Inprecor en castellano

Revista de la Liga Comunista Revolucionaria (IV Internacional), nueva serie, 1979–1991

1968: ¿sólo un comienzo?

· Inprecor n.º 61, mayo de 1988 · pp. 43-45 · 2.118 palabras

1968: ¿SOLO UN

COMIENZO?

Cuando se había consumado ya la derrota del movimiento que culminó en mayo de 1968 los estudiantes universitarios franceses hicieron célebre una frase que recorrió el mundo político de entonces. Obligados a volver a las aulas por la dureza de la policía, la presión de los bur,gueses y la amenaza del ejército francés, dijeron: «Es sólo el comienzo; la lucha continúa». Aquellos estudiantes querían decir que no se sentían derrotados, que habían perdido sencillamente una batalla de una guerra que no había hecho sino empezar. Esa es la forma tradicional y habitual de expresión del optimismo histórico, de los movimientos nacientes, de las gentes que creen estar engrendrando algo nuevo. Por esa misma razón la frase se repitió muchas veces, en contextos distintos y a propósito de reveses diferentes, en Roma, Barcelona, Praga o México, durante los años que siguieron, mientras el movimiento estudiantil siguió en alza. Luego, con el paso del tiempo -como suele ocurrir con todas las frases demasiado repetidas- aquel "es sólo el comienzo; la lucha continúa" se convirtió en objeto de chanza, sustituyó aquí a la vieja broma sobre la moral del Alcoyano y, finalmente, fue olvidado.

Pues bien, los aniversarios están, entre otras cosas posibles, también para esto: para preguntarse, con la distancia y el desapasionamiento que permite el tiempo transcurrido y la existencia de la memoria histórica, acerca del grado de veracidad de frases que se pronunciaron en circunstancias trágicas y acabaron en comidilla del breviario del cínico. Veinte años es tiempo suficiente para volver a tomarse en serio la cosa. ¿Fue la rebelión estudiantil de los años sesenta sólo un comienzo? Y si lo era, ¿un comienzo de qué?.

Algunos sociólogos como Touraine dieron muy pronto una respuesta a esa pregunta. Casi al hilo de los acontecimientos pronosticaron que estaba naciendo un nuevo sujeto social, que los estudiantes universitarios y los intelectuales estaban tomando el relevo del viejo sujeto de la transformación social radical, de la clase obrera. De la misma manera que la sociedad industrial de la manufactura y de la gran industria obligaba a los trabajadores manuales a rebelarse contra la explotación del trabajo asalariado y contra la alienación genera-

F.Fernandez Buey da por las máquinas, así también la nueva sociedad, la sociedad postindustrial, empuja a los trabajadores intelectuales (y a quienes aspiran a serlo) a rechazar el nuevo tipo de enajenación que se anuncia en la automatización plena, en la dolvo cién de para de represa de sistema: El gran rechazo estudiantil del 68 habría sido, según esta argumentación, un comienzo en el sentido de una anticipación de movimientos sociales aún más amplios y radicales cuyo motor estaría en la consciencia excedente producida por el aumento del tiempo libre en sociedades tecnológicamente muy avanzadas.

Hoy sabemos que hay mucho de verdad en esa explicación del comienzo. No en balde casi todos los movimientos sociales nuevos de las dos últimas décadas han puesto el acento en la crítica de una civilización expansiva movida primordialmente por la lógica •'eneficio y por el fetiche de tecnologias recientísimas cuyos efectos negativos no son todavía conocidos en el momento en que son puestas en funcionamiento. Sabemos, efectivamente, que el disgusto ante el nuevo tipo de autoritarismo que se esconde bajo la tolerancia represiva y el desencanto respecto de una sociedad que prometía menos horas de trabajo y más consciencia cívica, pero ha generado de hecho más cinismo y más alienación, son la herencia principal que los movimientos sociales de ahora han recogido de los jóvenes pioneros del Sesentayocho.

Aquella explicación sociológica, no obstante, tenía también su lado flojo. No que estuviera pensada exclusivamente para dar cuenta de conductas de jóvenes universitarios en países muy avanzados tecnológicamente, o sea para países como EEUU, Japón y los que entonces formaban la CEE, pues al fin y. al cabo esa abstracción moralmente discutible (al dejar fuera de la consideración a dos tercios de la humanidad) era científicamente justificable (al subrayar las puntas avanzadas de tendencias que podían generalizarse en el futuro). No por eso o no principalmente por eso, sino porque tal explicación atribuía la posibilidad de la extensión del rechazo generalizado de esta sociedad nada menos que a sectores y fragmentos sociales privilegiados de la misma. Frente a esa

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explicación no es difícil argumentar, por poco conocimiento histórico que se tengrupos sociales privilegiados pueden, sí, criticar por generosidad el propio privilegio momentáneamente o temporalmente, pero no llevar, sin suici-

Mesa crítica del privilegio propio hasta las últimas consecuencias.

Y eso fue lo que pasó en 1968 realmente. Por un momento la generosidad de la juventud universitaria europea (y norteamericana) llegó hasta su límite: el rechazo de una de las funciones básicas de la universidad en el contexto social, el rechazo de la función social consistente en formar y reproducir de forma clasista las élites dominantes, de la función hegemonizadora, de la formación para ese otro oficio que es el "mandar" decía Ortega y Gasset. Pero esa generosidad, que en aquel caso incluyó asuntos tan importantes como la protesta contra el genocidio norteamericano en Vietnam, se acaba pronto. Se acaba con los años y con los palos. Sobre todo cuando detrás de ella sigue estando el privilegio. Pasolini, que no era sociólogo, vio esto mucho mejor que los profesionales del análisis social. Y, entre nosotros, Joan Fuster captó en seguida ese aspecto del movimiento estudiantil en un momento de adulación generalizada a los jóvenes. Ninguna extrañeza, por tanto, acerca de la evolución posterior de los universitarios airados del mayo parisino del 68. Puede vender mucho la revelación de cómo se convirtió en yuppie un yippie de los sesenta. Pero bien mirado la revelación sería lo contrario: el caso del estudiante conservador de los sesenta que ahora está en la guerrilla salvadoreña.

Así que desde ese punto de vista el

68 no fue un comienzo, sino más bien una explosión o, como se dijo en su momento con cierto escepticismo, nuestro sarampión. Fue, en cambio, un comienzo en otro sentido. En un sentido menos espectacular pero también muy básico.

El 68 reveló la existencia de una contradicción insanable en el sistema capitalista, la existencia de una de esas contradicciones que podrán amortiguarse pero no superarse sin transformaciones económicas y sociales radicales. Esta contradicción consiste en lo siguiente. Por un lado aumenta la presión popular en favor de una enseñanza superior, universitaria, generalizada, esto es, en favor de abrir a todos los ciudadanos intelectualmente capacitados el acceso a las aulas universitarias; pero por otro lado, para mantener el privilegio, para seguir reproduciendo las élites que mandan y manteniendo con ellas la división social del trabajo que es propia del capitalismo, es obligado frenar aquella presión social, restringir el acceso de la mayoría social a la universidad.

Desde finales de la década de los sesenta en todos los países tecnológicamente avanzados se asiste a una pugna

-más o menos sorda, más o menos llamativa- entre las clases sociales en torno al derecho de todos los ciudadanos a la enseñanza superior. Esa pugna, que pone de manifiesto una contradicción de fondo, es imparable, pues lo que suele llamarse "masificación" de la universidad, el aumento constante del número de jóvenes que llegan a la universidad es consecuencia de una presión social por abajo que, a su vez, se debe a la liberación de fuerza de trabajo juvenil propiciada por el desarrollo tecnológico, por la aplicación de las nuevas técnicas al proceso productivo.

Cierto es que a finales de la década de los sesenta hubo otros dos factores, hoy mitigados, que contribuyeron a agudizar la contradicción de base: el crecimiento demográfico que siguió a la segunda guerra mundial y la euforia económica de una época que eufemísticamente se conoció como la de los "milagros económicos". Ambas cosas, demografía y economía, se juntaron con el avance tecnológico para favorecer la demanda social de enseñanza superior. Pero aunque, efectivamente, la caída del índice de natalidad y la crisis económica en los países industrialmente avanzados ha amortiguado algo los efectos de aquella contradicción no se puede decir que haya dejado de producir conflictos. sociales. Las muestras más recientes son los acontecimientos del pasado año en Francia, España e Italia; acontecimientos que ponen de manifiesto que la contradicción básica sigue ahí cord 'viejo topo" del pasado siglo. Los estudiantes, ahora de los cursos superiores del bachillerato, protestan contra las medidas selectivas o restrictivas que impiden el acceso a la universidad y contra el exceso de fragmentaciones y titulaciones mediante el cual los que mandan pretenden seguir manteniendo el privilegio. Y los estudiantes universitarios protestan contra las reformas en curso cuyo objetivo es, con matices y diferencias nacionales, claro está, convertir el primer ciclo de los estudios superiores en una continuación del bachillerato y crear universidades de élite o estudios privilegiados de postgrado en los que reproducir la hegemonía.

La estrategia de los que mandan sigue en lo esencial el modelo adoptado en

EEUU ya en la década de los sesenta:

multiplicar las titulaciones, las divisiones y los niveles del sistema de enseñanza para, con esa fragmentación de la presión social, desviar el impulso revolucionario que esta presión tiene. El carácter revolucionario de ese impulso, de esa presión, consiste en esto: con el desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas, y particularmente por la tecnología, en las últimas décadas pierde sentido el mantenimiento de la división social del trabajo que era característica de la sociedad industrial; y al perder sentido ese tipo de división social del trabajo

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1968. también lo pierde la forma tradicional de formar para los oficios, preparar para la investigación científica y educar para mandar. Con el nivel tecnológico de los años sesenta, con la conversión de la ciencia en elemento productivo básico, la sociedad estaba madura para sustituir la división fija (y clasista) del trabajo por una división del mismo exclusivamente técnica que tuviera como motores la rotación de tareas, la alternancia de trabajo manual y trabajo intelectual y la formación politécnica de todos los ciu-

Estas tres últimas cosas harían saltar, naturalmente, el viejo privilegio, la reproducción de las viejas élites. Por eso la estrategia de los que mandan, también en cuestiones de enseñanza universitaria, ha consistido en una nueva versión del "divide y vencerás". Por el momento esa estrategia está teniendo éxito, mucho éxito. En las universidades el "divide y vencerás" ha dado lugar a una enorme extensión del corporativismo entre los profesores y de la competición individualista entre los estudiantes. Corporativismo y competición individualista tapan o amortiguan la contradicción entre presión social a favor de la generalización de la enseñanza superior y medidas restrictivas de esa misma presión. El conflicto queda en estado de latencia.

Por otra parte, el movimiento diantil -siempre se ha dicho- es "gua-

, se pierde en el subsuelo de las contradicciones durante años y rebrota de repente sin que, por lo general, los sociólogos lo hubieran previsto. Eso se debe, naturalmente, a que la permanencia en la universidad es temporalmente breve y a que, en tales condiciones, la transmisión de experiencias relativas al , movimiento es siempre difícil. Los estudiantes universitarios de hoy estaban naciendo o mamando cuando los acontecimientos de Berkeley, Barcelona, París, Milán, Berlín o Madrid saltaban a las primeras páginas de los periódicos. La historia, por lo demás, siguen haciéndola los vencedores (para los vencidos siempre queda el remedio comercial del libro de éxito en el que se cuentan desgracias, como ha hecho Cohn-Bendit re1986.

cientemente). Y los vencedores siempre hacen enlazar lo que hay hoy con aquello por lo que se luchaba ayer. Muchos de los estudiantes universitarios de hoy habrán oído o leído ya la leyenda según la cual la lucha de los estudiantes del 68 por "cambiar la vida" es el programa de os partidos socialistas (algunos en el gobierno, o compartiéndolo en varios países europeos). Ese enlace del ayer con el hoy viene a veces reforzado indirectamente por el paso del yippie a yuppie (que en España siempre quiere decir: por el paso del partido comunista al social-liberalismo o al partido-de-la-moda), como si el cambio de vida que correspondiera a aquellas expectativas de entonces fuera precisamente este ocuparse en exclusiva del propio cuerpo social, en el caso del corporativismo, o del propio cuerpo físico, en el caso del narcisismo

Pues bien, hay otra versión del Sesentayocho: el Sesentayocho como inicio de la revelación de un conflicto estructural, básico, de nuestras sociedades que nos obligará a elegir entre la barbarie del parasitismo social y un nuevo tipo de división del trabajo. Vistas así las cosas sale a luz algo que en las conmemoraciones actuales se está olvidando: que los estudiantes de finales de los sesenta se rebelaban contra sociedades autoritarias, formalmente democráticas pero materialmente desiguales, como las que hoy siguen existiendo.

5 de abril de 1988.