Conviene hacer una valoración general del método de análisis económico de Marx antes de exponer sus principales teorías económicas, sus tesis y sus hipótesis. Marx se distingue de la mayoría de los economistas importantes de los siglos XIX y XX en que no se considera en absoluto un «economista» a secas.
Ninguna ciencia económica separada
La idea de que la «ciencia económica», como ciencia especial completamente separada de la sociología, la historia, la antropología y demás, no puede existir, subyace a casi todo su análisis económico. De hecho, el materialismo histórico es un intento de unificar todas las ciencias sociales, si no todas las ciencias sobre el ser humano, en una sola «ciencia de la sociedad». Ciertamente, dentro del marco de esa «ciencia de la sociedad» general, los fenómenos económicos podían y debían someterse a análisis como fenómenos específicos. De modo que la teoría económica, la ciencia económica, tiene después de todo una autonomía definida; pero es solo parcial y relativa.
Cada modo de producción, sus propias leyes
Probablemente la mejor fórmula para caracterizar la teoría económica de Marx sería llamarla un empeño por explicar la economía social. Esto sería cierto en un doble sentido. Para Marx no hay leyes económicas eternas, válidas en cada época de la prehistoria y de la historia humanas. Cada modo de producción tiene sus propias leyes económicas específicas, que pierden su pertinencia una vez que el marco social general ha cambiado de manera fundamental. Para Marx, igualmente, no hay leyes económicas separadas y aparte de las relaciones específicas entre seres humanos, en las relaciones sociales de producción primarias (aunque no únicas, como ya se ha resumido). Todos los intentos de reducir los problemas económicos a problemas puramente materiales y objetivos, a relaciones entre cosas, o entre cosas y seres humanos, serían considerados por Marx como manifestaciones de mistificación, de falsa conciencia, que se expresa mediante el intento de desplazar las relaciones humanas. Detrás de las relaciones entre cosas, la ciencia económica debería tratar de descubrir las relaciones específicas entre seres humanos que aquellas ocultan. La ciencia económica real tiene, por tanto, también una función desmitificadora frente a la «economía» vulgar, que da por sentadas cierto número de «cosas» sin hacerse las preguntas: ¿son realmente solo lo que parecen ser?, ¿de dónde proceden?, ¿qué explica esas apariencias?, ¿qué hay detrás de ellas?, ¿adónde conducen?, ¿cómo podrían desaparecer, cómo desaparecerán? La Problemblindheit, la negativa a ver que los hechos son por lo general más problemáticos de lo que parecen a primera vista, no es desde luego un reproche que pueda dirigirse al pensamiento económico de Marx.
Relativismo histórico y leyes del movimiento
El análisis económico de Marx se caracteriza, así, por una fuerte corriente de fondo de relativismo histórico, con un recurso intenso al método de pensamiento genético y evolutivo (por eso se ha establecido a menudo el paralelo con Darwin, a veces de manera excesiva). También se ha empleado la fórmula «estructuralismo genético» en relación con el enfoque general de Marx del análisis económico. Sea como fuere, podría afirmarse que la teoría económica de Marx está orientada esencialmente al descubrimiento de «leyes del movimiento» específicas de los sucesivos modos de producción. Aunque su esfuerzo teórico se ha centrado principalmente en el descubrimiento de esas leyes del movimiento para la sociedad capitalista, su obra contiene indicaciones de tales leyes —distintas, desde luego— también para las formaciones sociales precapitalistas y poscapitalistas.
El trabajo social como bisagra
El vínculo principal entre la sociología y la antropología de Marx, por un lado, y su análisis económico, por otro, radica en el papel central del trabajo social como rasgo antropológico básico que subyace a todas las formas de organización social. El trabajo social puede organizarse de formas muy distintas, dando lugar con ello a fenómenos económicos («hechos») muy distintos. Formas básicamente distintas de organización del trabajo social conducen a conjuntos básicamente distintos de instituciones y dinámicas económicas, que siguen lógicas básicamente distintas, es decir, que obedecen a «leyes del movimiento» básicamente distintas.
Todas las sociedades humanas deben asegurar la satisfacción de cierto número de necesidades básicas para sobrevivir y reproducirse. Esto conduce a la necesidad de establecer alguna suerte de equilibrio entre las necesidades socialmente reconocidas, es decir, el consumo corriente, y la producción corriente. Pero esta banalidad abstracta no nos dice nada sobre el modo concreto en que se organiza el trabajo social para alcanzar ese objetivo.
Trabajo directamente social, trabajo privado
La sociedad puede reconocer todo trabajo individual como trabajo inmediatamente social. De hecho, así lo hace en innumerables comunidades tribales y aldeanas primitivas, como lo hace en el kibutz contemporáneo. El trabajo directamente social puede organizarse de manera despótica o democrática, mediante la costumbre y la superstición tanto como mediante un intento de aplicar la ciencia avanzada a la organización económica; pero siempre será trabajo social inmediatamente reconocido, en la medida en que se basa en la asignación a priori de los productores a su trabajo específico (de nuevo: con independencia de la forma que adopte esa asignación, ya sea voluntaria o forzosa, despótica o simplemente por costumbre).
Cuando el mercado decide qué contó como trabajo
Pero cuando la toma de decisiones social sobre la asignación del trabajo —y la asignación de recursos estrechamente ligada a ella— se fragmenta en unidades distintas que operan con independencia unas de otras, como resultado del control privado (la propiedad) de los medios de producción, en el sentido económico y no necesariamente jurídico de la palabra, entonces el trabajo social se fragmenta a su vez en trabajos privados que no son reconocidos automáticamente como socialmente necesarios, cuyo desembolso no es compensado automáticamente por la sociedad. Entonces los productores privados tienen que intercambiar parte o la totalidad de sus productos para satisfacer algunas o todas sus necesidades básicas. Entonces esos productos se convierten en mercancías. La economía se convierte en una economía de mercado, parcial o generalizada. Solo midiendo los resultados de la venta de sus productos puede el productor, o el propietario, determinar qué parte de su desembolso de trabajo privado ha sido reconocida —compensada— como trabajo social y qué parte no.
Incluso operando con herramientas analíticas tan simples como «trabajo directamente social», «trabajo privado» y «trabajo social socialmente reconocido», hemos de hacer un esfuerzo considerable de abstracción respecto de los fenómenos inmediatamente aparentes para comprender su pertinencia para el análisis económico. Esto vale para todo análisis científico, tanto en las ciencias naturales como en las sociales. El análisis económico de Marx, tal como se presenta en sus libros principales, no ha sido una lectura demasiado popular; pero tampoco hay todavía tantos científicos en esas circunstancias. Esto no tiene nada que ver con una oscuridad innata del autor, sino más bien con la naturaleza del análisis científico como tal.
Poco leído, muy influyente
El número relativamente limitado de lectores de los escritos económicos de Marx —¡la primera edición inglesa de bolsillo de El capital apareció solo en 1974!— está claramente ligado al rigor científico de Marx, a su empeño en un análisis sistemático y omnilateral de los fenómenos de la economía capitalista.
Pero mientras su análisis económico carecía de popularidad, sus proyecciones políticas e históricas fueron ganando influencia. Con el auge de los partidos obreros de masas independientes, un número creciente de estos se proclamó guiado o influido por Marx, al menos en la época de la Segunda y la Tercera Internacionales, aproximadamente el medio siglo que va de 1890 a 1940. A partir de la revolución rusa de 1917, un número creciente de gobiernos y de Estados afirmó basar sus políticas y sus constituciones en conceptos desarrollados por Marx. (Si ello era legítimo o no es otra cuestión.) Pero el hecho mismo atestigua la gran influencia de Marx sobre los desarrollos sociales y políticos contemporáneos, tanto evolutivos como revolucionarios.
Del mismo modo, su influencia difusa sobre la ciencia social, incluida la teoría económica académica, va mucho más allá de la aceptación general o incluso del conocimiento sustancial de sus escritos principales. Algunas ideas clave del materialismo histórico y del análisis económico que impregnan su obra —por ejemplo, que los intereses económicos influyen en gran medida, si no determinan, las luchas políticas; que la evolución histórica está ligada a cambios importantes en las condiciones materiales; que las crisis económicas, el «ciclo económico», son inevitables en condiciones de economía de mercado capitalista— se han convertido casi en perogrulladas. Basta reparar en con qué fuerza negaron su validez economistas e historiadores de primera fila a lo largo del siglo XIX y al menos hasta los años veinte, para comprender cuán profunda ha sido la influencia de Marx sobre la ciencia social contemporánea en general.