Inprecor en castellano

Revista de la Liga Comunista Revolucionaria (IV Internacional), nueva serie, 1979–1991

Debate: Resoluciones minoritarias del S.U.: Resolución sobre la intervención soviética

Inprecor n.º 14, abril de 1980 · pp. 30-31 · 1.460 palabras

la intervención soviética

La tarea primordial de los marxistas revolucionaros ante los acontecimientos que se desenvuelven en Afganistán es la de denunciar la hipocresía de la campaña de propaganda imperialista y reaccionaria, que es pretexto de la intervención de las tropas soviéticas en Kabul llama a la lucha contra el »comunismo ateo», el «imperialismo soviético» y otros espantajos que esgrime constamente la burguesia mundial. En particular, los marxistas revolucionarios deben poner en guardia a los trabajade todos los paises, especialmente a los de los paises imperialistas, contra el objetivo real de esta campaña de propaganda, que no es otro que el de preparar las condiciones para nuevas agresiones imperialistas contra las luchas popula-

Dicho esto no deja de ser cierto que oponerse a la propaganda imperialista no puede sustituir, en sí, a una posición política. Si, en efecto, los marxistas revolucionarios defienden a la URSS incondicionalmente frente al imperialismo, no están en modo alguno obligados a defender cualquier acción emprendida por la burocracia soviética, por muy progresista o antiimperialista que sea en sus motivaciones declaradas. En el caso de Afganistán, el movimiento obrero se enfrenta a uno de los problemas más espinosos de la lucha de clases: el derecho de las naciones a la autodeterminación. Conviene recordar la posición bolcheviques a este respecto. Lenin libró numerosas batallas en torno a esta cuestión, y particularmente en polemizó contra los que deseaban restringir el derecho de las

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naciones a la autodeterminación en función de la naturaleza de sus direcciones, incluso concederlo tan sólo a las naciones dirigidas por los trabajadores. «No podemos negarle a ningún pueblo del antiguo imperio ruso el derecho a la autodeterminación... ¿Qué podemos hacer entonces por los pueblos sometidos hasta ahora a la influencia de sus molas? ¿Podemos ir y decirles: vamos a derribar a vuestos explotadores? No podemos hacerlo, porque están completamente sometidos a sus molas. Hay que esperar, en estos casos, a que la nacion interesada haya evolucionado, a que el proletariado se haya diferenciado de los elemento burgueses, cosa que es ineluctable... Los Scheidemann pretenden ya que nosotros queremos conquistar Alemania. Por supuesto, esto sólo son pamplinas. Pero la burguesía tiene sus intereses, su prensa, que divulga a bombo y platillo estos rumores por mundo, a centenares de miles de ejemplares, y Wilson les apoya en su propio interés. Los bolcheviques tienen, dicen, un poderoso ejército y tratan de implantar mediante la conquista el bolchevismo en Alemania... Debemos actuar de manera que los socialtraidores alemanes no puedan decir que los bolcheviques imponen su sistema universal, que lo podrían introducir como dicen, a punta de bayoneta del Ejército Rojo en Berlín. Pero desde el punto de vista de la negación del principio de la autodeterminación de las naciones, esto es precisamente lo que puede suceder... El comunismo no se implanta mediante la violencia». (Lenin, Informe sobre el programa del partido, presentado en el VIII Congreso del Partido Bolchevique, 19 de marzo de 1919).

Sin embargo, la posición de los marxistas revolucionarios no ha erigido jamás el principio democrático del derecho de las naciones a la autodeterminación en principio absoluto. Este derecho sigue siendo tributario de los intereses de la lucha de clases del proletariado mundial. Puede ser ignorado legitimamente, aunque provisionalmente, en el caso de que el Estado obrero se vea forzado a actuar por razones de autodefensa. No obstante, e incluso en ese caso, hay que actuar con la maxima circunspección. La cuestión afgana debe examinarse a la luz de estas premisas.

No cabe duda que la intervención soviética en Afganistán se ha realizado violando groseramente el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. En efecto, es notorio que las mismas tropas soviéticas derribaron a Amin para sustituirlo por Karmal, a quien trajeron del exilio con ellas. También es notorio que entre los regímenes de Taraki, Amin y Karmal, apoyados todos ellos, en su momento, por el Kremlin, no existe ninguna diferencia cualitativa. La reciente liberación de los presos por el gobierno de Karmal no puede probar lo contrario; además, no ha podido ganarse la simpatía popular que le ha enajenado el hecho de haber sido impuesto desde el exterior. Por otro lado, el apoyo imperialista a los «mudyahidin» afganos, dirigidos por la reacción feudal-religiosa, no ha alcanzado jamás proporciones comparables a las del apoyo soviético a Kabul, antes incluso de la intervención directa de las tropas del Kremlin. El apoyo imperialista a los rebeldes afganos no ha alcanzado jamás las dimensiones de la intevención exterior que hubiera justificado la de las tropas soviéticas, como pretenden los dirigentes del

De todos modos, si la situación era tan grave que el régimen de Kabul estaba realmente amenazado de ser derrocado por los «mudyahidin», el único medio correcto de impedir semejante salida habría sido el de incitar a este régimen a abandonar sus métodos de dictadura militar y a tratar de apoyarse en una novilización de masas en torno a sus propios intereses, in esta sando su autoorganización en soviets. Como se política está en las antípodas de la burocracia estalinista, ávida de generalizar sus propios métodos. Afirmar que una conquista reaccionaria del poder en Kabul constituiria una grave amenaza para la seguridad de la URSS es, por cierto, totalmente ridículo. Condenar la intervención de las tropas soviéticas en Afganistán no resuelve, sin embargo, el problema de la actitud a adoptar al respecto. En efecto, es posible defender que ante este «hecho consumado», exigir la retirada de las tropas soviéticas ahora iría en interés de la reacción y del imperialismo. Nosotros pensamos, por nuestra parte, lo contrario. Toda prolongación de la estancia de las tropas soviéticas en Afganistán sólo puede alimentar las siguientes tendencias: ® la tendencia de la rebelión aigana a incrementar su fuerza y su popularidad, aprovechandose del resentimiento nacional afgano contra la intervención soviética y del apoyo imperialista, que toma como pretexto esa misma intervención. El

Kremlin está a punto de embarrarse en una guerra que jamás podrá terminar, en la medida en que es absolutamente ilusorio querer suprimir una guerrilla en un país montañoso.

cuando ésta dispone además de dos bases de apoyo:

Pakistán e Irán. La lógica de semejante empresa "contrainsurreccional» es la ampliación permanente de la zona de combate y la incursión de territorios que sirven de base de apoyo a la guerrilla

• la tendendia reaccionaria anticomunista del movımien lamico en el conjunto del mundo musulman. y a la reacci ha aprovechado, en los países musulmanes, la intervencion soviética en Afganistan para organizar una inmensa bronca contra el «comunismo ateo», presentado como un régimen que trata de imponer la URSS, mediante la fuerza, a las poblaciones musulmanas. Washington y sus aliados cuentan ahora con la cuestión afgana para invertir la orientación antioccidental dominante islámico desde la toma de los rehenes norteamericanos en

Teherán. Además, esta campaña puede tener repercusiones en el mismo seno de la URSS, donde la opresión nacional por parte de la burocracia crea las condiciones ideales para ello. • la justificación por los imperialistas de su reanudación de la carrera de armamentos, so pretexto de que la URSS demuestra en Afganistán que intenta imponer por la fuerza regímenes que le son fieles. El asunto afgano ha reducido ya a la nada los esfuerzos del movimiento obrero de los países imperialistas contra los planes de incremento del potencial militar nuclear en Europa occidental. Contribuye a disipar los efectos paralizantes de la guerra de Vietnam en la capacidad de intervención militar exterior del imperialismo norteamericano. Contribuye, además, a desorientar a la oposición antiburocrática en los Estados obreros.

En este contexto, es necesario que las tropas soviéticas se retiren de Afganistán y que el Kremlin le reconozca al pueblo de este país el derecho a disponer de sí mismo, reparando ası el daño causado por su intervención al proceso de la revolución permanente en Afganistán y en el conjunto de la región. La eventualidad de una toma del poder por los rebeldes musulmanes en Kabul —que en modo alguno es inevitable-, es en todo caso menos nociva para la revolución mundial que lo que sería una guerra prolongada de la URSS en Afganistán. Los marxistas revolucionarios deben tomar parte e impulsar acciones de presión política del movimiento obrero y antiimperialista sobre la URSS, a favor de una retirada inmediata de las tropas soviéticas de Afganistán. Al mismo tiempo, deben combatir toda forma de boicot de la URSS y oponerse a toda argumentación del tipo de las que la califican de imperialista. Deben ejercer también su deber de solidaridad hacia las fuerzas afganas antifeudales y antiimperialistas, explicando que la exigencia de retirada de las tropas soviéticas no debe confundirse en modo alguno con un apoyo a los «mudyahidin». Los marxistas revolucionarios tendrán asi la ocasión de explicar la diferencia entre su concepción del socialismo y de la burocracia estalinista.