Inprecor en castellano

Revista de la Liga Comunista Revolucionaria (IV Internacional), nueva serie, 1979–1991

Machu-Picchu, enigma de piedra en América

· Inprecor n.º 58, enero de 1988 · pp. 32-35 · 2.200 palabras

[El Che escribió esta crónica de viaje cuando tenía 25 años y era sólo el rebelde, curioso y vitalista Ernesto Guevara. Nos ha parecido interesante darlo a conocer a los lectores del Estado español, donde el artículo no había sido publicado hasta ahora. Hemos reproducido el texto publicado en "Casa de las Américas" n° 163 y la nota del ensayista panameño

MACHU-PICCHU,

ENIGMA DE PIEDRA

EN AMERICA

Ricaurte Soler.] Coronando un cerro de agrestes y empina das laderas, a dos mil ochocientos metros sobre el nivel del mar y cuatrocientos sobre el caudaloso Urubamba, que baña la altura por tres costados, se encuentra una antiquísima ciudad de piedra que, por ampliación, ha recibido el nombre del lugar que la cobija: Machu-Picchu.

¿Es esa su primitiva denominación? No, este término quechua significa Cerro Viejo, en oposición a la aguja rocosa que se le vanta a pocos metros del poblado, Huaina Picchu, Cerro Joven; descripciones físicas referidas a cualidades de los accidentes geográficos, simplemente. ¿Cuál será entonces su verdadero nombre? Hagamos un paréntesis y trasladémonos al pasado.

. El siglo XVI de nuestra era fue muy triste para la raza aborigen de América. El invasor barbado cayó como un aluvión por todos los ámbitos del Continente y los grandes imperios indígenas fueron reducidos a escombros. En el centro de América del Sur, las luchas intestinas entre los dos postulantes a heredar el cetro del difunto Huaina-Capac, Atahualpa y Huascar, hicieron más fácil la tarea destructora sobre el más importante imperio del Continente.

Para mantener quieta la masa humana que cercaba peligrosamente el Cuzco, uno de los sobrinos de Huascar, el joven Manco. II, fue entronizado. Esta maniobra tuvo inesperada continuación: los pueblos indigenas se encontraron con una cabeza visible, coronada con todas las formalidades de la ley incaica posibles bajo el yugo español y un monarca no tan fácilmente manejable como quisieran los españoles. Una noche desapareció con sus principales jefes, llevándose el gran disco de oro, símbolo del sol, y; desde ese día, no hubo paz en la vieja capital del imperio.

Las comunicaciones no eran seguras, bandas armadas correteaban por el territorio e incluso cercaron la ciudad, utili-

Ernesto Guevara zando como base de operaciones la vieja e imponente Sacsahuaman, la fortaleza tutora del Cuzco, hoy destruida. Corría el año 1536.

La revuelta en gran escala fracasó, el cerco del Cuzco hubo de ser levantado y, otra importante batalla, en Ollantaitambo, ciudad amurallada a orillas del Urubamba, fue perdida por las huestes del monarca indígena. Este se redujo definitivamente a una guerra de guerrillas que molestó considerablemente al poderoso español. Un día de borrachera, un soldado conquistador, desertor, acogido con seis compañeros más en el seno de la corte indígena, asesinó al soberano, recibiendo, junto con sus desafortunados compinches, una muerte horrible a manos de los indignados súbditos que expusieron las cercenadas cabezas en las puntas de las lanzas como castigo y reto. Los tres hijos del soberano, Sairy Tupac, Tito Cusi y Tupac Amaru, uno a uno fueron reinando y muriendo en el poder. Pero con el tercero murió algo más que un monarca: se asistió al derrumbe definitivo del imperio incaico.

El efectivo e inflexible Virrey Francisco Toledo, tomó preso al último soberano y lo hizo ajusticiar en la plaza de armas del Cuzco, en 1572: El Inca, cuya vida de confinamiento en el templo de las Virgenes del Sol, tras un breve paréntesis de reinado, acababa tan trágicamente dedicó a su pueblo, en la hora postrera, una viril alocución que lo rehabilita de pasadas flaquezas y permite que su nombre sea tomado como apelativo por el precursor de la independencia americana, José Gabriel Condorcanqui: Tupac Amaru II.

El peligro había cesado para los representantes de la corona española y a nadie se le ocurrió buscar la base de operaciones, la tan bien guardada ciudad de Vicapampa, cuyo último soberano abandonó antes de ser apresado, ini-

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ciándose entonces un paréntesis de tres siglos en que el más absoluto silencio reina en torno al poblado.

El Perú seguía siendo una tierra virgen de plantas europeas en muchas partes de su territorio, cuando un hombre de ciencia italiano, Antonio Raimondi, dedicó diecinueve años de su vida, en la segunda mitad del siglo pasado, a recorrerlo en todas direcciones. Si bien es cierto que Raimondi no era arqueólogo profesional, su profunda erudición y capacidad científica dieron al estudio del pasado incaico un impulso enorme. Generaciones peruanos tornaron sus ojos al corazón de una patria que no conocían, guiados por la monumental obra El Perú, y hombres de ciencia de todo el mundo sintieron reavivar el entusiasmo por la investigación del pasado de una raza otrora grandiosa.

A principios de este siglo, un historiador norteamericano, el profesor Bingham, llegó hasta tierras peruanas, terreno itinerarios seguidos. por Bolívar, cuando quedó sojuzgado por la extraordinaria belleza de las regiones visitadas y tentado por el incitante problema de la cultura incaica. El profesor Bingham, satisfaciendo al historiador y al aventurero que en él habitaban, se dedicó a buscar la perdida ciudad, base de operaciones de los cuatro monarcas insurgentes.

Sabía Bingham, por las crónicas del padre Calancha y otras, que los incas tuvieron una capital política a la que llamaron Vitcos y un santuario más lejano, Vilcapampa, la ciudad que ningún blanco había hollado, y, con estos datos, inició la búsqueda. ficialmente, la región, no escapará la magnitud de la tarea emprendida. montañosas, cubiertas de intrincados bosson desconociendo la lengua sicología de los habitantes, entró Bingham con tres armas poderosas: un inquebrantable afán de aventuras, una profunda intuición y un buen puñado de dólares. o información a precio de oro, fue penetrando en el seno de la extinguida civilización y, un día; en 1911, tras años de ardua labor, siguiendo rutinariamente a un indio que vendía un nuevo conglomerado de piedras, Bingham, él solo, sin compañía de hombre blanco alguno, se extasió ante las imponentes malezas, casi tapadas por ellas, le daban la bienvenida.

Aquí hay una parte triste. Todas las ruinas quedaron limpias de malezas, perfectamente estudiadas y descritas y... totalmente. despojadas de cuanto objeto cayera en manos de los investigadores, que llevaron triunfalmente a su país más de doscientos cajones conteniendo inapreciables tesoros arqueológicos y también, por qué no decirlo, importante valor monetario. Bingham no es el culpable, objetivamente hablando, los norteamericanos, en general tampoco son culpables, un gobierno imposibilitado económicamente para hacer una expedición de la categoría de la que dirigió el descubridor de Machu-Picchu, tampoco es culpable. ¿ No los hay, entonces? Aceptémoslo, pero, ¿dónde se puede admirar o estudiar los tesoros de la ciudad indígena? La respuesta es obvia: en los museos norteamericanos.

Machu-Picchu no fue para Bingham un descubrimiento cualquiera, significó el triunfo, la coronación de sus sueños limpidos de niño grande - que eso son casi todos los aficionados a este tipo de ciencias - : Un largo itinerario de triunfos y fracasos coronaba allí y la ciudad de piedra gris llenaba sus ensueños y vigilias, impeliéndole a comparaciones y conjeturas a veces alejadas de las demostraciones experimentales. Los años de búsqueda y los posteriores al triunfo, convirtieron al historiador viajero en un erudito arqueólogo y muchas de sus aseveraciones cayeron con incontrastable fuerza en los medios científicos, respaldadas por la experiencia formidable que había recogido en sus viajes.

En opinión de Bingham, Machu-Picchu fue la primitiva morada de la raza quechua y centro de expansión, antes de fundar el Cuzco. Se intefna en la mitología incaica e identifica tres ventanas de un derruido templo con aquellas de donde salieron los hermanos Ayllus, místicos personajes del incario; encuentra similitudes concluyentes entre un torreón circular de la ciudad descubierta y el Templo del Sol del Cuzco; identifica los esqueletos, casi todos feme ninos, hallados en las ruinas, con los de las Virgenes del Sol; en fin, analizando concienzudamente todas las posibilidades, llega a la siguiente conclusión: la ciudad descubierta fue llamada, hace más de tres siglos, santuario de los monarcas insurgentes y, anteriormente constituyó el refugio de las vencidas huestes del inca Pachacutec, cuyo cadáver guardaron en la ciudad, luego de ser derrotadas por las tropas chinchas, hasta el resurgimiento del Imperio. Pero el refugio de los guerreros vencidos, en ambos casos, se produce por ser esta Tampu-Toco, el núcleo inicial, el recinto sagrado, cuyo lugar de emplazamiento sería este y no Pacaru Tampu, cercano al Cuzco, como le dijeran al historiador Sarmiento de Gamboa los notables indios que interrogara por orden del Virrey Toledo.

Los investigadores modernos no están muy de acuerdo con el arqueólogo norteamericano, pero no se detallan sobre la definitiva significación de Machu-Picchu.

Tras varias horas de tren, un tren asmático, casi de juguete, que bordea al principio un pequeño torrente para seguir luego las márgenes del Urubamba pasando ruinas de la imponencia de Ollantaitambo, se llega al puente que cruza el río. Un serpenteante camino en cuyos ocho kilómetros de recorrido se eleva a cuatrocientos metros sobre el nivel del torrente, nos lleva hasta el hotel de las ruinas, regentado por el señor Soto,

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hombre de extraordinaria erudición en cuestiones incaicas y un buen cantor que contribuye, en las deliciosas noches del trópico, a aumentar el sugestivo encanto de la ciudad derruida.

Machu-Picchu se encuentra edificada sobre la cima del cerro, abarcando una extensión de dos kilómetros por perímetro. En general, se la divide en tres secciones: la de los templos, la de las residencias principales, la de la gente común.

En la sección dedicada al culto, se encuentran las ruinas de un magnífico templo formado por grandes bloques de granito blanco, el que tiene las tres ventanas que sirvieran para la especulación mitológica de Bingham. Coronando una serie de edificios de alta calidad de ejecución, se encuentra el Intiwatana, el lugar donde se amarra el sol, un dedo de piedra de sesentidós centímetros de altura, base del rito indígena y uno de los pocos que quedan en pie, ya que los españoles tenían buen cuidado de romper este símbolo apenas conquistaban una fortaleza incai-

Los edificios de la nobleza tienen muestras de extraordinario valor artístico, como el torreón circular ya nombrado, la serie de fuentes y canales tallados en la piedra y muchas residencias notables por la ejecución y el tallado de las piedras que la forman.

En las viviendas presumiblemente dedicadas a la plebe, se nota una gran diferencia por la falta de esmero en el pulido de las rocas. Las separa de la zona religiosa una pequeña plaza o lugar plano, donde se encuentran los principales reservorios de agua, secos ya, siendo esta una de las ra-

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zones, supuestas dominantes, para el abandono del lugar como residencia permanente.

Machu-Picchu es una ciudad de escalinatas; casi todas las construcciones se hallan a niveles diferentes, unidas unas a otras por escaleras, algunas de roca primorosamente tallada, otras de piedras alineadas sin mayor afán estético, pero todas capaces de resistir las inclemencias climáticas, como la ciudad entera, que sólo ha perdido los techos, de paja y tronco, demasiado endebles para luchar contra los elementos.

Las necesidades alimenticias podían ser satisfechas por los vegetales cosechados mediante el cultivo en andenes, que todavía se conservan perfectamente.

Su defensa era muy fácil debido a que dos de sus lados están formados laderas casi a pique, el tercero es una angosta garganta franqueable sólo por senderos fácilmente defendibles, mientras el cuarto da al Huaina-Picchu. Este es un pico que se eleva a unos doscientos metros sobre el nivel de su hermano, difícil de escalar, casi imposible para el turista, si no quedaran los restos de la calzada incaica que permiten llegar a su cima bordeando precipicios cortados a pique. El lugar parece ser más de observación que de otra cosa ya que no hay grandes construcciones. El Urubamba contornea casi cornpletamente los dos cerros haciendo su to-

Ya dijimos que está en controversia la significación arqueológica de Machu-Picchu, pero, poco importa cuál fuera el origen primitivo de la ciudad o, de todas maneras, es bueno dejar su discusión para los especialistas. Lo cierto, lo importante, es que nos encontramos aquí frente a una pura expresión de la civilización indígena más poderosa de América, inmaculada por el contacto de las huestes vencedoras y plena de inmensos tesoros de evocación entre sus muros muertos o en el paisaje estupendo que lo circunda y le da el marco necesario para extasiar al soñador, que vaga porque sí entre sus ruinas, o al turista yanqui que, cargado de practicidad, encaja los exponentes de la tribu degenerada, que puede ver en el viaje, entre los muros otrora vivos, y desconoce la distancia moral que los separa, porque estas son sutilezas que sólo el espíritu semi-indígena del latinoamericano puede apreciar.

Conformémonos, por ahora, con darle a la ciudad los dos significados posibles: para el luchador que persigue lo que hoy se llama quimera, el de un brazo extendido hacia el futuro cuya voz de piedra grita con alcance continental: «ciudades de Indoamérica, reconquistad el pasado»; para otros, aquellos que simplemente "huyen del mundanal ruido", es válida una frase anotada en el libro de visitantes que tiene el hotel y que un súbdito inglés dejó estampada con toda la amargura de su añoranza imperial: «l am lucky to find a place without a Coca-Cola propaganda»..