Inprecor en castellano

Revista de la Liga Comunista Revolucionaria (IV Internacional), nueva serie, 1979–1991

Francia

Mitterrand, a medio camino

· Inprecor n.º 37, marzo-abril de 1984 · pp. 4-8 · 3.393 palabras

1984:

MITTERRAND, A MEDIO CAMINO

FRANCIS SITEL Francois Mitterrand adquirió fama de profeta en su tierra, cuando se confirmó su pronóstico de que la elección de un presidente de izquierda abriria un período de "estado de gracia" . Razón de más para tomarse en serio su apreciación de que 1984 será "el año de las dificultades".

En muchos aspectos el gobierno de Francois Mitterrand está a mitad de camino. El período de "estado de gracia" ha quedado atrás, ha agotado lo que podía dar de sí y nadie cree en su continuidad. Las personalidades del régimen, que en la actualidad prefieren los balances a las perspectivas y no se arredan ante las mentiras groseras, se dedican a repetir que la izquierda ya ha hecho más reformas que en 1936 ó 1945. Por delante, esperan las elecciones legislativas de 1986, en relación a las cuales las elecciones europeas de junio de 1984, van a ser una especie de ensayo general.

Todas las fuerzas políticas se organizan de cara a las elecciones de 1986, comprendiendo que serán un acontecimiento decisivo ya que, en buena lógica electoral, según lo confirman todas las elecciones parciales, significarán el fin de la mayoría parlamentaria obtenida en 1981 por el Partido Socialista (PS) y el Partido

A ello contribuirá el hecho que las perspectivas sociales aparecen totalmente bloqueadas. La crisis económica se mantiene, más profunda que nunca, al tiempo que se han disipado todas las ilusiones sobre la capacidad de los reformistas para emprender una política distinta de la de la burguesía, que lleva al paro masivo, a los ataques contra el poder adquisitivo, contra la seguridad social y todas las conquistas de los trabajadores. Jacques Delors, ministro de Economía, y Edmon Maire, secretario de la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (CFDT), no ofrecon una salida distinta: los trabajadores sólo pueden esperar una austeridad prolongada y despidos masivos. Este es el precio de la "modernización" del aparato industrial francés y la vía impuesta por la voluntad nacional de afrontar la crisis y la competencia internacional. La huelga de los obreros de la fábrica de importantes conflictos relacionados con las automóviles Talbot de Poissy, en el cintu- libertades y los salarios, que han demostrado rón parisino, desarrollada por la mayoría de una gran combatividad, especialmente por los obreros especializados (OS) inmigrados, parte de los obreros inmigrados. Tanto en par de be obre ha marcado profundamente el final del año Talbot-Poissy como en Citröen, estos 1983 y el inicio del año 1984. Esta huelga era obreros han hecho saltar por los aires el sisuna respuesta a la decisión patronal del 12 de tema represivo y terrorista que la patronal septiembre, que pretendía despedir a 2.905 había mantenido durante años, por medio de de los 16.000 trabajadores de la fábrica, y los sindicatos de empresa afiliados a la Conpronto tomó un carácter ejemplar porque se federación de Sindicatos Libres (CSL), trataba de un "sector sensible" por muchas neredera de la Confederación Francesa razones. del Trabajo (CFT).

Imponer los despidos a una clase obrera La huelga de Talbot-Poissy combativa, orgullosa de sus derechos y de su dignidad nuevamente conquistada en las

El grupo Peugeot SA (Peugeot-Citroen- luchas post-mayo de 1981, era una prueba Talbot), enfrentado a grandes dificultades difícil para la dirección de Peugeot y un test derivadas, entre otras causas, de errores de para el conjunto de la patronal y para el gogestión, emprendió una amplia reestructura- bierno. Porque, en nombre de idénticas neción que implicaba el abandono de la marca cesidades de reestructuración para elevar la Talbot, importantes inversiones para auto- productividad del trabajo, se han desarrollamatizar la producción y decenas de miles de do planes que prevén decenas de miles de despidos. Pero en los dos últimos años, las despidos, tanto en el sector nacionalizado industrias del automóvil han protagonizado como en el privado del automóvil, la side-

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rurgia, los astilleros, la minería del carbón, el textil...

Para afrontar esta prueba de fuerza la patronal se ha asegurado el apoyo total del gobierno de Pierre Mauroy. Este ha apoyado los despidos de Peugeot en nombre de los mismos imperativos de la competitividad capitalista, que ahora se presentan como una reducción del "excedente laboral"'. No se trataba solamente de aplicar la política que reclama la burguesía en este terreno, sino de demostrar también a esta misma burguesía la capacidad del gobierno para imponer estos despidos a la clase obrera.

Ante la huelga con ocupación de Talbot-Poissy, el gobierno abrió negociaciones con los patronos de Peugeot. Estas dieron por resultado una reducción del número de despidos (de 2.905 a 1.905) y la elaboración de un "plan social"' complementario: formación profesional, subvención de 20.000 francos a las empresas que contrataran obreros despedidos de Talbot, "ayudas al retorno"' de los emigrados... Por su parte, la dirección de la empresa, amenazaba lisa y llanamente con cerrar la fábrica si continuaba la huelga.

Estas medidas, que sirven de modelo al "panel social" de los planes de reestructuración elaborados actualmente por el gobier•no, pretendían dividir a los trabajadores oponiendo los huelguistas a los no-huelguistas, los despedidos a los no-despedidos, los inmigrados decididos a regresar a los que no quieren perder su trabajo, a la vez que trataban de aislar a los obreros más combativos.

Al mismo tiempo, el gobierno quería implicar en esos planes a las direcciones sindicales, las cuales se han negado a organizar seriamente la lucha y a organizar la solidaridad a escala nacional. La Confederación General de Trabajadores (CGT), con gran implantación en la fábrica a raíz de haber dirigido las huelgas de la primavera pasada, se ha desacreditado totalmente ante los trabajadores al aprobar el "buen acuerdo" Peugeotgobierno relativo a los 1.905 despidos, ya que los miles de obreros combativos que ocupaban la fábrica hicieron oídos sordos a su propuesta. Optaron por dar una batalla firme para conseguir la reivindicación de 'Zéro licenciements|" (¡Cero despidos!), que había sido popularizada por la pequeña sección de fábrica de la CFDT.

A partir de este momento el choque, que ya era inevitable, fué frontal. Los huelguistas sólo recibieron el apoyo de la sección de la CFDT de Talbot-Poissy y del sindicato de la CFDT del departamento de Yvelines. La dirección solidaridad, pero decidió apoyar el conflicto por razones internas, en particular para no permitir que los militantes de "oposición" que dirigen la CFDT local se beneficiaran de la huelga de Talbot. Prefirieron "apoyar'" la huelga, para digerir las contradicciones que se abrían entre su orientación de aceptar la política gubernamental de austeridad y la movilización de los trabajadores contra los despidos. Por otra parte, la dirección confederal de la CFDT, marginada de las negociaciones con el gobierno, ha utilizado el conflicto para indicarle que la CGT en solitario, no era una garantía suficiente para controlar una huelga como ésta.

Frente a la lucha de los trabajadores contra los despidos se ha levantado una verdadera "unión sagrada anti-Talbot" formada por la patronal, el gobierno y la mayoría de las direcciones sindicales. Al mismo tiempo, se ha desencadenado una intensa campaña de prensa, no exenta de cierto tuto racista, contra el "corporativismo"' y el "arcaismo" de los trabajadores en huelga, presentando la lucha como algo contrario al "progreso"' y a la competitividad de la industria francesa. Por último, la patronal desencadenó un ataque de increíble violencia contra los huelguistas que ocupaban la fábrica e impedían la reanudación de la producción. Comandos organizados por la CFT, reforzados por grupúsculos fascistas y apoyados por los encargados, agredieron a los obreros. Los huelguistas, con mucho coraje, consiguieron rechazar a los atacantes y construyeron barricadas en uno de los talleres, que durante un día entero se convirtió en una plaza fuerte.

Pero el conflicto había alcanzado un grado tal de violencia y los obreros huelguistas se encontraban tan aislados a consecuencia de la política de las direcciones sindicales (incluída, en esta ocasión, la CFDT), que la dirección de la empresa pudo imponer la reanudación del trabajo algunos días más tarde. Y consiguió su objetivo de despedir a cerca de 2.000 trabajadores. Esto significa una derrota para la clase obrera, pero una derrota con la cabeza alta, después de un combate ejemplar cuyas consecuencias en el seno de la clase obrera y el movimiento sindical son ya considerables.

La lucha de Talbot ha puesto al rojo vivo la reivindicación de "No a los despidos"' y ha partido literalmente por la mitad al movimiento sindical. A un lado están los que, por una u otra razón apoyan los despidos y los justifican retomando las explicaciones comunes de la patronal y del gobierno sobre "los imperativos de la política de modernización". . Al otro lado están los que rechazan que la mayoría de izquierda y los sindicatos hagan el trabajo sucio de la patronal, que el ''cambio" prometido se traduzca en decenas de miles de despidos, en aumento del número de parados y en la utilización de policías y comandos fascistas contra los trabajadores.

En este sentido la huelga de los OS de Talbot ha significado el final de una etapa, la de "'espera" de las concreciones del cambio por parte de los trabajadores. Ha abierto fisuras importantes en el seno del movimiento obrero, de sectores enteros de los sindicatos y de las direcciones sindicales que

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(1)''| Viva la crisis!" fué el título de una re ciente y polémica emisión de televisión destinada a difundir esta orientación de aceptación voluntaria de la austeridad en nombre de la mutación industrial. Su presentador fué el actor y cantante Yves Montand, muy popular en Francia y antiguo compañero de viaje del PCF.

apoyan la política de colaboración de clases | del gobierno. Un giro político

La huelga de Talbot y la actitud del gobierno frente a ella han constituido el preludio de una serie de decisiones gubernamentales dirigidas hacia un mismo objetivo: la sistematización de la política de austeridad y la búsqueda de un discurso político más directamente ajustado a ella. En este sentido es previsible que nos encontremos ante un "giro político" • que responde y complementa al giro económico de marzo de 1983, que había significado la adopción de la llamada política de rigor.

Actualmente, para el gobierno, ya no se trata de "disminuir el paro"' , objetivo que ha sido abandonado oficialmente desde 1983, en nombre de la lucha prioritaria contra el déficit del comercio exterior mediante la reducción de la demanda interna. Tampoco se propone mantener el número de parados en la "cresta de los dos millones" . Se trata de modernizar el aparato industrial francós, o sea efectuar las reestructuraciones (los dirigentes de la izquierda reformista prefieren llamarlas "mutaciones industriales") que la crisis impone al sistema capitalista francés, si quiere restablecer sus beneficios y hacer frente a una competencia internacional exace de verdadero manifiesto-programa: "Las actuales roconversiones industrialos se inscriben, pues, en una lógica profunda. Francia se muevo. So adapta. Y no ha osperado el principio de 1984 para iniciar este movimiento". En nombre de esta pretendida modernización, que se convierte en la nueva bandera de la izquierda reformista, el gobierno invita a los trabajadores a aceptar los despidos, el paro, las reconversiones profesionales y geográficas, la pérdida de sus conquistas... Cualquier otra actitud es tachada, evidentemente, de "conservadora". Mauroy declara: "Los obreros, monos que nadie, no deben dejarse arrastrar a esta forma de conservaduriso que significa el rechazo de los avances tecnológi-

En otro terreno, el gobierno y el ministro comunista de la Función Pública, Anicet Le

Pors, se niegan firmemente a la reivindicación de los funcionarios, consistente en una revisión salarial que compense el alza de precios del año anterior. Esta revisión estaba contemplada en una "claúsula de salvaguarda" del acuerdo firmado con las organizaciones sindicales y que siginificaba, en la práctica, una congelación de salarios. Al mismo tiempo, se ha orquestado una campaña de prensa contra los "privilegiados" de la administración, que se atreven a reivindicar su poder adquisitivo, considerando que se trata de "privilegiados" porque tienen una garantía de empleo a diferencia d el resto de trabajadores.

Mientras se desarrolla esta política gubernamental contra el empleo y el poder adquisitivo de los trabajadores, en nombre de la crisis y de los sacrificios que exige la "modernización" de la industria, el gobierno pone a punto la otra cara de su política, elogiando la libre empresa en general y a los empresarios en particular, mientras la derecha le obsequia con unos irónicos aplausos.

En un libro reciente, que se convertira probablemente en el best-seller del reformismo desmelenado, Max Gallo, portavoz oficial del gobierno y oficioso de Mitterrand, ha escrito sin pudor que "no se puado saguir ignorando la rolación entro la libertad del individuo y la libertad de omprendor, ontre dinamiamo social y morcado, entre sociedad abierta y beneficio". Más adelante, al definir las "consocuencias de los mecaniamos de mercado", Max Gallo las define como: "reconocimiento del éxito, legitimidad de una remuneración (a través del boneficio), de la iniclativa y del trabajo creador y, en consocuencia, aceptación de una jerarquía on la estructura social"'. Es el propio Max Gallo quien subraya estas tres palabras clave en su libro. En nombre de la modernidad y de la grandeza nacional, Pierre Mauroy y Max Gallo invitan a los trabajadores a rechazar el "arcaismo"' y el "corporativismo". O sea, a no reivindicar y a no defender su empleo. Y todo ello para poder disfrutar las delicias de lo que todavía no se atreven a designar claramente como una cogestión del sistema capitalista al estilo francés.

Arrastrado por sus ímpetus modernistas, el gobierno Mitterrand no escatima los medios. Utiliza la televisión para difundir una ofensiva ideológica que busca convencer a los trabajadores que la "crisis" es, en realidad, una vasta mutación social que significa una oportunidad que hay que saber aprovechar... a base de esfuerzos. Mauroy, en el artículo citado, explica que "lo que se llama popularmente la crisis, es el tiempo de adaptación que necesitamos". Y todo el coro grita: ", Viva la crisial".(1)

Esta ofensiva ideológica quiere desembarazar a la izquierda reformista de sus "viejos hábitos", o sea, de su excesiva preocupación por las reivindicaciones. Las promesas, los "privilegios", , la realización del cambio y de la justicia social. En resumen, extirpar definitivamente la esperanza creada por la victoria electoral del 10 de mayo de 1981 y convencer a los trabajadores que la lucha de clases se disuelve en la "modernidad".

Sin embargo todo eso no es muy convincente. Los trabajadores, con modernidad o sin ella, deben defender su empleo y su

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salario. Los patronos, por su parte, se burlan, al estilo del editorialista de Los Echos, periódico oficioso del Centro Nacional de Patronato Francés (CNPF), que escribe: "Se trata de "modernizar Francia" y no, fljenso bien, de socializarla. Eso de la modernidad nos portonoce a todos. Adolante, pues, con la modornidad...

El gobierno está dispuesto a redoblar sus esfuerzos para que, por lo menos la patronal, le comprenda. Su actitud frente a los obreros en huelga de Talbot-Poissy y a los funcionarios es uno de los medios. El abandono de la batalla por la escuela laica es otro. Miterrand se había comprometido a satisfacer esta vieja exigencia de la izquierda: la derogación de las leyes anti-laicas impuestas por la reacción (que permiten la financiación pública de las escuelas privadas, la mayoría de las veces religiosas, en detrimento de la escuela pública), así como la puesta en pie de un gran servicio público, único y laico de enseñanza. La derecha ha desarrollado una enorme campaña y ha movilizado a centenares de miles de partidarios, en defensa de lo que demagógicamente llama la "libertad de escuela" . También los partidarios de la escuela laica y el movimiento obrero, han movilizado a centenares de miles de personas para exigir la nacionalización laica de la ensefianza privada y la derogación de las leyes antilaicas. En vísperas de la más gigantesca manifestación de la derecha después de 1968, que reunió más de 500.000 personas en defensa de la "'escuela libre" el día 4 de marzo en Versalles, Lionel Jospin, primer secretario del PS anunció la posición del gobierno: la retirada, el fin de la "guerra escolar" bras: "El objetivo es concentrar las fuerzas en la batalla económica... No se puoden of de decien bimuleteos, varios to-

Este abandono puro y simple de un objetivo al que se sienten profundamente ligados la mayoría de los militantes socialistas, significa otorgar una importante garantía a la derecha, un signo concreto de la voluntad de compromiso del gobierno, por no decir una humillante prueba de su espíritu de concesión y de capitulación. Unas tensiones crecientes

Las "dificultades" del gobierno Mitterrand-Mauroy son fácilmente comprensibles: capitulación en el terreno de la escuela laica, doloroso fracaso en el plano internacional, por la rețirada sin gloria de las tropas francesas del Líbano; una política económica cuyos resultados aparecen como inaccesibles en términos de modernización, mientras que los golpes encajados por los trabajadores son numerosos, dolorosos e inme-

El riesgo de una ruptura abierta entre los partidos de la mayoría y su base social es evidente. El debilitamiento del apoyo social puede medirse en las sucesivas elecciones parciales, que se traducen en derrotas de la mayoría PC-PS. En estas condiciones, la principal preocupación de Jacques Chirac (alcalde de París, dirigente del muy reaccionario Reagrupamiento por la República (RPR) y que se afirma cada vez más como el principal líder de la derecha) es calmar a sus tropas, a fin de no provocar reacciones obreras de respuesta y de no precipitar inconvenientemente el desenlace político.

La movilización de los camioneros por reivindicaciones muy corporativas, que ha paralizado durante varios días las carreteras de los Alpes en el momento de las vacaciones escolares de febrero, bloqueando a miles de personas, ha permitido a Chirac hacer alarde de "moderación". En lugar de echar leña al fuego, ha preferido hacer un llamamiento a la moderación y al "respeto al órden". El que se tratara de un movimiento en gran parte no controlado, a la vez que demuestra la radicalización social y política de las capas pequeñoburguesas, ha impedido su convergencia con los "proyectos razonables"' de conquista del poder, que defienden actualmente los aparatos políticos de la derecha.

Las elecciones europeas constituirán una nueva etapa en la vía de reorganización de las fuerzas de la derecha. En junio de 1984 el RPR y la Unión por la Democracia Francesa (UDF, coalición ligada a .Giscard d'Estaing) presentarán una lista única a éstas elecciones. Es la solución que ha impuesto Simone Veil, con el apoyo de Jacques Chirac.

Por su parte Francois Mitterrand no debe hacerse muchas ilusiones sobre la posibilidad de volver a movilizar al electorado obrero, dada la política que está desarrollando. Por eso se esfuerza en impulsar, bajo mano, una lista de '"centro izquierda" para las próximas elecciones europeas. La conducción de esta operación se ha contiado a Maurice y Edgard Faure, que son dos "viejos caballos" radicales. Si tuviera éxito, lo cual no es seguro, serviría para "abrir más la cancha" de la vida política francesa, debilitando la polarización política derecha-izquierda. Un "grupo bisagra" que obtuviera un mínimo de reprasentación parlamentaria, gracias a la introducción de cierta dosis de proporcionalidad en las elecciones legislativas de 1986, podría permitir la reanudación de viejas tradiciones parlamentarias: un Partido Socialista balanceándose entre el Partido comunista por un lado y los grupos de derecha por el otro. Entonces serían posibles diversas soluciones de transición, como la ampliación de la alianza o el cambio de alianza. Son muchos los que sueñan con una evolución como ésta. Entre ellos quizá el PCF que, a fuerza de tragar culebras (por su participación en el go-

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bierno y su compromiso con el PS) debe temer una muerte por indigestión y que se comprometan definitivamente sus lazos con una clase obrera harta de austeridad.

Tanto la derecha como la izquierda parecen tener controlado el escenario de 1986. Sólo existe un fallo: no toman en consideración la posible aceleración de la radicaliza. ción política y social. Sin embargo, los sintomas existen: ascenso del racismo, avance de las organizaciones fascistas, conflicto de los camioneros, endurecimiento de las luchas obreras. El conjunto de estos factores indica que, bajo los efectos en profundidad de la crisis y en el particular clima político que ha creado la presencia de los partido: obreros en el gobierno, la sociedad francesa está siendo sacudida capa tras capa y sector tras sector. lucha. Lo único que se puede afirmar con seguridad es que, dada la política del gobierno,