Inprecor en castellano

Revista de la Liga Comunista Revolucionaria (IV Internacional), nueva serie, 1979–1991

Gran Bretaña: El balance del Thatcherismo

· Inprecor n.º 27, marzo de 1982 · pp. 33-38 · 5.220 palabras

En diciembre de 1981, los resultados de dos elecciones vinieron a simbolizar la clave de la situación política en Gran

Bretaña. Sin embargo, a primera vista parecían apuntar en direcciones opuestas. Las primeras fueron las elecciones parciales parlamentarias de

Crosby. El recién creado Partido

Socialdemócrata (SDP) obtuvo , una contundente victoria. Pero lo que resulta aún más significativo

Men un período de creciente hostilidad hacia el gobierno Tory de Thatcher, es que el partido tradicional de la clase obrera, el Partido Laborista, obtuvo un humillante 9,5% de los votos.

Posteriormente, en el mismo mes de diciembre, se convocaron las elecciones presidenciales del Sindicato Nacional de Mineros (NUM). El candidato del ala izquierda, Arthur Scargill, que probablemente es el dirigente sindical que más ataques ha sufrido por parte de la prensa capitalista, logró una sonada victoria, obteniendo el 70% de los votos. E N ese mismo mes, en una de las luchas obreras más importantes de todo un período, y tras varios años de sufrir derrotas sucesivas, los trabajadores de la British Leyland en Londbridge, Birmingham, protagonizaron una huelga de cuatro semanas contra el aumento de la productividad - un acontecimiento que revelaba claramente la crecientecombatividad de importantes sectores de la clase obrera. Esto ocurrió tras un largo período de retrocesos, y su significado como sintoma vino confirmado por otros acontecimientos de que hablaremos más adelante.

¿Cómo explicar esta combinación de hechos? ¿Cómo es posible explicar que estemos asistiendo al mismo tiempo a una reanimación de las luchas obreras después de un período en que la clase obrera ha sufrido importantes derrotas económicas, y a una serie de victorias electorales importantes del SDP y los liberales y de derrotas del laborismo? La explicación de la combinación de todos estos hechos —sin sacar algunos de ellos de su contexto, sino cap-

El balance

tando su desarrollo y su dinámica global -ha de ser la piedra de toque de cualquier análisis serio de la situación política actual del Thatcherismo en Gran Bretaña.

Estos avances del SDP y retrocesos del Partido Laborista no pueden achacarse a la "deserción de las clases medias" , explicaJhon Ross ción fácil que a veces se oye en las filas de

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Gran Bretaña la izquierda británica. En primer lugar, nadie que tenga un mínimo conocimiento de la composición de clase del país podría pensar que sólo el 9,5% de la población es trabajadora, ni siquiera en una circunscripción tan tradicionalmente tory como es Crosby.

Pero incluso si dejamos a un lado este ar-

•las elecciones de Crosby no constituyeron, de hecho, ninguna excepción. La alianza electoral del SDP y el Partido Liberal ha obtenido una media del 45% en las tres elecciones legislativas parciales en que se ha presentado. Ha ganado casi la mitad de los escaños èn las elec-. ciones municipales celebradas desde su creación. En julio de 1981, el SDP estuvo en un tris de ganar el escaño -que normalmente es superseguro para el Partido Labo-

Men la circunscripción eminentemente obrera de Warrington. Las características históricas de las clases en Gran Bretaña

En realidad, la situación actual sólo puede entenderse si tenemos en cuenta las caracteristicas históricas fundamentales de las dos clases principales de la sociedad británica.

La clase dominante británica existe en un país totalmente proletarizado, enfrentandose al movimiento sindical más viejo y probablemente más fuerte del mundo. Es social y económicamente muy débil en comparación con la clase obrera. Esta clase dominante, sin embargo, cuenta con unas instituciones estatales capitalistas que perviven ya ininterrumpidamente durante 300 años, y domina a una de las burocracias obreras históricamente más derechistas del mundo. Por esta razón, la clase dominante es políticamente muy fuerte en relación con la clase obrera.

En cambio; la clase obrera es social y organizativamente muy poderosa -por ejemplo, con sus más de once millones de afiliados a los sindicatos -. Pero con su historia ininterrumpida durante 130 años de reformismo de masas y de predominio del imperialismo británico, políticamente es muy débil en comparación con la clase dominante.

Este contraste - una clase dominante social y económicamente débil pero políticamente fuerte, y una clase obrera social y organizativamente fuerte pero políticamente débil — el que ha determinado el desarrollo político de Gran Bretaña desde el ascenso del imperialismo británico a mediados del siglo XIX. Esta contradicción sigue desarrollándose y determinando la situación política actual. Su resultado político actual es la •ruptura del histórico sistema bipartidista de Gran Bretaña.

En este artículo contemplaremos una vertiente de este proceso, el de la nueva situación en el seno de la clase dominante y su significado para la clase obrera. El fracaso económico

El contexto inmediato de la crisis y del próximo final del sistema bipartidista en Gran Bretaña es el fracaso del gobierno Thatcher. Este gabinete comenzó su tarea con un plan integrado de medidas económicas y políticas destinadas a resolver los problemas de la clase dominante. Desde el punto de vista económico, se trataba de lanzar una política monetaria extremadamente deflacionista, con el fin de hacer aumentar el paro rápidamente, incluso por encima del nivel impuesto por la recesión internacional.

Al principio, esta línea contó con apoyo unánime - aunque por razones diferentes - de los tres sectores fundamentales del gran capital británico: el capital bancario, el viejo capital industrial que se basa en la inversión extranjera y en la venta en el mercado interior, y los sectores industriales modernos construidos la primera y la segunda guerra mundial, y que se apoya sobre todo en las exportaciones.

El capital bancario saludó el alza del cambio de la libra, los elevados tipos de interés y la suspensión de restricciones para la inversión en el extranjero. Los beneficios de los bancos alcanzaron bajo Thatcher un récord sin precedentes, y el Barclay's pasó a ser, al menos temporalmente, el banco más grande del mundo, superando incluso a sus rivales norteamericanos.

El capital industrial apoyó al principio a Thatcher porque contaba con que aumento vertiginoso del paro provocaría un cambio rápido y duradero de la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo y un fuerte incremento de la productividad. Como resultado de ello, Gran Bretaña se encontraria en una posición mejor frente a sus rivales cuando se iniciara la nueva recuperación económica mundial. Por razón, el capital industrial estaba dispuesto a correr con los riesgos a corto plazo y con los problemas acarreados por la política de Thatcher : disminución de la producción, quiebra de las empresas más pequeñas y contracción del mercado interior.

Desde el punto de vista político, el objetivo de la ofensiva de Thatcher era el de aumentar su base electoral en el seno de la clase obrera e imponer su política reaccionaria "socavando al laborismo por la base" es decir, machacando con los temas del "combate contra la burocracia del Estado"

del sindicalismo, los problemas inmigrantes negros y la necesidad de que imperen "la ley y el orden".

Esta estrategia se aplicó con bastante éxito en el período que culminó mismas elecciones de mayo de 1979. En el sureste y en el centro-oeste de Inglaterra, significativos de trabajadores cualificados votaron a los conservadores, atraídos tanto por la promesa de una reducción de los impuestos como por la demagogia tory que ya hemos descrito.

Desde entonces, sin embargo, la política de Thatcher ha sufrido algunos reveses cruciales tanto en el plano económico como en el político. Desde el punto de vista económico está claro que, debido en particular a la política deflacionista de Reagan en los Estados Unidos, cualquier recuperación de la economía mundial será menor y tardará más en producirse que lo previsto por el capital industrial británico. Esto sig nifica que la recesión de la economía británica será más larga y más profunda que lo que se anunció. De hecho, la disminución de la producción industrial bajo Thatcher ha sido más rápida que incluso en el período en que comenzó la crisis de 1929.

Pero es más significativo aún el hecho de que a pesar del bajón económico, a pesar de las indudables ventajas obtenidas por los empresarios, la recesión no ha logrado quebrar la resistencia de la clase obrera con la profundidad que requiere la estrategia de Thatcher para tener éxito.

Los beneficios de la industria británica aumentaron en un 10% entre el segundo y tercer trimestre de 1981, frente al 0,5% de incremento del Producto Nacional Bruto; la renta real por familia ha descendido en un 5,5% desde que alcanzó su punto más alto en 1979-1980; y las jornadas perdidas por causa de huelga descendieron, millones en 1980, a' unos 4 millones en 1981. Pero estas ventajas aún son insuficientes para satisfacer las necesidades del capital británico, pues la resistencia de la clase obrera no se ha quebrado significați-

Gran parte de los trabajadores y la gran mayoría de los comités de empresa (shop stewards) supieron resistir la derrota de los trabajadores de la British Leyland, en noviembre, cuando la burocracia sindical saInmediatamente después se produjo huelga de cuatro semanas en la British Leyland de Longbridge, contra el aumento de la productividad.

A la rotunda victoria de Scargill en las elecciones presidenciales del sindicato minero le siguió la decisión de la ejecutiva y de los delegados de rechazar un aumento salarial del 9,1%. En la Ford, en enero de 1982, la oferta salarial de la patronal sólo fue aprobada por un margen muy escaso, a pesar de la inmensa campaña lanzada a su favor por la dirección sindical. El tope sala rial del 4% declarado por el gobierno para el sector público se rebasó practicamente antes de que se anunciara, con la oferta del 7% para los trabajadores manuales, de los ayuntamientos. El sindicato de ferroviarios proyecta una huelga en torno a los ritmos y salarios, y los mineros amenazan con la misma medida.

Mientras, en el terreno económico, la demanda crediticia del sector público, fuente de inflación, es más alta que nunca

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bajo el gobierno laborista; y hay escasas probabilidades, o ninguna, de que el gobierno cumpla su objetivo de reducir el aumento de precios anual por debajo de la tasa del 10%. En los últimos meses, la resistencia obrera y sindical frente al gobierno ha aumentado y no descendido, como se demuestra en la British Leyland, la Ford, como lo demuestran los ferroviarios y los mineros.

En estas circunstancias, hay dos cosas claras en la política económica del gobierno Thatcher. En primer lugar, en una recesión mucho más profunda y prolongada que lo previsto por el capital industrial, el gobierno no ha logrado quebrar la resistencia de la clase obrera. Además, el gran capital industrial se enfrenta ahora a grandes problemas derivados del bajón de las ventas, de la escasez de mercados, de la devolución fuertes deudas a los bancos con un elevado tipo de interés, y de las dificultades de la exportación, debidas al elevado cambio de la libra.

Por consiguiente, está claro que cualquier intento de llevar a cabo el proyecto inicial de Thatcher mediante el simple incremento del desempleo comportaria una caída tan fuerte de la producción, junto con unos cinco millones de parados en términos reales (cuatro millones según las cifras oficiales), que asestaría un profundo golpe estructural a largo plazo a la economía y amenazaría con provocar una situación incontrolable en el plano político. En estas condiciones, el capital industrial está exigiendo, y Thatcher ha empezado ya a ponerlo en práctica hasta cierto punto, que se relance un poco la economía para aumentar la producción.

Pero este relanzamiento no es suficiente, ni está destinado a reducir el paro. La burguesía industrial quiere aumentar la producción y las ventas, es decir, los beneficios, y no reducir el número de parados. Al contrario, a menos que comporte consecuencias políticas peligrosas, cuantos más parados haya tanto mejor, desde el punto de vista del capital industrial, pues esto es un factor de intimidación para los que tienen empleo.

Aumentar la producción sin aumentar el nivel de empleo es actualmente el objetivo del sector más fuerte del capital o de las fuerzas políticas como el ala de Heath en el

Partido Conservador, más allá de su palabrería en torno a la "preocupación por los parados".

El intento de llevar a cabo esta política pasa por el aumento de la producción combinado con un incremento sustancial de la productividad, lo que ayudará a incrementar la tasa de explotación y mantener el nivel de desempleo. De ahí que la clase dominante combine actualmente SuS ataques en el plano salarial con una ofensiva en el terreno de la productividad, y de ahí que la resistencia de la clase obrera, como en la British Leyland, en la Ford y entre los ferroviarios, se haya expresado en forma de luchas defensivas en torno a esta situación. Ventajas amenazadas

El fracaso del proyecto del gobierno Thatcher de quebrar totalmente la resistencia obrera mediante el paro masivo se interrelaciona con este nuevo cambio exigido por el capital industrial, constituyendo el segundo fracaso económico decisivo del gobierno.

El caso es que precisamente porque el gobierno Thatcher no ha logrado derrotar a la clase obrera durante la recesión, no hay ninguna garantía de que las ventajas económicas obtenidas puedan mantenerse durante la fase de recuperación, por muy limitada que esta sea. Aunque el paro no descienda los trabajadores con empleo verán cómo disminuyen las regulaciones de empleo. Verán que las carteras de pedidos se llenan, que los empresarios aumentarán la producción de bienes para vender, que disminuirán los stocks y los productos no vendidos.

En pocas palabras, e independientemente de lo que suceda en el terreno político

—lo que también repercutirá en ello, sin desplazarse un poco a favor de los trabaja-

Por mucho que actualmente las luchas directas de la clase obrera se encuentren en un nivel inferior al de hace algún tiempo, no está garantizado que esta situación permanezca así. Las luchas actuales son básicamente defensivas frente a los recortes salariales. Pero un relanzamiento económico, por limitado que sea, puede variario todo.

En este sentido, lo que puede suceder se reveló gráficamente en British Leyland y en

Ford. Los trabajadores de British Leyland, y en particular los de su factoría más grande,

Than encajado durante varios años toda una serie ininterrumpida

Gran Bretaña de importantes derrotas. La empresa elaboró una ofensiva bien planificada que no sólo perseguía un objetivo general, sino también uno muy concreto en Longbridge. Se trataba de alanar el camino con miras a introducir el nuevo modelo, el Metro, que es el único realmente atractivo, y por tanto potencialmente beneficioso, de la gama de British Leyland, siendo así una de las claves del futuro financiero de la empresa. Este modelo se produce en Longbridge, y de ahí la ofensiva particularmente severa de la patronal en esta factoría antes de introdu-

En esta ofensiva, la empresa contó con la ayuda de la dirección sindical en esta factoría, dominada por el Partido Comunista. Según el mejor modelo eurocomunista, los dirigentes del PC adoptaron una política de bancarrota a ultranza (en el sentido literal y metafórico), colaborando con la empresa para que British Leyland fuera rentable. En cambio, en algunas otras factorías de la empresa, particularmente en su otra gran planta de montaje en Cowley, había una dirección sindical más combativa. Así, por ejemplo, mientras en Longbridge el presidente del comité de empresa sucumbió ante una campaña de la empresa, en Cowley una campaña similar no tuvo ningún resultado.

La oferta salarial de Leyland en 1981 estaba destinada, enfrentar entre sí a distintos sectores obreros. Ofreció un pequeño aumento del salario base, que es lo que percibirían la mayoría de trabajadores. Pero ofreció un mayor margen para las primas de productividad y producción. Sin embargo, al principio hubo una fuerte oposición por parte de los trabajadores (cerca del 95% votaron en contra en las asambleas), si bien la burocracia sindical nacional consiguió finalmente oferta. En Cowley, sin embargo, fue recha-

A pesar de todo ello, en Longbridge, cuando la dirección intentó primera parte de las medidas de aumento de la productividad, estalló inmediatamente la huelga de cuatro semanas. Al producirse justo antes de las Navidades, esta acción mostraba un ánimo realmente combativo entre los trabajadores.

Algo parecido ocurrió en la empresa

Ford. En este caso había también direcciones sindicales muy diferentes entre las distintas factorías. La factoría de Merseyside

Halewood ha tenido tradicionalmente una dirección sindical combativa y ha ocupado una posición de fuerza dentro de la empresa. En cambio, la factoría de London

Dagenham tenía una dirección dominada por el PC y una historia de graves derrotas.

En el transcurso de la ofensiva de la empresa en torno a la productividad, el año pasado, Halewood protagonizó una serie significativos, mientras que Dagenham sólo sufrió derro-

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Gran Bretaña

Estas luchas revelan los procesos que se dan en importantes sectores de la clase obrera. Pese a los graves retrocesos, los núcleos fundamentales de las direcciones sindicales de empresa permanecen intactos y han empezado a conocer un importante proceso de recomposición. Hay un ambiente de odio y resentimiento creciente frente a la política de la patronal y del gobierno Thatcher. Lo único que se echa en falta es la convicción de los trabajadores de que pueden vencer. Así, el mínimo signo de relanzamiento económico puede hacer que sectores importantes de la clase obrera piensen que ha llegado la hora de defenderse y quizás reconquistar algunas cosas que se han perdido en los últimos dos años.

Por consiguiente, los indicios de una recuperación de la combatividad sindical. son particularmente peligrosos para la burguesía, desde el punto de vista económico. Muestran que a pesar de los salvajes ataques de Thatcher contra los trabajadores, no ha logrado destruir su capacidad de respuesta a nivel sindical, lo que tiene que ver con su fuerza social y organizativa. Por lo tanto, sin tomar algunas iniciativas importantes en otros terrenos, el lanzamiento de una recuperación económica, aunque limitado, podría comportar que la clase obrera recuperara las ventajas obtenidas por el capital en el último período y que surgieran los elementos de una crisis polí-

De este modo está bastante claro que la política económica de Thatcher ha llegado a un callejón sin salida y ha fracasado como política para la burguesía. Los sectores clave del capital industrial se distancian de Thatcher y de su política. Esto se expresa en la actividad del ala Heath en el Partido Conservador, que ha lanzado algunas "rebeliones parlamentarias", y en el apoyo que recibe la coalición electoral del SDP y los liberales. El fracaso político del Thatcherismo

En el terreno político, sin embargo, y a diferencia del económico, la situación no es tan cruda para la burguesía. Es cierto que la propia Thatcher, y en un sentido más básico el Partido Conservado en su conjunto, han fracasado. El verdadero golpe de gracia lo recibió su política con las grandes explosiones de los guettos durante el verano de 1981. Antes de las elecciones de 1979, Thatcher insistía machaconamente en los temas de la. "ley y el orden" y de los gritos de alarma en torno a los negros e inmigrantes. Así, los "motines negros", como calificó la prensa de masas los acontecimientos del año pasado, debieron haber sido la gran ocasión para la política de dureza de los tories.

De hecho, desde el punto técnico, el gobierno logró un avance significativo en la represión. Por primera vez se autorizó el uso en Gran Bretaña de balas de plástico, blindados, etc. (aunque en Irlanda del Norte venían utilizándose hacía tiempo).

Pero desde el punto de vista político, los acontecimientos fueron un desastre para el gobierno. SU política de paro masivo soliviantó tanto a la población que la mayoría consideró que las doctrinas y la política económica del gobierno fueron en buena parte responsables de la situación. Un número significativo de gente realmente su simpatía por los "amotinados". La encuesta oficial Scarman en torno a los acontecimientos se vio forzada a introducir algunas críticas verbales a la policía, aunque apoyando evidentemente su intervención global y allanando el camino para la represión futura.

La clase dominante no se asustó particularmente por las explosiones de los guettos en sí mismas. Pero se preocupó seriamente por el hecho de que el gobierno Thatcher no pudo movilizar a la opinión pública frente a ellas. Además le preocupó la posi-. bilidad de que estas protestas violentas, las más explosivas que se producen en Gran Bretaña desde la Segunda Guerra Mundial, contagiarse a sectores amplios de la población, y particularmente al movimiento obrero. Esta combinación despertaba el fantasma de que la política de Thatcher podía desembocar en conflictos

Además de este revés político, el gobierno se vio confrontado con otra serie de problemas graves. En el Norte de Irlanda, la campaña de apoyo a los huelguistas de hambre del bloque H socavó la autoridad de la dirección política reformista de la población nacionalista y fue una sacudida para la estabilidad dentro del Sur neocolonial de Irlanda. La oposición al armamento nuclear británico alcanzó también un nivel sin precedentes, dando pie a las manifestaciones antiguerra más grandes de la historia de Gran Bretaña.

Pero lo que era más inaceptable para la clase dominante: el hecho de que la política fomentaba una importante radicalización de los cuadros del Partido Laborista. El producto de ello, el "Bennismo" (Anthony Benn es el dirigente del ala izquierda del Partido Laborista), es un fenómeno ya conocido.

Las consecuencias de ello para la clase dominante estaban claras. Significaba que el Partido Laborista aparecía demasiado inestable, demasiado débil, como permitirle formar por sí solo un gobierno. Esto le privaba a la clase dominante de su gubernamental normal en el sistema bipartidista británico. Si la única alternativa frente al gobierno fracasado de Thatcher es un Partido Laborista inestable, la situación se hace peligrosa para la clase dominante. Por tanto, había que hacer

Tanto el problema como la solución eran previsibles. Las tradiciones de respeto hacia las instituciones del Estado burgués, de rade falta de solidaridad real con las capas más oprimidas de la clase obrera, han profundamente obrera británica y en el movimiento obrero, por obra del imperialismo británico y de la burocracia obrera reformista. En esto era en lo que quería apoyarse Thatcher.

Pero hay una tradición aún más profundamente arraigada que aquellas: durante casi dos siglos, la mayoría de la clase obrera en Gran Bretaña ha considerado al Partido Conservador como el enemigo por excelencia. La clase obrera construyó sus primeras organizaciones embrionarias al calor de las luchas contra los gobiernos tories, durante y después de las guerras contra la Revolufrancesa. Se amotinó contra gobierno tory para imponer la promulgación de la primera ley de reforma electoral en 1832. Después de un breve período de acceso a la independencia de clase bajo el Cartismo, pasó después en su mayoría, a apoyar a los liberales contra los tories, durante toda la segunda mitad del siglo XIX. Finalmente, cuando la clase obrera logró crear el Partido Laborista como fuerza electoral de masas, después de 1918, de nuevo se encontró con el Partido Conservador como principal oponente parlamenta-

La identificación del Partido Conservador como el principal enemigo histórico de la clase obrera es, desde el punto de vista del socialismo revolucionario, uno de los problemas básicos que hay que resolver. Es la burocracia laborista, y no el Partido Conservador, quien hace de espina dorsal del sistema político del imperialismo británico y de la clase capitalista.

Pero desde el punto de vista de Thatcher, esto constituye un obstáculo insuperable. Desde que el movimiento laborista se convirtió en una fuerza de masas, el Partido Conservador puede gobernar apoyándose en el miedo y en las grandes derrotas de la clase obrera, como lo hizo tras la primera guerra mundial en general y tras la derrota de la Huelga General de 1926 en particular. En períodos de mayor prosperidad puede gobernar mediante concesiones a las masas que aislen políticamente a la vanguardia de la clase obrera como lo hizo de 1951 a 1964. Pero no puede ganarse el grueso de la clase obrera para una alianza histórica estable o como base de apoyo para "los tories". Al margen de las ventajas a corto plazo que pudiera obtener en otros terrenos, Thatcher siempre ha estado condenada, en condiciones de crisis social, a chocar con este obstáculo político. Y esto es lo que está haaunque de manera distinta, en 1970-74. De ahí el riesgo de que se de una situación peligrosa para la clase dominante.

Pero los mismos elementos de la situa-

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ción que conforman el problema señalan también el camino natural para buscar una solución para la clase dominante. Es decir: crear otro partido capitalista, preferiblemente uno con una imagen más de izquierda - que no sea un partido de los odiados tories ni de la bazofia histórica en que se habían convertido los liberales-, pero de todos modos un partido que aplique la línea política de la burguesía.

De este modo, la misma identificación de "los tories" con el enemigo por excelencia a los ojos de la clase obrera, y que le crea tantos problemas al gobierno Thatcher, operaría a favor de la clase dominante. Educada durante decenios por la burocracia a no ver en el capitalismo, sino en el Partido Conservador, al enemigo de clase, la clase obrera deja la vía libre para un avance contundente del SDP a costa del Partido Laborista.

Y esto es precisamente lo que ocurre de hecho en Gran Bretaña, y es lo que explica los factores aparentemente contradictorios de la situación política actual que destacamos al comienzo del artículo. El hecho es que debido a la fuerza social y económica de la clase obrera, y a su debilidad política, amplios sectores de los trabajadores que sufren la política de Thatcher pueden, y lo harán, votar por el SDP.

Lo que representa ante todo el ascenso de este partido no es el desplazamiento de "las clases medias", sino el fracaso político total de las perspectivas políticas ofrecidas históricamente por el reformismo laborista en sus 80 años de existencia. Al negarse a entablar una lucha decidida con el capital, limitándose a una lucha con el

, la burocracia laborista se ha desarmado a sí misma, y al movimiento su conjunto, ofensivas de un partido capitalista y de la clase dominante.

Es más, este proceso aún no ha concluído. El objetivo del SDP y de los liberales no consiste en particular en formar un gobierno de coalición SDP-Partido Liberal tras las próximas elecciones. Tanto ellos como la clase dominante partido, y en particular ningún partido capitalista, será lo suficientemente fuerte como para gobernar por sí solo frente al movimiento obrero actual. Sin un cambio fundamental del sistema político, un gobierno SDP-Partido Liberal no sería más que otra administración capitalista. Su popularidad se desvanecería rápidamente, haciendo que los desilusionados marcharan potencialmente

El verdadero objetivo del SDP y los liberales, con la ayuda del ala Heath del Partido Conservador, en cambiar conjunto de la estructura política en Gran Bretaña, poniendo fin al actual sistema bipartidista, mediante la instauración de la representación proporcional en las elecciones. Dado que el Partido Laborista no ha obtenido jamás el 50% de los votos, y que nunca podrá acercarse a este porcentaje con su actual línea reformista, la burocracia laborista batallará para convencer a la clase obrera de que sólo hay "dos alternativas":

Gran Bretaña o bien nos quedamos "permanentemente en la oposición", o bien aceptamos formar coalición con el SDP, justificándola con el deseo de "dejar fuera a los tories"

Por supuesto, este gobierno sería una catástrofe para el movimiento laborista. El Partido Laborista tendría que asumir la principal responsabilidad en la aplicación de la política de austeridad en que se basaria la formación de este gobierno, y su apoyo electoral descendería aún por debajo de los niveles actuales, que son más bajos que

Pero es precisamente este gobierno de coalición con el SDP la única perspectiva política que se plantean sectores clave de la burocracia laborista. El ex dirigente del partido, Callaghan, ya ha sugerido públicamente la idea. De hecho es la política de un ala muy fuerte de la burocracia sindical —la de la dirección Duffy-Boyd, del Sindicato de Trabajadores (AUEW), y la de Frank Chapple, del Sindicato de Electricistas (EPTU)-. No cabe duda que se ganarán el apoyo de otros en su debido tiempo. Por supuesto que se declararán disgustados con los "traidores" del SDP, pero explicarán que hay que dejar fuera del gobierno a los tories y a Thatcher cueste lo que cueste.

Si la burguesía misma opta o no por este gobierno dependerá de toda una serie de cuestiones que aún no están resueltas. Podría ser una opción muy útil en caso de que haya un aumento de las luchas obreras, y si la alianza directa con la burocracia parece capaz de frenarlo. Pero a quién favorecerá la burguesía para formar el próximo gobierno depende también de otros factores internacionales, económicos y políticos en general. Depende también de la clase obrera y no únicamente de la burguesia.

Es más, antes de que tal gobierno pueda aparecer como una alternativa creíble, hará falta algo así como una guerra civil dentro del Partido Laborista. Por consiguiente, esta cuestión no está aún en el orden del día y no lo estará hasta que no se alcancen otros objetivos políticos.

Pero incluso antes de que la clase dominante tenga que decidir qué opción gubernamental va a apoyar antes y después de las próximas elecciones, la formación del SDP le proporciona a la clase dominante toda una serie de ventajas importantes. A la burocracia laborista y sindical le da un fuerte impulso en su intento de que el movimiento laborista de un giro a la derecha. Los avances electorales del SDP se utilizan para justificar la caza de brujas contra la izquierda dentro del Partido Laborista, mientras que la línea política se desplaza aún más a la derecha so pretexto de "evitar el extremismo".

Si el próximo gobierno está formado por el SDP y los liberales, o por el SDP, los liberales y los tories, o incluso por los tories a secas, la política derechista del laborismo

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Gran Bretaña se justificará sobre la base de la necesidad de "separar al SDP de los tories" o de "impedir que el SDP forme coalición con los tories, lo que mantendrá a éstos en el poder", etc.

No es el Partido Conservador, sino el SDP el principal instrumento político táctico actual de la burguesía. EI SDP es su principal herramienta para alterar la relación de fuerzas dentro del movimiento obrero, reforzando el poder de la burocracia labo-

EXCELLENT

COL

FOL

AVAlA.

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EXCELLENT

ACTIONE

COL rista en general y de sus alas más derechistas en particular, y para hacer frente y derrotar finalmente al conjunto de la clase obrera.

Al margen de quién vaya a formar el próximo gobierno - esta es una cuestión totalmente secundaria en comparación con la perspectiva a largo plazo-, la piedra angular de la política de la burguesía es el

SDP y la instauración de la representación proporcional con el fin de consolidar la existencia de este partido. Este es un hecho fundamental de la situación política actual en Gran Bretaña.

Frente a esta ofensiva, que al final cambiará de arriba abajo el sistema político británico, la burocracia laborista no tiene ninguna respuesta viable. El aspecto positivo de la situación, la politización de una importante minoría de la clase obrera bajo el impacto de la crisis, será objeto de otro artículo.