). Discurso de toma de posesión de la cát
(**). Como una máquina.
(***). Cualquier tema teológico.
LA REVOLUCION EN LA
TRASTIENDA El 4 de febrero de 1795, un joven estudiante del Stift de Tübingen, llamado Friedrich Wilhelm Schelling, que sueña -según su confesión- no vivir sino en la filosofía, rememora -en carta al más que fraternal amigo, Hegel- su común apuesta por la insobornable aventura de la Revolución que ruge alegre sobre Europa. "El alfa y omega de toda filosotia es Libertad". Corren tiempos fascinantes y felices. La cabeza de Louis Capeto ha rodado ya en la guillotina, para gozo sereno de todo hombre libre, de todo hombre a secas: de todo ciudadano. Las esperanzas republicanas bullen en las
Poltica, coel osa Santa Aleza gidian.
GABRIEL ALBIAC* te la cual «la Religión ha enseñado aquello que quería el despotismo: el desprecio del género humano y su incapacidad para nada bueno, para ser algo por sí mismo».
Tiene Schelling apenas 19 años y sabe ya muy bien cuáles son -en filosofía- los enemigos mortales a batir (pues que la filosofía es - Kant dixit- sólo campo de batalla): los sacerdotes del orden establecido que convierten el mundo académico alemán en un nauseabundo mausoleo en el cual celebrar, a diario, la masacre de las menores semillas de la insumisión. «¿Quieres saber cómo están las cosas entre nosotros? -escribe, pues, al amigo ausente en Berna- ¡Dios mío!, aquí ha irrumpido una mugre que va a reavivar pronto las viejas malas hierbas. ¿Quién las arrancará? Nosotros lo esperábamos todo de la filosofía y creíamos que el golpe que ha asestado también a los espíritus tubingueses no perdería tan pronto su efecto. ¡Pero así ha sido, desgraciadamente!». Los perros guardianes de la Academia -los sempiternos perros guardianes de la Academia-«se han puesto - sigue ScheIlling- a fabricar tanquam ex machina(**) unos potajes filosóficos tan fuertes sobre quemcumque locum theologicum(***), que la teología, que ya empezaba a escupir sangre, va a presentarse pronto más sana y fuerte que nunca».
La contrarrevolución acecha. Y tal vez no tenga la filosofía mucha fuerza material que oponer a su rodillo normalizador. Como nosotros mismos hemos podido experimentar en cabeza propia, un pueblo que no es capaz de culminar sus revoluciones sólo puede esperar el impla cable golpe de repetición del martillo contrarrevolucionario. Cinco años más viejo, más curtido por las íntimas derrotas cotidianas, el "fracasado" Hegel de Berna, ratifica, con lucidez que se adivina ya cansada, las peores sospechas de su más brillante y feroz hermano menor en la "Iglesia invisible". La contrarrevolución, más que acechar ha comenzado. Nada podrá oponer a sus sólidas bayonetas -y a sus no menos sólidos apolo aistas- la "povera e nuda" filosofía. «Lo que me cuentas del curso teológico-kantiano que ha tomado la filosofía en Tüingen no es de extrañar. La ortodoxia es inconmovible, mientras su profesión vinculada a ventajas seculares, se halle entrelazada con el todo de un Estado». En plata: que un funcionario es siempre un funcionario. Policía de los cuerpos o policía de las almas. Y basta. Y «ese interés material -sigue Hegel- es demasiado fuerte como para ser abandonado voluntariamente... Mientras las cosas, pues, sigan así, la ortodoxia tendrá de su parte al tropel, en constante aumento de los papagayos y los chupatintas a sueldo, tan incapaces de pensar como de abrigar intereses superiores».
Carente, como siempre, de esa serenidad que acabará salvando a Hegel er su final Olimpo berlinés -el cual uno sos pecha, con frecuencia, amargo-, desgacomo siempre, entre el querer y el ser, es el tercer -y más hermosovértice de la Trinidad Espiritual de Tübingen quien más cruelmente ha cristalizado los términos de una antinomia que sabemos insoluble. Nos habla, desde Jena, Friedrich Hölderlin: «¡Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas! La ciencia, a la que perseguí a través de las sombras, de la que esperaba, con la insensatez de la juventud, la confirmación de mis alegrías más puras, es la que me de la agosto al sol del medio y fiorecía
(****). Mitología de la Razón.
caminos- casi todo en este territorio fascinante que configura nuestro propio horizonte histórico. También de ellos podría yo hoy decir -como Schelling lo dijera de Hegel- que «la monotonía de mi vida, cada vez más tediosa y que amarga completamente... la libre expresión de mis opiniones, me empuja a buscar en silencio a mis amigos y a alegrarme con ellos de las esperanzas que debo en gran parte a su trato».
Me vuelvo ahora a mis compañeros de generación. También nosotros, hijos del 68, hemos vivido -como Schelling, como Hölderlin, como Hegel- la experiencia inolvidable de las vísperas de la Revolución. Como ellos, hemos pagado el alto precio de la derrota. Quienes, de entre nosotros, han tomado en algún momento -como el joven de Tübingenla decisión de vivir intransigentemente en la filosofía, saben perfectamente que esta decisión no ha sido ajena a aquellas vísperas febriles y a aquella derrota inocultable. Vivir intransigentemente en la filosofía ha sido nuestro modo de vivir intransigentemente en la revolución. Contra todo arrepentimiento. Espinosianamente, sin esperanza alguna. Quisiera creer que también sin ningún temor.
Hablo de "nosotros" - y no hace falta decir que no hay aquí asomo de plural retórico-. Para un materialista que, como es mi caso, sigue sin conocer apuesta moral decente que se sitúe un ápice por debajo de la revolución, el "yo" es tan odioso como lo era para ese pesimista lucidísimo llamado Blaise Pascal, al cual amo tal vez más aún que leo. "Moi c'est l'autre". Hace ahora exactamente veinte años que llegué a este lugar inevitablemente panóptico del que ya no saldré. Nunca. Hace ahora exactamente veinte años (los hará, día tras día el martes de la semana próxima) de aquel 22 de marzo de 1968 en que el viejo topo de la revolución empezó, de nuevo, a hacer crujir los cimientos de todo lo establecido. Nos instalamos decididamente en el desorden. Fuimos felices, creo. Hablo de los compañeros, de los amigos que fueron más yo de lo que podré nunca llegar a serlo yo mismo. Nos instalamos en el desorden, cuando leíamos al estupendo Althusser, mientras Eleanor Rigby seguía recogiendo sus granos de arroz en el jardín de las iglesias, Jim Morrison invocaba a los jinetes de la tempestad y el Pedro Gimferrer que cifrara todas sus esperanzas bajo especies de eternidad veía alargarse al sol su sombra en julio. Fuimos felices, creo. Envejecemos ahora como agotados corsarios. Inválidos sobre la estúpida tierra firme que, ahora, nos cobija. Somos inútiles ahora -al-
Yes mi caso, peor que inútiles: funcionarios: burócratas del espíritu-. Me considero, sin retórica alguna, un póstumo. Pero el placer de haber vivido testarudamente el infinito gozo de la insumisión, de la contumacia en ese maravilloso desorden contra todo arrepen-
CAMPAÑA DE SUSCRIPCIONES 1988
INPRECOR, LA REVOLUCION timiento al que llamo hoy vivir en la filosofía, ¿quién podrá arrebatárnoslo?. Ninguna derrota puede borrar la memoria de una experiencia semejante -ha escrito el viejo irreverente Kant del año 1798-. A fin de cuentas, como el implacable Bertold Brecht hemos sabido muy
"llamar a derrocar todo el orden existente parece terrible. Pero lo que existe no es orden". Me basta -al menos a mí, que tal vez no exijo ya grandes cosas a la vida- con eso. Con eso y con recordar las palabras del Marx que, en 1843 y hablando de la Alemania de inicios del siglo XIX, hiciera un retrato espeluznante de este país nuestro del final del XX: «Hemos compartido las restauraciones de los pueblos modernos, sin haber tomado nunca parte en sus revoluciones. Hemos pasado por una restauración, en primer lugar, porque otros pueblos se atrevieron a hacer la revolución y, en segundo lugar, porque otros pueblos sufrieron la contrarrevolución, la primera vez porque nuestros DE LA TEMPORADA señores tuvieron miedo, y la segunda porque no lo tuvieron. Nosotros, con nuestros pastores a la cabeza, sólo una vez nos hemos encontrado junto a la libertad, a saber: el día de su entierro».
He empezado con la evocación de un Schelling joven y entusiasta. Bien estará, pues, que, para ir terminando, invoque, al fin, a un Hegel maduro y desesperado. 30 de octubre de 1819. El profesor Hegel -en el cénit cierto de su gloria académica- escribe a Kreuzer: «He vivido treinta años en una época constantemente agitada, llena de temor y de esperanza. Esperaba verme un día libre del temor y la esperanza. Hoy me veo forzado a admitir que todo sigue igual».
Quisiera pensar que, en el fondo, la vieja consigna de Tübingen seguía horadando galerías salvajes en su memoria. «Razón y libertad -había escrito en aquel lejano enero de 1795- sigan siendo la consigna y nuestro lazo de unión en la Iglesia invisible».Los amigos -ya un poco envejecidos- que hoy me acompa-
RECOR IMPRECOR ñan aquí me perdonarán que manipule alevosamente la cita, para hablar de no sotros. Razón y libertad sigan siendo la consigna y nuestro punto de unión en esa exigencia "mínima" que (Brecht dixit)
«es el comunismo: / lo más inmediato, lo normal, lo razonable». Tal fue, tal es, nuestra propia y peculiar "Mythologie der Vernunft" (****).
Y acabo, ahora sí. Lo haré leyendo un texto de uno de esos "otros" que son esencialmente yo. Me fue dado como una ofrenda. Como una ofrenda a todos
«...No hay mucho que celebrar. Ni siquiera conmemorarse puede la confianza en el viejo amanecer soñado. La lentitud de las horas nos perturba. ¿Quién nos responderá..? El Mañana no lo habitan sino fantasmas. Hay que confiar en la esperanza de los Otros desconocidos.
Acaso tengan una mueca de cariño para quienes nos esforzamos e hicimos de la resistencia suprema moral». O 89 IMPRECOR Иа ибе Колта
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