Centroamérica
LA NUEVA
POLITICA DE LA
ADMINISTRACION BUSH
G. Buster El Congreso de los EE.UU. aprobó el día 13 de abril una nueva partida de ayuda humanitaria para la Contra, por valor de 66,6 millones de dólares. Paradójicamente, con este voto se cerraba un capítulo de la política exterior norteamericana que ha durado los ocho largos años de la Administración Reagan y cuyo objetivo ha sido la derrota de la Revolución Sandinista a través de la presión militar de la Contra y el aislamiento diplomático internacional, al mismo tiempo que se intentaban crear las condiciones internas necesarias en los propios Estados Unidos que hubieran permitido una intervencion militar directa, superando el "síndrome vietnam".
La nueva Administración Bush busca ahora recuperar su hegemonía política y militar en la zona, quebrar al régimen sandinista, y orientar a su favor a través de la "contrarevolución democrática" la crisis económica y política de Centroamérica. Esto y no otra cosa es lo que se esconde detrás de su apoyo al Plan de Paz Centroamericano. Porque aunque la vieja política del "palo y la zanahoria" haya sido rebautizada con la más sutil fórmula de "incentivos y penalizaciones", . se sigue considerando a los trabajadores y campesinos centroamericanos un burro que no puede cambiar de dueño. El fracaso de .la política Reagan Desde el derrocamiento de Somoza por la Revolución Sandinista, 1979, el eje de la política de la Adminis. tración Reagan para Centroamérica una región que merecía menos del 2% de las inversiones y el comercio exteriores norteamericanos- ha sido la definición del FSLN y después del FMLN como una amenaza estratégica para la seguridad de los Estados Unidos. Esta amenaza se concretaba en los procesos revolucionarios que rompían la hegemonia norteamericana en su "patio trasero" y en la posibilidad que creaban de una presencia soviética que, como en el caso de la crisis de los misiles de 1962, podia acabar teniendo consecuencias en el equilibrio militar nuclear.
El punto de conexión entre ambas afirmaciones era la acusación de que la URSS había dejado de respetar el reparto de zonas de influencia, y que ello habia provocado una segunda Guerra Fría en la que se fijaría una nueva corelación de fuerzas entre bloques. El gran problema de la Administración Reagan era que ni su opinión pública habia superado el "síndrome vietnam" ni el Congreso, de mayoria democrata, esta ba dispuesto a pagar el precio de un reforzamiento del poder de la Presidencia que exigía una orientación de este tipo.
La consecuencia fue una serie de zigzags, como resultado de los intentos de la Administración Reagan de crear las condiciones necesarias para darle coherencia a esta política y la oposición que al mismo tiempo generaba. Al iniciarse la campaña electoral que produciría la segunda victoria de Reagan, sólo un 37% de los norteamericanos sabían algo de Nicaragua, y de ellos tan sólo un 17% apoyaban la ayuda a la. Contra. Casi 3/4 de los encuestados temían que esta política condujese a una intervención militar directa de los Estados Unidos en la zona.
El tema se había convertido en "puro veneno" según Richard Wirthlin, responsable del sistema de encuestas Casa Blanca. Y su consejo fue simple: no mencionarlo en absoluto en la campaña electoral. Mondale, el candidato demócrata, consciente de los intereses del sistema, no utilizó el tema a su favor más que en contadas ocasiones.
El Congreso había apoyado la concesión de ayuda humanitaria a la Contra en julio de 1983, pero había dejado claros los límites de la intervención de la
CIA con la enmienda Boland. Cuando el
Consejo de Seguridad nacional, haciendo caso omiso, minó el Puerto de Corinto, se inició un enfrentamiento entre el Congreso y la Presidencia que sólo ha acabado ahora.
Además de minoritaria, la política hacia Centroamérica de la Administración Reagan tuvo que convertirse en clandestina, y crear para poder ser aplicada toda una estructura que pondría al descubierto el escandalo Contra-gate y el juicio contra Oliver North. Engañado y apaleado, el Congreso siguió votando nuevas ayudas humanitarias para la Contra, sometido al chantaje de la Administración Reagan, que amenazaba con los ignotos peligros estratégicos del sandinismo para la seguridad de los Estados Unidos, puestos de manifiesto según este esquema por el viaje de Ortega a Moscú en junio de 1985
El hecho real es que ocho años después el balance de esta política no podia ser más desalentador: la Contra nunca llegó a ser un peligro militar real para el FSLN, aunque la guerra desangró económicamente a Nicaragua; el escándalo del Contra-gate acabó con la credibilidad que le quedaba a la Administración Reagan y añadió un nuevo sindrome, esta vez con especial virulencia en el Congreso, al ya conocido de Vietnam; y quizás más importante que todo lo anterior, había convencido a las oligarquías de la zona que los EEUU no eran ya capaces de acabar directamente con el peligro de la revolución, como en un pasado aún no lejano, y que ello les obligaba a una gestión de la crisis, de acuerdo con sus intereses, que bus-
Run acomodo con el sandinismo, evitando el peligro de su regionalización, al mismo tiempo que permitiese una política contrainsurgente local bajo la fachada de una "contrarevolución democrática". En el vacío que dejó el fracaso de la política Reagan se desarrollaron las sucesivas fórmulas del Plan de Paz Centroamericano. Bush en el laberinto La campaña electoral de 1988 volvió a congelar la capacidad de iniciativa política norteamericana en América Latina. Como en la de 1983, ambos candidatos, aconsejados por sus respectivos equipos, obviaron en todo momento el tema. Y con motivo. Bush, como sabía todo el mundo y ahora están haciendo público las declaraciones de North, había estado involucrado hasta el cuello en los pormenores del Contra-gate. Los comunicados de su campaña se limitaban a defender la búsqueda de la paz, "pero no a cualquier precio", a hacer un llamamiento a la colaboración con las democracias latinoamericanas, a denunciar el sandinismo como una nueva encarnación del marxismo-leninismo y a expresar solidaridad con la Contra, sin descartar la necesidad de ayuda militar. Dukakis, por su parte, prometió al comienzo acabar con la ayuda a la Contra, apoyar Esquipulas II e iniciar una nueva etapa en las relaciones con América La-
"conferencia hemisférica". Pero el último tramo de su campaña fue una escapada hacia delante de las acusaciones de liberalismo que le había lanzado Bush, incluida su actitud hacia Centroamérica.
El objetivo común sin embargo era "despolitizar" el tema. Es decir, situarlo en un plano de autonomía en relación con la opinión pública que permitiese redefinir globalmente la política hacia la zona, fuera del marco que estaban imponiendo las revelaciones y el escándao del Contra-gate. Ello exigía recuperar una aproximación bipartidista y un acuerdo entre la Presidencia y el Condominados respectivamente por republicanos y demócratas, que la dotase de coherencia y evitase los zig-zags
Mientras tanto, la división en la opinión pública norteamericana se empezó a trasladar al propio aparato estatal. Elliot Abrams, responsable de la política latinoamericana del Departamento de Estado y hermano gemelo intelectual de North, continuó por su cuenta hasta comienzos de tebrero la orientación anterior, reducida ahora a una serie de chapuzas para mantener a la Contra como opción para la nueva Administración y reducir la autonomía de los presidentes centroamericanos en el vacío creado Exasperado, el jefe del Comando Sur, el general Woerner, salió a la palestra ante el subcomité de defensa de la Cámara, proponiendo una política alternativa, que dictada por el "sentido codel sistema, exigía un acuerdo bipartidista, la colaboración con las democracias de América Latina, incluyendo el apoyo al Plan de Paz, la introducción del tema en la agenda de conversaciones con la URSS y un aumento sustancial de la ayuda económica norteamericana para dar margen de maniobra a los gobiernos democráticos en su política de austeridad para hacer frente a la Deuda. La CIA, por su parte, empezó a enviar informes contradictorios, en sus datos y en sus análisis, a los que elaboraba el Departamento de Estado sobre la Contra, El Salvador y
En el espacio de tiempo que se dio a sí misma la nueva Administración para "revisar" su política exterior en todas las áreas, y de paso distanciarse de la herencia del fracaso, la búsqueda de un sustituto de Abrams puso de relieve las dificultades que se interponían en la re-
construcción de un consenso bipartidista. William Perry, el asesor de Bush para América Latina durante la campaña electoral, estaba implicado en el Contragate. Helander, asesor para temas de la deuda del Chase Manhattan Bank y de los Rockefeller, despertaba reticencias insuperables en el sector más conservador republicano, y no era cuestión de dividir el propio campo para convencer a los demócratas. Se barajó entonces el nombre de Hinton, embajador norteamericano en Costa Rica y como tal un crítico de los planes de paz de Arias en el periodo anterior, que no convencía a nadie. Por fin se encontró un candidato cuya mayor virtud es que casi carece de pasado y de experiencia en las tareas que se le iban a encomendar, Bernard Aronson. Este abogado demócrata había escrito algunos de los discursos de Reagan pidiendo ayuda para la Contra y se había movido para ello en los círcu-
Abrams. Ello bastaba para tranquilizar a la derecha republicana, y a los demócratas podia seducirios filiación política, siempre que tuera acompañada de una declaración de apoyo a los planes de paz aún en su versión más antisandinista. Los centroamericanos toman la iniciativa Conscientes del fracaso de la política Reagan por una parte, y por otra del vacío que implicaba la transicion entre administraciones en los Estados Unidos -agravado ahora con la necesidad de negociar una base bipartidista para la nueva política- los cinco presidentes centroamericanos decidieron aprovechar la situación a su favor y resucitar Esquipulas II. El margen de autonomía surgido les permitía concretar un Plan de Paz a partir de los Acuerdos de agosto que en el peor de los casos les serviría para renegociar desde una posición de fuerza su ubicación en la política que Washington tendría que diseñar si no aceptaba esta iniciativa conjunta. De no hacerlo así, los peligros eran, que las elecciones previstas en El
Guatemala y Honduras, entre 1989 y 1990, desarticularan la red de relaciones personales entre presidentes establecida en el largo proceso de negociación de Esquipulas; que se pasase ası a una etapa de presiones bilaterales de los Estados Unidos sobre cada uno de los países, que radicalizaria la situación interna y obligaría a cada una de las oligarquías locales a asegurar ante todo su correlación de fuerzas nacional; que a través del problema de los refugiados y los residuos de la Contra se multiplicasen nuevas cargas económicas y focos de desestabilización.
La ocasión se presentó a finales de noviembre del año pasado, durante la toma de posesión del nuevo presidente de México, Salinas de Gortari. Un mes antes, en la Asamblea General de Naciones Unidas, López Contreras, ministro de asuntos exteriores de Honduras, había propuesto la creación de una fuerza de paz internacional que desarmara y repatriara o reubicara fuera de su país a la Contra. La iniciativa, viniendo del aís de la zona más comprometido cor a política de Reagan contra Nicaragua era una señal de alarma del miedo de las oligarquías locales. El día 30 de noviembre, tras un acuerdo general de los cinco presidentes, los ministros de asuntos exteriores centroamericanos dirigieron una carta al Secretario General de la ONU, Pérez de Cuellar, pidiéndole que coordinara la creación de un mecanismo de verificación de los relacionados con la seguridad y la no ingerencia recogidos en Esquipulas.
En concreto se trataba de que una Comisión formada por representantes y fuerzas de España, Canadá y la RFA, más algún país latinoamericano del Grupo de los Ocho y la OEA, sirvieran de garantes internacionales de que no se usaba el territorio de un país de la zona para que fuerzas irregulares atacasen a otro, los cinco gobiernos implicados se comprometían también a suspender su ayuda por otros medios a los grupos insurreccionales. La Contra tendría que salir de Honduras (un acuerdo anterior entre Nicaragua y Costa Rica había ya resuelto en su frontera común el problema) y el Gobierno Sandinista deberia cortar su apoyo logístico al FMLN. Con ello se evitaba la regionalización de los conflictos locales y se desmontaba el argumento norteamericano del peligro estratégico que significaba el sandinismo. Si la crítica de los Estados Unidos a los Acuerdos de Esquipulas II era que su aplicación carecía de cualquier garantía que no fuese la buena voluntad de los implicados -lo que se negaba por principio a los sandinistas- ahora tendria que admitir el juicio de tres países alia-
A partir de ese momento se abrió una etapa de actividad diplomática desenfrenada en tres frentes. En el primero de ellos, Naciones Unidas, Pérez de Cuellar estableció una serie de condiciones -sin las cuales la comisión de verificación no tendría posibilidades reales de funcionar- en su carta de respuesta. Las más importantes eran la conclusión de un compromiso político real de los cinco países de avanzar por este camino (lo que implicaba que no cederían a presiones norteamericanas), y el respaldo del Consejo de Seguridad. La CEE y Canadá apoyaron esta línea de actuación, haciendo más difícil una oposición frontal norteamericana.
El temor a ésta era fundado, a pesar de la falta de alternativas de Washington. Bush y Baker, el nuevo Secretario de Estado, dejaban actuar a Abrams en medio de la incertidumbre sobre su propia orientación. Abrams lo primero que hizo fue ganar tiempo para evitar que la
nueva administración se viese desbordada, utilizando para ello de caballo de troya al ministro de Asuntos Exteriores salvadoreño, quien propuso que a la Comisión de verificación se añadiese una segunda de seguimiento de los acuerdos sobre democratización interna / reconciliación nacional de Esquipulas I, compuesta por cinco personalidades centroamericanas (para respetar el principio de soberanía nacional, Esquipulas Il había encomendado esta tarea a las comisiones nacionales de reconciliación, en las que la Iglesia juega un papel muy importante). El nuevo mecanismo exigiría de entrada tiempo para la designación de sus miembros y abría la puerta a todo tipo de maniobras dilatorias en aspectos técnicos. El segundo objetivo de Abrams fue mantener activa políticamente a la Contra, a pesar de su condena a corto plazo como fuerza militar, y reunificarla entorno al proyecto de Alfredo Cesar de reconstruir la oposición interna civil en Nicaragua, lo que consiguió, no sin esfuerzos, en la reunión del Directorio de la Contra del 5 de enero. El tercer paso fue presionar a Hondurars para que la desmovilización de la Contra no se llevase a cabo hasta que no se celebrasen elecciones en Nicaragua, para presionar así a los sandinistas en la negociación de la ley electoral con la oposición. La visita de Azcona a Washington el 9 de enero sirvió para ello. Los acuerdos de Playa del Tesoro El tercer frente fue la propia convocatoria de la cumbre de Presidentes Centroamericanos, sometido cada uno de ellos a presiones internas de todo tipo y a la común de los EEUU. Por fin tuvo lugar el 13 y 14 de febrero en la Playa del Tesoro, en El Salvador, con un mensaje de apoyo de la CEE y tras las gestiones mediadoras del Grupo de los Ocho en Caracas, con ocasión de la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez.
La concatenación de las tomas de posesión de Salinas y Pérez fue importante en el sentido de obligar a la Administración Bush, a falta de una política alternativa propia, a no oponerse a los requerimientos cada vez más urgentes de los gobiernos latinoamericanos. El Vicepresidente Quayle inició así una carrera de declaraciones en política exterior, que fueron acogidas tanto mejor cuanto malos habían sido los augurios. Otro aspecto que ayudó fue la esperanza abierta en El Salvador por la propuesta de paz del FMLN.
Los Acuerdos de Playa del Tesoro constituyen la base política que había pedido Pérez de Cuellar. Por una parte se mantienen los compromisos políticos de democratización interna de Esquipulas Il -en general interpretados unilateralmente como si sólo afectasen a Nica-
NICARAGU
IS NO THE
OUR
SILLING
BACK YARDMUST
END!!!
ragua, que anunció la convocatoria de elecciones en febrero de 1990 y la apertura de negociaciones con la oposición civil para reformar la ley electoral, mientras que Duarte había impuesto como condición para su asistencia a la Cumbre que no se hablase en público de la propuesta del FMLN- y por otra se fijaba un plazo de 90 días para que una comisión técnica elaborase un plan de funcionamiento para la Comisión de Verificación y de desmovilización y reubicación de la Contra estacionada en Honamplitud y profundidad de los acuerdos alcanzados pilló por sorpresa a la Administración Bush, confiada en que las maniobras de Abrams, junto al temor de los aliados a actuar sin su consentimiento, aminorase el ritmo y alcance de la negociación. Los desacuerdos interburocráticos norteamericanos llegaron al detalle jocoso de enviar desde Washington a un funcionario del Departamento de Estado, acreditado como periodista, ante la desconfianza de lo que informase su embajada en San Sal-
Pero el impulso diplomático del momento fue mantenido, con el respaldo de la CEE y del Grupo de los Ocho, en la reunión de San Pedro de Sula del 27 de febrero. Un apoyo que se cifraba en una inyección de ayuda económica por valor de unos 420 millones de dólares en alimentos, desarrollo de la red de comercio interregional y la recapitalización del Banco Centroamericano.
En El Salvador, la propuesta de paz del FMLN -consistente en pedir el retraso de las elecciones de marzo a septiembre, la reforma de la ley electoral que permitiese en igualdad de condiciones la participación del FMLN y el establecimiento de una tregua cara a la apertura de negociaciones entre todas las fuerzas políticas del país- tropezó con la negativa tanto del gobierno de la Democracia Cristiana como de ARENA, aunque se abrieron tanto una mesa pública de negociación en México como varios canales de contactos secretos. La descomposición del aparato administrativo de la Democracia Cristiana ante la inminente victoria electoral de NA, y con ella la constatación del fracaso de la política norteamericana construir, a partir de su ayuda económica y militar, un proyecto gente "democrático", obligó a Washington y a Duarte, este último viajando con-
La los Estados Unidos para tratar de sobrevivir hasta junio, a intentar una maniobra táctica electoral de aceptar parcialmente la propuesta del FMLN. Se retrasarían las elecciones no a septiembre pero si a abril, siempre que la Asamblea Nacional (controlada por ARENA) consintiera y el FMLN se comprometiera a una tregua hasta el 1
La contrapropuesta de Duarte sólo buscaba rentabilizar a favor de la DC en la campaña electoral el deseo popular de paz, y no llegó ni a concretar el lugar y techa de las negociaciones con el FMLN, que ante el hecho consumado de la victoria de ARENA y la polarización completa del país, decidió no alimentar ilusiones y prepararse para una etapa superior de enfrentamientos ante el desafío del nuevo proyecto represivo del partido de los escuadrones de la muerte. Las batallas inmediatas iban a tener lugar en la propia ciudad de San Salvador, con el relanzamiento y autodefensa del movimiento popular, y en el Congreso norteamericano, ante la opinión pública de aquel país, en relación con el voto para la ayuda militar a un gobierno que busca no ya una victoria sobre el FMLN sino una "solución final" a cualquier precio.
Los Acuerdos de Playa del Tesoro exigieron importantes concesiones y una sabiduría política notable a los sandinistas, que tras la victoria militar sobre la Contra, deben ahora derrotar políticamente, en una situación económica desesperada, los intentos de la oposición civil de capitalizar los sufrimientos del pueblo durate estos años. Lo más destacable ha sido la confianza en sí mismos y en su proyecto, en su capacidad de convencer, que ha demostrado el FSLN. Más difícil, si cabe, han sido las exigencias de la situación sobre el FMLN, que ha sabido mantener la iniciativa política con su propuesta de paz y demostrar no sólo que cabe en los Acuerdos de Paz, sino que elagravamiento de la guerra civil de El Salvador es responsabilidad de ARENA, que viola los acuerdos de democratización y reconciliación nacional de Esquipulas II. El acuerdo bipartidista La primera reacción norteamericana a los Acuerdos de Playa del Tesoro, después de semanas de acusaciones dia-
rias de la prensa, de inactividad y de no
Use proyectó en tres primero, fue presionar a Honduras para que en ningún caso se desmovilizara a la Contra y se mantuviese a la misma en sus bases. Cualquier asentamiento masivo de la Contra en los Estados Unidos fue descartada -el alguna ocasión con argumentos racistas- y las graves dificultades para su reubicación en los países solo dejan abierta para solución de su repatriación a Nicaragua (se habla naturalmente de la base campesina de la Contra, no de sus dirigentes, que ya disfrutan hace tiempo de las bondades de Miami). A pesar de la venta de su armamento en el mercado negro (que aprovecha el FMLN y en menor medida el narcotráfico) y del peligro que representa la contra para enviados de Baker (Busby y Kimmitt) descendieron sobre Tegucigalpa para imponer al Presidente Azcona el mantenimiento de la Contra, alegando que era la única presión efectiva que se podía ejercer sobre el FSLN para que cumpla su promesa de elecciones en febreo de 1990.
El segundo campo fue poner en duda la eficacia de la Comisión de Verifica ción, alegando que, según el plan técnico, carecería de medios suficientes para vigilar todas las fronteras, y que serviría para dar una cobertura diplomática a la ayuda nicaragüense al FMLN, que se estaría rearmando, según datos de la CIA. con todo un arsenal de AK4/ soviéticos (y no chinos como los que los
La la Contra). Wasestar al corriente de las negociaciones del plan técnico, que se ampliaran los efectivos asignados y que asegurasen el control no sólo del Golfo de Fonseca, sino también de las aguas territoriales de El Salvador.
El tercer campo fue reiterar que los
Estados Unidos tampoco negociarían directamente con Nicaragua tras los
Acuerdos. Que Managua deberia cambio hacerlo no sólo con la oposición civil sino también con la Contra. Cuba de paso quedaba también excluida, y su papel en la zona sería negociado directamente con la URSS, en la agenda de conflictos regionales.
Conservando algunos mentos, la primera reacción dio paso sin embargo a una redefinición global urgente de la política norteamericana sobre Centroamérica, llegando a superar en orden de prioridad a las negociaciones estratégicas con la URSS. Había momento de negociar el acuerdo bipartidista con el Congreso, que por otra parte había ofrecido
Bush, tres días después de su victoria electoral, el líder demócrata de la Cá-
Durante todo el mes de marzo, Baker se entrevistaron con todos os senadores y representantes que podían tener algún interés en Centroamérica. La última reunión tuvo lugar el día 24 en la Casa Blanca entre el Presidente Bush y los líderes demócratas y republicanos del Congreso y mañana se anunció Acuerdo. Sus puntos esenciales son:
1. Los Estados Unidos apoyaban los esfuerzos de paz y democratización de Esquipulas II.
2. En relación con Nicaragua, los Estados Unidos presionarían al sandinista -para que cumpliese sus promesas de democratización y de poner fin a su ayuda al FMLN- por medios diplomáticos y económicos, pero no militares (Baker se comprometió por carta ante el Contreso a que la Contra no realizaría operaciones militares hasta febre-
3. Se proporcionaría a la Contra una ayuda humanitaria por valor de 66,6 millones de dólares (el doble de la última votada) hasta febrero de 1990, si bien su continuación después del 30 de noviembre exigiría el beneplácito unánime de los líderes del Congreso.
4. La repatriación o reubicación de la Contra debería ser voluntaria, una vez que se dieran condiciones de seguridad y democracia, aunque se dejaba abierta a posibilidad de que los fondos de ayuda se utilizaran para apoyar la vuelta a Nicaragua de los Contras que individualmente optaran por ello.
5. La responsabilidad de aplicar esta política y definir los intereses nacionales corresponde al Ejecutivo, que establecería un calendario para el cumplimiento por parte sandinista de sus compromisos, que una vez evaluados por Washington darían paso a premios o castigos -llamados piadosamente "incentivos y desincentivos". Los premios y castigos del imperialismo Este mecanismo de presión y acoso permanente a Managua, para el que se pedía la colaboración de los aliados latidemostró que no podía interpretarse como la apertura a la política que defendían los demócratas liberales del Congreso, sino como el límite de las concesiones que estaba dispuesto a hacer el
Ejecutivo republicano. La primera "prueba" tendría lugar el 25 de abril, fecha en la que coincidían la reevaluación presidencial del decreto de bloqueo contra
Nicaragua, la anunciada aprobación de la nueva ley electoral nicaragüense y el inicio previsto de la visita de Ortega a
Europa en busca de apoyo político y económico. Para "superarla", el FSLN debería negociar con la oposición civil la ley electoral.
Y así ha empezado una cadena de pequeñas tácticas de desgaste norteamericanas que, de prolongar su lógica en una formulación estratégica coheren- !
te, podrían acabar poniendo en cuestión
a promesa de la Administración Bush de respetar los acuerdos de Esquipulas Il. Porque para Washington, las elecciones de febrero de 1990 sólo tienen sentido si las pierden los sandinistas, o como mal menor si al menos sirven para debilitarles tanto que se ponga en cuestión su hegemonía política en Nica-
Tras ir a negociar a Guatemala con la Contra (recogido para la historia del canalleo político en la foto del somozista Bermúdez abrazándose con el secretario general del PC nicaragüense Ali Altamirano), la oposición civil del "Grupo de los 14" comenzó una serie interminable peticiones de retormas del borrador de la ley electoral, que elevaban el listón cada vez que los sandinistas hacían una concesión. Pero el 22 de abril, dos días antes de que se aprobase la ley electoral más democrática de América Central, Bush, alegando que los sandinistas no cedian suficientemente para su gusto a las exigencias de la oposición civil, renovó el bloqueo.
Las razones merecen explicitarse, para poner una vez más de manifiesto la imparcialidad del Imperio:
a) El Consejo electoral estará bajo control sandinista. Ortega se encargaría de explicar antes de salir para Europa que su composición sería de dos sandinistas, dos representantes de la oposición y un "hombre bueno" consensuado. En las "democráticas"elecciones de El Salvador, el consejo electoral sólo tenía representación de ARENA, lo que al parecer pasó inadvertido para Washington.
b) Los. "exiliados" no podrán votar fuera de Nicaragua. Ninguna ley electoral centroamericana lo permite y en todo caso la tradición más liberal, recogida en Esquipulas, ha sido la de conceder amnistía antes de los procesos electorac) La financiación extranjera. Finalmente, el FSLN ha aceptado que el imperialismo pueda financiar a sus representantes, pero reservando un 50% de los fondos que se reciban para su distribución equitativa por el Consejo Electoral. Esto al parecer merma la democracia electoral, pero en Nicaragua, porque en los Estados Unidos la ley de financiación de los partidos prohíbe terminantemente cualquier aportación extranjera.
d) Falta de libertad de prensa. Ortega también explicó que los canales de TV nacionales reservarían 30 minutos diarios para cada partido, y que estos podrán comprar espacio adicional.
La precampaña electoral comenzó de forma distinta el mismo día 25. Ortega inició su viaje por Europa, recogiendo el apoyo explícito para el programa económico y politico del FSLN de Mitterrand, Felipe González y el conjunto de la socialdemocracia europea. La oposición civil se fue a Washington para defender a la sombra de la Administración Bush
"reconstrucción nacional", que no cuenta aún con programa ni candidato común y que amenaza con convertirse en un instrumento aún más inútil para la política imperialista que la capacidad militar de la Contra.
Para el FSLN la solidaridad internacional, en forma de apoyo económico que se cifre este año en 250 millones de dólares, imprescindible para amortiguar el coste social de la política de austeridad y reconstruir la base economica del pais tras la guerra. Para ello, socialdemócrata sueco ha convocado una conferencia en Estocolmo para coordinar la ayuda, que será el futuro de Nicaragua. Para la Oposición Civil, sólo la financiación y conducción política de Washington puede ayudarla en la tarea de intentar crearse una base social, a partir del descontento de sectores populares por la miseria que ha producido el bloqueo y la guerra, ofreciendo las "zanahorias' del Imperialismo.
Si los "incentivos" que puede ofrecer Washington aparecen como una fruta envenenada, y siempre estaran condi-
• Cionadase to parcial del no de sor
malización en el funcionamiento de las respectivas embajadas...), las "penalizaparecen de dudosa efectividad, una vez que resulta casi imposible la reactivación militar de la Contra. Su única concreción puede estar en el aislamiento internacional de Nicaragua, pero tras la visita de Ortega a Europa, Washington tiene que afrontar la falta de credibilidad de su política centroamericana ante sus propios aliados occidentales. Y ello recorta su capacidad de presión en América Latina sobre Venezuela y México. Negociar con la URSS Bush ha llegado a la Casa Blanca con una política exterior norteamericana desbordada por las iniciativas de paz soviéticas. Con él ha vuelto en buena medida el equipo de estrategas forma-
Carboka
Tropas USA en Grenada dos a la sombra de Kissinger (Scowcroft, Eagleburger) que están convencidos de la necesidad de renegociar globalmente con la URSS las zonas de influencia respectivas. Pero para ello, el primer paso adoptado ha sido el de restar presión a la ofensiva diplomática de Gorbachov, y por lo tanto su credibilidad esta es la razón última de la larga "revisión" estratégica norteameri-
Pero al mismo tiempo, la experiencia de Washington es que en los años la correlación de fuerzas le ha sido más, favorable en la negociación de los conflictos regionales, como en los casos de Afganistán y Angola, y a partir de ellos ha pretendido establecer una serie de "linkage" que fortalezcan su posición en las negociaciones estratégicas. En un momento de crisis total de la política de Reagan hacia Centroamérica, este balance se proyecta en la búsqueda de una presión indirecta sobre Cuba y Nicaragua, coherentemente con la explicación de la crisis regional como producto de la "subversión", a través de la URSS.
La razón es doble. Por una parte, la inclusión de Centroamérica en la agenda bilateral con la URSS permite ofrecer cierta garantía a los sectores republicanos mas conservadores, defensores de la doctrina Reagan del sandinismo como peligro estratégico para la seguridad de los Estados Unidos, de que el Acuerdo Bipartidista no abrirá las puertas a una presencia soviética estable en la zona.
Use argumenta que se puede suplir la falta de presión militar sobre Managua de la Contra, cara a acabar con el apoyo del FSLN al FMLN, con una reducción del flujo logístico en su origen último, es decir la URSS, siempre que se establezca un "linkage" con las negociaciones estratégicas entre ambas superpotencias. El razonamiento ha sido aceptado sin discusión y así aparece en el Acuerdo Bipartidista.
El problema se presentó inmediatamente, porque esta teoría se sustenta en una serie de premisas falsas. En pri-
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mer lugar, los supuestos títeres de la soviética son entes políticos autónomos (Cuba, el FSLN y el FMLN), cuyo principal punto de fricción con Moscú es precisamente que para ellos Centroamérica no es un escenario secundario, sino esencial para su proyecto revolucionario y su supervivencia.
el peso específico de Cuba a nivel del bloque socialista y e Tercer Mundo hacen que la ayuda soviética a la zona sirva de medida de su compromiso con las luchas de liberación nacional, precisamente porque son proindependientes y no subordinados a Moscú, como el PDP de Afganistán. En tercer lugar, la propia interpretación de la dirección soviética de la crisis de los Misiles de 1962 hace que no considere Cuba y Centroamérica un conflicto regional más, sino uno en el que se basa en parte el equilibrio inter-
Gorbachov tomó la iniciativa también terreno, para proponer en el curso de su visita a Nueva York la negociación de un equilibrio militar regional que estableciese máximos y mínimos de ayuda de la URSS y los Estados Unidos a los cinco países de la zona. Hasta finales de febrero, el equipo de Bush presentó esta propuesta como una muestra de la voluntad soviética de escuchar los argumentos norteamericanos. Pero tras el anuncio del Acuerdo Bipartidista, y en vísperas del viaje de Gorbachov a Cuba, el tono cambió
Baker, ante el Congreso, exigió de la URSS el reconocimiento de que Centroamérica no era un "lugar donde arrojar su caduca y fracasada ideologia y su
Con esta intervención el tono cambió, siendo ahora el objetivo de la inclusión de Centroamérica en la agenda de contactos mutuos, la salida de la URSS de la zona, y su reconocimiento de que se trata del "patio trasero" de los Estados Unidos. El viaje de Gorbachov a Cuba sirvió para lanzar una campaña de propaganda de enorme eco, creando expectativas de imposible satisfacción, con el único objetivo de desgastar la capacidad de seducción soviética en América Latina. Los llamamientos norteamericanos a que Gorbachov aplicase el "nuevo pensamiento" al Hemisferio, recogidos en una carta personal de Bush al líder soviético, incluían el fin de la ayuda militar a Cuba y Nica declaración pública de reconoci. miento de la hegemonía norteamericana en la zona, e incluso el fin de la ayuda económica a Managua.
Quien supo sacar provecho de esta campaña fue Fidel Castro, que trasladó toda la tensión interna generada en Cuba con motivo de la visita de Gorbachov -cuya Perestroika se ha convertido en una esperanza para sectores de cuadros y de la población en general, desontentos con las soluciones a la crisis económica y social de la Isia que ofrece la Campaña de rectificación de erroresal terreno de la independencia y carácter nacional de la Revolución Cubana: Washington tiene que comprender que los temas que afectan a Cuba se negocian directamente con La Habana y con nadie más. Reafirmación tanto más importante después de las negociaciones sobre Angola y Namibia, porque representa la esperanza de aprovechar la coyuntura internacional para intentar reabrir el diálogo diplomático entre los Estados Unidos y Cuba.
En este sentido, en el viaje de Gorbachov a Cuba no sólo no hubo el "nuevo pensamiento" que exigía Washington, sino que reforzó la imagen de autonomía de los procesos revolucionarios del Hemisferio. El problema al que se enfrenta los Estados Unidos es como concretar el "linkage" ante la actitud soviética, porque de hacerlo realmente efectivo y suponer un frenazo a las discusiones sobre armamento nuclear y Europa, ello afectaría a la cohesión interna de los aliados europeos que no podrían comprender ni apoyar esta política.
Centroamérica no es para la URSS un escenario prioritario, sino un conflicto regional. En numerosas ocasiones, Moscú ha aconsejado una "moderación" al FSLN y al FMLN incompatibles con sus proyectos revolucionarios, llegando incluso a sugerir la utilidad del modelo de solución afgano (los llamamientos del PDPA a un gobierno de reconciliación nacional con los muhaidines). Pero la autonomía de los revolucionarios centroamericanos condiciona la propia capacidad de concesión soviética. Moscú, además, no encuentra incentivos en la postura norteamericana, en tanto mantenga la iniciativa en las negociaciones estratégicas. En última instancia puede sacar más provecho en una declaración uniltaral. en la que se limite a apoyar las declaraciones de Ortega de que Nicaragua, acabado el peligro de la Contra, no necesita sino mantener la actual capaci-
Be incluso reducirla, y adecuar a ello la ayuda soviética.
La exigencia norteamericana es fundamentalmente ideológica, y se concreta en la fórmula: fin de la ayuda militar norteamericana a la Contra, fin de la ayuda soviética militar al FSLN. Con ella, convierte al FSLN no en el partido del gobierno de un país, sino en una fracción contendiente más en una guerra civil, lo que evidentemente es inaConclusión El día 2 de mayo, el Presidente Bush hizo su primera declaración global sobre política exterior en un largo discurso ante el Consejo de las Américas (que agrupa, bajo la presidencia de Rocketeller, a los intereses económicos privados norteamericanos en América Latina). El Acuerdo Bipartidista quedó claramente definido como el límite de las concesio-
nes que la Casa Blanca estaba dispuesta a hacer al Congreso, a cambio de que éste firmase un cheque en blanco para su aplicación concreta. Para su misma eficacia, la nueva política tendría dos caras, o mejor una zanahoria -la presión diplomática y económica sobre Nicaragua- y un palo -la amenaza de reactivación de la Contra-.
Pero el marcado carácter ideológico de los objetivos establecidos, que continúa el discurso de la Administración Reagan, el mantenimiento en buena medida del mismo aparato administrativo que estuvo implicado en el Iran-Contragate, y la necesidad de seguir haciendo creibie a través de pequeñas tácticas una posible reactivación de la Contra, hacen
"desincentivos", amenazando con adquirir una lógica que acabe imponiéndose a la prometida "aproximación diplomática". En realidad es esto a lo que apuestan los sectores más conservadores de la Administración Bush, para crear a través del fracaso planificado de la "aproximación diplomática" las condiciones internas necesarias que permitan la vuelta a una política de intervención más direc-
Sin embargo, a pesar de estas contradicciones, no existe para la Administración Bush ninguna otra alternativa que intentar esta nueva política hacia Centroamérica. Su correlación de fuerzas con el Congreso, y los éxitos inmediatos cosechados con el enfoque bipartidista, le obligarán a mantenerse en la "aproximación diplomática". Ello ha sido eviBaker ante el Congreso como en las de
Ahora bien, la espada de Damocles de esta política es la evolución de los acontecimientos en El Salvador. Como en el caso de Nicaragua, la nueva administración hereda un fracaso, pero del que es más difícil distanciarse. Frente a los sectores de ARENA que defienden un modelo de guerra "guatemalteco", es decir, menos dependiente de la ayuda norteamericana y sin los condicionantes políticos de esta en lo que respecta a los derechos humanos, los EEUU tienen que construir una alternativa centrista dentro de ARENA y defender la necesidad de una salida política al conflicto, que pase por la incorporación del FMLN a un proceso electoral. Con la actual correlación de fuerzas ello es imposible, y sólo una derrota militar del FMLN o la degradación de la situación política en la capital a su favor podrían inclinar a la dirección de la guerrilla a entrar en esta vía. Pero, mientras tanto, ello supondrá trasladar al voto de la ayuda militar a El Salvador en el Congreso todas las contradicciones de la política Centroameri-
Men especial después de febrero
De ahí que sea inevitable una cierta frustración en los resultados de aplicar el acuerdo bipartidista. En el caso de Nicaragua, una vez que el eje de las preocupaciones norteamericanas ha empezado a ser su apoyo al FMLN, cualquier avance en el proceso de democratización interna nicaragüense será denunciado como una consolidación del sandinismo. Para los Estados Unidos, en América Central la democracia sólo puede venir, para ser compatible con sus intereses, de la mano de una recuperación de su hegemonía en la zona. para ello está dispuesto a mantener su ayuda, que en caso de El Salvador es de un millón y medio de dólares diarios. Pero ésta, en la medida que se canaliza fundamentalmente a través de los ejércitos locales en su lucha contra la subversión, rompe el tejido social tradicional a través de la corrupción y el clientelismo, debilitando a las clases medias y la burguesía industrial, y creando una nueva clase dirigente, en la que se suma a la oligarquía tradicional los Estados Mayores que distribuyen la ayuda, de la que cada vez es más dependiente la economía del país. Este es el caso de El Salvador y Honduras.
Use tiene que romper por dos lados. Por una parte porque la contínua denuncia ideológica de Nicaragua -y el recrudecimiento de la guerra en E Salvador y la autonomía de ARENA- lejos de cambiar las condiciones internas en los Estados Unidos, aisla a la Administración Bush de sus aliados europeos
/ de América latina y para responder a a frustración tendrá que ir escalando sus "penalizaciones" hasta chocar de nuevo con el Congreso. Por otra, porque la polarización social creciente en la zona, combinada con la incapacidad temporal de intervención directa de los Estados Unidos y la gestión más autónoma de la crisis por parte de los gobiernos locales, irá reforzando el proyecto de una salida global negociada como quiere ser Esquipulas II, obligando a los Estados Unidos a participar más activamente en ella para reconducirla, lo que le hará más dependiente del consenso
Ha sido significativo que, a pesar de la prioridad otorgada a la situación Centroamericana, después de alcanzado el Acuerdo Bipartidista haya correspondido al Vicepresidente Quayle el mayor protagonismo institucional. Quayle, en su primera visita a El Salvador, y con posterioridad en su viaje a todos los países de la zona en junio, dejó claros los temas centrales de la política norteamericana: búsqueda de la mayor cobertura posible diplomática para su nueva política, apovándose en especial en Costa Rica y Venezuela; defensa de los procesos electorales democráticos frente a las tentaciones golpistas de la extrema derecha; necesidad de respetar los derechos humanos como condición de la no paralización en el Congreso de la ayuda militar a los países de la zona; y denuncia de la subversión y sus orige-
Es evidente que si este grado de definición política ha bastado para los primeros meses de la Administración Bush, no será suficiente para hacer frente a los resultados del proceso elec toral nicaragüense ni los desarrollos pro-. gresivos de los acuerdos de paz centroamericanos, para no hablar de El Salvador. Por eso hay que caracterizar a la nueva política más como una ruptura con la anterior de la Administración Reagan, con todo el tacticismo que ello implica, que como una fórmula para el
POST SCRIPTUM
A mediados del mes de julio las contradicciones internas de la política norteamericana estuvieron a punto de paraliante la decisión hondureña avanzar en los procesos de paz y negociar en el marco de las cumbres presidenciales centroamericanas la disolución de los campos de la Contra. A pesar de las presiones y. las advertencias que transmitían Quayle y Aronson en sus repetidos viajes por la zona, la posición norteamericana era acusadamente propagandista y nadie, ni sus aliados, le suponía un mínimo de buena voluntad char la situación y, llegando al límite máximo en su capacidad de concesión, con la oposición civil el marco electoral definitivo para febrero de 1990 Ya no cabía por parte de Washington ninguna crítica objetiva al proceso democratico electoral en Nicaragua, por mucho que se mantuvieran los ataques contra la "perversa psicología marxista-leninista de los sandinistas"
En agosto los presidentes centroamericanos dieron un nuevo paso adelante con los Acuerdos de Tela, que preven la elaboración de un plan para la desmovilización de la Contra en 90 días y su puesta en práctica posterior bajo vigilanla Comisión de Verificación de Unidas, recogiendo el apoyo unánime del Grupo de los Ocho y de la
Los Estados Unidos intentan llevar su política obstruccionista, sin otra intención ya que la de ganar tiempo per se, a Na-
El Embajador Pickering se sacó de la manga una lectura propia de los Acuerdos de Tela, que exigía el que se alcanzase un alto el fuego previo en El Salvador antes de la puesta en práctica del plan de desmovilización de la Contra, chocando con el propio Secretario general Pérez de Cuellar y el resto de los miembros del Consejo de Seguridad, que opinaban que la formación de la Comisión de Verificación (ONUCA) antes de las elecciones nicaragüenses podía contribuir al éxito de las mismas. Por otra parte, Naciones Unidas se había comprometido ya a enviar 160 observadores a las elecciones de febrero de 1990. A finales de octubre, en la Asamblea General se producirá sin duda el último debate sobre este tema.
Por lo que se refiere al Salvador, el Congreso norteamericano tuvo un duro sobre la ayuda militar a aquel pais durante los meses de junio y julio, que fue muy significativo de la profundidad del síndrome Contra-gate, y de la dificultad de reconstruir la política norteamericana tras el triunfo de ARENA. En abril, el Subcomité de Asuntos Hemisféricos, apoyado en la mayoría demócrata, había acordado limitar la ayuda a El Salvador de 97 a 85 millones anuales, pero a condición de que se enviasen semestralmente informes al Congreso sobre el respeto a los derechos humanos del gobierno Cristiani, que deberían ser positivos para reanudar la ayuda. Tras meses de negociaciones y presiones, el Depar-
Estado consiguió un compromiso en el sentido de que no se elaborarían dichos informes semestralmente, aunque cuatro comités del Congreso por otros medios bloquear la ayuda. En junio, la nueva Administración consideró de nuevo este compromiso inaceptable, con el argumento de que una avuda así condicionada desmoralizaría al nuevo gobierno salvadoreño y daría un instrumento inapreciable de negociación al FMLN y se preparaó para una batalla frontal con la mayoría demócrata, con la amenaza de que la falta de ayuda empujaría definitivamente a Cristiani en brazos de la extrema derecha y D'Aubisson. Si los congresistas querían de verdad defender los derechos humanos en El Salvador, y evitar una guerra total (la solución guatemalteca) deberían evitar cualquier cláusula de control sobre el respeto de dichos derechos humanos. Con esta contradicción in terminis, el Congreso aprobó a regañadientes 90 millones de dólares para el Gobierno Cristiani, temiendo más que nada que llegasen en cualquier caso por vías secretas y fuera de todo mecanismo de vigilancia del Congreso.
Las conversaciones Baker-Shevernadze en octubre y la siguiente visita del ministro de relaciones exteriores soviético a Managua y La Habana, ha constatado que no existe un terreno concreto de acuerdos entre Washington y Moscú, más allá del deseo compartido de que este conflicto regional no afecte a las conversaciones estratégicas, y se hunda en el olvido. Cualquier actividad soviética es denunciada por los Estados Unidos como una intromisión en su zona de influencia, no pudiendo la URSS hacer otra cosa que declaraciones unilaterales, como la realizada en Managua, de reducir al mínimo la ayuda militar a los sandinistas y negar una vez más todo apoyo logístico al FMLN
El 30 de noviembre, la Administración Bush tendrá que elegir entre despertar de nuevo a la opinión pública norteamericana y al Congreso, pidiendo la prolongación de la ayuda humanitaria para la Contra, o aceptar una negociación por la baja con la mayoría demócrata que condicione la ayuda a la desmovilización y reasentamiento de la misma en Nicaragua, antes de las elecciones de febrero. Sin duda, tras esta fecha, Washington se verá obligado a reformular sus objetivos y tácticas en la zona, especialmente cara al proceso negociador forzado por el FMLN en El Salvador.