La revolución burguesa
"Si un extraterrestre, de esos que ahora están tan de moda, quisiera averiguar cuándo se había producido la revolución burguesa española, encontraría las respuestas más peregrinas: esta revolución se había producido ya en el siglo XVIII; en diversas fechas a lo largo del siglo XIX; en 1917; finalmente, esa revolución nunca había tenido lugar".
Las palabras anteriores son de Gil Novales y sólo superficialmente pueden considerarse una broma. Si no la fecha, al menos la existencia o no de una revolución burguesa en España no sólo ha hecho correr ríos de tinta, y los que correran; también ha sido un tema decisivo en las estrategias políticas del movimiento obrero, en la misma guerra civil de 1936-39, y hasta épocas bien recientes (p.ej. las propuestas de "revolución anti-feudal y anti-monopolista" planteadas por diversas organizaciones de izquierda en la lucha anti-
El debate no afecta a los hechos, como es normal tratándose del siglo XIX, sobre el que existe una amplia y verificable base documental. El debate, o al menos su raíz, está en la teoría misma, en el concepto de revolución burguesa y particularmente de la relación entre revolución burguesa y desarrollo capitalista. Nos remitimos en este punto al excelente trabajo de Robert Lochhead
Recordando precisamente lo que Lochhead llama el "esquema standard" de "revolución burguesa", es claro que la experiencia española no entra, ni a la fuerza, en dicho esque-
En España, la Monarquía absoluta se desploma como consecuencia de la conmoción provocada por la invasión napoleónica y los seis años de guerra de la independencia. El Estado se derrumba, pero sus dos pilares fundamentales, la Iglesia y la nobleza, no sólo siguen en pie, sino que forman parte del bloque que realiza la guerra y maniobran dentro de él para conservar sus posiciones de fuerza. La burguesía es todavía extremadamente débil y el desarrollo capitalista embrionario.
En estas condiciones, durante los 20 años posteriores al final de la guerra se asistirá a una prolongada agonía del absolutismo, cuyas bases sociales de dominio son cada vez más precarias; por tanto cada vez estará más necesitado dela fuerza, incluso del recurso a la fuerza militar extranjera, para mantenerse en el poder. Se va produciendo así una maduración de las condiciones ideológicas, sociales y políticas para la revolución burguesa, pese a que sigue sin producirse un avance sustancial en la industrialización, salvo en Catalunya a partir de 1827.
-73
MIGUEL ROMERO
en España
MIGUEL ROMERO
La opinión mayoritaria entre los historiadores es que la revolución burguesa española tendrá lugar entre 1834, tras la muerte de Fernando VII y coincidiendo con el inicio de la guerra civil, y una fecha ya más variable, 1843 -es decir justo antes del inicio de la década moderada-, 1856 -con la desamortización civil-, o incluso 1859 -con la ley de minas-. Lo que puede llamarse con enormes reservas "revolución democrática" será posterior, en 1868, tal como queda institucionalizado en la Constitución del 69.
Aceptando estos criterios, destaca el contenido esencialmente político que se da al concepto de "revolución burguesa". En el terreno de las relaciones de producción, la revolución abre un largo y contradictorio periodo de transición "de una sociedad de antiguo régimen (con una economía basada en una agricultura de subsistencia -pero con algunos sectores en los que dominaban ya relaciones de signo capitalista-, con una ordenación estamental en la que el privilegio seguía siendo fundamental -pero donde comenzaban a ser muchos los que se oponían a su continuación- y un severo control ideológico que no lograba impedir la penetración de ideas nuevas) a una sociedad plenamente capitalista, liberal y
"(J. Fontana. "Por una renovación de la enseñanza de la historia".). Es en este largo y tortuoso proceso, salpicado de saltos atras, donde irán constituyéndose, desde los elementos materiales básicos del desarrollo capitalista, como el mercado nacional,..., hasta la configuración de clases con un peso importante de la burguesía industrial (que no se alcanzará hasta la dictadura de Primo de Rivera), así como un desarrollo del movimiento obrero moderno (que tendrá lugar ya en nuestro siglo, en torno a las grandes luchas
Partiendo pues de una consideración esencialmente "política" de la revolución, ¿acaso no existen lo que podríamos llamar unas condiciones económicas mínimas, una ruptura de amarras con la sociedad feudal, sin la cual la transición no podría iniciarse? Por supuesto que sí: la libertad de industria, la desvinculación de la tierra, la desamortización, la abolición de los señoríos (aunque sólo de los jurisdiccionales, al principio),..., señalaron en la España de Mendizabal ese desamarre imprescindible, la componente económica original de la revolución burguesa.
El papel de una guerra popular en el derrumbe del Estado absolutista produjo otro aspecto específico de la revolución burguesa española: un papel propio durante largo tiempo de las clases subalternas, especialmente por medio de su capacidad de influir o de actuar autónomamente en ciertas Juntas y Milicias. El peso plebeyo en estas instituciones llegó a alcanzar una influencia explosiva en todo este periodo. En Catalunya, significativamente donde más avanzado estaba el desarrollo capitalista, las revueltas del 36, el 42 y sobre todo la de la "Jamancia" en el 43 son verdaderas pre-revoluciones obreras, que ayudan a entender la cobardía del comportamiento político de la burguesía industrial.
Se dió pues en el caso español una definición de clases bastante atípica. La hegemonía en la revolución burguesa estuvo en manos de la gran burguesía agraria (y dentro de ella, como dice Tuñón, tuvo un "carácter super-hegemónico el sector procedente de la aristocracia, más que cuantitativamente por el hecho de que su "ideología" sigue siendo dominante y de que las grandes opciones y de cisiones estan condicionadas por esa ideolo. gía". M.Tuñón. "Sociedad señorial, revolución burguesa y sociedad capitalista"). El sector que teóricamente debía asumir ese rol hegemónico, es decir, la burguesía industrial, radicado especialmente en Catalunya, se quedará a medio camino en cada intentona de profundizar la revolución en un sentido propicio a un más rápido y coherente desarrollo capitalista, por el temor a un movimiento obrero, aun muy débilmente organizado y sin apenas independencia política, pero dotado ya de una cierta tradición de revuelta autónoma. Marx hizo una caracterización clásica de este fenómeno en "El 18 Brumario de Luis Bonaque se puede aplicar de un modo especialmente claro en el caso español: "La burguesía tenía clara conciencia de que todas las armas forjadas por ella contra el feudalismo se volverían contra ella misma, de que todos los medios de cultura producidos por ella se revelaban contra su propia civilización, de que todos los dioses que había creado la abandonaban. Comprendía que todas las llamadas libertades civiles e instituciones de progreso atacaban y amenazaban al mismo tiempo en la base social y en la cúspide política a su dominación de clase, y por tanto se habían convertido en socialistas". Hay que fijarse especialmente en las comillas de la palabra "socialista" para que esta caracterización pueda aplicarse a la situación española: justamente las revueltas plebeyas, en las ciudades y en el campo, carecen no sólo de las condiciones ideológicas, sino sobre todo de las condiciones materiales como para ofrecer una alternativa de dirección revolucionaria. Maurin dirá que nos "faltó un Cronwell". También podría decirse que nos sobró todo el periodo de podredumbre de la Monarquía absouta durante siglo y medio, con el atraso que
engendró y la subsiguiente debilidad de los sectores revolucionarios de la sociedad. Y aún así, en las Juntas y, las Milicias están algunos de los antecedentes más directos de las revoluciones proletarias del siglo XX.
Este es el conjunto de ideas que me parecen más correctas sobre la revolución burguesa. No es muy ortodoxo empezar por las conclusiones, pero me ha parecido más claro hacerlo así en este caso, dado el carácter polémico del tema. Ahora trataré de exponer cómo se desarrollaron los hechos, esa extraña pero real revolución burguesa española en la primera mitad del siglo XIX. La España del XIX A comienzos del siglo XIX España vive la fase final de lo que Marx llamó "la putrefacción lenta y sin gloria del feudalismo espa-
España tiene 10.268.000 y una estructura social profundamente atrasada: una población activa de 6.654.000 habitantes y una población agraria de 5.615.000.
La agricultura es pues la base, prácticamente la única base, económica del país, pero se encuentra sub-utilizada y sometida a relaciones de propiedad feudales. millones de Has de terreno, sólo 8,5 están cultivados; 12 millones de Ha se utilizan para pastos y gran parte de ellas están bajo el dominio de los ganaderos castellanos de la Mesta. De las tierras cultivadas, el 32% están sometidas a realengo, el 51,5% a señoría secular y el 16,5% a señorio eclesiástico. El regimen de mayorazgo estimula además la concentración de la propiedad.
Los dos pilares sociales del Antiguo Régimen son la nobleza (1.323 familias nobles poseen 16.940.000 Has de terreno) y la Iglesia (cuyas numerosisimas huestes suponen un religioso por cada 50 habitantes y cuya renta anual es de 1.042 millones de reales, equivalente a la mitad del producto neto del
La industrialización es embrionaria. Recordando nuevamente a Marx, el feudalismo tardio español impide el desarrollo de la burguesia a la vez que pudre a las antiguas clases
La minería está poco explotada. La siderurgia ha empezado tímidamente su desarrollo a finales del XVIII, con el horno metalúrgico de Trubia. El único núcleo industrial que merece el nombre son los textiles de Catalunya, que reunen a 80.000 obreros en 1792. La mecanización sólo comenzará a principios del XIX.
No existe nada que se parezca a un mercado nacional; el país está parcelado por aduanas interiores (muchas de las cuales perviviran a lo largo del siglo XIX, después ncluso de la revolución burguesa), monedas locales,..., No existe una red de transporte que permita un desarrollo económico y un progreso de los intercambios.
Estos hechos indican el carácter formal y administrativo del centralismo borbónico. No existe dependencia recíproca entre las ciudades, como consecuencia del atraso económico. El propio atraso no crea la necesidad de avanzar en una red de transporte moderna. XVIII/INPRECOR/73
73
MIGUEL ROMERO
La Monarquía y el Ejército son en estas condiciones los elementos de unificación de las clases poseedoras.
Este sistema político, el Estado absolutista español, se desmoronará con el estallido de la guerra de la Independencia. Antecedentes Ejército, Iglesia y nobleza quedan paralizados ante la invasión de las tropas de Napoleón, pero desde abajo brota un poderosísimo movimiento de resistencia popular, de liberación y por ello mismo de afirmación nacional. Pierre Vilar ha señalado que éste es el momento de mayor unidad nacional española, destacando la paradoja que esta conciencia nacional se atirma cuando la lucha tiene una forma dispersa y está organizada por las Juntas regionales y locales entre las cuales existiran no pocas rivalidades y una muy débil presión centralizadora. Hay aquí algunos de los problemas centrales de la España de la época.
En primer lugar, la ausencia de "clase diri-
Men la lucha por la independencia; sin ella no podía haber una dirección política capaz de homogeneizar en este terreno al conjunto de sectores sociales movilizados. Esto es nuevamente un duro precio que se paga por el atraso de la sociedad española. La consecuencia es que en las Juntas, interclasistas por naturaleza, las antiguas clases dominantes, dotadas en el mejor de los casos de una tibia voluntad reformadora, llegan a adquirir un peso importante, tanto más cuanto más arriba: el peso será hegemónico en la
Por otra parte, la misma conciencia nacional sufre contradicciones graves. En ella convergen elementos de ideología patriótica tradicional, fácilmente manipulable especialmente por la Iglesia, y elementos de una concepción nacional moderna, liberal. Hay que decir que la Iglesia y la nobleza que tras la parálisis inicial se colocaron mayoritariamente del lado opuesto a la invasión, jugaron con habilidad sus cartas. El mito del "Deseado" colocaba en el centro de la lucha un objetivo que habría de volverse contra su contenido progresista. La Iglesia parece haber comprendido que la Ilustración había preparado, en el siglo anterior, las condiciones ideológicas de la revolución liberal. Se preocupó por ello de dar a la lucha un contenido anti-ilustración, al menos implícito en el "fernandismo". La colaboración con el invasor de los intelectuales ilustrados "afrancesados" -uno de esos ejemplos dramáticos en que sectores progresistas actuan en tuncion de las ideas abstractas y 10 de las tuerzas sociales que pueden reali zarlas- ayudaría a que estas posiciones enraizaran, especialmente en las zonas rurales.
Si la guerra de la Independencia desmoronó el Estado absolutista es lógico que tuviera un efecto inmediato en las colonias, cuyas relaciones con la metrópoli estaban en crisis desde hacía largo tiempo. En realidad, en 1808 se inicia el fin del imperio hispanoamericano, lo que tendría una influencia determinante en el periodo posterior. La raíz de conflicto, como lo ha analizado el marxista peruano José Carlos Mariátegui, es económica: las contradicciones entre los intereses de la incipiente burguesía criolla y los intereses de las clases dirigentes del absolutismo español. Una serie de citas del ensayo "Esquema de la evolución económica" pueden servirnos de excelente síntesis del proceso: "La política española obstaculizaba y contrariaba totalmente el desenvolvimiento económico de las colonias, al no permitirles traficar con ninguna otra nación y reservarse como metrópoli, acaparándolo exclusivamente, todo comercio y empresa en sus dominios.
"El impulso natural de las fuerzas productoras de las colonias pugnaba por romper este lazo (...) Y en consecuencia se volvían hacia Inglaterra, cuyos industriales y cuyos banqueros, colonizadores de nuevo tipo, querían a su turno enseñorearse en estos mercados, cumpliendo su función de agentes de un imperio que surgía como creación de una economía manufacturera y libre cambista". ensayos de interpretación de la realidad pe-
Las colonias reconocieron en un primer momento a Fernando VIl y la autoridad de la Junta Suprema Central, pero plantearon un programa político propio, igualitario, todavía no independentista. Tras la disolución de la Junta Suprema, siguieron como era de esperar su dinámica propia, constituyendo Juntas y desarrollando el proceso de liberación colonial. Los intentos posteriores de Fernando VII de restaurar el imperio no harían mas que estimular el movimiento independentista. Por supuesto, la lucha de emancipacion de las colonias tenía objetivamente un sentido de ayuda a la causa de la revolución liberal en España. Pero como una paradoja mas de las que jalonan este periodo, esa lucha debilitó a la burguesía comercial y a la burguesía industrial catalana, a la vez que destruía la base material de su compromiso con el antiguo régimen (que protegía sus relaciones económicas con las colonias). El resultado final de esta contradicción fue progresista: la burguesía catalana debió volver sus ojos hacia el mercado nacional y cambiar de orientación política.
Si las Juntas y las guerrillas son la expresión inmediata de la lucha, las Cortes de Cádiz fueron su expresión ideológica e institucional; o dicho más precisamente, fueron la expresión en estos terrenos del aliento liberal de esa lucha. Por eso las Cortes y la Constitución de Cádiz serían la bandera de las luchas populares durante los decenios posteriores. En este sentido, la conocida expresión de Marx caracterizándola como "ideas sin actos" describió crudamente la realidad de la obra legislativa de las Cortes, pero no anticipa sobre el porvenir, porque muchos de los "actos" más revolucionarios que tuvieron lugar posteriormente en España, tomaron como
De toda la obra constituyente y legislativa de las Cortes nos interesa recordar ahora dos aspectos, por sus efectos en los acontecimientos futuros. En primer lugar la solución de compromiso que se adoptó sobre la abolición de los señoríos, limitándola a los señoríos jurisdiccionales y manteniendo por tanto los territoriales; es decir, sin afectar a la propiedad de la tierra. El compromiso indica los
equilibrios de fuerzas que había en las Cortes, pese a tratarse de un parlamento relativamente moderno, puesto, una mayoria progresista se expresa- no estamental. Por suba con menos problemas en las cuestiones más ideológicas (por ejemplo, la libertad de imprenta, que fue aprobada por 70 votos a favor y 32 en contra). cion de la Milicia Nacional para "sostener la Constitución y las leyes". La Milicia jugaría un papel destacado en la expresión política de los sectores más radicales en el proceso posterior. Pero lo que queremos señalar ahora es que su constitución revela expresamente la prevención sobre la intervención del propio Rey contra la Constitución y la protección respecto a posibles abusos del Ejército. Bastaria esta medida para comprender el desmoronamiento en que se encontraba el Estado absolutista. Pero inmediatamente después de la victoria; llegó Fernando VIl "el Deseado" y barrió todas estas leyes, pudo hacer lo mismo con las ideas que las inspiraron.
La España de 1814 no era el mismo país que la de 1808. El absolutismo sólo podía ser reinstaurado al precio de una represión feroz. Para realizaria era decisivo contar con el Ejército y justamente esta era una de las instituciones más transformadas por la experencia de la guerra.
Pérez Garzón describe asi las características del Ejército anterior a las Cortes de Cádiz "Era un instrumento al servicio de los intereses de la Corona y no de la Nación. Dependia del rey, quien nombraba a su arbitrio a jeles y oficiales. Los mandos tenían facultades gubernativas disciplinarias y judiciales. La cohesión interna se lograba por una disciplina térrea, con atroces castigos y bajo el principio de la obediencia ciega al superior (...) ademas la nobleza monopolizaba la jerarquía castrense y la tropa se componía de hombres a Sueldo (soldados) entre los que abundaban se recurria a levas forzosas..." ("Ejército Na- los contingentes extranjeros. Si no bastaban cional y milicia nacional", artículo del libro "La revolución burguesa en Éspaña".) Entre otras medidas importantes, las Cortes de Cádiz Suprimieron las "pruebas de nobleza" para el acceso a la jerarquía. Pero más transcendenle que las leyes, fue la experiencia de la guema, particularmente de la "guerrilla", y el surgimiento en ella de jefes militares "plebeyos", caudillas populares, vencedores en la guerra cuando el Ejército de la monarquía había quedado descoyuntado desde la entrada de las tropas francesas Al regreso de Fernando VIl, existe un importante sector del Ejército ganado a la causa liberal, que va a protagonizar los sucesivos "pronunciamientos" que salpican este periodo, hasta 1920. Pronunciamientos que no Pueden entenderse como "cuartelazos": fueron intervenciones políticas liberales de la unica organización que estaba en condiciones de hacerlas. Por su propia debilidad social y política, el liberalismo se expresaba a traves de estas acciones de jefes militares. La victoria del pronunciamiento de Riego significó el triunfo de los liberales dentro del Ejército. En 1823 Fernando Vil tendría que basar su nuevo "golpe" en tropas extranjeras
73
MIGUEL ROMERO y en la organización de su propio cuerpo armado, los "voluntarios Realistas", tras disolver
Esta hegemonía liberal en el Ejército no fue acompañada de la creación de una organización política unida y eficaz en la sociedad civil. La oportunidad se presentó en 1820-23, pero se frustró con la escisión entre "moderados" y "exaltados", y por la situación subalterna en que quedaron éstos. El conflicto entre ambos sectores se da sin una intervención popular. El pueblo asistió pasivamente al pronunciamiento de Riego. Precisamente la tarea del "trienio liberal" debería haber sido ganárselo efectivamente para la causa. Pero el pueblo era sobre todo "el campo" y allí la glesia imponía su ley. Los liberales en cualquiera de sus tendencias fueron incapaces de combatir la influencia de la Iglesia entre los campesinos, que prefiguraba las condiciones ideológicas. y políticas de la guerra civil. La revolución burguesa En medio de este periodo de negra reacción, particularmente brutal tras la nueva invasión de las tropas francesas ordenada por la Santa Alianza, España había cambiado socialmente, en particular en su desarrollo indus-
La modificación del mercado agrícola, tras reservar a partir de 1820 los mercados de la periferia para el trigo castellano (medida apoyada por los industriales catalanes en un gesto de lucidez económica y política) contribuyó a ello. Se había multiplicado además la mecanización, a consecuencia del problema deque destaca J.Nadal: falta de mano de obra, por los efectos de la guerra, y riesgo de aumentos salariales. De 410 telares mecánicos en Barcelona en 1829, se pasa a 500 en sólo dos años. En 1832, la fábrica Bonaplata está movida por la primera máquina de vapor instalada con este fin y está en condiciones de fabricar telares modernos. Cuenta con una plantilla importante: 700 tra-
El avance de la industrialización en un país que no ha realizado una revolución agraria es uno de los factores esenciales para comprender el carlismo.
Fontana explica así este fenómeno clave para comprender las condiciones en que se desarrolló la revolución burguesa: "En España la liquidación del Antiguo Régimen se efectuó mediante una alianza entre la burguesía liberal y la aristocracia latifundista, con la propia monarquía como árbitro, sin que hubiese un proceso paralelo de revolución campesina. Lejos de ello, los intereses del campesinado fueron sacrificados, y amplias capas de labriegos españoles (que anteriormente vivían en una relativa prosperidad y vieron ahora afectada su situación por el doble jue go de la liquidación del régimen señorial en beneficio de los señores y del aumento de los impuestos) se levantaron en armas contra una revolución burguesa y una reforma agraria que se hacía a sus expensas y se encontraron lógicamente de lado de los enemigos de estos cambios: del lado del carlismo. Así se puede explicar lo que con el esquema francés resulta inexplicable: que la aristocracia latifundista se situase en España del lado de la revolución y que un amplio sector del campesinado apoyase a la reacción". La cita se adelanta un tanto a los acontecimientos, pero permite comprenderlos correctamente.
Tras la muerte de Fernando VII entramos pues en la etapa histórica en que va a realizarse la revolución burguesa en España. Una revolución a la medida de la burguesía española, raquítica, débil, marcada por el miedo (sobre todo, en este periodo, al espectro de la revolución francesa) y por la ausencia de una dirección política eficaz: la distancia entre nuestros "exaltados", pese al coraje y la lucidez política que mostraron muchas veces, y los "jacobinos" de la fase ascendente de la revolución francesa, salta a la vista.
Pero fue efectivamente una burguesa", que liquidó el Estado absolutista y estableció las condiciones materiales básicas para el desarrollo del capitalismo. Esta revolución triunfó en alianza con las clases poseedoras del antiguo régimen y derrotando a su componente más progresista, radical y plebeya. Sin duda esto la lastró duramente y condicionó la crisis española de los siglos XIX y XX, hasta la misma guerra civil de 1936. Pero puede decirse que cuando comienza la década moderada, está todo por hacer en cuanto a la modernización de la sociedad española y a su desarrollo capitalista. pero está ya básicamente hecho lo que podía lograr aquí una revolución burguesa.
Las medidas económicas que se adoptaron entre 1834 y 1837, en las que ocupa un lugar central la obra de Mendizábal son uno de los aspectos esenciales de la revolución y expresan muy claramente sus contradicciones. Me referiré a la desamortización eclesiástica y la abolición del señorío; hay que recordar también la liquidación de los gremios (20.1.34), la libertad de industria efectiva (6.12.36), la definitiva abolición de los mayorazgos,... medidas claramente progresivas.
En cambio la forma en que se "abolió" el régimen señorial tuvo efectos incluso regresivos (Fontana utiliza una fórmula sumaria: "Esto es la Revolución francesa hecha al revés"). El 26 de agosto de 1937 una ley declaró que los señores no estaban obligados a presentar títulos que acreditasen la legitimidad de su propiedad para justificarla y por consiguiente mantenerla. A partir de aquí proliferaron pleitos ante los tribunales entre los pueblos y los señores: por supuesto los tribunales dieron sistemáticamente la razón a los señores, que consiguieron mantener sus propiedades, pese a la ola de revueltas campesinas que sacudió el país, especialmente en Andalucía. Se había producido un verdadero despojo de los campesinos por los dirigentes de "su" revolución. Los liberales pagaban así a la nobleza un alto precio por su apoyo (mayoritario) en la guerra contra el carlismo. Como dice Fontana "La aristocracia latifundista salió del trance con su riqueza y su poderío intactos, si no acrecentados. A mediados del siglo XIX, la lista de los veintidós primeros contribuyentes por propiedad territorial incluía ocho duques, seis marqueses, seis condes y sólo dos terratenientes no titulados" ("Cambio económico y actitudes políticas en la España del siglo XIX".)
Pero sin duda la medida que prácticamente define este periodo es la desamortización de los bienes de la Iglesia, adoptada entre febrero y marzo de 1836. El contenido fundamental de esta medida era la venta de los bienes raíces de todas las organizaciones religiosas en subasta pública, pudiéndose efectuar los pagos en dinero efectivo o en deuda pública consolidada. Son conocidas y muy razonadas las críticas desde el punto de vista del desarrollo económico que se han realizado a esta medida. Tal como se planteó, los compradores tenían que ser o antiguos latifundistas, o especuladores financieros o, más limitadamente, capas enriquecidas de burguesía comercial o industrial (en este caso, no tanto para adquirir tierras de labranza sino fincas urbanas para instalar industrias). Así se extendió el terreno dedicado a cultivos, pero en condiciones de explotación primitivas. No se realizó una verdadera reforma agraria, ni se logró una modernización capitalista del campo español.
Mendizábal optó en el terreno económico por criterios de Hacienda pública, buscando financiar el esfuerzo de guerra. Fontana defiende esta orientación, que es la que se coresponde con los presupuestos ideológicos dominantes en el liberalismo español de la
Pero hay otro aspecto en la desamortización, el directamente político, en el que Mendizábal tiene un sorprendente defensor, el que fue dirigente del Partido Obrero de Unificación Marxista, Joaquín Maurin. Efectivamente Maurin afirma: "Lo que Mendizábal buscaba era: primero, arrebatar a la Iglesia su base económica; segundo, haciéndola dependiente del Estado; tercero, "comprometer" a la capa más rica del país haciendo que participara en el "sacrilegio" que representaba la venta a pública subasta de los bienes raíces de la Iglesia; cuarto, poner en circulación una cantidad enorme de riquezas hasta entonces inmovilizada por su vinculación; quinto, obtener rápidamente dinero para hacer la guerra y ganarla". Este brillante planteamiento, piantea algunos problemas. La Iglesia no fue "domesticada". Sufrió un grave quebranto económico, vó el papel de aglutinante de "las antiguas fuerzas dominantes desplazadas por los liberales", en el control del aparato escolar que fue la "institución ideológica dominante" en la construcción del Estado burgués ("Ciencias y enseñanza en la revolución burguesa". Peset, Garma y Pérez Garzón). Aquí está un factor esencial para comprender la debilidad ideológica de la revolución burguesa española y la extrema lentitud con que avanza la reforma educativa, cuya primera codificación moderna es la ley Moyano de 1857. Además, el "compromiso" de la capa más rica (Maurin utiliza la frase de Madariaga para definirlo: "... las clases adineradas tenían ante sí dos mundos para escoger. Tomaron las tierras y se hicieron liberales") vale para la guerra civil, pero no implicó en modo alguno un compromiso efectivo de estos sectores en el desarrollo de
Así se perdió una oportunidad real de desarrollo de una revolución agraria, que se frustraría definitivamente en la época de Pascual
73 MIGUEL ROMERO Madoz. Maurin utiliza un punto de vista un tanto determinista: Mendizábal no podía comprender la necesidad de la revolución agraria, actuó como tenía que hacerlo un burgués ilustrado de su época. No pongo en duda este juicio, pero creo que hay que considerarlo como una crítica a los límites del liberalismo español, incapaz una vez más de crear las condiciones sociales necesarias para el triunfo de su proyecto histórico.
Estas contradicciones tuvieron también su reflejo político en la propia Constitución de 1837, hecha por unas Cortes de mayoria progresista, pero que hace concesiones fundamentales, que suponen un paso atrás considerable respecto a 1812 (las dos cámaras, el derecho de veto y de disolución en manos de la Corona que, de hecho, adquiere un status de "soberanía compartida", aunque la letra del preámbulo constitucional mantenga la definición de soberanía nacional de las Cortes de Cádiz). Habrá que esperar a la Constitución del 69 para tener un verdadero texto fundamental democrático. Las revueltas populares fracasadas Los objetivos democráticos de la revolución serán defendidos solamente en las sucesivas revueltas populares fracasadas, entre el heroísmo popular y la cobardía de la burguesía. Catalunya era ya la parte mas avanzada, de la sociedad española y por ello es útil referir a ella estos conflictos populares, que se desarrollaron también por otras zonas del país durante la guerra civil.
La burguesía catalana, efectivamente, está llamada a ser la fuerza hegemónica en la revolución liberal y podemos encontrar en algunos de sus comportamientos una voluntad de
En particular este es el caso de las campañas por el "trabajo nacional", que desarrolló desde 1820 y que correspondía en su contenido "proteccionista", no sólo a su propio interés, sino al del desarrollo general del capitalismo español. Como es sabido esta campaña no consiguió unificar a la burguesía sino se topó con la división de intereses con la burguesía comercial "librecambista" de Cádiz y Madrid; esta división característica fue aquí un factor más de debilitamiento bur-
Pero en las propias campañas de trabajo nacional se mostraron las contradicciones de la burguesía catalana: "Su dependencia respecto al mercado español, los antagonismos de la sociedad catalana, su mismo aislamiento en España, la inclinan continuamente al compromiso con el poder central, a actuar más como grupo de presión económico, que como clase hegemónica con voluntad de poder" ("Los diferentes modelos de Estado-nación en el ciclo revolucionario español del siglo XIX". Juan Trías.) Entre estas debilidades cuenta especialmente esos "antagonismos de la sociedad catalana", es decir, el desarrollo de un catalanismo progresista, de izquierda liberal a partir del 35, y de un movimiento obrero incipiente pero muy activo. Puede decirse que esta es la explicación del papel básicamente reaccionario que la burguesía catalana jugará en la escena española desde el 35 y también de la radicalidad de las revueltas populares que llegan hasta el 43.
Es interesante comparar la revuelta de la "Brusa" en enero del 36, con la rebelión de la Granja del verano del mismo año. Ambas tienen el mismo fermento y el mismo objetivo político: el restablecimiento de la Constitución de 1812. Pero la primera, que lo es tambièn en el tiempo, es un movimiento miliciano (aunque minoritario; los demás batallones de la Milicia Nacional se oponen al batallón de la "Brusa"; todavía en este tiempo la Milicia está constituída por un bloque burgués-plebeyo con hegemonía burguesa; sólo después del final de la guerra civil se romperá el bloque y la Milicia adquirirá una dinámica más clarramente radical). La segunda, es un movimiento de suboficiales del Ejército, que revela cómo en estos años todavía existía una doble dinámica dentro de las Fuerzas Armadas: una hacia la construcción del aparato militar del nuevo régimen, un instrumento adecuado al nuevo bloque de clases dominantes, lo que se conseguirá tras la guerra civil; otra, que refleja las aspiraciones populares y es capaz de actuar en nombre de ellas. Por otra parte, el movimiento desencadenado por la "Brusa" será extremadamente violento, incluyendo una matanza de prisioneros carlistas. El movimiento de la Granja no supondra derramamiento de sangre. Pero, en fin, los sargentos madrileños conseguirán su objetivo y los mili-
Los conflictos en Catalunya siguieron con una radicalidad creciente, bajo la dirección de los "exaltados" que representaban también un catalanismo radical, mientras la burguesía se inclinaba cada vez más del lado de Madrid. Esta componente catalanista y esta radicalidad produjeron en Catalunya un ciclo propio de funcionamiento de las Juntas, que no es homogéneo respecto al ciclo tradicional según el esquema de Carr (pérdida del poder por las autoridades locales; recuperación del poder local por una Junta de "ciudadanos respetables"; recuperación del poder por el gobierno central). En Catalunya las sucesivas Juntas tuvieron que ser disueltas particularmente en el 37, el 41 y el 43, en medio de crisis políticas gravísimas y con una violencia extrema, que condujo a bombardeo de Barcelona sucesivamente por Espartero y por Prim, con el apoyo de la burguesía catalana. Estos bombardeos pienso que son un buen símbolo de la revolución burguesa española, de sus contradicciones y sus miserias. Fueron obra de gobiernos liberales, contaron con el apoyo de la burguesía económicamente más avanzada del país y las bombas cayeron sobre la ciudad que simbolizaba el desarrollo industrial y sobre la gente, el pueblo que luchaba por realizar la revolución democrática.
La realidad es que la burguesía realizaría aún avances económicos (especialmente tras la desamortización civil del 55-56) y reformas políticas importantes (en el 69), pero su impulso revolucionario, siempre precario, estaba ya agotado. Las tareas históricas de progreso e igualdad pendientes caían sobre los hombros de otra clase y deberían ser realizadas