "costes externos" aparezcan en la misma contabilidad, y que puedan aplicarse soluciones no rentables para la empresa, puesto que serían las más rentables en el ámbito más general del medio ambiente?.
2. «LOs ecologistas se dedicarán a mostrar que hay demasiados productos químicos inútiles y nocivos, y que conviene restringir la producción y utilización de esos productos» (Panda, noticias de diciembre del 86, p. 6, a propósito del incendio de Sandoz en Schwei-
De acuerdo al 100%. Pero ¿está dispuesto el WWF a exigir el levantamiento total del secreto comercial, con el fin de que el público pueda por fin conocer el inventario completo de las sustancias producidas y almacenadas, de las sustancias de base e intermedias, de los procesos de transformación utilizados?. Pero ¿qué quedará del derecho a la propiedad privada de Sandoz y de CibaGeigy sin el secreto comercial?.
Ahora bien, la Oficina Federal de Protección del Medio Ambiente tiene gran dificultad en establecer un simple inventario de los lugares de almacenamiento de productos químicos. Puedo imaginarme que el WWF es desde luego favorable al aumento de presupuesto y personal de la Oficina Federal de Protección del Medio Ambiente y a la creación en su seno de una verdadera inspección de la industria química. ¿Y si la derecha y la industria le oponen la política de las arcas vacías? ¿Estará dispuesto a cuestionar los gastos militares, o el statu-quo fiscal, por ejemplo exigiendo un impuesto sobre la riqueza o una tasa sobre la industria química, frente al coro ensordecedor de los que claman contra la puesta en peligro de la competitividad de "nuestra" industria química?.
¿No tienen razón los socialistas revolucionarios en plantear la cuestión de que es el principio mismo de la propiedad privada, y de la guerra comercial en el mercado de una gran industria tan peligrosa, lo que constituye el problema? ¿Y no somos realistas al pensar que la urgencia de un control público sobre las actividades de esta industria no permitirá ahorrarse un enfrentamiento en el nivel del poder en nuestra sociedad?.
Ahora bien, precisamente leemos en la página 20 del Panda de septiembre del 86:
«El caso de los productos químicos para matar a los ratones de campo ha hecho el ruido suficiente para agitar la Oficina Federal de la Agricultura que ha considerado la prohibición de estos productos fuera de los edificios. Pero la industria química mira por sus intereses, y la proposición ha sido retirada.»
La industria química, pues, no solamente entra en conflicto con la conservación de la naturaleza, sino que además disfruta de un peso preponderante en el Estado. Y no obstante, ¿no declaraba el príncipe Felipe, duque de Edimburgo -que es el presidente del WWF internacional- en el Foro Europeo del Management, en Davos en 1986 (citado en la
«En principio, no existe ningún conflicto entre la industria y la conservación de la naturaleza. Todo depende de la manera de ver las cosas y de la comprensión de cada mánager. Para las empresas, es una obligación maximizar los beneficios en interés de los accionistas y de su personal. Ello no debería hacerse sin tener en cuenta todos los demás factores. Hay que preocuparse tanto de la salud de la seguridad de los empleados, de la calidad de los productos y de la veracidad de la publicidad como del establecimiento de los valores-límites soportables para los daños debidos a la pro-.
¡Parece que estemos soñando!
¿No tienen razón los socialistas revolucionarios al pensar que la conciliación entre beneficios de la industria química y protección del medio ambiente exige un cierto equilibrismo y verdaderamente mucho optimismo? ¿No es más conse-
VAN cuente reconocer que hay en esta sociedad intereses sencillamente antagónicos hasta el punto de ser irreconci-
3. «¿Por qué van tantas cosas al revés? ¿Por qué hemos saqueado tanto la naturaleza y exterminado tantos animales y plantas? ¿Por qué hemos saqueado tantos países y robado a tantos pueblos? ¿Por qué hemos perdido tanta intimidad con nuestra tierra? Difícil contestar a estas preguntas tan simples. (...)» (Panda, p.30).
¿Quién es "nosotros"? ¿Vivimos en una colectividad en la que todos tienen el mismo poder? ¿No hay ricos ni pobres, ni débiles ni poderosos? ¿La mayoría de los asalariados ha querido (¿se le ha pedido su opinión?) que las fábricas sean contaminantes, que durante decenios se vendan coches contaminantes y gasolina con plomo, que se alejen cada vez más los lugares de residencia de los lugares de trabajo, que se atiborren los edificios de amianto, que se colonice al Tercer Mundo, que se renuncie al amianto aquí para producir más allá, que se construyan centrales nucleares? El consumidor-asalariado, su resignación o su ingenuidad, no son nunca inocentes, por supuesto, pero aquél un poder comparable al de la "autoridad" económica y política? ¿La demanda de los consumidores ha conformado la oferta o por el contrario la oferta ha conformado un tipo de consumo?.
Entre los tres monstruos que el WWF debe combatir, el Panda cita (p.5) "una ciencia sin consciencia" (los otros dos son el despilfarro de los recursos energéticos y la explosión demográfica). ¿Entonces el sr. Marc Moret, de Sandoz, y los alumnos de instituto de Basilea son corresponsables, al mismo nivel, de esta ciencia sin consciencia?
¿No tienen razón los socialistas revolucionarios al considerar nuestra sociedad dividida en clases y en cuestionar la legitimidad de la propiedad y del poder de la pequeña minoría que está en los puestos de mando?
4. «En 1973 el WWF reclamó por primera vez una pausa de reflexión sobre la energía atómica. En 1978, junto con otras organizaciones ecológicas, publi-
"Contribución a la concepción global de la energía suiza" que hubiera permitido evitar la continuidad de la energía nuclear. En 1984, en el simposio de WWF, se presentaron escenarios de economía de energía; éstos mostraban cómo la renuncia a la energía nuclear era posible sin pérdida para la economía.
Hoy todos estos conceptos están más de actualidad que nunca. ¿Pero dónde está a este respecto la política energética de la confederación?» (Pan-
La movilización popular (a la que ha contribuído el WWF, curiosamente adoptando una especie de reticencia a rechazar francamente toda utilización de
la energía nuclear, lo que le distingue de ecologistas moderados) ha conseguido bloquear la construcción de centrales nucleares en Suiza y dejar entrever como posible una verdadera renuncia a la energía nuclear. Pero las grandes compañías de electricidad que se reparten el mercado suizo, a razón de una mitad pública y una mitad privada más o menos, y que han decidido optar por la energía nuclear, siguen ejerciendo toda su influencia en favor de lo nuclear y levantando contra la voluntad popular un cordón publicitario en papel de lujo pagado a expensas del consumidor. ¿No habria que cuestionar la estructura misma de estos feudalismos tecnocráticos puesto que en aquellas compañías que son públicas, como EOS, los FMB o los NOK, ni siquiera los elegidos, las colectividades públicas (cantones, municipios) que son sus accionistas, tienen nada que decir?
¿No tienen razón los socialistas revolucionarios en proponer la nacionalización lo la cantonalización o como se quiera) y la democratización, mediante un verdadero control público, de estas ciudadelas, tal como contemplaba la iniciativa cantonal de la extrema izquierda antinuclear bernesa de 1980 "Por unas FMB respetuosas del medio ambiente" para la cual el desconcierto de sus iniciadores no permitió, desgraciadamente, reunir las firmas necesarias?
5. «¿Qué puede esperar una organización privada de protección de la naturaleza si el Estado no respeta sus propias leyes y viola los acuerdos internacionales? ¿Qué hacer cuando toda demanda ante la justicia, toda gestión legal resultan inútiles...? Entonces el único recurso que queda es la presión popular. Es verdad que Suiza, con su sistema de iniciativa popular, posee un medio de acción. ¡Pero Dios sabe cuántas iniciativas perfectamente fundamentadas se han perdido entre las promesas del Consejo Federal! Y hoy ¿en qué han quedado esas hermosas promesas?» (Panda p. 16).
Esto está escrito a propósito de la lucha en 1984-85 en Austria contra el proyecto de presa sobre el Danubio, que habría destruido el bosque fluvial más hermoso de Europa, río abajo de Viena, proyecto que trató de imponer a toda costa, además, un gobierno socialista.
¿Así pues, el Estado no es justo y la revuelta popular está justificada? Desde luego, podemos imaginar que el WWF se adhiere a la sociedad capitalista precisamente porque permite tener una buena pelea de vez en cuando para reequilibrar las cosas cada vez que es ne-
¿Pero no tienen razón los socialistas revolucionarios en pensar que una revuelta para curar los males de raíz debería cuestionar el sistema mismo en su
Un punto de vista socialista revolucionario, o marxista, o anticapitalista, o como quiera llamarse, es rico en posibilidades pertinentes y eficaces en materia de ecología. Pero, efectivamente, hay que partir del reconocimiento del hecho de que la relación entre ecología y socialismo se ha mostrado bastante más indirecta y tortuosa de lo que creiamos. Pero no hemos dicho nuestra última palabra. ¡Al trabajo!.
Robert Lochead febrero de 1987