Los "nuevos" movimientos sociales y la
La aparición desde los años 60 de una serie de movimientos en los países industrialmente avanzados sorprendió a la gran mayoría de científicos sociales. La extensión que alcanzaban, los nuevos temas tratados, asi como la diversidad de sectores sociales que se sentían atraídos por ellos y participaban en formas de acción política no institucional obligaron a una reconsideración de los análisis ya tradicionales de las relaciones entre la sociedad civil y el Estado y a incluir el estudio de esos movimientos como tarea específica a investigar.
Esta labor pasaba, como es natural, por recuperar la noción de movimiento social, término que, como es sabido, pasa a ser de uso corriente despues de la Revolución Francesa y, sobre todo, tras la revoluciones de 1848, cuando se aplica al nuevo movimiento obrero, el cual emerge como fuerza social y política al margen de las instituciones del Estado liberal. Lorenz Von Stein y Marx analizaron, desde puntos diferentes, su aparición como un movimiento de masas con una significación histórica similar a los que habían protagonizado las revoluciones norteamericana y francesa, ya que del mismo modo que éstas reflejaban la instauración de los nuevos valores liberal-burgueses y de otro tipo de poder político frente a los absolutismos, aquél debía establecer un orden socialista mediante nuevas revoluciones, empezando por los países capitalistas avanza-
Pero la historia no ha venido a
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Jaime Pastor acción política confirmar esos pronósticos, pues hemos visto cómo el siglo XX ha sido testigo tanto del fracaso de esos intentos, allí donde se estableció un nuevo poder, como de la inserción progresiva de los partidos procedentes del movimiento obrero dentro de los sistemas políticos vigentes en los países capitalistas.
Pero de esos precedentes quedaba una idea de movimiento social como manifestación consciente de la acción colectiva de grupo, identificada con una nación o una clase, que transgredía los límites institucionales impuestos por un sistema social y político y que, además, buscaba un cambio sustancial del mismo.
Tras la Segunda Guerra Mundial, parecía por tanto que el movimiento social "por excelencia" en la época capitalista, el movimiento obrero, tendía a perder importancia como fuerza antisistema, ya que las organizaciones predominantes en él se convertían en realidad en partidos o grupos de presión que rehuían la acción directa conflictiva por una serie de razones que no es preciso recordar aquí. La conclusión que extraían muchos es que el capitalismo había logrado impedir que se desarrollaran, en "Occidente" al menos, fuerzas sociales antisistémi-
Así, no es de extrañar que las teorías funcionalistas, como la de Smelser, redujeran el análisis de los primeros movimientos de protesta de la postguerra a comportamientos irracionales o simplemente anómicos, desviados o marginales, ya que consideraban que no había razón alguna para que resucitara el tipo de conflictos que caracterizaron a las anteriores etapas del capitalismo. Pero tampoco la mayoría de los teóricos marxistas comprendieron la importancia de esos movimientos, adoptando frente a ellos un enfoque puramente clasista u obrerista que les impidió comprender el potencial cambio que contenían. Del mismo modo, teorías psicológicas como la basada en la "privación relativa" también mostraron pronto sus limitaciones para entender fenómenos que no podian ser estudiados sóla desde el punto de vista de las insatisfacciones o frustaciones de los individuos.
Pero el impacto provocado por las movilizaciones de los años sesenta fue suficientemente fuerte para ir conmoviendo progresivamente las bases de estas teorías y favorecer su revisión o el surgimiento de otras nuevas dirigidas a comprender esos fenómenos. Porque en este caso la "novedad" de estos movimientos se hallaba precisamente en que no tenían que ver directamente con una nación o una clase concreta y, sin embargo, eran expresión de nuevas capas sociales; y, además, ponían en el centro de la vida política y social nuevos temas y objetivos que dividían a la sociedad y desafiaban al sistema político. Por otra parte, e hecho mismo de que el fracaso de la "primera ola" post-68 se viera sucedido por otra de mayor extensión y duración demostraba definitivamente que no nos encontrábamos ante fenómenos pasajeros.
Por eso pronto resucitaron diversas teorias que ponían en el centro del análisis la existencia de nuevos conflictos sociales y políticos, pero esta vez de carácter distinto al basado en el viejo antagonismo económico de clases. Marcuse, Habermas y Touraine (estableciendo éste los principios de identidad, oposición y totalidad como rasgos específicos de los movimientos sociales) destacaron en esta labor explicativa, subrayando especialmente la nueva dimensión cultural de estos movimientos y el potencial anticapitalista que encerraban (1). Pero es en los últimos años cuando en el ámbito de la sociología, la ciencia política o la psicología social se observa un enriquecimiento notable de las investigaciones sobre la "novedad" relativa de estos movimientos.
Se hace necesario, pues, ofrecer un balance de las principales explicaciones desarrolladas respecto a las causas, evolución y perspectivas de estos nuevos movimientos sociales, si bien nos centraremos especialmente en su acción política y, por lo tanto, en sus relaciones con los sistemas políticos.
1. La naturaleza de estos movimientos En la explicación de los factores de surgimiento de los "nuevos" movimientos sociales aparecen diferentes teorías. Dos de las que aparecen más relevantes y útiles son la estructural, que parte de una perspectiva macroanalítica, y la psicológica-cultural, dentro de otra microanalítica. En la primera podríamos reconocer aportaciones de Offe y Melucci, pese a las diferencias que pueda haber entre ellos, mientras que de la segunda Ronald Inglehart sería el investigsdor más representativo. Pasaremos a exponer las tesis principales de cada una, para analizar después la posible complementariedad de ambas. 1.1. Una crítica de la modernidad y de los límites de la política institucional Según el enfoque estructuralista, los "nuevos" movimientos sociales apa-
84 Jaime Pastor recen como respuesta a "tres aspectos interrelacionados de las sociedades industriales avanzadas capitalistas": en primer lugar, la agravación de los efectos colaterales negativos de las tormas que adoota la racionalidad economica y política y que no afectan sólo a una clase específica; en segundo lugar, la profundización de los metodos y los efectos de la dominación y el control social (o "colonización de 'mundo de vida'" , como la llama Habermas); y en tercer lugar, la pérdida de capacidad autocorrectiva por parte de las instituciones políticas y económicas. En ese sentido, siguiendo a Offe, esos "nuevos" movimientos expresarían una crítica de los efectos perversos de la modernización que afectan al conjunto de los ciudadanos y no sólo a una clase determinada (2). Por eso mismo, los nuevos movimientos sociales, a diferencia del movimiento obrero, como sostiene Melucci, "luchan no sólo por la reapropiación de la estructura material de la producción, sino también por el control colectivo del tiempo, del espacio y de las relaciones en la vida cotidiana"
Con ese enfoque coincidirían en lo fundamental los análisis realizados por Anthony Giddens, quien subraya cuatro rasgos fundamentales de la modernidad: el capitalismo (entendido como acumulación de capital en el contexto de mercados competitivos del trabajo y de los productos), el industrialismo (que conduce a la transformación de la naturaleza y a modificar el "medio ambiente"), la "surveillance" o control de la información y la supervisión social, y el poder militar (basado en el control de los medios para ejercer la violencia en el marco de la industrialización de la guerra). Frente a esas cuatro dimensiones responderían diferentes tipos de movimientos sociales: el viejo movimiento obrero, el nuevo movimiento ecologista, los movimientos a favor de derechos democráticos (incluídos los de las minorías nacionales), el cueno, abarcando las caraz dimer siones, el movimiento feminista.
Nos encontraríamos así ante unos movimientos que pueden convertirse en datos estructurales de la crisis de la modernidad, desafiando cada uno de ellos un área particular de la misma (4).
Pero, a diferencia de los sindicatos, estos nuevos movimientos aparecen cuestionando los límites de la política institucional, tratando de crear nuevos espacios en los que las viejas esferas políticas y no-políticas de la vida social puedan fusionarse. En ese sentido hay factores específicos qie explican su desarrollo en determinadas sociedades industrialmente avanzadas: las crisis del Estado de bienestar, del neocorporatismo y del sistema de partidos serían las más patentes.
Desde este análisis, Offe, siguiendo a Raschke, llega a sostener que se ha agotado el "viejo paradigma político" de la postguerra, basado en el crecimiento económico, la distribución y la seguridad, como valores compartidos por las sociedades industrialmente avanzadas y asumidos por partidos y grupos de presión. Frente a ellos emergería un nuevo paradigma, el del "modo de vida", que opondría la "supervivenal "progreso" y facilitaría la aparición de nuevos contenidos, nuevos temas y nuevos actores en
Así, el mismo desarrollo del Estado del bienestar, con sus éxitos logrados en la satisfación de una serie de necesidades materiales, habría favorecido la crítica del modelo de crecimiento económico en que se ha basado, permitiendo que los ciudadanos pongan decididamente el acento en la "calidad de vida", en el derecho a la igualdad en todos los planos, o en la defensa del medio ambiente, víctima en muchos casos de ese modelo.
Una explicación similar se puede aplicar a los efectos del neocorporatismo: éste ha permitido una dinámica de concertación entre los grandes grupos de presión (principalmente, patronal y sindicatos) respecto a la distribución de los resultados de ese crecimiento económico, limitándose a discutir únicamente el "cuánto" y no el "por qué", el
"cómo" y el "para quién" de esa distribución, marginando así a amplios sectores de la población que no se sienten representados en esos grupos y no teniendo en cuenta, por tanto, los efectos colaterales de esos acuerdos. Este fenómeno se agrava incluso cuando, como puede ser actualmente el caso, entra en crisis el mismo modelo de concertación hasta ahora aceptado por los principales protagonistas, aumentando así el malestar social.
En cuanto a los partidos éstos habrían conocido un proceso profundo de "desradicalización" ideológica, desactivación de los militantes de base y erosión de la identidad colectiva, perdiendo así en parte su posición mediadora, fuera de los periodos electorales, entre el capitalismo y los grandes problemas políticos que preocupan a la ciudadanía. De esta forma, la tendencia generalizada hacia unos partidos "aca-
, observada ya por Kirchheimer, se volvería en contra de su capacidad para impedir que sus propios electores recurran o apoyen otros medios de acción política no institucional cuando no estén de acuerdo con determinadas decisiones políticas que les afecten: se trata, en resumen, de la tensión creciente entre "elecciones" y "decisioque provocaría un distanciamiento entre "el pueblo" y los "políticos" (5). Todo esto habría estado afectando particularmente a los partidos socialdemócratas y eurocomunistas, si bien de manera desigual.
Las expresiones más representativas de esas nuevas tendencias, que empezaron a manifestarse en los años sesenta a través del movimiento estudiantil, serían movimientos como el feminista, el ecologista y el pacifista. En ellos se puede observar las características incluídas en la definición de Offe, según la cual se pueden considerar movimientos sociales "políticamente relevantes" aquéllos que "reivindican ser reconocidos como actores políticos por la comunidad amplia -aunque sus formas de acción no disfruten de una legitimación conferida por las instituciones sociales establecidas-, y que apuntan a objetivos
84 Jaime Pastor cuya consecución tendría efectos que afectarían a la sociedad en su conjunto más que al mismo grupo solamente".
Así pues, esos movimientos se distinguen por la práctica de una política no institucional alrededor de valores que no interesan sólo al ropio grupo sino a la sociedad er jeneral: la paz, la defensa de la supervivencia de la especie humana y del planeta o la superación del patriarcado. En ese aspecto, pues, se distinguen claramente de los movimientos de clase (de los sindicatos, por ejemplo), ya que pueden asumir más directamente un punto cuidadano y universalista Esos valores generales se reflejan en la lucha en torno a objetivos concretos que se plantean ante las instituciones en términos de exigencia o de oposicioón radical a la decisión (o no-decisión) tomada.
Dentro de este enfoque estructural se parte además de que la "base social" de esos movimientos es plural, si bien se considera que su núcleo principalmente activo se encuentra más en la "nueva clase media" o en los también llamados "grupos de frontera", precisamente porque por los recursos económicos, culturales y de tiempo libre con que cuentan son las capas potencialmente más sensibles y más disponibles para actuar políticamente; hay que aclarar que por "nueva clase media" habría que entender, desde este punto de vista, no sólo los profesionales sino también el numeroso grupo de trabajadores del sector servicios, especialmente el dependiente del Estado (y en ese sentido, una parte del movimiento obrero se incluiría en esos nuevos movimientos). Pero también entre los sectores "desmercantilizados" periféricos (mujeres, jóvenes, estudiantes,...) es fácil observar, debido a su mismo crecimiento, una notable presencia en esos movimientos, en donde es sin embargo menor la participación de la clase trabajadora ocupada en el sector privado. Paradójicamente, y en contraste con los análisis de Inglehart, se comprueba también la contribución a estos movimientos por parte de sectores de la vieja clase media, reticentes a aquellos efectos perversos de la modernización que perjudican directamente su modo de vida (recordemos, por ejemplo, que no fue ajena a este fenómeno la oposición del Partido del Centro sueco a la energía nuclear). Hay muchos estudios empíricos que confirman estos datos respecto a la localización social de estos movimientos, si bien las diferencias pueden ser grandes cuando se analizan los distintos grados de participación en ellos (6).
Las teorías sobre la relación entre la "nueva clase media" movimientos sociales son ya numerosas y han aparecido otras que intentan rebatirlas. En realidad, las que resaltan el peso de estas capas se limitan a reproducir muchas veces análisis aplicados también al nacionalismo: así, si los núcleos organizados y activos de estos nuevos movimentos se hallan principalmente entre esas capas, es porque en ellas coinciden tanto la posesión de unos recursos económicos y culturales mayores como una mayor conciencia de "exclusión " respecto a los procesos de negociación y de toma de decisiones políticas en los que se incluyen los partidos y grupos de presión establecidos. Lo mismo podría aplicarse parcialmente a muchos jóvenes, puesto que también adquirirían una "capital cultural" y tiempo libre cada vez mayores, sin por ello ser "incluídos" no sólo en el sistema político sino tampoco en el económico. Ademas, tanto la "nueva clase media" como muchos jóvenes coincidirían en encontrarse en el sector público de la economía o en servicios que escapan al control del mercado, con lo cual la necesidad de dirigirse al Estado en sus demandas es mayor. En cuanto a las mujeres, la interpretación debería matizarse porque en este caso es la contradicción entre la posesión de un capital cultural cada vez mayor y de ciertos recursos económicos, por un lado, y falta de tiempo libre, por otro, debido a la doble jornada de trabajo, una fuente esencial de su rebeldía, como se está viendo en Italia (7). Todas estas explicaciones tienen, como vere-
mos, conexiones con la "post-mate-
Sin embargo, habría que evitar un reduccionismo sociológico porque lo importante es explicar por qué precisamente se orientan sectores de estas capas hacia los "nuevos" movimientos y no hacia una mayor privatización o un "cinismo excedente" o, como sucede en otros casos, hacia los nacionalismo. Y en ello influyen sin duda los factores estructurales a los que nos hemos referido antes y que pueden afectar, por lo tanto, también a otros secto-
Una conclusión importante de este enfoque estructural es el pronóstico de que, debido precisamente a que, por un lado, van a continuar manifestándose los efectos perversos de la modernización capitalista y de la política institucional y a que, por otro, es previsible la tenmiembros de la nueva clase media y de grupos periféricos de la socielas razones de fondo de la eclosión de los "nuevos" movimientos sociales y las motivaciones para participar en ellos van a persistir. Por lo tanto, y a pesar de las discontinuidades y crisis periódicas que puedan afectar a estos movimientos, éstos se han convertido en estructural de las sociedades avanzadas económicamente. Otra cuestión, que veremos más adelante, sería deducir de ello un optimismo excesivo sobre la evolución de esos movimientos y su futuro como actores políticos. 1.2. Un cambio de valores: el "post-materialismo" Desde el enfoque psicológico o cultural se pone el acento en la influencia del cambio de valores en una parte significativa de cuidadanos de las sociedades occidentales, sin proponer por ello un determinismo cultural como alternativa a la influencia de factores de orden económico o político.
Así, Inglehart reconoce que las fuentes de ese cambio se sitúan en la prosperidad económica alcanzada
84 Jaime Pastor sociedades occidentales desde la I Guerra Mundial y en la ausencia de guerra total. Han sido precisamente esos logros los que han permitido que determinadas capas sociales hayan podido pasar a poner el énfasis en otro tipo de necesidades (calidad de vida), más allá de las básicas. En ello han influído también la expansión de la educación secundaria y superior, la • innovación tecnológica y los cambios en la estructura ocupacional o el papel de los medios de comunicación, favoreciendo todo ello el reemplazo intergeneracional que se ha ido produciendo y que explica que las potenciales "contraélites" estén más distribuídas que antes en el conjunto social (8).
Todo esto facilita, según Inglehart, que desde finales de los años 60 se desarrollen tanto la tendencia a la polarización de la población en torno a las dimensiones "materialista" y "post-materialista" como el lento y desigual, pero muy real, aumento de esta última dimensión en nuestras sociedades, debido precisamente a que la nueva generación nacida en la postguerra asumió en su juventud un cambio de valores al que no ha renunciado, al menos mayoritariamente, cuando se ha hecho adulta. Esto, a su vez, favo rece que las siguientes cohortes de edad puedan ser socializadas en
Este proceso tiene consecuencias evidentes en el ámbito político, ya que ayuda a explicar los cambios que se están produciendo en las bases sociales de la política, en el grado de apoyo a las instituciones y en el cambio de estilo en la participación política: aumentan las actividades "desafiadoras de las élites" frente a las "dirigidas por élites" y, por lo tanto, pueden hacerlo también la política no institucional frente
Tendríamos así un contraste notable entre, por un lado, el aumento de la "competencia política subjetiva" de una parte creciente de ciudadanos y, por otro, el descenso de la capacidad de las instituciones políticas para canalizar esa competencia. De ello resulta el desarrollo de formas de participación política no convencional, a través particularmente de los movimientos y grupos "ad hoc", ya que en ellos se más fácil expresar las preferencias individuales con mayor precisión, exigiendo cambios en políticas específicas. Por eso mismo el hecho de que disminuya la participación electoral en algunos países no desmiente ese análisis sino que lo confirma, ya que el voto aparece como una forma de participación "dirigida por élites".
Todo esto no significa que los post-materialistas sean mayoría en nuestras sociedades. Al contrario, como comprueba Inglehart tras sus estudios de las encuestas de Eurobarómetro y de las "World Value Survey", aquéllos son una minoría: para el año 2000 se calcula que serán el 18% de la población de Europa Occidental. Pero, a pesar de ello, dada su posición estratégica (ya que se encuentran entre los de alto nivel educativo y los políticamente más activos), su influencia en la política es muy superior a su peso númerico.
La manifestación más patente del aumento de esa dimensión post-materialista sería el rápido desarrollo de los movimientos ecologistas y el éxito electoral alcanzado en algunos países por los Partidos Verdes. Esto explica también que el conjunto de los "viejos" partidos, principalmente los de izquierda, se vean sometidos a un "stress" crónico, obligados a dirigirse tanto a un electorado "materialista" tradicional como a otro que apunta hacia nuevos valores cuestionados por aquél y que puede ser ganado por un nuevo partido "competidor" o por un nuevo tipo de abstencionismo motivado políticamente. Inglehart establece además una clasificación de las diversas formas de "movilización cognitiva" ante la política. Según este sociólogo habría los "apolíticos", los "militantes dirigidos por élites", los "militantes cognitivamente movilizados" y los "no militantes cognitivamente movilizados". La tendencia previsible sería, en función de las encuestas de opinión estudiadas, la de un declive en las filas de los "militantes dirigidos
por élites" (con lo cual se erosionará la base de apoyo a los partidos establecidos), mientras que aumenel modelo de los "militantes cognitivamente movilizados" cir, de aquellos que mantendran una lealtad sólo condicional a los partidos establecidos y que seran base potencial para la consolidacion de nuevos partidos). De éstos últimos y de los "no militantes cognitivamente movilizados" extraerían sus apoyos "los nuevos movimien-
, que "reflejarían el aumento de los valores post-materialistas y, por lo tanto, serían portadores de una nueva cultura política": en ellos se da menos importancia al crecimiento económico y más a la calidad de vida, no identificada sólo con lo económico; se pide más participación política y se buscan relaciones menos jerarquizadas y más informales que hagan compatibles la autonomía personal y la solidaridad. Naturalmente, las diferencias entre unos países y otros pueden ser grandes, ya que, según reconoce este investigador, en ello influyen factores circunstanciales, factores a largo plazo (cultura política en una sociedad determinada), intermedios (como, por ejemplo, el grado de deterioro de un valor u otro en un país durante un período concreto) o los que operan a corto plazo (una decisión política en un sentido u otro). Pero la tendencia general parece irreversible.
Ha habido críticas a la teoría elaborada por Inglehart que tienen cierto interés. Así, por ejemplo, el título de su primera obra, "La revolución silenciosa", crea cierta ilusión en un proceso gradual de cambio que tiende, por un lado a sobreestimar el peso de los sectores portadores de valores post-materialistas y, por otro, a subestimar (si bien Inglehart hace referencia a ello) las respuestas que desde el "materialismo" y desde una "nueva derecha" están surgiendo y que han llegado a generar lo que, empleando la terminología de Touraine, podríamos llamar "antimovimientos sociales" (racismo, organizaciones antiaborto, "mayoría moral" agresivos) o, simplemente, la "reprivatización" de algunas esferas que
84 habían pasado al ámbito público, como reflejo de la contraofensiva neoconservadora: en resumen, faltaría resaltar más la contradicción entre la intensidad preferencial de determinadas minorías sociales, con tendencia a polarizarse entre ellas, por un lado, y la apatía de una mayoría, por otro.
También ha habido algunas críticas respecto a los indicadores empleados para distinguir valores "materialistas" y "post-materialistas" dentro de los estudios empíricos utilizados y que no ayudarían a entender, por ejemplo, por qué hay más gente afín a la izquierda que al mismo tiempo es próxima al "post-materialismo" (9). Pero, aún introduciendo estas matizaciones, cabe resin caer en un determinismo cultural, que ese cambio de valores es una tendencia que actúa en nuestras sociedades modificando la actitud de la opinión pública ante muchas cuestiones centrales de la vida política y obligando a tener en cuenta esta nueva dimensión a la hora de analizar el comportamiento electoral, como lo hace Arend Lijphart. En el caso español también podemos comprobar que se puede aplicar esta nueva dimensión, si bien el porcentaje de "post-materialistas" es todavía menor que el de la mayoría de los países occidenta-
A propósito de estos cambios, Russell J. Dalton ha ofrecido algunas conclusiones muy sugerentes de su estudio de la opinión pública en Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania Occidental y Francia. Del mismo cabe deducir que el cambio de valores no se ha visto frenado significativamente por las crisis eco nómicas que ha habido despues del 68; igualmente, se comprueba que "más gente está más interesada en más temas", mientras que hay menor interés por el voto y los partidos y más, sobre todo entre la clase media y los más informados politicamente, por nuevas formas de protesta, a su vez más organizadas y planificadas; todo ello estaría provocando un proceso de "desalineamiento partidario", , que sería algo más que una erosión temporal de las lealtades partidarias, ya que obedecería no sólo a ese cambio de valores sino también a la percepción ciudadana del declive en el papel de partidos e instituciones en contraste con el auge de otros como los grupos de interés, los medios de comunicación o, simplemente, las acciones de protesta
Pero hay que añadir, además, que estos "nuevos" movimientos ya no son una caracteristica singular de las sociedades industrialmente avanzadas. El hecho de que respondan, como se ha indicado antes, a dimensiones institucionales de una modernidad cuyas consecuencias se extienden a escala planetaria, ayuda a comprender la generalización de movimientos ecologistas, feministas o pacifistas en otras partes del globo con características comunes y formas de coordinación entre ellos, si bien con unos rasgos específicos que obligarían a un análisis más concreto de los mismos (12). Y, simultáneamente, esta extensión transnacional explica también que el cuestionamiento de las relaciones Norte-Sur pase a ser otra de las tareas asumidas por estos movimientos.
En cualquier caso, estos "nuevos" movimientos no pueden ser reducidos a la definición convencional de "grupos de interés" o de presión, aunque algunas de las funciones qeu ejerzan puedan ser similares: su aparición como respuesta a los conflictos sustanciales generados por la crisis de la modernidad obliga a reconocerles como "actores políticos de nuevo tipo, que cuentan con la movilización al margen de la esfera institucional como forma principal de acción (y en ese sentido se diferencian del grupo de presión), si bien pueden oscilar, en función de cuál sea su evolución, entre el grupo de presión y el grupo antisistémico o incluso conteniendo en su seno ambas tendencias"
2. Dinámica y política de los movimientos sociales Pero reconocer que no se trata de fenómenos coyunturales no significa
olvidar los problemas inherentes a todo movimiento social para su continuidad. A este respecto, el tiempo transcurrido desde la aparición de estos "nuevos" movimientos permite comprobar si se ha cumplido ya en algunos de ellos el ciclo que caracteriza a todo movimiento, si entendemos éste, según sugiere Alberoni, como "el proceso histórico que se inicia con el estado naciente y que se termina con la reconstitución del momento cotidiano-institucional
Según este sociólogo, el análisis del "estado naciente" miento es esencial para juzgar todas sus potencialidades: para que se desencadene es precisa la existencia de unas precondiciones estructurales, pero además de ello fundamental" fundadora): a partir de ella se genera la formación de grupos, en cuyo interior se encuentran y reconocen sus miembros compartiendo una comunidad de categorías de análisis de la realidad; más tarde llegarán las formulaciones ideológicas, las tensiones, la reacción del sistema y, finalmente, la extinción o las institucionalización.
Estos conceptos de "estado naciente" y de "experiencia fundamental" son útiles para comprender la emergencia concreta de estos movimientos. Quizás el ejemplo más claro de esa situación nueva que se crea nos sea proporcionado por las revueltas estudiantiles del 68 que provocaron el desarrollo de un movimiento de caracter internacional y de toda una nueva generación identificada con él. Daniel Bertaux, entre otros, ha demostrado empíricamente la conciencia de identidad y las vivencias comunes que unían a la mayoría de los protagonistas de las movilizaciones de aquel año y los inmediatamente posteriores, por muy diferentes que fueran los países y los orígenes sociales o culturales. Precisamente, ese movimiento conoció formas de institucionalización, extinción o disgregación en distintos países; pero, como han revelado los estudios de Inglehart, muchos de los que participaron en él mantuvieron posteriormente su
84 adhesión al cambio de valores que adoptaron. En ese sentido, en cuanto que dio lugar a una nueva generación de la que una parte se encuentra hoy en los "nuevos" movimientos sociales o mantiene una actitud ante la política distinta a las generaciones anteriores, se podría sostener que aunque los movimientos políticos que surgieron entonces fracasaron en la mayor parte de los casos o fueron absorbidos por las élites, dentro de la clásica evolución del ciclo de movimientos al de reformas, su aliento no se extinguió. Es lo que en una fórmula ya clásica se definió como una "brecha" en los sistemas políticos que ayudaría a explicar los cambios posteriores
Pues bien, ese "estado naciente" lo hemos podido ver después en las primeras movilizaciones de mujeres por el derecho al aborto, en las de los ecologistas o en las del movimiento por la paz de la primera mitad de los años 80. En ellos se vive una experiencia fundadora creadora de una nueva identidad, que servirá para que cada movimiento aspire a sobrevivir una vez terminada aqué-
Con el apoyo de la teoría de la "movilización de recursos" también podríamos analizar los diversos elementos qeu influyen en el surgimiento y evolución de un movimiento social. Así, en su estudio de la acción colectiva Charles Tilly (15) destaca las siguientes condiciones: la existencia de unos intereses, de una organización, de una movilización efectiva (defensiva, ofensiva o preparatoria), de una oportunidad para la accion (que facilite, reprima • tolere) y, en fin, la acción colectiva como tal. Esta última podrá luego transformarse en generadora de un movimiento social, proactivo o reactivo, según las demandas que plantea. Aplicándolo al período posterior a 1968, podríamos afimar que, pese a sus flujos y reflujos, el movimiento feminista aparece como un típico movimiento proactivo (a favor de nuevos derechos), mientras que el ecologista, primero, (contra las centrales nucleares), y el pacifista, después, (contra los euromisiles), serían movimientos reactivos, reuniendo todos ellos unos intereses (en estos casos más de valores que materiales), una organización (de carácter más informal que formal), distintas formas de movilización (desde la manifestación hasta la desobediencia civil y la insumisión) y aprovechado una oportunidad política facilitadora, o al menos tolerante, de una acción colectiva de amplia repercusión pública (accidentes, guerras, victoria electoral de un partido de izquierdas,...).
Pero, una vez fundados, esos mismos movimientos han ido tropezando con los "tres umbrales" que, de nuevo siguiendo a Offe, "pueden ser pasados a tallados secuencialmente por los nuevos movimientos sociales". El primero sería la supervivencia o desintegración, el segundo, el exito , y el tercero, el cuestionamiento de hecho del "viejo" paradigma de la política.
Para garantizar su supervivencia, los movimientos han respondido a acontecimientos o decisiones políticas de importancia buscando formar coaliciones amplias capaces de ganar el apoyo de la opinión pública, tratando luego de encontrar continuidad mediante la selección de fechas y lugares simbólicos de concentracion de sus actividades, y buscando en ellas formas de participación "autotélicas" (es decir, satisfactorias en sí mismas de la dimensión expresiva que se busca); intentan ocupar espacios públicos que llamen la atención de los medios de comunicación y las autoridades políticas, recurriendo para ello también a figuras conocidas públicamente; organizan Congresos y encuentros periódicos y establecen formas de coordinación con otros movimientos monotemáticos. Ese proceso puede permitir configurar una "nueva identidad", como resalta Pizzorno, y una razón de ser estratégica. De esta forma se irán dotando de una infraestructura que ayude a prepararse a la hipótesis peor, la del fracaso en la persecución de sus objetivos coyunturales. En la superación de ese umbral se plantean también formas de organización y participación en el movimiento más flexibles, que
van desde los militantes hasta el público potencial, pasando por los afiliados y socios.
Teniendo en cuenta esos criterios, se puede afirmar que en el momento actual muchos de esos movimientos han llegado a sobrevivir, mientras que algunos, los menos universalistas han conocido en ciertos países una relativa disgregación. Pero tampoco éstos han desaparecido, precisamente porque se han desarrollado "networks" o "áreas de movimiento", caracterizadas, como las define Melucci, por ser "redes de grupos que comparten una identidad colectiva y una cultura con una orientación de conflicto". , no incluyendo sólo a las organizaciones formales sino también al conjunto de relaciones informales que ligan a los individuos y grupos centrales con una zona muy amplia de participantes. El desarrollo de esas redes (que fomentan no sólo unos incentivos de solidaridad y normativos sino también otros "selectivos" de nuevo tipo, como serviciOs, actividades lúdicas y marcos para la creación o inserción de grupos de afinidad) es el que ayuda a contrarrestar el fenómeno del "free rider" o "gorrón" resaltado por la teoría de Olson y que puede tener sus manifestaciones más negativas una vez superado el "estado na-
En realidad, esa movimiento social" no hace más que repetir la experiencia de las primeras etapas del movimiento obrero, aunque con las notables diferencias de que ahora se basa en muchos grupos más pequeños y menos concentrados, pero más extendidos potencialmente en la sociedad, y al mismo tiempo más respetuosos de su autonomía respectiva y más flexibles en sus formas de coordinación. Ejemplo paradigmático de desarrollo de esa "red" es el movimiento de "iniciativas ciudadanas" en Alemania Occidental durante los años 80, con sus amplias formas de expresión tanto políticas como económicas o culturales (16).
Sin embargo, incluso para poder sobrevivir, los movimientos necesitan alcanzar éxitos de algún tipo si
84 no quieren convertirse en fenómenos políticamente marginales. Ароyandonos también en Offe, cabe distinguir éxitos sustanciales, procesuales o políticos: los primeros (que implican un cambio en las decisiones de las élites) han sido significativos en algunos casos (como en Suecia y Austria), mientras que los segundos (cambio en el modo de decidir: por ejemplo, referéndum) у los terceros (reconocimiento público como actores políticos) se han producido de manera desigual en unos y otros países. El hecho de que no se hayan obtenido éxitos sustanciales en muchos casos (como sucedió, por ejemplo, con el movimiento por la paz en el Estado español) ayudaría a explicar las consiguientes "frustraciones de participación" y los reflujos que conocen los movimientos (17).
La dinámica de estos "nuevos movimientos dependerá, por lo tanto, de los éxitos de uno u otro tipo que puedan encontrar y ello implica tener en cuenta no sólo la fuerza alcanzada por cada movimiento sino también la respuesta que el sistema político pueda dar a sus demandas Con lo cual llegamos al "tercer umbral". Porque lo que no han conseguido esos movimientos ha sido un cuestionamiento radical del "viejo" paradigma político y el cambio de valores y de la política en la sociedad en su conjunto. De ahí que también se haya podido concluir que la política de los nuevos movimientos sociales, al mismo tiempo que revela los límites de la política institucional, contiene también en su práctica unos límites difíciles de sobrepasar a no ser que se plantee incidir en las instituciones o, gracias a la existencia de una coyuntura prerrevolucionaria, pueda llegar a confluir en un bloque social insurgente (con presencia notable de un movimiento obrero anticapitalista) capaz de transformar radicalmente el sistema político y, con él, el económico-social. Teniendo en cuenta la excepcionalidad de esta última hipótesis, nos concentraremos en la primera por ser aquélla con la que se enfrentan normalmente estos movimientos.
3. Las relaciones con el sistema político Para analizar esta cuestión nos parecen útiles enfoques como los de Tarrow, Kitschelt o Kriesi, quienes sostienen la necesidad de tener en cuenta cuál es la estructura de oportunidad política que exista en casa país, con el fin de poder valorar la posibilidad de "inclusión" o "exclusión" de los temas de un movimiento dentro del sistema político y, por lo tanto, los éxitos que pueda obtener (18). Esa "estructura" abarcaría en realidad a aquellos aspectos de un sistema político que condicionan el desarrollo del movimiento independientemente de la voluntad de los que participan en éste: la estructura institucional del Estado, las estrategias dominantes frente a quienes les "desafían" y la configuración del sistema de partidos (particularmente dentro de la izquierda) y de los grupos de interés, serían los más importantes. Apoyándonos en esos criterios, se podría entender esa "estructura" como una especie de filtro a través del cual se puede integrar o excluir las demandas del movimiento. Así, si se facilitara la actuación del movimiento y, además, la respuesta del sistema fuera positiva, el movimiento podría lograr algún éxito y, además, podría transformarse fácilmente en grupo de presión; si sucediera lo contrario, el movimiento tendería a la confrontación y, si se dotara de un "sector" o "área" autónoma fuerte, podría llegar a apoyar a un partido antisistema. En la realidad, no obstante, hay muchos casos intermedios, como el de Alemania Occidental, y los polos opuestos podrían situarse más entre Suiza y Suecia, por un lado, y Francia, por otro. Pero, normalmente, en estos estudios se tiende a subestimar la orientación político-ideológica predominante en estos movimientos como variable relativamente independiente.
Basandonos en estos estudios, podríamos presentar varias opciones en la dialéctica que se establece entre los movimientos sociales y el sistema político. Una puede ser la participación en la política institucio-
nal mediante la formación de vos partidos, entendidos como "brazo político" del movimiento; otra, la conversión en grupos de presión en alianza con "viejos" partidos: otra, la transformación en grupos de presión autónomos respecto de los partidos, practicando un "sindicalismo de movimientos"; otra, la transformación en grupos antisistema; y, por último, la simple integración dentro de un partido u otro grupo de presión. Varias de estas opciones no son incompatibles entre sí y pueden coexistir dentro de un mismo movimiento o "sector" o incluso daréste en sucesivas etapas; pero nos parece mejor distinguir estas alternativas para el análisis que vamos a hacer a continuación.
Empezando por la primera, un nuevo partido aparece como una forma de expresar en las instituciones los nuevos valores y la nueva forma de hacer política por parte de esos movimientos, sobre todo cuando el "sector" en que se apoyan cuenta con suficientes recursos y tropieza con unas normas y un sistema de partidos que muestran poca capacidad de "inclusión" de sus demandas. Como sugiere Kischelt, estos nuevos partidos tienen más posibilidades "cuando la falta de respuesta de las instituciones políticas coincide con oportunidades políticas favorables para desplazar a los partidos existentes" (19). Resultado ejemplar de esa opción ha sido la constitución del Partido Verde en la RFA, concebido como un "partido anti-partido", surgido como producto del desarrollo, desde comienzos de los años 70, del movimiento de "inciativas ciudadanas" y de la presencia en su interior de una parte de la izquierda extraparlamentaria, a su vez marginada del sistema pero habiendo experimentado ya los límites de la opción de la lucha armada como estrategia.
A una primera etapa de éxitos (sobre todo, el hecho mismo de rebasar la barrera del 5% para entrar en el Parlamento), apoyada en el ascenso de los movimientos ecologista y pacifista, sucedió después la necesidad de hacer frente a lo que Offe llama un "dilema de desarrollo
84 en el que no pueden seguir siendo simplemente lo que ya son, ni tampoco pueden pasar a ser un partido como los demás sin una ruptura traumática con su identidad". En resumen, se trataba de la clásica transición de una política de movimientos a una política de partido, sin tener que traicionar necesariamente a aquéllos: se entraba así en la eufemísticamente llamada fase de "autorracionalización" e, inmediatamente, en el conflicto entre ésta y la identidad original. El régimen y, particularmente uno de los partidos, el SPD, se habían tenido que abrir al nuevo partido y, simultáneamente, éste se había visto presionado por insertarse más en la dinámica de la política institucional en un momento en que los movimientos estaban en "horas bajas" Se profundizaba así el debate interno sobre las ventajas e inconvenientes de la institucionalización, con la consiguiente diferenciación dentro del Partido Verde en distintas corrientes, agrupadas principalmente alrededor de dos polos conocidos como "realistas" y "fundamentalistas", lo cual ha conducido a una crisis abierta.Así pues, los Verdes germano-occidentales terminarán tropezando, como sugiere Riechmann, con "la paradójica situación de haber desestabilizado el sistema tradicional de partidos, imponiendo un catálogo nuevo de problemas políticos candentes y, al mismo tiempo, haber resultado desestabilizados ellos mismos" (20).
Un elemento fundamental en este debate ha sido, sin duda, el hecho de que el Partido Verde se fuera adaptando a la polarización tradicional izquierda-derecha, unido al cambio de táctica del SPD en relación a aquél. Así, los Verdes pasaron a formar parte de coaliciones gubernamentales con los socialdemócratas en varios Estados, provocando con ello tanto expectativas favorables como oposiciones entre sus electores y militantes. El balance de esas esperiencias es todavía objeto de polémica entre sus corrientes De cualquier manera, los análisis más pesimistas sostienen que el Partido Verde no sólo no ha logrado consolidarse como un partido de nuevo tipo (los principios de rotatividad, antiprofesionalidad y democracia directa se han ido erosionando), sino que también en su interior se ha aplicado la vieja "ley de hierro de la oligarquía" de Michels, salvándose quizás únicamente el aspecto relacionado con el feminismo. Se habría desarrollado de esta forma un nuevo proceso de "articulaciones de
, como lo describe Panebianco, dentro del cual los fines originales del partido se han ido adap tando al "ambiente" de la dinámica competitiva entre partidos y a las exigencias organizativas que esto implica, provocando las consiguientes tensiones entre "creyentes" y "arribistas" y haciendo quebar la "coalición dominante" plural que había dirigido el auge de este partido Los resultados de las últimas elecciones parlamentarias (sin que se haya superado esta vez el 5% en la ex-RDA) vendría a confirmar, desde este enfoque crítico, que el "realismo" no ha sido fructífero, si bien en ello han influído también otros factores que no podemos analizar aquí, y especialmente la actitud adoptada ante la "cuestión nacional".
Pero en cualquier caso, de la crisis de identidad de esta experiencia de "partido antipartido" no cabría deducir ni su descomposición ni su pérdida completa de la legitimidad que le otorgan originalmente los movimientos ni, sobre todo, la crisis de éstos, ya que en su desarrollo siguen influyendo tanto aquellos factores de índole estructural a los que aludíamos al principio como, especialmente, la dificultad de la . "vieja política" para absorber los nuevos valores y objetivos de la "nueva política", , dificultad agravada por el nuevo distanciamiento creado entre el procedimiento elitista empleado en la realización de la unificación alemana y las aspiraciones a una mayor participación política caracteristica de esa "nueva política". La variable de la influencia del SPD en la base social de estos movimientos sería la más importante, sin embargo, a corto plazo, para valorar su evolución, teniendo en cuenta que aquél se encuentra en la oposición
al gobierno y existe un ala que tiende a aliarse con éstos (21).
Podríamos así concluir que en la nueva Alemania seguirá habiendo espacios tanto para una política institucional de nuevos tipos de partido como para una política no institucional enfrentada a aquélla. tas" y "fundamentalistas" serían, por tanto, tendencias inevitables en estos movimientos durante el próximo periodo. Y es significativo que debates similares aparezcan en movimientos y partidos verdes o de la "nueva izquierda" de otros países, reflejando así un problema obietivo difícil de resolver, ya que depende tanto de la estructura de oportunidades políticas que ofrece el sistema como de la orientación política que predomine en esas fuerzas.
La segunda opción, la alianza con partidos (que, cuando se puede dar, puede provocar un fortalecimiento de la estructura de oportunidad política y una mayor apertura del régimen) ha sido adoptada por los movimientos por la paz de determinados países durante la primitad del decenio de los ochenta, con resultados bastante frustrantes para ellos. Podemos poner los ejemplos de la Campaña por el Desarme Nuclear en Gran Bretana en relación con el Partido Laborista, y el movimiento anti-OTAN con el PSOE, en el caso del Estado español. En ambas experiencias se ha podido comprobar que la alianza alrededor de un objetivo concreto ha sido posible estando esos partidos en la oposición, pero se ha transformado en conflictiva cuando han ganado las elecciones o están cerca de lograrlo, debido precisamente a los distintos lazos que unen a movimiento y partido con los sistemas políticos y los electores: el hecho de que esos movimientos se enfrenten a una dimensión institucional y esencial del sistema (en este caso, el control "elitista" de la política exterior y de defensa y la política de alianzas internacional) y exijan unas decisiones que cuestionarían radicalmente aquella dimensión, conduce finalmente a que los partidos establecidos en el gobierno cambien de política recurriendo de
84 nuevo a valores "materialistas" (el
"interés nacional" o de bloque inte restatal, en este caso). Tomando ese camino, esos partidos saben además que tienen el apoyo de su electorado más fiel y tradicional, aunque puedan perderlo entre los "post-materialistas".
En cambio, en lo que se refiere a la energía nuclear, la alianza ha sido más fructífera, debido a que partidos como el Partido del Centro y el Partido Socialdemócrata han estado abiertos a sus demandas, habiéndose desarrollado adémas un partido verde "realista". La conversión en grupo de presión autónomo alrededor de un tema concreto es otra posibilidad. En realidad, es también la adoptada por la Campaña por el Desarme Nuclear británica tras el reflujo de las movilizaciones por la paz del decenio de los ochenta. Lo cual no impide que siga privilegiando sus relaciones con el Partido Laborista o que, ante el surgimiento de acontecimientos precipitantes de nuevas movilizaciones, vuelva a adoptar las formas de acción colectiva conflictiva que caracterizan, como ya hemos indicado, a
"nuevos sociales.Esa es también la fórmula de actuación de muchos grupos ecologistas conservacionistas o anti-
Men Estados Unidos y otros paises, y la que se da en general en Suiza. La "rentabilidad" de esta opción exige normalmente la existencia de una estructura de oportunidad política facilitadora sus actuaciones, siendo una de ellas una efectiva descentralización de la vida política y la posibilidad de recurrir a técnicas de democracia semi-directa como la iniciativa legislativa popular o la acción popular para convocar un referéndum (22).
La formación de grupos antisistema es la que podría ser atribuída a las corrientes radicales y a las "fundamentalistas" dentro de los movimientos sociales. Las primeras privilegiarían el desarrollo de esas "redes" alternativas a las que nos hemos referido antes, defenderían las señas de identidad originales del "estado naciente" de los movimientos y subordinarían a esos objetivos y a la conquista de algún éxito sustancial la participación en la política institucional, tratando así de evitar ser "absorbidos" por ésta. Ello supone elaborar un proyecto político más global que normalmente incluye la superación del capitalismo y del modelo de democracia liberal
En suma, sería la opción inicial de las Listas Alternativas y de los ecosocialistas, o la que se ha podido manifestar en otros países frente a la tendencia de algunos grupos a reproducir miméticamente el "modelo alemán". Las segundas, las fundamentalistas, serían más extremas en sus críticas a la modernidad y a la política institucional, propugnando, como es el caso de Rudolf Bahro, una revolución cultural y espiritual frente al "exterminismo indus-
", al margen del sistema. Estas propuestas pueden aparecer, por tanto, allí donde el "sector movimiento social" es muy débil o, por el contrario, muy fuerte, aunque sin duda su viabilidad dependerá también de la actitud del sistema político, según tienda a incluir algunas de sus demandas y prácticas pese a su autoexclusión del proceso de
Por último, la integración, formal o de hecho, dentro de un partido o en otro grupo de presión (sindicatos, asociaciones de vecinos) también es un camino adoptado en algunos casos por corrientes presentes dentro de los movimientos sociales que, normalmente, tendrían una actitud menos crítica frente al sistema de partidos dominante o al neocorporatismo. Se trataría de ouscar asi un proceso de "micro-
", como sugiere Paramio (23), que contribuyera a un nuevo fortalecimiento de los partidos y del neocorporatismo a escala de toda la sociedad. Pero ello implica una alta capacidad de absorción de los movimientos por parte del sistema o, al menos, de un "viejo" partido o sindicato, lo cual puede ocurrir coyunturalmente y respecto a alguna cuestión particular, pero no de manera general, por lo que es difícil que sea seguido este camino por los "nuevos" movimientos. Por otra parte, el gran peligro que tiene
esta vía es que, además de no tener garantizado el éxito dentro de unas actividades "dirigidas por las
, aleja también al grupo en cuestión del grueso del movimiento social en cuanto surge un acontecimiento precipitante de la acción colectiva conflictiva.
En resumen, los "nuevos" movimientos y las organizaciones en ellos presentes puedan asumir funciones diferentes dependiendo de su propio desarrollo y de la dialéctica que establezcan con sus respectivos sistemas políticos. Pero lo que les diferencia de los grupos de presión tradicionales y de los partidos es el hecho de que estén ocupando un nuevo espacio intermedio entre la sociedad civil y el Estado, que ellos mismos, con sus movilizaciones como forma principal de actuación y sin respetar los límites de la política institucional, han ido cons-
4. ¿Por dónde continuar? Las teorías e hipótesis expuestas respecto a las causas, perspectivas de los nuevos movimientos sociales se han referido al ya largo período vivido desde los años 60 hasta finales de los 80
Pero la quiebra de los regímenes de "socialismo real" repercusiones de la guerra del Golfo han ampliado y modificado el contexto internacional en el que hasta ahora se han desarrollado estos movimientos, obligando a que su marco de reflexión se haga más complejo y a que las respuestas de la izquierda alternativa se radicalicen frente a la ofensiva neoconservadora y al apoyo que ésta ha encontrado en sectores importantes de la población en los países industrialmente avanzados. A todo esto habría que añadir la agrava-
84 Jaime Pastor ción de la crisis ecológica así como la urgencia de ofrecer un modelo económico y social no productivista, capaz de reformular el concepto tradicional de trabajo y de satisfacer las necesidades básicas de toda la ciudadanía del planeta.
Nos encontramos, por tanto, ante una nueva etapa en la que, si bien los factores estructurales y culturales que explican el desarrollo de estos movimientos siguen en pie, las corrientes políticas presentes en ellos se van a encontrar, al menos a corto plazo, con mayores dificultades para crear esperanzas de éxito frente a unos sistemas políticos que pueden cerrarse más ante las nuevas demandas. Pero el hecho de que, incluso en algunos países del Este, estén apareciendo organizaciones sociales y políticas con rargos similares a los nuevos movimientos "occidentales" confirma la extensión de una tendencia que puede volver a manifestarse abierta-
Men la calle y en las instituciones, ante cualquier cambio brusco de la situación internacional.
En nuestro caso, a la vista de lo planteado en este trabajo y teniendo en cuenta tanto su reducida base social activa como la "frustación de participación" heredada de la transición política, la tarea de la izquierda alternativa debería consistir, ante todo, en proseguir la consolidación de redes estables de los movimientos sociales que aseguren la supervivencia de éstos. Pero, simultáneamente, habrá que continuar buscando los medios más adecuados para lleaar a obtener alguun tipo de exito en la lucha por demandas que, sin renunciar a su radicalidad, cuenten con el apoyo de una parte notable de la opinión pública y desbloqueen las actitudes cerradas del actual sistema político. En relación a éste, es evidente que a nivel estatal y teniendo en cuenta la política predominante en las instituciones y el gobierno, las posibilidades de éxito son muy reducidas, mientras que a nivel de algunas nacionalidades y ayuntamientos pueden ser mayores, por lo que habrá que fomentar iniciativas en estos terrenos que, como se ha comprobado en el apoyo a la objeción de conciencia y la insumisión al servicio militar a raíz de la guerra del Golfo, pueden reforzar la legitimidad de las exigencias planteadas por los movimientos. Por último, en cuanto a las posibilidades de una nueva formación política alternativa con presencia institucional, y a pesar de la oportunidad ofrecida por el "desgaste" real sufrido por el PSOE, también cabe apuntar que tanto la frágil base social de estos movimientos como el hecho mismo de que los electores "post-materialistas" se dividan entre varias opciones (IU, izquierda nacionalista (24), verdes, abstención), dentro de un sistema electoral que no beneficia a partidos minoritarios hacen todavía difícil la consolidación de aquélla a nivel estatal como "brazo político" real y eficaz. El logro de este objetivo debera pasar probablemente por experiencias previas de algún éxito significativo por parte de uno u otro movimiento social, así como por los que puedan obtener candidaturas alternativas en elecciones de "segundo orden" (europeas, municipales, autonómicas); pero dependerá también de cuál sea la evolución de Izquierda Unida.
De esta combinación de conquistas parciales y del acercamiento entre determinadas corrientes de una
"nueva" izquierda podrían resultar las condiciones básicas para alcanzar una significativa legitimación electoral de los proyectos de lucha que animan los movimientos sociales.
(1) Véase, por ejemplo: H. Marcuse,
El final de la utopía". , Barcelona, Ariel, 1968; J.Habermas, "Problemas de legitimación en el capitalismo tardío", Buenos Aires, Amorrortu, 1975; A. Touraine, "El regreso del actor", Buenos Aires, Eudeba, 1987.
(2) C. Offe, "Partidos Políticos y nuevos movimientos sociales", Sistema, 1988. Esta tesis, que acompaña a una revalorización de los derechos de toda una ciudadanía, no debe conducir a la conclusión de que la situación de clase de un ciudadano sea indiferente en la recepción de esos "efectos perversos", sino únicamente que éstos no afectan sólo a la clase
(3) A. Melucci, "Movimenti sociali e sistema político", Milán, Franco Angelli, 1986.
(4) A. Giddens, "The Consequences of Modernity", Cambridge, Polity Press, 1990.
(5) Sobre esta tensión entre elecciones y decisiones institucionales como manifestación de la alineación política comtemporánea, vease C. Offe y U. Preuss, "Instituciones democráticas y recursos morales" en Isegoría, Madrid n=2, 1990. De todas formas, sigue siendo util la ya clásica obra de C.B. Macpherson "La democracia liberal y su época", Madrid, Alianza, 1977. (6) Se puede ver un estudio comparado sobre esta cuestión en en R Rohrschneider, "The Roots of Public Opinion toward New Social Movements: An Empirical Test of Competing Explanations", en "American Journal of Political Science", vol. 34, nº1, 1990.
(7) Véase, por ejemplo, los artículos que sobre este tema publica "Mientras Tanto", nº.42, septiembre-octubre (8) R. Inglehart, " The Silent Revolution" (Changing Values and Political Styles Among Western Publics), Princeton Univ., 1977, y "El cambio cultusociedades avanzadas" Madrid, CIS, en prensa.
(9) H. Kitschelt, "The Left-Right Semantics and the New Politics Cleavage", en "Comparative Political Stu-
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Jaime Pastor NOTAS dies", vol. 23, nº 2, julio 1990.
(10) M.Torcal, "La dimensión materialista-postmaterialista en España: las variables del cambio cultural", en "Revista Española de Investigaciones Sociológicas", nº 47, julio-sept. 1989.
(11) R. Dalton, "Citizen Politics in Western democracies", New Jersey, Chatham Pub., 1988.
(12) Sirva como ejemplo el análisis de la aparición de una "tercera fuerza social" en la revolución nicaragüense en la obra de Orlando Nuñez y Roger Burbach " Democracia y revolución en las Américas", Managua, Vanguardia, 1987.
(13) F. Alberoni, "Movimiento e institución", Madrid, Ed. Nacional, 1984.
(14) Se puede leer una reciente reivindicación de la continuidad entre el 68 y los movimientos actuales en R Jungk, "Contra la resignación: de resistir a transformar", en la revista especial editada por la campaña "Vivir sin nucleares", Madrid, marzo-junio 1991.
(15) Ch. Tilly, "From Mobilization to Revolution", New York, Random House, 1978.
(16) Sobre esta "red" como expresion de (contra) sociedad voluntaria, veáse F. Ovejero, "La política de la ecología (del dilema socialdemócrata al dilema ecologista)", en su obra "Intereses de todos, acciones de cada uno", Madrid, Siglo XXI, 1989.
(17) A.O. Hirschman, "Salida, voz y lealtad" y "Interés privado y acción pú blica", Mexico FCE, 1977 y 1986. Me he referido al caso del Estado español en el capítulo V de mi obra "Guerra Libertarias, diciembre 1990.
"Struggle, Politics and Reform: Collective Action, Social Movements and Cycles of Protest" Cornell University, 1989; H. Kitschelt, Political Opportunity Structures and Political Protest: antinuclear movements in four democracies", en British Journal of Political Science, vol. 16, n° 1, 1985; H.P. Kriesi,"The Political Opportunity Structure of New Social Movements: Its
Impact on Their Mobilization", ponencia inédita presentada en UNED, Madrid, 1991.
(19) H. Kitschelt, "Left-libertarian parties: explaining innovation in competitive party systems", en World Politics, vol.40, nº2, enero 1988
En este artículo el autor comprueba también que no todos los "post-materialistas" votan a los nuevos partidos, ya que entre aquéllos se da también una pluralidad ideológica respectos a otros "cleavages" que polarizan al elec-
(20) J. Riechman, "Die Grünen: Diez años del Partido Verde germano-occidental", en Mientras Tanto, nº38 y 39, 1989.
(21) J. Riechman, "Las elecciones del 2 de diciembre: Alemania a la derecha", en Mientras Tanto, nº44, enero-febrero 1991. Se puede ver un interesante análisis de las perspectivas abiertas tras la "unificación" alemana en C. Offe, "Bienestar, Nación y República Aspectos de la vía particular alemana del socialismo al capitalismo", en Revista de Pensamiento Iberoamericano, en
(22) Por eso se ha dado una reorientación significativa de muchos grupos de los "nuevos" movimientos sociales hacia el empleo, a todos los niveles posibles, de estas formas de acción. Esto no implica negar los límites que encierran en función, entre otros factores, de cuáles sean el tema y las relaciones de fuerzas en cada caso. Para una propuesta constructiva sobre estas cuestiones tiene interes la obra de Benjamin
"Strong Democracy. Participatory Politics for a New Age". California
(23) L. Paramio, "Los nuevos movimientos sociales, la izquierda y la de mocracia", , en su obra "Tras el Diluvio", Madrid, Siglo XXI, 1988.
(24) El caso vasco obligaría a un análisis específico, ya que la opción nacionalista radical de HB sí ha logrado un peso electoral notable y refleja además la convergencia, no exenta de conflictos, entre un electorado tradicional y otro vinculado a los "nuevos" movimientos.