Inprecor en castellano

Revista de la Liga Comunista Revolucionaria (IV Internacional), nueva serie, 1979–1991

Llamamiento de la IV Internacional: "Por un renacimiento internacionalista"

· Inprecor n.º 86, septiembre de 1991 · pp. 71-74 · 4.397 palabras

¡Por un renacimiento

Llamamiento de la IV Internacional internacionalista.

El diluvio de hierro y fuego que se abate sobre Irak muestra la verdadera naturaleza del "nuevo orden internacional" que propugna George Bush. El final de la "guerra fría" entre Moscú y Washington ha abierto la vía a nuevas "guerras calientes" , tan terribles como las que hemos conocido en el último decenio, de Corea a Argel, de Vietnam a Afganistán.

Estados Unidos, pese al declive relativo de su potencia económica, trata de restaurar plenamente su capacidad de acción política y militar internacional, limitada durante largo tiempo por su derrota en Vietnam y por la victoria de la revolución nicaragüense. La invasión de Granada, las operaciones militares contra Libia, la intervención en Panamá, el apoyo a la contrarrevolución en Nicaragua, el creciente sostén acordado al Estado sionista frente a la Intifada palestina, las amenazas contra Cuba, manifiestan la voluntad de imponer su control a los pueblos de América Latina, Asia, Africa y el Pacífico. La Guerra del Golfo les ha dado ocasión de afirmarse de nuevo como los gendarmes del mundo.

La gravedad de esta situación no puede ser subestimada. Nunca, desde la guerra de Vietnam, las potencias imperialistas habían reunido tales medios militares en un teatro de operaciones. Nunca, desde la guerra de Corea, habian podido hacerlo bajo la cobertura de la ONU. Nunca habían podido intervenir a esta escala con el aval de la URSS y de China. Además, la socialdemocracia participa directamente, a través de diversos gobiernos occidentales, en esta operación cuya amplitud carece de precedentes en muchos aspectos. Una capacidad de movilización contra las intervenciones imperialistas

Todos los que prosiguen el combate internacionalista deben responder hoy a responsabilidades crecientes. Lo más urgente es imponer el cese de los combates y la retirada de las fuerzas imperialistas de la región del Golfo. Pero hay que prepararse también para el lanzamiento de nuevas agresiones en otras zonas. Frente a esta amenaza, es necesario reunir una importante capacidad permanente de movilización y de respuesta.

En Asia, Africa y América Latina, han sido instaladas numerosas bases militares occidentales en las que se encuentran tropas americanas, británicas y francesas. En las metrópolis imperialistas, se han organizado fuerzas de despliegue rápido capaces de trasladarse a cualquier lugar, especialmente en el Tercer Mundo. Este dispositivo mundial debe ser desmantelado si se quiere evitar la repetición indefinida de intervenciones sangrientas como las que se suceden desde el final de la Il Guerra Mundial.

La crisis económica mundial acentúa las tensiones y aumenta la probabilidad de nuevas aventuras militares en los países dominados. Los ataques contra los derechos económicos, sociales y políticos se agravan. Los gobiernos occidentales imponen la austeridad a los trabajadores. Las revueltas del hambre se multiplican en el Tercer Mundo. La represión burocrática sigue amenazante, tanto en la URSS como en China. Y hará falta tiempo para que sea superada la desorientación provocada por la experiencia del estalinismo, de sus crímenes y de su fracaso. En estas condiciones, hay un gran peligro de que movimientos obreros y populares se desmoralicen y sean empujados a la defensiva, que combates revolucionarios queden aislados, que sigamos viendo luchas sociales y políticas extraviadas que degeneran en enfrentamientos étnicos, inter-comunitarios y religiosos sin salida. El deber de la solidaridad

Para afrontar estos problemas, es urgente emprender nuevas acciones solidarias.

El internacionalismo es un deber hacia todas y todos los explotados, todas y todos los oprimidos, todas y todos los que luchan. La solidaridad es necesaria para sus combates. Deben poder contar con ella, después y antes de la victoria, porque la presión ejercida por el imperialismo no se relaja, como ha mostrado una vez más la política de Washington contra Vietnam y Nicaragua.

No hay nada más dramático que ver a un pueblo del Tercer Mundo, que se levanta con valor por su liberación nacional y social, quedarse solo frente a la intervención imperialista. Ver a una joven revolución victoriosa, asfixiada por el bloqueo diplomático y económico de las potencias occidentales, exangüe porque la ayuda del movimiento obrero internacional le es mezquinamente regateada. Ver grandes huelgas obreras agotadas porque la burguesia ha podido encontrar en el extranjero lo que le negaban los trabajadores de su país, porque el movimiento sindical ha sido incapaz de unificar su acción internacional.

El deber de solidaridad no conoce fronteras. Las conmociones en curso desde el final de 1989 en el Este europeo muestran hasta qué punto, para dar un nuevo vigor al proyecto socialista, hay que restituirle plenamente su carácter democrático. Esto no puede hacerse sin afirmar un apoyo constante hacia el combate de las trabajadoras y los trabajadores de estos países, de la Unión Soviética o China, por sus derechos políticos y sociales. La quiebra del estalinismo debe permitirnos poner fin a la identificación del socialismo con regimenes burocráticos, dando así un nuevo aliento al combate internacionalista Las potencias occidentales han sabido tomar ventaja de la crisis de los regímenes del Este europeo, como se ha mostrado en la reunificación capitalista de Alemania. El hundimiento económico, el brutal abandono de las medidas de protección social, el desarrollo salvaje del mercado y del paro, la acción de las multinacionales pueden crear un nuevo tercer mundo en el corazón de Europa. Pero la apertura de fronteras favorece la multiplicación de relaciones entre las organizaciones obreras, feministas, ecologistas y anti-guerra. Esta es una ocasión única de desarrollar un combate solidario más allá de la línea de partición Este-Oeste heredada de la Il Guerra Mundial. Contra los prejuicios más retrógrados

Para todos los que actúan por una transformación radical de nuestras sociedades, el internacionalismo no es sólo una exigencia práctica. Continúa siendo un valor esencial, la antitesis de la xenofobia, del racismo y el chovinismo, del odio al otro; es un componente fundamental de toda cultura humanista y socialista. Expresa un compromiso tanto ético como político.

El internacionalismo empieza en el propio país, en la lucha contra los prejuicios más retrógrados: asumiendo la defensa intransigente de las trabalado ras y los trabajadores inmigrados, de las comunidades oprimidas, de sus de-

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rechos políticos, de sus culturas y de sus lenguas. Se da en la lucha por el derecho real de las nacionalidades a disponer de ellas mismas. El peso de las las realidades mundiales

En fin, el internacionalismo responde al peso de las realidades mundiales.

Más allá de los países y los continentes, el mundo actual esta caracterizado por una interdependencia creciente de las economías, de los equilibrios ecológicos, de las relaciones militares, de la amenaza nuclear. Los brutales cambios que tienen lugar crónicamente en el mercado mundial tienen efectos sociales cada vez más devastadores. Nuevas formas de dependencia, tecnológica y financiera, pesan sobre el Tercer Mundo. Los desastres "naturales" de origen humano se multiplican y tienen consecuencias de creciente gravedad Los grandes problemas de nuestro tiempo - desde la dominación imperialista a la pobreza, del peligro de guerra a la destrucción del medio ambiente- se plantean, de entrada, a escala interna-

La burguesía de los países imperialistas no se confunde. Multiplica las consultas y las instituciones que le permiten actuar concertadamente para yugular las luchas revolucionarias y para mantener su dominación sobre los países dependientes. La "cumbre de los siete países más ricos" se comporta como un verdadero directorio mundial. El Fondo Monetario Internacional utiliza el chantaje de la deuda para dictar medidas económicas a los gobiernos del Tercer Mundo que condenan al hambre a poblaciones enteras. Las multinacionales amenazan a los trabajadores en lucha con trasladar sus inversiones a otros países, para mejor debilitar su combatividad. Las potencias europeas consolidan la Europa del Capital contra las luchas y las necesidades sociales de la clase obrera. Todos se ponen de acuerdo para hacerle pagar el precio de la crisis económica y para poner en cuestión las conquistas de las luchas anteriores, ya sea la seguridad social, el mantenimiento del poder de compra, la protección del empleo o los derechos sindicales.

La burguesía europea habla de garantizar la libre circulación de bienes y personas en el seno del "mercado único". Pero simultaneamente refuerza las medidas de control y restringe autoritariamente el derecho de los no europeos a penetrar en el territorio de la Comunidad. La caza de inmigrantes será más feroz que nunca. El status de refugiado político ha sido ya gravemente dañado, despreciando así las proclamaciones humanitarias de los jefes de Estado. La cooperación de las policías occidentales en la lucha contra el "terrorismo" es más estrecha que nunca. El mundo que la burguesía imperialista nos prepara será aún menos libre que el actual. Estamos confrontados a una situación paradójica. Hace más de un siglo, el movimiento obrero y socialista era el portador de la "idea nueva" del internacionalismo. En cambio, hoy, se muestra incapaz incluso de coordinar eficazmente las luchas sociales por los derechos elementales de las trabajadoras y los trabajadores, mientras la burguesia se organiza cada vez más a nivel internacional, a pesar de las contradicciones que existen entre sus diversas componentes nacionales. Una política alternativa

Después de un periodo inicial de crecimiento, la crisis golpea duramente a los países cuya economía ha sido centralizada burocráticamente, desde China a la URSS. Para muchos, la perspectiva socialista ha perdido su credibilidad. La esperanza misma de una sociedad más justa y humana es así cuestionada. Los ideólogos del orden establecido se aprovechan de ello para cantar las virtudes del mercado capitalista, en el momento mismo en que el derecho al trabajo y a la salud para todas y todos está siendo puesto en tela de juicio en los países imperialistas, cuando un número creciente de sociedades del Tercer Mundo sufren el riesgo de una verdadera descomposicion. En el momento también en que la lógica de la producción por el beneficio es en gran medida responsable de la profundidad de la crisis ecológica global que amenaza nuestro planeta.

Para dar una nueva credibilidad al socialismo hay que romper la falsa dicotomía entre la economía capitalista de mercado y la planificación burocrática. Hay que despejar el camino a una forma distinta de desarrollo que asegure erectivamente a las trabajadoras y los trabaiadores el control de las pron dades socio-económicas y que tenga como motor la satisfacción de las necesidades humanas. Esta tercera vía, verdaderamente socialista y democrática, implica una modificación profunda de las relaciones internacionales y no únicamente de las políticas nacionales de

El internacionalismo es indispensable para la puesta en marcha de esta política de desarrollo alternativo.

Hoy es posible progresar por esta vía. En Europa, oponiendo, a la alternativa del Capital -el mercado único de 1992-, la alternativa de los trabajadores y las trabajadores, organizando un combate de conjunto por los derechos sociales, culturales y políticos de los pueblos del continente, en el Este y en el Oeste. Impulsando la lucha contra la deuda, yugo que que pesa ahora sobre los países del Este europeo como sobre los países dependientes, elemento esencial de la crisis económica internacional. Profundizando el combate por los derechos de los trabajadores y de la juventud, por la liberación de las mujeres, por la igualdad entre las naciones, por la defensa del medio ambiente, contra la energía nuclear y la guerra. Definiendo en los países imperialistas una política alternativa de ayuda al Tercer Mundo.

La política occidental de "ayuda" a los países llamados "en vías de desarrollo" está definida en función del interés de las multinacionales. Busca también consolidar la alianza entre las metrópolis imperialistas y las burguesías neocoloniales, que se alimentan de la corrupción y del desvío de los fondos públicos. Así perpetúa las dependencias: dependencia internacional de los países dominados en el seno del mercado mundial y dependencia de los pueblos respecto a los regimenes existentes. Quizás es en Africa donde las consecuencias de esta situación son hoy más graves. Especialmente porque la "balcanización" del continente ha dado nacimiento a micro-Estados incapaces de asegurar su propia supervivencia económica. Los socialistas revolucionarios africanos deben coordinar sus fuerzas para oponer a esta situación el federalismo libre de los pueblos de Africa, reanudando así un panafricanismo antiimperialista y militante

Asistimos, en América Latina, a una nueva ofensiva del imperialismo americano, bajo la cobertura del Plan Bush que pretende instaurar una zona de "libre comercio" desde Alaska en el norte a la Tierra de Fuego en el sur. Ese proyecto busca consolidar la hegemonía de Estados Unidos. Sus consecuencias serán desastrosas para toda la clase obrera en esa parte del mundo, incluyendo EEUU y Canadá. Un combate de conjunto debe desarrollarse a nivel continental para bloquear la realización de es ese plan, para defender y reforzar las conquistas sociales.

El año 1992 tendrá lugar el V Centenario de los comienzos de la conquista de América Latina. Frente a quienes en esta ocasión quieren rehabilitar la empresa colonial, es importante manifestar, en particular en las metrópolis de los antiguos imperios mundiales, la actualidad de nuestra solidaridad anti-imperialista. Es importante también hacer conocer más ampliamente el combate que hoy llevan las comunidades indias del continente contra la destrucción de sus medios naturales, la represión y la sobre-explotación, la desintegración de sus comunidades y sus culturas o incluso el genocidio directo. La responsabilidad de las y los revolucionarios

El combate internacionalista no es fácil. Se enfrenta a obstáculos considerables. La sincronización y la convergencia de las luchas no se imponen de manera natural; la situación difiere demasiado, de país a país. Cada movimiento político, social y revolucionario

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tiene su propia historia, su propio marco de desarrollo nacional.

En particular, el movimiento obrero no posee actualmente ninguna forma de organización que esté al nivel del de las grandes multinacionales. La burguesia sabe jugar perfectamente con las divisiones entre trabajadores y busca sistemáticamente romper su capacidad de solidaridad internacional. Usa y abusa del miedo al paro y de la competencia entre la gente asalarada. Esto puede ser particularmente peligroso hoy, cuando la crisis golpea frontalmente a la mayoría de las poblaciones del Tercer Mundo, pesa ya duramente sobre la clase obrera de los países occidentales y contribuye a reavivar los conflictos étnicos o religiosos y los racismos más

El combate internacionalista es tanto más difícil porque debe llevarse a contracorriente. Desde hace largo tiempo, el internacionalismo revolucionario está en declive. Ha sido sepultado por los partidos socialdemócratas, que se han replegado sobre los Estados nacionales y han apoyado las guerras coloniales o mundiales emprendidas por sus propias burguesías. Ha sido condenado por la burocratización y estalinización de la III Internacional, por la subordinación de los partidos comunistas a la diplomacia de Moscú, por la división del movimiento comunista mundial, así como por el aislamiento dramático en el que se han encontrado tantas luchas de liberación nacional. Esa "trágica soledad" de los vietnamitas frente a los bombardeos americanos, que denunciaba ayer Ernesto "Che" Guevara en su vibrante llamado a la Tricontinental, esa "trágica soledad" en la que se encuentran ahora los palestinos y tantos otros pueblos

Hay que reconocer que las organizaciones obreras y progresistas estan lejos de acordar la misma atención a la coordinación de sus acciones que los gobiernos burgueses. Pese a la preparación del mercado único y la proximidad de sus plazos, el movimiento sindical no ha sido capaz aún de emprender en la CEE una campaña general para defender los intereses de trabajadoras y trabajadores. Una tradición viva

Pero el internacionalismo no es una quimera. Es una posibilidad real. Se ha manifestado con fuerza durante grandes combates de este siglo. Después de la I Guerra Mundial, un extraordinario despertar internacionalista siguió a la victoria de la Revolución Rusa y la fundación de la Tercera Internacional. La Guerra de España de 1936 a 1939 representó una verdadera tragedia. La victoria del tranquismo y la marcha hacia la guerra mundial, fueron favorecidas por el aislamiento internacional del campo republicano. Pero la epopeya de las Brigadas Internacionales, que comprendían a militantes de diversas corrientes progresistas y revolucionarias, comprometidas en la guerra civil al lado de los pueblos del Estado español, más allá de las orientaciones políticas propias de sus miembros, permanece como un verdadero ejemplo para todos. Desde entonces, pese a las incomprensiones, los fracasos y los abandonos, la anti-imperialista ha aportado más de una vez una ayuda efectiva a las luchas de liberación nacional, como fue el caso en las redes de apoyo a la revolución argelina, la movilización mundial contra la guerra norteamericana en Vietnam y, más recientemente, la del movimiento contra el apartheid o el apoyo a las revoluciones de América Central. La solidaridad obrera se ha manifestado más de una vez, de forma desgraciadamente insuficiente respecto de los problemas en juego y las necesidades, como en la defensa del movimiento polaco en 1980, o durante la huelga de los mineros británicos en 1984-1985. El vigor del movimiento anti-misiles y anti-guerra, en la primera mitad de los años 1980, muestra también los recursos internacionalistas con los que podemos contar.

1968, año de la ofensiva del Tet en Vietnam, de las luchas estudiantiles en México y Argentina, de la huelga general en Francia y de las grandes luchas obreras en Italia, de la "primavera de Praga" en Checoslovaquia, ha simbolizado el espíritu internacionalista de la radicalización de la juventud de los años sesenta. Esta disponibilidad internacionalista de la juventud representa un valioso potencial que se sigue manifestando hoy en el movimiento antirracista y en la solidaridad con el Tercer Mundo, como atestiguan las brigadas de trabajo en Nicaragua y las campañas contra la deuda realizadas en numerosos países.

Esta tradición viva y este potencial internacionalistas se expresan hoy tanto en el desarrollo de los nuevos movimientos sociales, en los encuentros internacionalistas del movimiento de mujeres, en la dimensión inmediatamente internacional de las movilizaciones antinucleares, pacifistas y ecologistas, en la coordinación de la lucha contra la deuda en América Latina, en las iniciativas regionales de los movimientos progresistas de Asia y el Pacífico. Se encarnan también, en numerosas regiones del mundo, en un sentimiento nuevo de solidaridad entre comunidades y poblaciones autóctonas sometidas a la opresión y al genocidio cultural, en el desarrollo militante de las comunidades cristianas de base, en el apoyo a las últimas luchas anticoloniales, como la de los kanakos bajo dominación france-

Pese a las dificultades, el combate por un renacimiento internacionalista es a la vez necesario y realista. Hunde sus raíces en una tradición obrera antigua y viva. Se enriquece con experiencias nuevas. Cuenta con recursos potenciales considerables en la juventud, el movimiento de mujeres y las luchas contemporáneas.

Es nuestra responsabilidad llevarlo adelante. Organizarse

Para lograrlo, hay que organizarse Sin acción concertada, el internacionalismo nace muerto. Para actuar juntos, es necesario implicar al mayor número

En los sindicatos, las relaciones internacionales no deben ser el patrimonio de las direcciones federales y confederales. Hay que organizar encuentros entre delegados directos de los trabajadores de una misma multinacional o de una misma rama. La solidaridad intersindical, más allá de las fronteras, debe convertirse en la regla.

Hay que actuar de la misma manera en los movimientos sociales, multiplicando los encuentros entre las organizaciones no gubernamentales y populares, las asociaciones campesinas y de las comunidades, los movimientos feministas, de estudiante y de jóvenes. Hay que tejer una densa red de relaciones internacionales a todos los niveles, desde los grupos de base a las estructuras nacionales, de las asociaciones a los partidos, del Norte al Sur y del Oese Internacional

Lo que es verdad para los sindicatos y las asociaciones es cierto tambien para los partidos políticos. También ellos necesitan una organización internacional para alimentar una conciencia y una práctica verdaderamente interna-

Las secciones de la Cuarta Internacional se han comprometido desde hace largo tiempo en la constitución de esa Internacional. No por deseo de uniformidad. Cada organización nacional tiene su orientación política, sus relaciones unitarias, su responsabilidad y su capacidad de decisión. Cada una busca nutrirse de la historia y de las tradiciones de lucha propias y de sus

Si nuestras organizaciones han adherido a la Cuarta Internacional es por la voluntad de internacionalismo y porque persiguen los mismos objetivos, combatiendo todas por una democracia socialista. Para que las lecciones esenciales de la historia del movimiento obrero no se pierdan, sino que sean transmitidas a las nuevas generaciones en nuevos países. Para que se encuentren en verdadero pie de igualdad organizaciones militantes de todos los continentes y las nuevas experiencias de lucha contemporáneas puedan ser conocidas por todos. Para educarse en un espíritu inter-

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nacionalista y traducir en acto ese elemento esencial para toda perspectiva revolucionaria de conjunto. Para defender mejor a organizaciones golpeadas por la represión y mejor ayudar al desarrollo de las fuerzas revolucionarias alli donde aún no existen o son embrio-

También para orientarse políticamente, puesto que es necesario un conocimiento militante de la realidad mundial para comprender los cambios que están sucediendo.

Y también para preparar el porvenir, estableciendo un primer jalón para la construcción de una Internacional cuyas organizaciones sean partidos revolucionarios con una verdadera implantación de masas. Sabemos que no somos esa organización. Nuestras secciones son demasiado débiles para pretenderlo. Pero esperamos, gracias a nuestras tradiciones políticas, a nuestra estructura internacional, poder jugar un papel activo en la preparación de esta Internacional de mañana.

De todas las tareas internacionalistas, ésta es probablemente la más difícil y la que exigirá más tiempo. Ninguna corriente revolucionaria tiene hoy suficiente fuerza a nivel mundial para realizarla por sí sola. Sin embargo pensamos que ésta es también una de las tareas mas importantes.

Por eso deseamos ganar para esta perspectiva a otras organizaciones revolucionarias y otras corrientes politicas. Para actuar juntos en la construcción de una Internacional revolucionaria enraizada en las luchas de masas en todos los continentes. Solidaridad en la unidad

El primer acto internacionalista es la solidaridad activa. En ese terreno no hay la menor necesidad de esperar para actuar juntos. Con este ánimo, la Cuarta Internacional lanza un llamamiento a todas las organizaciones revolucionarias y progresistas, a todas las militantes y todos los militantes para la acción común.

El internacionalismo solidario es unitario por naturaleza

Sólo la lucha por la eficacia debe guiarnos. La eficacia exige la unidad: hay que reunir nuestras fuerzas para defender a todas y todos los que luchan, los que sufren, los que son golpeados por la represión. La solidaridad debe permitir a cada cual superar en la acción los sectarismos ideológicos y organizativos. Más allá de las divergencias políticas, debe reunir en campañas comunes a todas las organizaciones y movimientos, a todas y todos los que estén dispuestos a comprometerse en ellas Frente a la represión, en defensa de las luchas y de los derechos humanos, nada debe dividir la solidaridad.

Unitaria en sus modalidades, la solidaridad debe serlo también en sus objetivos, aportando su apoyo a todas y todos los que combaten sin agravar las divisiones que, a veces, se expresan entre las diversas componentes de una lucha popular.

La solidaridad debe saber durar

A las luchas prolongadas de explotadas y explotados, oprimidas y oprimidos debe corresponder una solidaridad de larga duración. La unidad debe garantizar el dinamismo y la permanencia del compromiso internacionalista.

La solidaridad debe ser liberada de las presiones estatales

El peso de los Estados es grande en el mundo actual. Las organizaciones revolucionarias, como también los movimientos populares, pueden verse obligados a buscar el apoyo de los gobiernos extranjeros o a obtener su neutralidad. El movimiento de solidaridad debe ayudarlos en ese terreno como en cual-

Pero sin embargo, la solidaridad no debe depender de los avatares de la diplomacia de una capital del llamado "campo socialista", , sea Moscú o Pekín, o de la socialdemocracia europea. Debe ser efectivamente independiente de los estados, probando así que expresa realmente un valor internacionalista y que no está simplemente al servicio de los intereses particulares de un gobierno o un partido.

Las luchas populares deben ser apoyadas sin ninguna condición previa. Ya sean las luchas de liberación de El Salvador, Filipinas, Euskadi o Eritrea. Ya sean las luchas obreras contra la Europa del Capital o la de los negros sudafricanos contra el apartheid;. Ya sean las luchas de las trabajadoras y trabajadores polacos, soviéticos o chinos por sus derechos políticos y sociales.

Sin embargo, la solidaridad no debe esconder las realidades. Para luchar hoy con un espíritu internacionalista contra la política imperialista de guerra en Oriente Medio, hay que haber denunciado y continuar denunciando la liquidación de la oposición y la masacre de las poblaciones kurdas por la dictadura irakí, no hay que encubrir los crímenes de Sadam Husein. Aprender los unos de los otros

El internacionalismo es una ocasión irremplazable para aprender los unos de los otros.

Cada organización necesita extraer las lecciones de la historia del movimiento obrero mundial, de las luchas de liberación nacional, de los éxitos y los fracasos de los combates populares, de las revoluciones y las contrarrevoluciones, La discusión politica y el intercambio de experiencias entre diversos movimientos y partidos nacionales son indispensables.

Estamos convencidos de que nuestro programa y nuestros análisis merecen ser conocidos. Expresan una realidad militante internacional vivida, una continuidad histórica que consideramos preciosa. Pero sabemos también que somos deudores de la experiencia de otras corrientes, que hemos aprendido de otros movimientos. Así ha ocurrido, por ejemplo, en el periodo reciente con las reflexiones feministas y ecologistas. La cooperación internacional debe permitir, para enriquecimiento de todas las corrientes y organizaciones, permitir la confrontación de análisis y orientaciones, de las estrategias y los programas. Esta es la necesidad imperiosa que se manifestó en la gran reunión de las organizaciones de la izquierda latinoamericana de julio de 1990 en Sao Paulo, Brasil.

El internacionalismo exige el respeto de la integridad política y organizativa de cada partido nacional. Una relación de reciprocidad y de apoyo mutuo. Las divergencias políticas entre diferentes organizaciones son a menudo importantes. No pueden ser ignoradas, pero pueden ser debatidas para que lleguen a ser superadas.

La acción común debe ayudar a lograrlo. Más allá de las diferencias y las divergencias, pertenecemos al mismo campo, el de la gente explotada y oprimida. Una escuela de democracia

Actuando juntos en la solidaridad, mostraremos que sabemos respetar el pluralismo en el movimiento progresista y revolucionario, que sabemos superar las practicas traccionales que tanto daño han causado. En la unidad, podremos respetar mejor la democracia y la autonomía de las organizaciones obreras y populares.

Así contribuiremos a dar, por medio del ejemplo, una nueva credibilidad al proyecto socialista.

El verdadero internacionalismo es una escuela viva de democracia socialista.

Reunamos nuestras fuerzas

Luchemos juntos por dar nueva vida a un internacionalismo verdadero