Para poder analizar las características someter a una revisión el punto de vista marxista o materialista histórico sobre estas cuestiones, tar previamente cuáles son las principales tendencias de evolución guerras y el militarismo han conocido a lo largo de la historia
La bibliografía sobre estas cuestiones es amplísima, por lo que no pretendemos tratar aquí de manera exhaustiva aspectos suficientemente estudiados Sólo queremos reseñar los rasgos de ese proceso histórico que tienen que ver con la aparición de las distintas formas de pacifismo y, sobre todo, con las lagu-
To limitaciones del pensamiento marxista. Por esa razón se hará especial hincapié en la dinámica propia de las guerras y del militarismo, así como en la relación que tienen esos fenómenos con la consolidación de un sistema internacional de Estados.
Pero, antes de abordar estas cuestiones, conviene empezar precisando conceptos que van a utilizarse repetidamente en este trabajo.
Guerra, militarismo
Como se puede comprobar a través de las numerosas definiciones sugeridas para estos términos, no es fácil llegar a un consenso general sobre su significado. Tanto la guerra como el militarismo han conocido una evolución en su tratamiento a lo largo de la historia, a medida que iban cambiando sus características. Pero la dificultad de precisar el contenido de esos conceptos no puede ser una excusa para explicar al menos cual es el sentido que adquieren en esta investigación.
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JAIME PASTOR
Guerras, militarismo
y sistema de estados
Si comenzamos con la guerra, podemos hallar un primer problema en la determinación de sus orígenes y causas. Así, en cuanto a su nacimiento, y prescindiendo de sus formas más primitivas, la guerra o "lucha armada y sangrienta entre grupos organizados"(1) hace su aparición a finales del Paleolítico o comienzos del Neolítico, sin que ello significara que fuera un fenómeno general en las comunidades de aquel tiempo.
No obstante, el reconocimiento de la época en que la guerra irrumpe en la historia no supone que haya un acuerdo general respecto a las causas originales de su surgimiento. Las interpretaciones más diversas continúan enfrentándose en las ciencias sociales, como sucede con la teoría de la agresividad humana frente a la que insiste en que la guerra es una invención cultural y, por lo tanto, potencialmente reversible(2). Pero es difícil negar que desde el momento de su aparición hasta ahora las guerras han acompañado a la historia de la humanidad hasta el punto que el mismo Marx llega a sostener en una ocasión que aquellas precedieron a la paz(3).
Desde que, como comprueba Gordon Childe, la conquista militar aparece como "uno de los medios de asegurar la acumulación de un excedente de riqueza"(4), el número de guerras no ha hecho más que crecer. Baste recordar algunas cifras: según un estudio realizado por Greaves, ha habido alrededor de 14.542 guerras organizadas en todo el 3.600 antes de Cristo hasta 1962 después de Cristo(5); a la vista de investigaciones similares, Umberto Gori con-
"en 3.400 años de historia (documentada) la humanidad ha tenido sólo 234 años de paz, que se pueden definir en términos de ausencia de conflictos armados"(6).
Pero, ¿qué concepto de guerra se está utilizando en esos estudios? En realidad se emplea una definición técnica, la de todo conflicto armado grupos organizados. Es evidente, sin embargo, que lo que nos interesa es poner en relación esa fórmula con el contexto social, económico y político de las diferentes civilizaciones. Por eso es necesario introducir una definición más
Empezando por la dimensión técnica, la evolución de las condiciones en que la guerra se practica ha obligado a precisar mas las características de esa lucha armada entre grupos organizados, con el fin de diferenciar aquella de otras formas de conflicto. Así, se incluye el criterio de que los medios violentos empleados han de ser a gran escala -proporcionalmente a los que se pueden usar en cada época-; además, los grupos organizados que compiten han de tener una fuerza, real o potencial, relativamente comparable, la duración del conflicto no ha ser especialmente corta, y se llega a exigir también un número mínimo de muertos en combate(7). Como se puede observar, se trata de características que no necesariamente deben reunirse en todos los casos de guerra reales, pero que ayudan al me nos a concretar un primer aspecto del
Hay una dimensión social o económica en la guerra, ya sea interna o externa. Es la que se relaciona con la existencia de un excedente económico o con la aspiración a alcanzarla y aumentarla en favor de unos o de otros. Desde ese punto de vista, la guerra puede ser definida, por ejemplo, como "el empleo con autoridad de la fuerza física contra otras personas, como un medio a través del cual los grupos que compiten por el
control de los recursos y beneficios públicos intentan conseguir un desenlace favorable en esa competición". (8)
Pero existe también una politica que interesa resaltar en este trabajo. Hoy es evidente que no se puede como la única causa del surgimiento de los Estados. No obstante, también se acepta que las guerras han tenido muconfiguración de muchos Estados y, sobre todo, con las funciones que Por eso no es casual que la fórmula que más fortuna ha tenido en expresar esa vertiente politica fuera la de Clausewitz. En efecto, con los Estados modernos es ya patente que la guerra tiene que ser entendida como "un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de la misma por
La principal virtud de esta fórmula se encuentra en que introduce el reconocimiento explícito de la relación entre la actividad política normal del Estado y la extraordinaria a través de la guerra. No obstante, fue escaso el interés del militar prusiano por las guerras en el interior de un mismo Estado, limitándose en cambio a poner en primer plano el estudio de la violencia externa de los Estados nacionales. Por eso nos parece útil la definición que de la guerra hacen Karl W. Deutsch y Dieter Senghaas cuando entiende que ésta es "la violencia organizada real a gran escala, preparada y mantenida por la compulsión y las proclamaciones de legitimidad de un Estado o cuasi Estado, es decir, una organización política relativamente comparable"(10). En esta explicación vemos unidos los aspectos técnico y político antes mencionados, ampliando los sujetos posibles de la guerra y, por lo tanto, incorporando movimientos vinculados a grupos o clases sociales no identificados con un Estado determinado.
Partiendo, pues, de todas estas sugerencias, el concepto de guerra que proponemos es el siguiente: la guerra es la continuación de la política, a través del enfrentamiento por medios violentos a gran escala, entre organizaciones sociales o políticas que pueden llegar a tener una fuerza relativamente comparable y que aspiran a ver reconocidos sus objetivos políticos, económicos y por esos medios.
Con esta formulación consideramos que aparece suficientemente resaltada la dimensión política de toda guerra, sin por ello incluir en ella otras formas de lucha armada que, aun teniendo objetivos políticos, no se caracterizan por el empleo de medios a gran escala o por
68 la existencia de un equilibrio, real o previsible, de fuerzas entre las partes con-
Como veremos en los siguientes capítulos, la fórmula de Clausewitz fue aceptada por las más variadas corrientes de pensamiento, desde el liberalismo hasta el marxismo. Pero ese común reconocicondujo a una comprensión acabada de la asociación profunda que existe entre la guerra, los Estados y la política, ya que por encima de todo esto parecia situarse el proces de industrialización y la esperanza en que éste terminara con los conflictos armados. Por eso merece la pena resaltar la continuidad de aquella asociación y la ampliación de los actores participantes, como hemos tratado de reflejar en la
Una vez cubierta esta primera cuestión, es más fácil abordar el concepto de militarismo, si bien en este caso la carga ideológica que ha tenido el uso de ese término, desde su aparición en e primer tercio del siglo XIX, como un obstáculo mayor.(11)
Como se sabe, el militarismo es interpretado en el siglo XIX como una manifestación de la asociación que podía existir entre las guerras y las etapas anteriores al proceso de industrialización que conoce la economía europea, reflejando así la esperanza en que esa lacra de la humanidad sea definitivamente elisiglo XX echan por tierra esos pronósticos y obligan a utilizar el término de militarismo en sentido distinto
Entre las numerosas detiniciones, podríamos distinguir una interpretación esotra amplia de militarismo. La primea es la que aparece, por ejemplo en la propuesta por Radway: el militaris-
"la doctrina o sistema que valora positivamente la guerra y atribuye a las fuerzas armadas primacía en el Estado y la sociedad. Exalta una función -la aplicación de la violencia- y una estructura institucional: la organización militar. Implica, a la vez, una orientación política y una relación de poder"(12). En esta concepción observamos dos características comunes a muchas formulaciones: el militarismo supone, por un lado, la valoración favorable a la guerra, y por otro, la tendencia al predominio del ejército, fundamentalmente en la esfera política. Consideramos que ese tipo de definiciones refleja una interpretación estrecha por la siguiente razón: en ellas se resaltan las consecuencias de la preparación para la guerra en el ámbito estatal interno, pero queda olvidada la influencia que la sociedad y el propio Estado ejercen en lo militar. Esa visión puede tener utilidad para el estudio de fenómenos como el pretorianismo o el bonapartismo, pero nos sigue pareciendo limitada para lo que constituye nuestro objeto de estudio.(13)
Por eso consideramos más conveniente una definición amplia que considere que hay militarismo en toda actividad relacionada con la preparación para la guerra(14). De esta forma habría que comprender el carácter multidimensional del militarismo a lo largo de la historia, vinculado precisamente a las vertientes técnica, social, económica y política que caracteriza toda preparación para la guerra.
Como es natural, el predominio de unas características en determinadas etapas históricas o en unas u otras sociedades permite también una clasificación de los tipos de militarismo que hayan podido existir. Así, por ejemplo, es corriente distinguir un primer tipo de militarismo en las sociedades preindustriales; otro, en el tránsito de éstas a las industriales; otro, en éstas últimas, y, por último, el que define a la sociedad internacional contemporánea. Pero de todo esto trataremos en los próximos apartados.
De sus orígenes
La la Edad Moderna Con el tránsito de la guerra primitiva a la guerra organizada, empieza pues el militarismo. Como recuerda Michael Mann, "allí donde encontramos grupos establecidos social y territorialmente con estados y excedentes, encontramos la muerte sistemática en guerras organizadas"(15). La función social y económica de esos conflictos armados es, por tanto, incuestionable a partir del momento en que ayudan a hacer "un gran descubrimiento: que el hombre podía ser domesticado, al igual que los animales. En lugar de matar al enemigo derrotado, éste podía ser reducido a la esclavitud". (16)
Esa función es fácilmente observable en la Antigüedad greco-romana, en donde la potencia militar y la esclavitud se hallan intimamente unidas(17). Procesos similares han sido observados en otras civilizaciones, habiendo terminado muchas de ellas sin embargo víctimas de su política militar, después de un período de ascenso.(18)
Pero, más allá de esa función expansionista, importa resaltar los avances que en los aspectos técnico y político
refleja la práctica continuada -y la preparación- de la guerra. Esta provoca el comienzo de una dialéctica, expresada todavía de forma moderada, en la fabricación de armas defensivas y ofensivas y estimula así las primeras asociaciones entre la investigación científica y la militar(19). Al mismo tiempo, se fomenta la aparición de grupos de hombres armados (los hoplitas, los assidui, por ejemplo), generándose así una clase especializada en la actividad militar.
Sin embargo, en esas civilizaciones el proceso de preparación y participación en la guerra no genera aún un militarismo permanente, aunque haya grupos especializados en esas actividades. Por otro lado, los mismos ciclos de auge y decadencia de los Imperios provocan ascensos y crisis en los procesos de militarización de los pueblos, que tienen además características muy diferentes.
Con el feudalismo las relaciones económicas y políticas cambian y esto repercute en la función y las características de las guerras. Los que las practican, los caballeros, ven reconocido un prestigio social creciente debido precisamente a la utilidad económica de su actividad. La guerra se convierte ahora, como recuerda Michael Howard, en "una institución dirigida por una clase especializada cuyo objeto era el pillaje, la adquisición de nuevos territorios, el comercio o la expansión religiosa o ideológica. El uso del caballo facilitó la movilidad en la guerra, los ejércitos se discise inventaron nuevas armas de asal- plinaron, se fortificaron las ciudades
Pero el militarismo feudal se manifiesta en medio de un sistema de poliarquía en donde lo privado y la público se hallan confundidos, al igual que lo económico, lo político y lo militar. En esas condiciones, al mismo tiempo que las guerras constituyen un fenómeno prácticamente cotidiano, no se puede hablar de un militarismo que afecte a la sociedad en su conjunto, debido precisamente a la fragmentación del poder político.
Esta situación cambia, como se sabe, con la aparición de los primeros mas protonacionales y que adquiere en ellos la actividad militar. Se abre así una nueva dinámica competitiva tanto en el perfeccionamiento de nuevas armas como, sobre todo, entre los propietarios de los medios de ejercer la violencia. Con todo ello se inicia el lento proceso que a partir del siglo XV conduce a la formación de los Estados absolutistas, resultado del monopolio alcanzado paralelamente en la esfera de las finanzas y en la de la violencia física.
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JAIME PASTOR «Las guerras han acompañado la historia de la humanidad, hasta el punto que el mismo Marx llega a sostener en una ocasión que aquellas precedieron a la paz»
La conquista de ese doble monopolio es, a su vez, resultado de muchas guerras y de la configuración a través de ellas de un nuevo tipo de ejército que pasa por sucesivas fases: primero, es un ejército de mercenarios; luego, de comerciantes, y finalmente, de profesionales. Pero en esa institución se revelan ya características que la distinguen del pasado: su tendencia a convertirse en permanente y estatal y la incorporación progresiva del sistema de reclutamiento de la población. De esta forma, aparecen superadas las guerras de caballeros y se preparan las condiciones para la irrupción de la guerra moderna, favorecidas sin duda por la ideología económica del mercantilismo.(21)
Las guerras se encuentran, por tanto en el origen mismo de los Estados modernos europeos en un proceso desigual y con particularidades notables en cada país. Sin embargo, sus caracteríscomunes quedan resumidas en descripciones como la realizada
"La sociedad a la que llamamos sociedad de la Edad Moderna está determinada, al menos en Occidente, por un muy elevado de organización monopolista. Se arrebata a duos aislados la libre disposición sobre los medios militares que se reserva al configuración de éste, y lo mismo sucede con la facultad de recabar impuestos sobre la propiedad o sobre los ingresos de los individuos, que se concentra en manos del poder central. Los medios financieros que afluyen a este poder central, sostienen el monopolio de la violencia; y el monopolio de la violencia sostiene el monopolio fiscal. Ambos son simultáneos: el monopolio financiero no es previo al militar y el militar no es previo al financiero, sino que se trata de dos caras de la misma organización monopolista. Cuando desaparece el desaparece automáticamente el otro, si bien es cierto que, a veces, uno de los lados del monopolio político puede ser más débil que el otro".(22)
En la transición a los Estados absolutistas se demuestra así que lo económico, lo político y lo militar son claramente interdependientes. El resultado de ese proceso es doble: por un lado, permite una "pacificación" dades prenacionales; por otro, abre una Estados ante la necesidad de definir sus fronteras y la búsqueda de una posición hegemónica en el exterior. Naturalmente, los casos francés, inglés, prusiano, ruso o español tienen rasgos diferentes que no es neceario estudiar en este trabajo; todos ellos comparten, no obstante, el reconocimiento de la función de las guerras en el emergente sistema in-
De las guerras limitadas
La la guerra total En efecto, a partir de los siglos XV y XVI se inicia una competencia externa, política y militar, entre los nuevos Estados, preocupados cada uno por extenderse y fijar sus fronteras territoriales. Guerras como la de los Cien Años o la de los Treinta Años confirman ese común interés, pero revelan simultáneamente los límites de la relación de fuerzas que se establece entre esas nuevas unidades políticas, a medida que se demuestra la dificultad de un poder imperial en Europa. Surge así la política diplomática, a partir del Tratado de Westfalia, mientras que la expansión militar y territorial se dirige a otras partes
En realidad, todo este proceso se manifiesta ya en las ciudades-Estado del Renacimiento italiano. Allí, la guerra y la diplomacia aparecen como instrumentos de los príncipes dentro de un equilibrio de fuerzas que finalmente se rompe, sin dar lugar a una unificación superior hasta el siglo XIX. Bastaría referirse al pensamiento de Maquiavelo para recordar la importancia que este teórico del Estado moderno atribuye a la fuerza y a la preparación para la guerra como el arte por excelencia del gobernante.
Así, la dinámica competitiva desde finales de la Edad Media se manifiesta especialmente en el ámbito militar. Como subraya Carlo Cipolla, es necesa-
rio resaltar el hecho de que a partir de la segunda mitad del siglo XV se generalice el uso de los cañones, paralelamente a "la creación de grandes estados nacionales con poderosos ejércitos y flotas, junto a sus incesantes guerras, exploraciones geográficas y expansiones ultramarinas" (23), situando precisamente en ese momento histórico la tendencia al aumento del desequilibrio militar entre Europa y el resto del mundo.
La interdependencia se hace así cada vez más estrecha; las guerras se extienden, llegando, como en la de los Siete Años, a tener un carácter pan-europeo, y se configura así un sistema interestatal basado en la competencia militar. La Revolución Industrial favorecerá los nuevos avances en la técnica y la organización militar, a la vez que las necesidades de la guerra fomentan aquella.
Pero en la etapa de los Estados absolutistas ni el tipo de Ejército (mezcla todavía de mercenarios, profesionales y reclutas) ni la confusión todavía presente entre la actividad económica y la política permiten la consolidación de la guerra y el militarismo modernos. No obstante, lo que queremos resaltar es el hecho de que se hayan dado los pasos decisivos mediante el control estatal de la violencia, la tendencia a crear un ejército permanente nacional y la nueva dinámica de competencia política y militar. Este conjunto de factores favorece un predominio y una autonomía del militarismo mayores o menores según los casos y las coyunturas, dentro de unas sociedades que están viviendo la transición hacia sociedades industrializadas y
El interés por ese cambio en las relaciones económicas explica que aparezca en muchos casos relegada a un segundo plano la transformación que está conociendo la guerra durante la etapa anterior a la Revolución Francesa. Frente a un Maquiavelo que no muestra reparo en reconocer la función de las armas(24), o a Thomas Hobbes, que considera inevitable la situación natural de guerra en el ambito interestatal, sólo los tundadores de un nuevo derecho internacional y el pacifismo liberal internacional expresan su preocupación por distinguir entre guerras justas e injustas y por limitar, en todo caso, sus efectos destructivos. En cuanto al pensamiento de la llustración, como se sabe, su confianza en que el progreso material traerá consigo la superacion de las guerras, es decir, la "civilización" frente a la "militarización", le conduce a considerar este fenómeno como un lastre del pasado.
De esta forma, la caída de los Estados absolutistas y la consolidación de
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JAIME PASTOR los Estados nacionales liberales del siglo XIX, aún siendo el resultado directo o indirecto de guerras y revoluciones (como en los Países Bajos, Inglaterra, Norteamérica y Francia) (25), parecen anunciar el cese gradual de las guerras inter-europeas, sobre todo tras el Congreso de Viena. Esa esperanza es compartida prácticamente por la mayoría de las corrientes liberal y marxista.
Sin embargo, las guerras napoleónicas no constituyen un fenómeno irrepetible, sino que anticipan, como se verá más tarde, las tendencias de las guerras limitadas a transformarse en totales. La consolidación de los Estados nacionales no hace más que dar mayores dimensiones al militarismo heredado del abso-
La separación entre Estado y sociedad civil, entre la actividad económica, la política y la militar, se realiza sobre la base de una nueva relación entre el poder político y los ciudadanos. Aquél sigue manteniendo el monopolio sobre la violencia, mientras que éstos ven reconocidos toda una serie de derechos como miembros de una misma nación. La libertad en la actividad económica, la igualdad en los derechos políticos se ejercen, pues, de forma paralela a la aceptación del control estatal de la violencia. La Revolución Francesa viene a introducir, además, un hecho nuevo: la instauración del servicio militar obligatorio es decir, la obligación de todos los ciudadanos de servir militarmente al Estado en sus guerras.
De esta forma, el Estado consigue una legitimidad en el ejercicio de la violencia que no tenía el Estado absolutisguerras adquieren a partir del siglo XIX el carácter de nacionales, con mayor razón si se basan en el servicio militar obligatorio(26).
A este cambio de naturaleza política de la guerra viene a unirse su transformación técnica. La guerra se industrializa a lo largo del siglo XIX, mediante los avances logrados en los transportes y las comunicaciones, con el ferrocarril, el buque de vapor y el telégrafo, entre otros. Inglaterra, en donde se encuentra la economía capitalista más desarrollada en esa época, es también el lugar en donde se inicia la asociación de industria, tecnología y ciencia aplicada a la proliferación de armas, extendiéndose progresivamente a otras esferas de la producción (27). Lo mismo sucede en Francia, Paises Bajos y Estados Unidos de Norteamérica, todos ellos beneficiados por la primera ola de industrialización. A ellos les siguen Prusia y Rusia, más atrasadas desde el punto de vista económico. Esos diferentes puntos de partida económicos tienen sin duda influencia en las características mayores o menores que adquieren el militarismo y las relaciones entre los ciudadanos y los estados respectivos: pero el hecho de que la industrialización de la guerra afecte a todos ellos fluencia que ejerce la dinámica competitiva engendrada por el nuevo sistema internacional de Estados y por las nuevas técnicas y tácticas militares.
Para comprobar las modificaciones sufridas por la guerra tras la Revolución Francesa, merece la pena referirse a la aportación de Karl von Clausewitz, aunque ya lo hayamos hecho en el apartado anterior en relación a la guerra y la política. La novedad de las reflexiones del militar prusiano en su famoso tratado De la guerra se encuentra en su comprensión de las nuevas tendencias de la guerra. Así, Clausewitz reconoce
"Desde la época de Bonaparte, la guerra, tras haber estado primero en un lado, después en el otro, y haber sido de nuevo un asunto que concernia a toda la nación, ha asumido una nueva naturaleza, o más bien, se ha aproximado mucho más a su naturaleza verdadera, a su perfección absoluta(...). La causa fue la participación del pueblo en este gran asunto de Estado, y esta participación surgió en parte por los efectos de la Revolución Francesa en los asuntos internos de los países vecinos, en parte por la actitud amenazante de Francia hacia todas las naciones".(28)
Tras "la época de Bonaparte" Clausewitz observa, sin embargo, la posibilidad de un nuevo equilibrio europeo y, por lo tanto, la necesidad de limitar las tendencias absolutas de las guerras. De ahí resulta el acento puesto en la subordinación de la guerra a la política y la recomendación de que ésta, como "la inteligencia del Estado personificada"(29), se plantee unos objetivos adecuados a la nueva relación de fuerzas internacional.
Pero las sugerencias para un ensayo de teoría racionalista de la guerra coexisten en el militar prusiano con las oscilaciones y dudas sobre la tensión entre guerra absoluta y guerra real. En realidad, las posibles contradicciones de su obra no hacen más que revelar la dificultad de limitar los conflictos armados a gran escala. Basta referirse, por ejemplo, a los factores que menciona Clausewitz como posibles causantes de una guerra absoluta: la fijación de unos objetivos de carácter absoluto; el error en la determinación de unos objetivos políticos por encima de los medios de que se dispone; la insubordinación de los militares respecto a los políticos o la influen-
cia de otros elementos no Así, es tarea básica de todo pensamiento estratégico no sólo la preparación a la guerra sino la necesidad de tener en cuenta, dentro de ella, el "worst case", la peor de las hipótesis.
Por esa razón, más allá de las interpretaciones opuestas que den de la conocida obra de Clausewitz, hay en ella un reconocimiento de la interdependencia entre lo político y lo milidel sistema internacional de Estados del siglo XIX y, por lo tanto, de las consecuencias que todo ello tiene en la nueva forma de hacer las guerras.
Pero, en realidad, el hecho de que la aportación del militar prusiano se realice en una etapa de relativa estabilidad europea explica también que no fuera fácil aventurar cuáles iban a ser las tendenclas que predominarían en los siguien-
Tras 1848-1849 parecen cambiar de signo las guerras nacionales
Europa y agravarse, en cambio, las luchas sociales internas, la competencia interestatal y la expansión fuera del continente. En ese contexto, como se ve obligado a reconocer Engels tardíamente(30), se empieza a nueva relación entre el Estado nacional y los ciudadanos a través del servicio militar obligatorio, consecuencias de la nueva carrera competitiva militar en las técnicas y la organización de los ejércitos
Es precisamente el caso alemán el más significativo por ser el ejército la institución que ejerce una función esencial en la construcción del Estado nacional.
forma, como afirma William McNeill, la vía prusiana hacia la guerra se convierte en un "nuevo paradigma" para los ejércitos europeos. Ese modelo, cuyas bases se consolidan a través de la guerra con Francia de 1870-1871, conoce a partir de entonces una extensión creciente. Las formas de organización, las técnicas y las tácticas de las instituciones militares prusianas son secon interés por los otros Estados, aceleración de la competencia en la fabricación de armamentos y a su intensificación en los mares.
De nuevo, pues, se da un salto en la preparación para la guerra. En el último cuarto del siglo XIX, las escuelas de estrategia militar se plantean la resolución contradicciones observadas por Clausewitz en un sólo sentido: la estrategia ofensiva. de esas concepciones en las doctrinas elaboradas por el Estado Mayor alemán.
aunque de forma moderada, con Helmut von Moltke, y luego, más abiertamente, con Bernardi y Schlieffen,
68 JAIME PASTOR se establece la teoría de una guerra preventiva y corta en Europa, basada en la ofensiva total contra el enemigo. En Francia se puede también comprobar una evolución semejante con las teorías del coronel Ardant du Pick y, sobre todo, con el mariscal Foch. Las escasas reticencias que producen en los políticos esas propuestas de ambos Estados Mayores revelan, en cierto modo, que las dinámicas de industrialización de las guerras y de competencia entre los Estados nacionales volcados hacia el exterior son convergentes. (31)
No obstante, los límites de la pacificación interna de los Estados parecen poner también importantes obstáculos a la extensión de este nuevo tipo de militaprueba más evidente se encuentra en la insurrección de la Comuna
Men medio de la guerra entre Francia y Alemania. A pesar de su derrota, no hay que olvidar que los gobiernos tienen muy en cuenta esa experiencia, sobre todo ante el importante crecimiento de las organizaciones obreras de la Segunda Internacional y de su "partido-guía", la socialdemocracia Por eso, la preparación a una guerra se plantea simultáneamente para un periodo corto, ante el temor de que una prolongación de un conflicto armado pusiera en cuestión las bases mismas de los Estados(32). Por esa razón tamguerras coloniales tienen la función, entre otras, de experimentación no sólo de nuevas técnicas y tácticas militares sino también de las reacciones que puede provocar en los ciudadanos de las metrópolis una guerra de mayor
La guerra civil norteamericana y la franco-prusiana no son, por lo tanto, simples episodios dirigidos a restablecer la paz sino nuevos pasos hacia
«Las guerras se encuentran en el origen mismo de los Estados modernos europeos en un proceso desigual y con particularidades notables en cada país» la preparación de las "guerras ciudadaque estallan en el siglo XX. Pero esas tendencias no son fácilmente observables en un período histórico en el que la confianza en los efectos de la industrialización y la atención a la lucha de clases en el interior de cada Estado. nación dejan en segundo plano el interés por el cada vez más competitivo sistema internacional de Estados y el militarismo que se arraiga en su seno. Las guerras son vistas, pues, dentro de las historia dominantes, como un "mal" al servicio del progreso y destinado a desaparecer en un futuro ideal. (33)
No obstante, merece la pena mencionar algunas excepciones en ese panora.. ma intelectual general. Una de ellas es la de Werner Sombart, cuyas observaclones tienen especial interés por dirigirse en gran parte a criticar al marxismo. Así, este economista alemán resalta la función económica que han tenido la guerra y los ejércitos en el desarrollo del capitalismo, como se demuestra en "el estímulo que han significado para algunas de las principales industrias y el comercio con sus productos: la industria del cobre, del zinc y, sobre todo, del hierro, es decir, aquellas ramas de la actividad industrial que suministraban la materia prima para las armas"(34). De esta forma, Sombart reivindica la guerra como fuerza económica, pero no llega a extender su análisis a su relación con
Otto Hintze, en cambio, introduce un análisis de la relación entre las guerras y los Estados que va contra la corriente dominante tanto en el liberalismo como en el marxismo. Para el historiador ale mán hay que situar en primer plano el estudio de la política exterior de los Estados y la función que en ella tienen las guerras y la creación de fuertes burocracias desde finales de la Edad Media. Por eso no es posible ver los conflictos armados exteriores como algo accidental a la continuidad de la forma de Estado nacional. (35)
También surgen en el tránsito del siglo XIX al XX las teorías sobre el origen del Estado a través de la guerra y la conquista. Así, en Gumplowicz y Oppenheimer se tiende a convertir a la actividad militar en el único factor que explicaría el surgimiento y continuidad del poder politico en un mundo en el que "entre dos Estados no puede haber más relaciones que las siguientes: la guerra, el armisticio o, en fin, la alianza con objeto de operar juntos en contra de un tercero". (36)
En Max Weber aparece también una comprensión de la función de la coac-
ción física en el interior de un Estado, así como un reconocimiento de la utilidad de la guerra y de los armamentos en la política exterior de las grandes potencias antes de 1914. Se trata de un proceso que el sociólogo alemán hace partir, en línea con lo expuesto anteriormente, del Renacimiento. Desde esa época, este pensador observa precisamente la influencia de la "expansión del poder" en las relaciones entre unos Estados considerados como organizaciones de fuerza. Esa dinámica es la que genera la existencia de grandes potencias, definidas como "agrupaciones que tienen por finalidad, mediante la fuerza o la amenaza de la fuerza, la ampliación del ambito abarcado por la propia comunidad política" y que sólo "cambia con frecuencia de dirección" por motivos económicos(37). Weber añade, además, otro aspecto importante: el monopolio de la violencia estatal es reconocido como legitimo por los ciudadanos debido a que se sienten representados en el Estado.
También en el caso del marxismo, no faltan referencias a la violencia interna de los Estados así como análisis e intuiciones notables, sobre todo en Engels y Karl Liebknecht, de la dinámica que adquieren las guerras y el militarismo durante el período de "paz armada". Pero la tendencia a reducir esos fenómenos a ser simples medios al servicio del desarrollo de las fuerzas productivas limita la comprensión de sus caracteristicas y autonomía específicas, así como de su relación con el sistema interestatal, más allá de la denuncia de la utilidad que puedan tener las guerras para el capita-
La guerra de 1914 y la adhesión inicial a ella por parte de la mayoría de los nacionales revelan ya claramente las tendencias que hemos descrito de forma sucinta. La competencia económica entre grupos de capitalistas constituye sin duda un factor fundamental en el conflicto difícil de rebatir; pero, junto a ella, ha de ser tenida en cuenta la rivalidad política y militar entre los principales Estados europeos. Además, el carácter toconflicto tiene que también por otros dos motivos: la industrialización del modo de hacer las guerras, de un lado, y la identificación con los objetivos del Estado por parte de unos ciudadanos que se sienten parte del mismo, de otro.
Podría argüirse que ese conjunto de causas puede ser reducido al primero, es decir al económico. O, desde otro punto de vista, puesto que los actores del conflicto son los Estados, podría
68 JAIME PASTOR sostenerse que es únicamente la competencia política la responsable. nos parece más correcto considerar que hay una combinación de esos factores que explica la militarización de las sociedades antes de 1914 y hace fracasar los intentos pacifistas de evitar el estallido de la Gran Guerra. Esta explicación permite entender precisamente la forma-
Men formaciones desigualmente industrializadas entre sí, así como la dinámica de transformación que adquiere el conflicto.
No es necesario insistir en las características de guerra total que adquiere la Gran Guerra: siguiendo los criterios sugeridos por Hans Morgenthau, se reúnen en 1914 la determinación de unos objetivos de aniquilación total del adversario y el empleo de medios basados en la movilización general de los recursos materiales y humanos; además, el ius in bello se hace imposible de aplicar ante la desaparición de las fronteras entre la población civil y militar, tanto en la participación en la guerra como, sobre todo, en las muertes producidas.
Sin embargo, como se sabe, la guerra es total, aunque no era esa la previsión por los estrategas que esperaban una guerra corta. El Plan Schlieffen del ejército alemán y el Plan XVII del ejército francés coinciden en el propósito de lograr para sí una victoria rápida y decisiva. En su realización conducen a la colisión, al desconcierto y a la prolongación de la guerra. La obstina• los objetivos políticos fijados (preeminencia de unas u otras potencias dentro de Europa y el planeta) favorece la continuidad de las estrategias de gue rra total. De esta forma se amplía el número de potencias participantes, se emprende una nueva carrera de arma-
Use sientan las bases de una economía de guerra y se genera autonomía creciente de la actividad militar frente a la política, como sucede con las experiencias de Ludendorff, Joffre o Haig(38). Paralelamente, la adhesión de los ciudadanos a la guerra va decayen-
Entre estos procesos interesa resaltar los que se refieren a la carrera de armamentos y la economía de guerra. En el transcurso del conflicto se inicia una nueva dialéctica interna en la fabricación de medios de destrucción ofensivos y simultáneamente al ensayo de otras tácticas militares. Así, después del primer colapso, se viven nuevas experiencias: las trincheras no pueden ya superar la movilidad y la capacidad de sorpresa de las tropas y, sobre todo, la aparición de los tanques; pero, frente éstos, surgen luego las armas anti-tanque; nuevas armas como los gases venenosos provocan el terror y obligan a emplear máscaras anti-gas; más tarde, aparecen los aviones como fuerza de apoyo a los ataques terrestres. Las necesidades de la guerra actúan de esta forma como estimulantes de una carrera que obliga, además, a reorganizar la economia en su conjunto. Una vez más, avanzada de esta actividad, con las propuestas de Adolph Wagner y Walter Rathenau: la producción ha de someterse a los imperativos militares y ello exige una intervención mayor del Estado en la econo-
Pero, como indicábamos antes, la prolongación del conflicto tiene una consecuencia importante: la relación entre los Estados nacionales y los ciudadanos se va modificando como reflejo del descontento frente a la situación económica, los etectos destructivos de la guerra y el proceso de militarización interna Los ejemplos más evidentes se encuen. tran en Rusia y en Alemania. En la primera se comprueba la distancia enorme entre, por un lado, las necesidades de la competencia militar externa guerra total, larga y continental, y por otro, el desarrollo económico y las estructuras políticas despóticas del Impe rio. En Alemania, su creciente debilidad frente a la alianza de potencias capitalistas desarrolladas obliga al establecimiento de una verdadera dictadura del Estado Mayor en todas las esferas. En otros paises, como el Imperio austro-húngaro e Italia, se aprecian manifestaciones similares. En todo caso, lo que queremos resaltar aquí es que la última fase de la guerra permite sostener que se produce una verdadera crisis del sistema internacional de Estados. Su reso lución, sin embargo, es compleja: caen los viejos Imperios, surge un Estado ni absolutista ni capitalista en Rusia y empiezan a crearse nuevos Estados nacionales. La Declaración de los Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado y el Presidente norteamericano nen a sostener, ademas, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, con lo cual se ve favorecida la extensión del internacional de Estados y se aspira a superar la crisis provocada por
La existencia del Estado soviético y su aislamiento tienden, además, a dar una nueva dimensión a la competencia dentro de ese sistema: a partir de ahora, a las tensiones entre Estados fuertes y débiles dentro del mundo capitalista se une la que puede enfrentarles con el nuevo régimen, interesado además, al
menos en un primer momento, en dificultar el proceso de pacificación interna de los otros países.
El primer cuarto del siglo XX se convierte así, incluso desde el punto de vista estadístico, como sostiene Pitirim A. Sorokin, no sólo en el período más sangriento hasta entonces en toda la historia de los conflictos internacionales sino también en uno de los más agitados por las perturbaciones internas que su-
El Tratado de Versalles no viene, como se sabe, a restablecer una etapa de paz sino, más bien, nueva relación de fuerzas establecida tras la guerra entre las potencias europeas vencedoras y vencidas. La Sociedad de Naciones es, además, el reflejo de ese resultado, con lo cual la dinámica competitiva del sistema internacional de Estados y el militarismo reciben nuevos impulsos, a pesar del fuerte resurgimiento del pacifismo provocado por las consecuencias de la Gran Guerra
En esas condiciones no es difícil comprender que el modelo de militarismo vuelva a ser Alemania. Los efectos negativos del Tratado de Versalles, la derrota de la revolución de 1919, la inflación de los años 20 y la ocupación francesa del Rhur en 1923, así como el ascenso del nazismo en el marco de un deterioro de la posición del Estado aleconducen a un proceso de militarización de la sociedad. El juego de alianzas con la URSS, por un lado, y con los Estados occidentales, por otro, no puede ocultar las formas que va adquiriendo el militarismo antes incluso de que Hitler suba al poder(41). Lo que hace el nazismo es introducir, ante el fracaso del Estado liberal, una nueva relación entre el Estado-nación y los ciudadanos a través de la doctrina del "espacio vital". La economía y la sociedad en su conjunto entran así en una simbiosis con el Estado y el ejército, apoyándose, Berghahn, en una combinación de nacionalismo militarizado y tecnología in-
Este modelo es seguido también en Japón e Italia y, aunque subordinado a otros objetivos, en la Unión Soviética a partir de los años treinta. Pero también en otros grandes Estados es posible observar que tanto la crisis del Estado liberal como la continuación de la competencia en el área internacional favorecen un proceso, mas o menos desigual, de militarización, que conoce un impulso creciente a partir de 1934. Así, en las potencias no fascistas se produce un difícil equilibrio entre lo que Michael Mann llama "racionalidad formal de la guerra
68 JAIME PASTOR limitada", por un lado, y la experiencia
"guerra ciudadana" reciente, por otro(42). En esas condiciones la preparación a la peor hipótesis favorece una nueva etapa en la fusión entre la ciencia, la tecnología y las necesidades de la estrategia militar en todos los grandes Estados. El propósito es evitar el desastre de la Gran Guerra y prepararse de nuevo a una guerra corta, aunque combinando ese objetivo con una política diplomática que tienda, sobre todo en el caso inglés, a apaciguar al adversario.
Ejemplos de reorientación de las escuelas militares en ese camino no faltan durante este periodo de entreguerras. El más extremo es el ofrecido por las prodel general alemán Guderian. Su concepción de la "blitzkrieg" o guerra relámpago, apoyándose en las divisiones de tanques blindados, encaja perfectamente con los proyectos de Hitler,
La preparar una serie de guerras ofensivas, cortas y limitadas, que eviten comprometer a todo el pueblo alemán en una guerra prolongada y aseguren la conquista de nuevos espacios para la expansión exterior.
Se puede encontrar otro tipo de respuestas, basadas en la función destructiva de la aviación tanto en Italia como en Inglaterra y Estados Unidos de Nor-
En todas ellas se plantea abiertamente el objetivo de atacar las ciudades, consideradas el centro de graidea del carácter indiscriminado de toda guerra, tal como se comprueba en los armados que preceden a 1940. En otros casos, sin embargo se tiende a refutar las concepciones basadas en la ofensiva y se sugiere una estrategia de aproximación indirecta, pero con escaso eco.(43)
El caso francés tiene especial interés porque en él se enfrentan la concepción del alto Estado Mayor, basada en la guerra en dos etapas y en la función de
«La consolidación de los Estados nacionales no hace mas que dar mayores dimensiones al militarismo heredado del absolutismo» la línea fronteriza, y la de De Gaulle. Este último constituye un ejemplo ensayo de síntesis de las nuevas características políticas y técnicas de la guerra: por un lado, el Estado-nación pasa a un primer plano frente a las luchas de clases y de grupos, en un mundo caracterizado por una nueva competencia en la que se hace necesario, en opinión del militar francés, recuperar la de Francia; por otro, los avances técnicos exigen combinar tropas de élite capaces de utilizar instrumentos de ataque nuevos, como los tanques, con el sistema de reclutamiento obligatorio. De esta forma, frente a la amenaza alemana, no es posible dejar la iniciativa al ejército de ese pais, sino que hay que prepararse, según De Gaulle, a tomar la iniciati-
La concepción de la relación entre la política y la guerra conduce además a De Gaulle a reivindicar la fusión de ambas tareas en una misma persona, el "jefe", como representante máximo de la nación. A pesar del escaso eco de sus propuestas antes de 1940, habria que resaltar que su éxito final en la Segunda Guerra Mundial no es inseparable de las tesis que empezara a elaborar desde mediados de los años veinte.(44)
El periodo de entreguerras se caracteriza, por tanto, por un proceso de militarización, desigual y diferenciado pero al mismo tiempo cada vez más interdependiente, en el interior de los principales Estados nacionales, afectando ya no sólo a Europa sino también a Estados Unidos de Norteamérica y Japón. Se dan ahora, además, dos fenómenos nuevos: la creación de embriones de lo que luego se llamará complejo militar-industrial, por un lado, y la participación activa de sectores de la población en la preparación de la guerra -el paramilitarismo-, especialmente en los regímenes fascistas, por otro.
El hecho de que este proceso se de en unas condiciones de crisis económica y de ascenso del fascismo provoca, como se sabe, la crisis de las democracias liberales y, por consiguiente, una nueva agravación de las luchas sociales internas, siendo la manifestación extrema de este proceso la guerra civil española. Esta última se convierte así en un ensayo o anticipación en muchos aspectos de los problemas que aparecen luego en la Segunda Guerra Mundial.
Durante el periodo anterior a 1940 hay, no obstante, un dato nuevo que parece convertirse teóricamente en una tendencia contraria al proceso descrito anteriormente: se trata de la creación de organismos internacionales, y en particular de la Sociedad de Naciones. Sin
embargo, las condiciones en que nace esta institución (bajo los auspicios de las potencias vencedoras) limitan ya de partida su eficacia respecto a los Estados y a la capacidad de frenar las guerras. Sólo un acuerdo en 1925 para prohibir el uso de gases venenosos y el pacto Briand-Kellogg de 1928 constituyen pasos modestos en este sentido, que analizaremos en el capítulo siguiente al referirnos al pacifismo institucional. Tiene más interés resaltar los tratados y alianzas entre los Estados a lo largo de esta etapa. La firma y ruptura de los mismos revela la inestabilidad del sistema internacional y la diversidad de intereses que existe no sólo entre la URSS y el resto de los Estados sino también entre estos últimos, condicionados tanto por el resultado de la Primera Guerra como por su situación geopolítica. En cambio, se observa ya en este periodo una capacidad de adaptación de las corporaciones económicas transnacionales a la situación de los distintos Estados nacionales, puesta de relieve incluso en el caso del nazismo por Bettelheim.(45)
De cualquier manera, en los preparativos de la guerra es fácil comprobar el contraste enorme entre la clara determinación de los objetivos políticos del nazismo, por una parte, y las oscilaciones que conocen tanto las principales potencias occidentales como la URSS, por otra. La fragilidad del tratado de Munich y del pacto Molotov-Ribbentropp es buena prueba de ello, viéndose perjudicadas tanto las pequeñas potencias como, sobre todo en un primer momento, la identificación de los ciudadanos con la detensa de su nación respectiva frente a la expansión del militarismo nazi.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial constituye, pues, una nueva conmoción del sistema internacional, viéndose implicado en ese tipo de conflicto por primera vez un Estado de una sociedad industrial no capitalista. Dada la extensión y complejidad de la guerra, no es fácil determinar con precisión la diversidad de intereses y factores que entran en juego. No se trata de dejar al margen las contradicciones entre grupos de capitalistas. Pero en todo caso hay que recordar que esos choques se expresan a través y junto con las alianzas entre los Estados nacionales: por un lado, la alianza nazi-fascista, representación de Estados y economías menos industrializadas, aspira a una modificación de la relación de fuerzas internacional a su favor; por otro, la coalición de los países más industrializados junto con el Estado soviético, unidos todos ellos frente a los objetivos expansionis-
68 JAIME PASTOR «El periodo de entreguerras se caracteriza por un proceso de militarización, desigual y diferenciado, pero al mismo tiempo cada vez mas interdependiente,
Men el interior de los principales Estados nacionales,..» tas nazis, trata de evitar el deterioro irreversible de su status geopolítico.
En ese contexto, y teniendo en cuenta los objetivos políticos que se plantean, la militarización, los nuevos avances en la industrialización de la guerra y los intentos de aplicar estrategias ofensivas. el conflicto se convierte en un primer momento en guerras cortas que tienden a transformarse en una nueva gran guerra prolongada y total, superando la experiencia de la anterior. Así, a los primeros éxitos de la "blitzkrieg" gran revés del choque con la URSS, con lo cual la guerra se prolonga en los frentes oriental y occidental de Europa y se extiende a otras partes del planeta. El número y las características de los actores del conflicto se hacen más complejos, mediante la participación activa de los pueblos y los nuevos movimientos de liberación nacional. A la "hostilidad absoluta" de Hitler-Ludendorff responden la búsqueda de su rendimiento incondicional y la lucha por la restauración o la creación de nuevos Estados en
De esta forma los objetivos políticos y militares pasan a ser absolutos a lo larmedios y las tácticas que se emplean tiendan a ser cada vez más destructivos: ésta pasa a convertirse en la guerra del fordismo militar, de la destrucción indiscriminada de ciudades, o del uso intensivo de la radio como instrumento de propaganda. Se establece una nueva de invención y fabricación de armas en plena guerra, asociándose aún más estrechamente la ciencia, la tecnologia, la industria y la política militar. El resultado extremo de este proceso es sin duda la aparición de las armas atómicas, cuyo empleo en Japón marca la culminación de los efectos destructieste conflicto intercontinen-
No es intención de este trabajo analizar las controversias suscitadas por el uso de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Sólo queremos hacer observar lo siguiente: en primer lugar, que esos acontecimientos son inseparables de la dinámica engendrada por la guerra y los objetivos políticos y militares que se van fijando en ella; en segundo lugar, que la utilización de esas armas por Estados Unidos de Norteamérica no puede ser, sin embargo, inseparable de las previsiones que sus estadistas hacen de las condiciones en que ha de restablecerse el sistema internacional de Estados a medida que se hace inminente la derrota del nazismo(47). Por eso, de nuevo en hechos como éste se ve confirmada la confluencia de factores económicos, políticos y militares.
Pero nos hemos referido también a la ampliación de los actores del conflicto y en esto es donde hay una importante novedad en una guerra internacional. Junto a los Estados y a los ejércitos regulares de la coalición antihitleriana surgen movimientos de resistencia armada y no violenta en muchos países. Sobresalen los casos de Grecia, Yugoslavia, Francia, Italia, China e India. En todos ellos se comprueba una nueva relación entre el proceso de construcción de nuevos Estados nacionales y las fuerzas sociales que participan en esos movimientos. Por eso el resultado final que se da en cada uno de esos casos exige de los nuevos Estados otro proceso de pacificación interna, unido esta vez a la búsqueda de nuevas formas de legitimar el monopolio de la violencia.(48)
La repercusión de los efectos destructivos de este período y, sobre todo, de la significación histórica de las primeras armas atómicas tarda, sin embargo, en ser comprendida. A este respecto la situación es muy distinta de la que existía tras la Primera Guerra Mundial: mientras que en 1919 parecen triunfar las ansias pacifistas de las poblaciones afectadas, ahora el reconocimiento casi general de que se ha emprendido una guerra justa contra el nazismo frena la emergencia de una nueva conciencia pacifista frente al impacto que pueden tener las armas de destrucción generalizada. Pero, además, como veremos ahora, las características conflictivas del nuevo sistema internacional tampoco favorecen, duran-
te una primera fase, la comprensión del nuevo proceso abierto.
La era nuclear
La definición de la etapa abierta tras 1945 como era nuclear no obedece una simple visión periodística o impresionista. La revolución que supone la fabricación de ese tipo de armas dentro de la carrera de armamentos y del sistema internacional es ya justificación suficiente para darle esa denominación.
Esos medios violentos a gran escala obligan a plantear en nuevos términos la relación entre lo político y lo militar y, sobre todo, entre la guerra limitada y la guerra absoluta y total. En términos más claros, la existencia y disposición estatal de esos medios conducen a reflexionar sobre la eficacia de la preparación para una guerra que puede ser la última en la historia de la humanidad. Por eso el militarismo de la era nuclear tiene que justificarse muy pronto con la teoría de la disuasión, basada en la racionalidad instrumental de las nuevas armas.
Pero sería parcial reducir el análisis del militarismo y del sistema internacional al predominio de las armas nuclea-
Por eso, antes de entrar en esta cuestión, conviene recordar otros aspectos. Desde 1945 se va configurando un sistema internacional de Estados en el que las relaciones de son ya entre los Estados nacionales occidentales y el resto del mundo. Ahora tras los pactos de Yalta y Potsdam: dos grandes potencias -EEUU y URSS- adquieren una preponderancia dentro de Europa, mediante el reparto de esteras de influencia, mientras se va tejiendo a lo largo del planeta una red de alianzas y dependencias entre las pequeñas, medianas y grandes potencias.
Se produce, por consiguiente, nueva extensión del modelo de Estado nacional territorial; pero ahora asociado con alianzas y bloques militares más o menos estables que tienden a congelar las relaciones de fuerzas internacionales surgidas tras las sacudidas inmediatamente posteriores a la segunda gran guerra. Sólo en el llamado "Tercer Mundo" se producen guerras de liberación que modifican el status quo internacional. En ese contexto general y teniendo en cuenta el peso de dos bloques militares asociados a formaciones económicas y sociales distintas y al control de las armas nucleares, es necesario reconocer las nuevas dimensiones que adquiere el militarismo contemporáneo.
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Para una definición del contenido que tiene ese militarismo nos parece adecuada la descripción que hace Vasili Secares de lo que él califica como orden militar mundial. En su opinión, ese orden tendría los siguientes elementos: 1) la investigación, desarrollo, fabricación y adquisición de armamento por los económicamente desarrollados; 2) el constante desarrollo y proliferación de doctrinas militares que identifican el nivel de armamentos con los de seguridad e independencia de cada país; 3) la proliferación en cierto número de países avanzados de complejos militar-económico-tecnologico-politicos, orientados hacia el exterior; 4) el funcionamiento de las alianzas militares; 5) la realización de actividades militares constantes en mares y océanos, submarinas, atmosféricas y espaciales; 6) la presencia en territorios extranjeros de bases, tropas y facilidades militares de diverso tipo; 7) la intervención directa o encubierta en los internos de otros Estados; 8) los conflictos locales o regionales armados, con participación extranjera abierta o encubierta; 9) el comercio de armas países en desarrollo; 10) los • programas de ayuda militar a esos países; 11) el estímulo a la creación de industrias de defensa en esos países con ayuda extranjera; 12) la emergencia de un "lumpen-militarismo", es decir, de regímenes militares en el Tercer Mundo y, en general, el aumento del papel de las fuerzas armadas en esos países.(49)
Sin necesidad de reducir el análisis de las relaciones internacionales a la existencia de un orden militar mundial, lo cual significaría hacer abstracción de otras características en el orden económico, político o social, nos parece que descripción hecha por Secares aparecen toda una serie de rasgos característicos del militarismo actual, aunque éste se presente de forma desigual en unos u otros países. Siguiendo también a Secares, se puede concluir que
«...tanto la dinámica de innovación tecnológica como la teoría de la disuasión obligan a los estrategas políticos
La prepararse a una guerra nuclear y estar
Men condiciones de ganarla» se trata de un "conjunto de actividades, relaciones y procesos en las que toma cuerpo y se realiza la expansión militar, y genera una dinámica de poder mundial, un sistema de dominación y subordinación, una red de dependencias jerárquicas y una estructura de control basada en las fuerzas armadas (con toellas dentro de las relaciones internacionales contemporáneas".(50)
Como es natural, el rasgo más sobresaliente de ese militarismo proviene de las guerras efectivamente desde 1945, la mayoría de ellas en el Tercer Mundo, pero con participación extranjera abierta o encubierta en muchos casos. Se trata de más de 120 guerras que han costado más de 25 millones de muertos. En ellas se ha podido comprobar los efectos de la industrialización creciente de las guerras, mediante el empleo de armas convencionales, químicas y biológicas cada vez más destructivas, no habiendo faltado además ocasiones en las que se ha estado a punto de emplear armas nucleares(51). En cuanto a las causas de es tos conflictos, es evidente que las económicas y sociales tienen una importancia innegable, asociadas al problema de la "modernización" de esos países dentro de una economía mundial cada vez más interdependiente. pero, como se ha podido ver en etapas históricas anteriores, a esas causas se unen las relacionadas con las dificultades de consolidación de Estados nacionales que consigan el monopolio legítimo de la violencia y, por lo tanto, instauren una pacificación interna, simultáneamente al reconopor los vecinos y por las grandes potencias. Por eso, en esas circunstancias es fácil comprender las formas de penetra-
Pero hay otro fenómeno nuevo desde 1945: la extensión de Estados no capitalistas en países en proceso de industrialización ha ido acompañada por querras entre esos Estados cuya causa ya no puede ser atribuida, como hacían Marx, Engels o Lenin, al capitalismo. El conflicto entre la URSS y China, aunque no degenerara en guerra, así como las guerras entre Vietnam y Camboya o entre Vietnam y China, son las más patentes demostraciones de que en sus enfrentamientos también entran en juego los intereses de cada Estado nacional así como muchos de los rasgos que definen el militarismo contemporáneo(52). A lo cual podemos añadir el hecho de que la URSS haya mantenido desde 1980 una guerra en Afganistán contra un movimiento de resistencia armado,
comprobándose en este caso la existencia de motivos geopolíticos específicos.
Naturalmente, otros elementos fundamentales de la nueva era son los que se refieren a los gastos militares, a los complejos militares-industriales y a la carrera de armamentos en general. Por lo que respecta a las economías capitalistas, el cambio radical que significa la producción de armas comparacion con anteriores etapas históricas se ha ido reflejando en su tendencia a absorber una parte muy notable del producto anual bruto en muchos países, al mismo tiempo el desarrollo capitalista. De esta forma, vemos multiobservara antes Sombart en el militarismo. No obstante, en el último período la crisis económica ha puesto en cuestión esa misma función, siendo objeto de controversia el análisis de las causas y posibles a este proble-
En cuanto a las economías no capitalistas y particularmente la URSS, la función económica de los gastos militares parece haber sido distinta, debido tanto a la diferente naturaleza de su organización social como a la dificultad de hacer compatibles sus objetivos dentro de la carrera armamentista con su grado de desarrollo económico.
En cualquier caso, lo que hay que resaltar es que en las grandes potencias se ha consolidado un complejo militar-industrial cuya imbricación con la investigación científica y con unos intereses económicos y políticos ha sido demostrada en muchos estudios. Dentro ella nos interesa, sin embargo, poner el acento en la nueva dinámica de investigación científica y de innovación tecnológica que se crea a partir precisamente dei descubrimiento de las armas nucleares. Desde ese momento se ha abierto una carrera competitiva que, aun no siendo ajena a los otros factores antes mencionados, ha ido adquiriendo su propio impulso. En este sentido hay también un cambio cualitativo respecto a anteriores etapas en cuanto a la relación entre invención y estrategia militar:
desde 1945 es la tecnología la que en muchas ocasiones "tira del carro de la estrategia" y no a la inversa.(54)
Las explicaciones de esa dinámica son muy diversas. Teoremas como el de la acción-reacción ponen el acento en la interdependencia que se genera entre los Estados adversarios y sus sucesivos descubrimientos, especialmente si nos referimos a las grandes potencias, lo cual suscita a su vez reacciones en cascada. Otros resaltan factores intrinsecos como la influencia de los ciclos de obso-
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JAIME PASTOR lescencia de los sistemas de armas, la inflación de modernización que en ellos se producen así como la función esencial de la premisa de todo análisis estratégico militar: prepararse a la peor de las hipótesis posibles, con mayor razón si hay una tensión constante en torno a la búsqueda del equilibrio o incluso la superioridad militar. Otros, en fin, asoclan ese impulso relativamente autónomo de la dinámica armamentista con la consolidación de un sistema de amenazas a escala internacional y las enemistades autistas que crea.(55)
caso, ese proceso adquiere un peso específico que influye y es influido simultáneamente por la difusión mundial de las formas de hacer la guerra industrializada y la proliferación nuclear. El corolario de todo esto es la existencia de una similitud creciente de las instituciones militares y de una "cultura armamentista global". co general nos parece valido el concepto amplio de militarismo al que nos he mos referido en el primer apartado de este capitulo: hay una preparación a la guerra que adquiere muchas dimensiones tanto en la esfera del Estado y de la producción como en la sociedad interna;
Pero, como es obvio, el problema central se encuentra en hacer compatible la racionalidad instrumental de las armas nucleares con la irracionalidad final que supondría su uso en una guerra nuclear total. La cuestión se complica porque el sistema internacional puede ser ya entendido de forma global en los términos planteados por Raymond Aron: se trata de "el conjunto constituido por serie de unidades políticas, que mantienen entre sí relaciones regulares y que son todas susceptibles de verse implicadas en una guerra general".(56)
De ello resultan la eficacia y las crisis periódicas vividas por la teoría de la disuasión. La búsqueda de la seguridad nacional de un Estado mediante un armamento capaz de impedir el ataque del vecino es tan vieja como la guerra.
Pero la novedad está ahora en que tiene que hacerse con armas nucleares y en el marco de un sistema competitivo e interdependiente mayor que quier época pasada, ya que los nuevos organismos internacionales -la ONU, en primer lugar- se han manifestado hasta ahora incapaces de frenar ese proceso.
Así, el mantenimiento del monopolio estatal de la violencia en el interior de cada país se ha visto acompañado de una carrera competitiva por el aumento de los medios de violencia externa entre los Estados, únicamente limitado por la cadena jerárquica que se establece en el seno de las alianzas militares entre ellos. En esas condiciones es fácil comprender la buena acogida que tiene el realismo político en el análisis de las relaciones internacionales inmediatamente posteriores a la Segunda guerra Mundial. En esta escuela de pensamiento se trata de comprender la nueva relación de fuerzas estatales sobre la base de los conceptos de poder y de interés nacional, identificados ambos con los Estados. Tanto los seis principios como las cuatro reglas de la diplomacia o los cinco requisitos de todo compromiso sugeridos por Hans Morgenthau expresan claramente una visión de las relaciones entre Estados en la que predominan el criterio de la seguridad nacional y la dis posición a utilizar la tuerza para impoesta corriente se puede observar ya el reconocimiento de que la existencia de una soberanía ilimitada en cualquier Estado nacional constituye un factor que favorece el desequilibrio de las relaciones internacionales y la posibilidad de
"La realidad política de la probabilidad destructiva confronta la preferencia política para la preservacion de la soberanía nacional. En tanto encontramos por doquier gentes ansiosas de liberarse de la amenaza de guerra, también muestran el deseo de preservar la soberanía de sus naciones respectivas. Sin embargo, si el precio de la paz fuese sólo una parte de la soberanía y no el todo; si a fin de disminuir la posibilidad de guerra fuese necesario tan sólo que la nación compartiera su soberanía con una organización internacional, y no la abandonara por completo, podria tenerse paz y soberanía nacional al mis-
Se apunta así una cuestión que está presente en los sucesivos estudios de los conflictos internacionales. La aplicación de la teoría de la disuasión desde la óptica de un Estado o un bloque militar hegemonizado por una gran potencia
(es decir, la persecución de una mayor para crear inseguridad en el vecino o adversario) obliga a participar en la carrera armamentista y a plantearse la preparación efectiva a una guerra nuclear que pudiera ser limitada y en la cual poder obtener la victoria.
Por eso han surgido teorías de todo tipo tendentes a mantener una aplicación de la disuasión nuclear que favoreciera al mismo tiempo la cooperación entre los Estados adversarios dentro de un sistema internacional único. Propuestas como la de Thomas Shelling o la de
Karl Deutsch van por ese camino y me-
rece la pena referirse a ellas, aunque sea de forma sucinta.
Siguiendo una línea de pensamiento semejante a Clausewitz así como las sugerencias que ya hiciera Johan Huizinga, la teoría de los juegos es utilizada por Schelling para el estudio de los conflictos entre Estados: esas tensiones serían asimilables a los juegos de motivación mixta, exigiendo por tanto la negociación, la comunicación y la limitación de las guerras. La "diplomacia de la violencia"(58) debería ir dirigida, desde ese punto de vista, al uso racional de la amenaza de guerra. Sin embargo, hay en Schelling la comprobación de las dificultades de un control racional de las guerras, teniendo en cuenta las posibilidades de escalada a partir de conflictos limitados o de la insuficiencia de las armas convencionales para asegurar un desenlace fravorable en ellos. De esta forma se podría traspasar el umbral, emplear armas nucleares y generalizar una guerra. Para evitarlo, la competencia militar tendría que ir acompañada de procesos tendentes a contrarrestar la desconfianza mutua entre los adversarios: por consiguiente, se hace necesario establecer una teoría de la decisión interdependiente capaz de controlar la dinámica de los conflictos. No es por eso casual que este tipo de propuestas sirva de inspiración a la concepción de la "destrucción mutua asegurada" y el "linkage" que caracterizan las relaciones entre las grandes potencias durante una de las etapas de postguerra.
En cuanto a la propuesta de Kari W. Deutsch, la clasificación de los contlictos entre los Estados es, siguiendo a Anatol Rapoport, la siguiente: puede haber en ellos luchas, juegos y debates. Las primeras incluirían los enfrentamientos casi automáticos, semejantes a los que se producen entre perros rabiosos; de ellos no habría mucho que decir, ya que no son controlables. Los juegos, en cambio, serían conflictos racionales caracterizados por la existencia de una estrategia y en los que cada jugador mantiene un control racional sobre sus propios movimientos, aunque no siempre sobre sus resultados; por último, los debates serían aquellas contiendas que permitirían un intercambio de imágenes y motivaciones, como ocurre en las negociaciones. Pues bien, en opinión de
Deutsch, los conflictos entre las grandes potencias deberían ser considerados como juegos en los que puede haber un cálculo racional de lo que se puede obtener en cada caso particular. De esta forma parece posible, según este investigador, analizar cuándo puede haber competición o coordinación, con el fin
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«La 2ª Guerra Mundial pasa a convertirse en la guerra del fordismo militar, de la destrucción indiscriminada de ciudades, o del uso intensivo de la radio como instrumento de propaganda» de evitar una guerra nuclear en la que las dos grandes potencias salieran perdiendo(59). Se hace necesaria, por tanuna teoría de la negociación. No obstante, al igual que Schelling, Deutsch reconoce la dificultad de aplicar la teoria racionalista a las relaciones entre los Estados, ya que "las políticas exteriores más importantes no se eligen o conservan siempre mediante un cálculo racional, como sugerirían los modelos de la teoría clásica de los juegos, sino más bien por un proceso parcialmente racional, pero también parcialmente azaroso, búsqueda y evaluación limita-
Apoyándose precisamente en hipótesis más pesimistas, ha habido otras respuesta, una de las más conocidas es la que se basa en el dilema de los prisioneros. En este caso se considera que la desconfianza mutua terminará por pesar más en los conflictos internacionales, con lo cual podría precipitarse una guerra nuclear: el dilema de la seguridad nacional y la imposibilidad de salir de él continuarían generando una dinámica de inseguridad internacional que acabaría en la autodestrucción.(61)
«En las grandes potencias se ha consolidado un complejo militar-industrial cuya imbricación con la investigación científica y con unos intereses económicos у políticos ha sido demostrada...» podríamos referirnos a las diversas aplicaciones de la teoría de sistemas a las relaciones y conflictos internacionales, aspirando muchas de ellas a asegurar la limitación y resolución de las tensiones dentro de una perspectiva integradora. Pero baste referirnos a la aportación de un sociólogo rumano, Silviu Brucan, de especial interés por proceder de un país vinculado al socialismo real. En sus propuestas se puede observar el reconocimiento del peso protagonista del Estado-nación, pero situándolo en primer lugar frente al punto de vista marxista clásico según el cual predomina la lucha de clases. Desde de vista de Brucan, se trataría de enfrentar a la política de las grandes po tencias las presiones de la tecnología y la interdependencia modernas, la voluntad de igualdad de las naciones y, por último, los cambios sociales. Sin embargo, la dimensión militar del sistema internacional es subestimada en este análisis. La confianza en la fuerza integradora de los factores antes citados hace aventurar a Brucan la perspectiva de disolución del poder(62) antes de que termine este siglo.
El breve recorrido por estos estudios de los conflictos nos sirve para ilustrar las dificultades que surgen en la tarea de hacer compatibles la teoría de la disuasión nuclear y las consecuencias que puede tener en aquellos casos en los que no sea posible un control racional de conflictos o guerras limitadas.
Esta cuestión se hace más compleja en la medida en que tanto la dinámica de innovación tecnológica como la teoría de la disuasión obligan a los estrategas políticos a prepararse a una guerra nuclear y a estar en condiciones de ga-
Resultado de la confluencia de ambos procesos ha sido la aparición de doctrinas de opciones nucleares limitadas, no solo en el ámbito militar sino también en el político, en el decenio de los setenta. Pero, para que esas doctrinas fueran viables, ha hecho falta que antes pudiera disponerse de las armas adecuadas. Por eso, paralelamente a las oscilaciones en las relaciones entre bloques político-militares, es importante hacer notar que el momento crítico vivido en la primera mitad del decenio de los ochenta es producto no sólo de tensiones de carácter político o económico sino también de las posibilidades ofrecidas por las nuevas armas planificadas mucho tiempo antes.
En la actualidad, una vez superado parcialmente ese momento crítico tras el acuerdo de destrucción de las armas nucleares de primer golpe, merece la pena resaltar cuáles son las característi-
cas de la carrera competitiva militar así como sus efectos posibles dentro de las escuelas militares. En primer lugar, hay que subrayar la cada vez más difícil distinción entre las nuevas armas convencionales y las nucleares, poder destructivo se refiere; en segundo lugar, la intensificación de la ción en mar y aire, especialmente a partir del proyecto de "guerra de las galaxias"; en tercer lugar, de doctrinas ofensivas por parte de los mandos militares de los principales bloques; en cuarto lugar, las posibilidades mayores de una guerra por accidente; en quinto lugar, la función decisiva, al menos temporalmente, que puede seguir teniendo la fuerza militar de grandes potencias a pesar del deterioro de su hegemonía en otras esferas del sistema internacional; por último, las consecuencias que pueden tener esos cambios en las relaciones entre los Estados dentro de un proceso de proliferación horizontal y vertical de las armas nucleares, químicas, biológicas y convencionales. Pasemos a describir brevemente estos procesos.
Respecto a la primera tendencia indicada, el hecho de que surjan medios de ataque convencionales cada vez mas semejantes a los ingenios nucleares más pequeños, la fabricación de sistemas con cabezas nucieares y convencionales intercambiables, así como los avances en la fabricación de armas químicas y biológicas son las manifestaciones más patentes de la desaparición de la frontera tradicional que separaba las distintas clases de armas. Por consiguiente, aumenta también la posibilidad de escalada en una guerra inicialmente limitada.(63)
El segundo fenómeno apuntado se refiere, en primer lugar, a la nuclearización de los mares, agravada en los últimos años. En las investigaciones recientes se resalta el hecho de que se está procediendo a la instalación de cohetes de crucero con capacidad para dar el "primer golpe" desde el mar, con el argumento adicional de que su movilidad permite una intervención rápida ante los posibles focos de conflicto(64). En segundo lugar, se encuentran las tentativas de prepararse a lo que se liama comúnmente "guerra de las galaxias". Según la Iniciativa de Defensa Estratégica, por ejemplo, se pretende crear unos escudos espaciales capaces de destruir en el aire las armas nucleares estratégicas del adversario, antes de que lleguen a sus blancos. No obstante, las dificultades técnicas y financieras de un proyecto semejante son todavia grandes, lo cual ha obligado a plantear-
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JAIME PASTOR «A medida que se ha ido reforzando la capacidad operativa de los principales Estados y bloques militares para emprender una guerra nuclear-convencional,
Use ha ido debilitando el consenso social interno..» se modificaciones en los objetivos fijados inicialmente por Estados Unidos. En el caso de la URSS, este posible salto en la carrera armamentista constituye sin duda un factor que podría agravar la distancia entre las necesidades estratégicas militares y la capacidad económica del Estado y la industria para asumir aquellas. Teóricamente se sostiene que el establecimiento de esos escudos espaciales haría obsoletas las freno efectivo en la fabricación e instalaarmas y, sobre todo, un cambio en las doctrinas militares vigen-
En efecto, la persistencia de concepciones militares ofensivas dentro de los Estados Mayores de las grandes potencias nucleares constituye un dato fundamental. Aunque se considere irracional el desencadenamiento de una nuclear, la política de disuasión exige, como se ha expuesto antes en este mismo apartado, la preparación a ese tipo de guerra. Por eso la preocupación de los estrategas militares ha consistido en estar dispuestos para el uso de armas nucleares; por esa razón también se han repetido ocasiones en que ha existido la amenaza etectiva de su empleo y en la actualidad doctrinas como la Air-1 and Battle 2.000 o la tentación siempre presente del ataque preventivo confirman la permanencia de la hipótesis de otensiva, corta y basada en la combinación de armamento convencional y nuclear.
Respecto a las posibilidades de una guerra por accidente, ésta es una posibilidad avalada por la dificultad que supone el control racional de la tecnología intormativa y de comunicación rápida que exige e empleo, antes que el adversario lo haga, de armas destructivas de gran alcance. Algunos investigadores concluyen del estudio detallado de este proceso tan corto que "el peligro de guerra como consecuencia de la distunción entre control y complejidad está creciendo. La guerra por accidente es un peligro más grande que la guerra por
El quinto factor mencionado tiene que ver con los cambios que se producen en otras esferas de las relaciones internacionales. Sólo queremos referirnos a la mayor complejidad del sistema interna-
Estados y de la mundial, que parecen favorecer la multipolaridad con la emergencia de nuevas grandes potencias y con cambios en el peso económico y las relaciones de interdependencia entre aquéllas y las viejas grandes potencias. En esas circunstancias la carrera de armamentos puede plantearse en nuevos términos, bien para estimularla, bien para provocar una reorientación a través de fórmulas como la disuasión discriminada o la disuasión suficiente(67). En todo caso, la importancia atribuida al factor militar en las relaciones y alianzas entre las diversas apuntándose únicamente la tendencia a corregir el desequilibrio que en esta esfera pueda existir entre todas ellas.
El proceso anterior se complica con las consecuencias de la amplia difusión de las formas de hacer la guerra industrial y nuclear. El poder destructivo de las nuevas armas convencionales así como el de armas nucleares tácticas, por no hablar de las químicas y biológi-
Men manos de un número cada vez mayor de Estados nacionales, difícilmente controlables por organismos internacionales, con lo cual aumenta la amenaza de guerras ofensivas que pueden adquirir, al menos, una dimensión
Del análisis de esta serie de fenómenos se puede deducir la posibilidad mayor de una guerra nuclear-convencional y, en todo caso, la continuidad de las tendencias a la militarización de las sociedades; o también, la convicción de el precio, por ahora inevitable, del equilibrio de la disuasión entre los principales bloques
En esta última interpretación se sostiene, además, que gracias a esa disuasión se ha impedido las guerras en
determinadas regiones del planeta y se ha limitado el alcance internacional las guerras locales y regionales de la
De cualquier manera, conviene terminar esta parte con la referencia a otra dimensión de la política de disuasión. Se trata de lo que Pierre Lellouche llama el tradicional dilema sión(68), es decir, el hecho de medida que se ha ido reforzando la capacidad operativa de los principales Estados y bloques militares para emprender una guerra nuclear-convencional, se ha ido debilitando el consenso social interno que les es igualmente necesario para garantizar el apoyo a su política de seguridad; aunque este proceso haya sido desigual en función de la relación que ha podido establecerse entre ese factor y otros de orden económico, social o político. Ese dilema ha sido patente en la primera mitad del decenio de los ochenta y no es ajeno a la existencia de focos de conflicto bélico en el mundo, a la crisis de los Estados del bienestar o a la de los Estados del socialismo real. De esta forma, aparecen estrechamente asociados dos de los Estados nacionales, ya descritos a lo largo de este trabajo: la violencia externa y la pacificación interna. Ahora se plantean, además, como un problema inherente a la permanencia de un sistema internacional basado en la existencia de Estados soberanos, al menos teóricamente, en el uso de medios de destruccion a gran escala.
No es, por tanto, casual que en la era nuclear la visión de la guerra como un mal al servicio del progreso haya sido puesta en cuestión desde las más diversas corrientes de pensamiento, generando nuevas actitudes ante el pacifismo. Como tampoco es ajena a esta nueva conciencia ante la guerra, aunque influyan sin duda otros factores, la firma del primer acuerdo de desarme nuclear por los representantes de las dos principales potencias militares.
Por consiguiente, en la era nuclear se ven manifestadas de manera patente las tendencias que parten de la aparición del sistema internacional que surge con los Estados modernos y las nuevas formas de hacer la guerra. La influencia de la industrialización y del capitalismo tiene que ser reconocida en este proceso histórico; pero no pueden ser ignoradas la dinámica y la autonomía específica que van alcanzando las guerras, el militarismo y la lucha por el poder hasta el punto de desembocar en la amenaza de una guerra nuclear total y última para la humanidad
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JAIME PASTOR NOTAS
1). Gaston Bouthoul,, Le phenomene gue re, Paris, Payot, 1962, pag. 31 (2). Basta referirse a obras como la de Konrad Lorenz (Sobre la agresión: el pre tendido mal, Madrid, Siglo XXI, 1980) y la respuesta a aquella de Ashley Montagu (La naturaleza de la agresividad humana, Madrid, Alianza, 1978). (3). Nos referimos a un comentario de Marx en "Líneas fundamentales de la crítica de la economía política (Grundrisse)", Obras de Marx, Engels (OME), Grijalbo, 1978, Tomo 2. (4). Gordon Childe, Los orígenes de la civilización, México, FCE, 1984, pág. 179. (5). Citado por Hans van der Dennen en "Sobre la guerra: conceptos, definiciones, datos de investigación. Un breve exámen de la literatura y la bibliografía existentes" en Anuario de Estudios sobre Paz y Conflictos, 1986, Vol. I, pág. 139. (6). Umberto Gori, "Guerra", en Norberto Bobbio y Nicola Matteucci (eds.), Diccionario de Política, México, Siglo XXI, 1982, pág. 765. (7). Hans van der Dennen, art. y obra citados. En el mismo sentido se pronuncian Evan Luard (War in international society, Londres, IB Tauris, 1986, pág. 7) e Istvan Kende ("Terrorism, wars, nuclear holocaust" en International Social Science Journal, vol. 38, n. 4, Nueva York, 1986). No obstante, el criterio de la corta duración no puede ser considerado como imprescindible, sobre todo en las condiciones de la guerra industrial contemporánea. (8). David Riches en C. Creighton y M.Shaw (eds.) The Sociology of war and Peace, Lomdres, MacMillan Press, 1987. (9). Karl von Clausewitz, De la guerra, Buenos Aires, Solar, 1960, pág. 24. (10). Karl W. Deutsch y Dieter Senghaas, "La marche vers la guerre: quelques tâches d'une théorie", Comprendre, n. 41-42, Venecia, 1976. (11). El término militarismo aparece por primera vez en las Memorias de Madame de Chastenay en 1816-1818 y luego es utilizado por liberales y socialistas como expresión de su rechazo a las tendencias que manifiesta el Segundo Imperio francés (vid. Volker R. Berghahn, Militarism. The history of an international debate, 18161979, Cambridge, Cambridge Univ. Press, 11981, pág. 7). (12)Lawrence I. Radway, 'Militarismo", en D. Shils (ed.), Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales, Madrid, Aguilar, 1975, Tomo 7, pág. 115. (13). En la crítica de esta interpretación estrecha coincidimos con Joaquín Lleixá, Cien años de militarismo en España, Barcelona, Anagrama, 1986, cap. I. También, sobre las limitaciones de esa definición, vid. Rafael Núñez Florencio, El antimilitarismo en el pensamiento político español en torno al desastre (1891-1906) (Tesis Doctoral presentada en la Universidad Autónoma de Madrid, 1988, inédita), Intro(14). Esa es la opción que proponen Martin Shaw y Colin Creighton en la Introducción a su obra ya citada, pág. 9. Esto no significa que neguemos la existencia de militarismo en la preparación o la práctica de otras formas de violencia política (entendida ésta como el uso de medios de coacción física para mantener o cambiar un orden normativo, tal como sugieren K.W. Grundy y M.A. Weinstein en Las ideologías de la violencia, Madrid, Tecnos, 1976, pág. 13); pero nuestro estudio no tiene el propósito de concentrarse en esos aspectos. (15). Michael Mann, States, war and capitalism, Oxford, Basil Blackwell, 1988, pág. 129. (16). Gordon Childe, op. cit., pág. 182 (17). Como hace observar Perry Anderson, en esas civilizaciones "el poderío militar estaba quizá mucho más ligado al crecimiento económico que en ningún modo de producción anterior o posterior, debido a que la principal fuente del trabajo esclavo era normalmente la captura de prisioneros de guerra, mientras que la formación de tropas libres urbanas con destino a la guerra dependia del mantenimiento de la producción interna por los esclavos" (Transiciones de la antigüedad al feudalismo, Madrid, Siglo XXI, 1979, pág. 21). (18). Un análisis clásico de esos procesos
aparece en Arnold J. Toynbee, Guerre et civilisation, París, Gallimard, 1953. (19). Aunque, en realidad, esa asociación es tan antigua como la civilización (vid. William McNeill, La búsqueda del poder, Madrid, Siglo XXI, 1988, cap./). (20). Michael Howard, La guerra en la historia europea, México, FCE, 1983, pág. 13. (21). Como indica J.A. Maravall, refiriéndose a ese período de transición, "si el Esta. do necesita, como nueva forma de la organización política, ser soberano, no es por capricho o arrogancia de su príncipe, sino porque la guerra se convierte para él en una actividad vital y ello es así, a su vez, porque las concepciones del mercantilismo le hacen comprender la actividad bélica como un recurso económico imprescindible" (Estado moderno y mentalidad social, Madrid, Revista de Occidente, 1972, vol. 2, págs. 215-216). (22). Norbert Elias, El proceso de civilización (investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas), Madrid, FCE, 1987, págs. 344-345). Vid. también Charles Tilly, 'Wes tern State-Making and Theories of Political Transformation", en Ch. Tilly (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Princeton, Princeton Univ. Press, 1975. (23). Carlo M. Cipolla, Cañones y velas en la primera fase de la expansión europea (1.400-1.700), Barcelona, Ariel, 1967, pág 28. (24). La concepción de Maquiavelo de que "una guerra es legítima por el mero hecho de ser necesaria, y es un acto de humanidad cuando no queda esperanza más que en ella" (El Príncipe, Madrid, Ed. Ibérica, s.f. pág. 407) está unida a la idea de la razón de Estado. Se establece así una asociación entre esa idea y las guerras modernas, que sirve de obstáculo para todo intento de distinguir entre causas justas e injustas (vid. Friedrich Meinecke, La idea de la razón de Estado en la Edad Moderna, Madrid, CEC, 1983, Libro III, cap. V). (25). Son ya numerosos los estudios de sociología histórica sobre la función de la violencia en esas revoluciones y no corresponde a este trabajo entrar en esta cuestión. Nos remitimos a la obra ya clásica de Barrington Moore, Los origenes sociales de la dictadura y la democracia,
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JAIME PASTOR Barcelona, Península, 1973, en particular su capítulo VII y al comentario crítico de la misma de Brian M. Downing ('Constitutio-
Warfare and Political Change in Early Modern Europe", en Theory and Society, Londres, vol. 117, n. 1, enero 1988). (26). Ekkehart Krippendorff insiste en la importancia histórica del cambio introducido por la Revolución Francesa respecto a la relación entre derechos democráticos y deberes militares de los ciudadanos (Las relaciones internacionales como México, FCE, 1985, pág. 98). En la toma de conciencia de ese contraste se puede situar, como sugiere Johan Galtung, el punto de partida del pacitismo moderno ("The Peace Movement: A Structural-functional exploration", Princeton, Princeton Univ., mayo 1987, texto de conferencia inédito; también, del mismo autor, "Los nuevos movimientos sociales y la izquierda actual", en VV.AA., El nuevo compromiso europeo, Madrid, Sistema, 1987). (27). Vid. Anthony Giddens, The NationState and violence, Cambridge, Polity Press, 1985, capítulo 9. Tras describir ese proceso, Giddens sostiene, coincidiendo con lo que se guiere defender en este tra.. bajo: "El capitalismo industrial proporcionó los medios para la industrialización de la guerra, pero las actividades y las implicaciones de los estados-nación están en el origen del fenómeno" (ibid, pág. 226). También, Theda Skocpol, siguiendo los análisis de Otto Hintze y Charles Tilly, en Los Estados y las revoluciones sociales, México, FCE, 1984, pág. 49; y Martin Shaw, Dialectics of War, Londres, 1988. (28). Karl von Clausewitz, op. cit., pág. (29). Karl von clausewitz, op. cit. pág. 25. Esta definición de la política es una conclusión que parece desprender el militar prusiano de la lectura de Maquiavelo. Esa filiación ideológica es sugerida por Peter Paret (Clausewitz y el Estado, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1979). (30). Nos referimos al famoso prólogo de Engels a la obra de Marx Las luchas de clases en Francia. Ese cambio en las relaciones entre los ejércitos y las clases medias del siglo XIX, paralelamente al auge del liberalismo y del militarismo, es descrito por Alfred Vagts en su A History of Militarism (civilian and military), Nueva York, Meridian Books, 1959, capítulo VII.
(31). Michael Howard, op. cit., págs. 189 y ss. No obstante, esa confluencia de militares y políticos contrasta con la falta de previsión de los avances logrados en la fabricación de armas que refuerzan el poder de la defensa y en el uso de las trincheras antes de 1914 (vid Aníbal Romero, Líderes en guerra: Hitler, Stalin, Churchill, De Gaulle, Madrid, Tecnos, 1979, pág. 15). (32). Como es natural, esos temores son diferentes en función de las relaciones que mantienen en cada país los Estados naciones con las clases obreras y en las cuales influyen los distintos grados de industrialización y de pacificación interna, según demuestran Robert Loaker y David Coates en "The State and Working Class in Nineteenth-Century Europe", J.Anderson (ed.), The rise of the Modern State, Londres Harvester Press, 1986. (33). Hegel, Cattaneo, Spencer, Proudhon • Marx coinciden, desde distintas visiones de la historia, en esa idea de la guerra. La dificultad de aplicar esa misma idea a la guerra nuclear es, como veremos, un lugar común en muchas corrientes de pensamiento contemporáneas, tal como de muestra, por ejemplo, Norberto Bobbio en El problema de la guerra y las vías de la paz, Barcelona, Gedisa, 1982. (34). W. Sombart, Guerra y capitalismo, Madrid, colección Europa, 1943. (35). Otto Hintze, Historia de las formas políticas, Madrid, Revista de Occidente, 1968, y Feudalismo-capitalismo, Barcelona-Caracas, Alfa, 1987. En 1914 Hintze adopta una posición favorable a Alemania partiendo de que tiene que defenderse frente a la potencia que aspira al dominio universal, Inglaterra (vid. su artículo sentido de la guerra" en VV.AA., Alemania y la guerra europea, Barcelona, Gustavo Gili, 1916). (36). Ludwig Gumplowicz, La sociología y la política, Madrid, La España Moderna, s.f., pág. 143. También, Franz Oppenheimer, L'Etat, ses origines, son évolution et son avenir, París, Giard et Brière, 1913. No pretendemos entrar en el debate sobre esta teoría sino únicamente reconocer su aportación en el estudio de la relación entre Estado y guerra, a pesar de que, como ha demostrado entre otros Lawrence Krader (La formación del Estado, Barcelona Labor, 1975, cap. 3), esta teoría no haya tenido en cuenta otros factores internos..
(37). Max Weber, Economía y sociedad, México, FCE, 1984, pág. 670. (38). Vid. R. Aron, Pensar la guerra. Clausewitz, Buenos Aires, Instituto de Publicacioanes Navales, 1987, Vol. II, Primera Parte, cap. I. (39). Vid. Allan Gillie, "The State, the Market and the Plan", en James Anderson (ed.), op. cit. (40). P. A. Sorokin, Dinámica social y cultural, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1962, Tomo II, pág. 964. (41). Vid. J. Benoist-Méchin, op. cit., cap. XLIV. En este capítulo se describen las etapas del rearme a partir, sobre todo, de 1926. y en las cuales incide la colaboración militar con la URSS, ya iniciada con el Tratado de Rapallo de 1922. Sobre esta última cuestión, vid. capítulo V de esta te(42). Estas fórmulas son empleadas por Michael Mann para reterirse, con la primera, a la herencia de la etapa anterior a la Revolución Francesa y, con la segunda, a las tendencias de la guerra contemporánea ("The Roots and Contradictions of Moderns Militarism", op. cit.). (43). El pensador militar más representativo de esta concepción es Liddle Hart (Les guerres décisives de l'histoire, París, Payot, 1933). (44). El ideario de De Gaulle durante el periodo de entreguerras es sus más conocidas obras: Le fil de l'epée (El filo de la espada, Barcelona, Plaza y Janpes, 1961), La France et son armée (París, Plon, 1938) y Vers l'armée de métier (París, Plon, 1973); vid. también Léo
Estrategia contra la guerra, Madrid, Guadiana, 1969. (45). Charles Bettelheim sostiene, tras un estudio detallado, que "la potencia efectiva del capital extranjero se incrementó bajo el régimen nazi" (La economía alemana bajo el nazismo, Madrid, Fundamentos, 1972, pág. 107). (46). Dos fenómenos importantes cabe resaltar también en el aspecto armamentista: la aparición del concepto de sistema de armas y la organización de la economía de guerra sobre una base transnacional (W. McNeill, op. cit., págs. 394-395). En cuanto a los efectos destructivos, no co-
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JAIME PASTOR rresponde a este trabajo hacer un análisis exhaustivo sólo merece la pena recordar que el número de muertos final es de alrededor de 55 millones (vid., por ejemplo, Peter Calvocoressi y Guy Wint, Guerra total, Madrid, Alianza, 1979). Se puede encontrar interpretación marxista de esta guerra en E. Mandel, The meaning of the second world war. (47). Esa es también la opinión de Calvocoressi y Wint (op. cit., págs. 886-887). Una conclusión similar, basada en la justificación del nuevo equilibrio del terror, se encuentra en Bernard Brodie, Guerra y política, México, FCE, 1978, pág. 62. (48). Nos remitimos obras como la de Gabriel Kolko (Políticas de guerra. La diplomacia aliada y la crisis mundial de 1943-1945, Barcelona, Grijalbo, 1974) o la de Fernando Claudín (La crisis del movimiento comunista. De la Komintern al Kominform, París, Ruedo Ibérico, 1970). (49). V. Secares, "A Global Perspective on the Arms Race: The World Military Order", en Bulletin of Peace Proposals, Oslo, n. 4, 1981, págs. 353-356. (50). Ibid, pág. 353. (51). Vid. Milton Leitenberg, "Threats of the use of Nuclear Weapons since World War Il", en A. Eide y M. Thee, Problems of contemporary militarism, Croom Helm, Londres, 1980. Para los casos más conflictivos (guerra de Corea, crisis de Suez, crisis de Cuba, guerra de Vietnam), vid. Anibal Romero, Estrategia y política en la era nuclear, Madrid, Tecnos, 1979. (52). Para una tipología de los conflictos y guerras habidas entre Estados del bloque del socialismo real, vid. Anton Bebler, "Conflicts between Socialist States", Journal of Peace Research, Oslo, IPRA, vol, 24, п. 1, 1987. (53). Este problema está relacionado, como se sabe, con la crisis fiscal del Estado del bienestar y con la distinta situación de cada economía nacional y cada Estado dentro de la división internacional del trabajo y de los gastos militares. Sin embargo, a pesar de los efectos inflacionistas y del contraste con los gastos sociales necesarios, la importancia del sector de los armamentos y de su control estatal en las grandes potencias sigue siendo esencial
(vid. Bill Jordan, The State: authority and autonomy, Basil Blackwell, Londres, 1985, сар. 14). (54). La expresión citada es de Francisco López de Sepúlveda, Crisis y amenaza nuclear, Barcelona, Planeta, 1982, pág. 121. (55). Vid., por ejemplo, Dieter Senghaas, Armamento y militarismo, Madrid, Siglo XXI, 1974, cap. Il; también, Marek Thee, "La dinámica de la carrera de armamentos", cuadernos UNESCO, París, 1981, y Wolfgang Panofsky, "La science, la technologie et l'accumulation des armements", en Pierre Lellouche (ed.), La science et le désarmement, París, IFRI, 1981. (56). R. Aron, Paz y guerra entre las naciones, pág. 133. Madrid, Alianza, 1985. (57). Hans Morgenthau, op. cit., pág. 49. (58). Esa expresión aparece utilizada por Schelling en Arms and Intluence, New Haven, Yale Univ. Press, 1966. Pero la principal exposición de su teoría de la decisión interdependiente se encuentra en su obra La estrategia del conflicto, Madrid, Tecnos, 1964. (59). Karl W. Deutsch, El análisis de las relaciones internacionales, Buenos Aires, Paidós, 1974, cap. 11. (60). K.W. Deutsch, op. cit, pág. 152. (61). Vid. Nicholas J. Wheeler y Ken Booth, 'Beyond the security dilemma: technology, estrategy and international security", en Carl G. Jacobsen (ed.), The uncertain couse: new weapons, strategies and mind-sets, SIPRI, Oxford, Oxford Univ. Press, 1987; vid., también una anticipación de esos análisis en Michael Nicholson, Análisis del conflicto, Madrid, Instituto de estudios Políticos, 1974. (62). Silviu Brucan, la disolución del poder. Sociología de las relaciones internacionales y políticas, México, Siglo XXI, 1974. (63). Vid., por ejemplo, Michael T. Klare, "Una frontera que se desvanece. Armas convencionales, doctrinas militares y guerra nuclear", Papeles para la Paz, CIP, n.9, mayo 1986; también, Phil Williams *Emerging technology, exotic technology and arms control", en Carl G. Jacobsen, op. cit. (64). Frank Barnaby, 'Utilización militar de
los océanos", en F. Barnaby (ed.), La guerra del futuro, Madrid, Debate, 1985. (65). Las publicaciones relacionadas con este problema son ya numerosas. Vid., por ejemplo, Marceau Felden, La guerra en el espacio, Madrid, Tecnos, 1987, Bardají, La guerra de las galaxias, Madrid,
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INAPPS, rra de galaxias,
1987.
(66). Carl G. Jacobsen, op. cit., Introducc.
Rafael y la URSS
1986, y E.P. Thompson, La gue-
Grijalbo,
Barcelona,
CIP, 1988).
(67). Estos son los conceptos que se encuentran actualmente en debate en EEUU respectivamente y cuya resolución está todavía pendiente (vid. Mariano Aguirre y Carlos Taibo (eds.), El acuerdo de los euromisiles. De Reikiavic a Washington, Madrid, IEPALA(68). Pierre Lellouche, op, cit., Introducción.