El centenario de la Revolución de octubre de 1917 ofrece la ocasión para volver a tratar sobre la experiencia revolucionaria del siglo XX y revisar sus lecciones a la luz de los problemas contemporáneos. Con la figura tutelar de Lenin, la “cuestión del partido” se impone entre otras no menos importantes.
Esta contribución no pretende presentar la historia del Partido Obrero Social-Demócrata de Rusia (POSDR) y del bolchevismo sobre esta materia –ni tampoco la historia de la concepción del partido en la teoría marxista–. No obstante, al ser el “leninismo” un punto de referencia útil, nos referiremos a él en la conclusión. Digamos por ahora que Lenin es muy interesante por la manera en que relaciona (y no yuxtapone) teoría y objetivos a largo plazo por una parte, y la contextualización, “el análisis concreto de la situación concreta”, por otra.
Partido, periodos y conciencia
Abordamos la cuestión del partido desde el punto de vista de la izquierda radical, anticapitalista. Desde el punto de vista de la izquierda revolucionaria, habríamos dicho en los años 60-70. Pero en muchos países no hay un nivel, una calidad de luchas sociales que permiten dar cuerpo a una organización revolucionaria. La perspectiva de una gran confrontación de clases se ha oscurecido hasta un horizonte lejano. Esta periodización varía según los países del sur, del centro o del norte de Europa. Se han prolongado durante mucho tiempo resistencias armadas vinculadas a la opresión nacional (Euskadi, Irlanda del Norte, Córcega), aunque estas luchas han dejado de insertarse en una perspectiva revolucionaria internacional, lo que plantea la cuestión de su funcionalidad y cambia el marco de los procesos de paz. Pese a las diferencias de contexto, esto también resulta cierto para los países del Sur donde continúan existiendo guerrillas significativas, de Colombia a Filipinas. En cuanto al cambio de periodo, ha sido mucho más pronunciado que lo esperado: se trata de un cambio de época. En este marco, la ruptura generacional con los herederos de los años 60-70 está ya zanjada (Rousset, 2005).
Las concepciones militantes dominantes no son forzosamente las adecuadas a algunas de las tareas del momento, o a la naturaleza de las pruebas por llegar. Ahora bien, la acción política se conduce a partir de las conciencias. Así, aun cuando exista el “deseo de partido”, puede haber un foso entre el partido posible (teniendo en cuenta las conciencias) y el partido necesario (teniendo en cuenta las tareas). Una dificultad temible. Sin embargo, partidos han existido y todavía existen, aunque parezca difícil.
Partidos ‘útiles’ posibles y necesarios
Nos seguimos enfrentando a un rechazo en seco de la noción misma de partido. En este rechazo hay razones sólidas que debemos tener en cuenta. La decadencia de la democracia burguesa ha acabado por desacreditar el régimen de los partidos. Un sector destacado de la extrema izquierda se ha comportado de manera muy manipuladora y autoritaria, cuando no abiertamente destructiva.
La “forma partido” no es la única que está cuestionada. Sindicatos profundamente burocratizados. Determinadas ONG que se convierten en “propiedad” de una persona. Asociaciones que se institucionalizan hasta el punto de aplicar en su interior una escala de salarios muy desigualitaria. Redes informales que son manipuladas por una dirección oculta. Movimientos “virtuales” que sustituyen los procedimientos democráticos colectivos por un “click” en internet (sin compromiso militante alguno). Hombres providenciales que fracasan…
Ningún partido es perfecto. Sin embargo, hay partidos que han tenido un papel clave, en el siglo XX, en todas las revoluciones que han ido más lejos en la ruptura con el capitalismo. Ciertamente, estas revoluciones se han esclerotizado; han dado origen a regímenes burocráticos, y después han dejado su lugar a un nuevo desarrollo capitalista. Pero las críticas sin matices ni reconocimiento de los partidos revolucionarios deberían inclinarse hacia lo que ha ocurrido a las revoluciones sin partidos. O a lo que ocurre ahora mismo. Pocas veces hemos visto un levantamiento popular tan amplio y cubriendo el conjunto de un área geográfica tan vasta como el que ha sido denominado un tanto impropiamente la “primavera árabe”. La irrupción de las “masas” en la arena política fue espectacular, el combate lo fue contra una muy destacada cohorte de fuerzas contrarrevolucionarias. Sigue mereciendo nuestro apoyo; pero la iniciativa ha cambiado de campo. La lucha continúa a veces en condiciones espantosamente difíciles, como ocurre en el teatro de operaciones sirio-iraquí.
Los pueblos de la región pagan con un alto precio los abandonos y las traiciones de la izquierda en el mundo árabe-persa (y más allá), así como el debilitamiento de los partidos que han permanecido fieles a sus compromisos y que merecen, también ellos, nuestro apoyo. Pagan el aislamiento internacional al que han sido mantenidos por las grandes potencias, pero también por una parte de la izquierda radical. Ya no había partidos lo suficientemente implantados para tener un papel importante, salvo en Kurdistán. ¿En qué les ha ayudado esto?
Partidos radicales, incluso de modestas dimensiones, pueden hoy día ser útiles. Tomemos dos ejemplos entre los más violentos países de Asia: Pakistán y el sur filipino. Pakistán y el sur filipino han conocido la diversidad y la agudeza de los conflictos confesionales, sectarios, identitarios. En este terreno se ha comprobado la utilidad de un partido. ¿Cómo juzgar? Estudiando lo que hace; pero también planteándose la cuestión: ¿qué cambiaría si no existiera?
El Estado pakistaní es una construcción artificial. Su unidad, su estabilidad, son denunciadas por cuestiones nacionales no resueltas. Por regionalismos y comunitarismos vivos. Por el impacto de la guerra de Afganistán y el juego de las grandes potencias. Por el clanismo de las familias poseedoras. Por la extrema diversidad del mosaico de estructuras sociales. Por la hiperviolencia de los fundamentalismos religiosos. Por las fracturas internas en el aparato de Estado…
El Partido Awami de los Trabajadores (AWP) fue fundado en 2013 gracias al reagrupamiento de tres organizaciones (Rousset, 2013), entre ellas el Labour Party Partisans (LPP) (Rousset, 2010b), a cuya acción anterior nos vamos a referir. Muy reactivo, defiende a los campesinos de la granja militar de Okara (torturados). A los sindicalistas del textil de Faisalabad (presos). A los blogueros librepensadores y antimilitaristas (secuestrados). A los hinduístas o cristianos cuyos pueblos han sido quemados por islamistas. A las víctimas chiítas o sunitas de los atentados fundamentalistas. A las mujeres enterradas vivas por haber desafiado la autoridad patriarcal y mancillado el “honor” de la familia. A los transexuales violentados. A los nacionalistas baluchis sumariamente liquidados. A las poblaciones siniestradas por una catástrofe natural (Punjab, Cachemira…). A los defensores de los derechos humanos condenados a perpetuidad por su compromiso solidario (Gilgit-Balistan).
Así, estos partidos se alzan contra todas las opresiones, todas las explotaciones, en defensa de todas las víctimas. Reconocen la diversidad y afirman simultáneamente la comunidad de un combate progresista. Aunque ambos aspectos no siempre van a la par. La expresión de la diversidad puede privilegiar un repliegue particularista, identitario. “Producir” diversidad no significa necesariamente producir lo común (Johsua, 2017). Y a la inversa, en nombre de la unidad, los derechos de las minorías, de las mujeres, son a veces ahogados. Cada iniciativa solidaria vale por sí misma. Tomadas en conjunto, se forma una cultura de solidaridad “por abajo”. El LPP, y después el AWP, aportan a este combate los medios de un partido implantado en un amplio abanico de sectores sociales y de regiones. Sería una pérdida si no existieran.
El RPM-M (RPM-M, 2006, Rousset, 2010a) está implantado en la isla meridional de Mindanao, la región más militarizada de archipiélago filipino. Ahí cohabitan “tres pueblos”: moros (musulmanes), lumads (tribus montañesas) y descendientes cristianos procedentes del movimiento de colonización “interna” del sur filipino. Los conflictos sociales toman muchas veces la forma de violencias intercomunitarias. Las rivalidades entre clanes políticos pueden volverse sangrientas. El estado de guerra entre movimientos musulmanes y el gobierno, así como la existencia de guerrillas de izquierda, plantean la cuestión de las condiciones para una paz justa y duradera. Operaciones militares y calamidades naturales provocan regularmente catástrofes humanitarias.
El RPM-M responde a esta situación adoptando también la defensa de todas las víctimas. Combate la opresión de los musulmanes, pero no acepta por ello que un comando islámico masacre a ciudadanos cristianos. Reconoce el derecho a la autodeterminación de los moros, pero rechaza que este mismo derecho les sea denegado a los lumads en sus territorios históricos. Moviliza a personas procedentes de los tres pueblos para que aporten juntos ayuda a las poblaciones golpeadas por catástrofes humanitarias. Apoya la representación de los tres pueblos en el seno de los mismos movimientos que luchan por la paz. Quiere que los intereses de las capas populares, que los derechos democráticos, medioambientales y sociales “transversales” sean realmente tenidos en cuenta en las negociaciones de paz…
Hablamos aquí de partidos de envergadura modesta (algunos millares de miembros), pero que se benefician de una implantación multisectorial. Una organización política que concentre su actividad en un solo sector social (por ejemplo, las empresas), no podría tener el mismo papel. Una formación esencialmente parlamentaria, tampoco. En el centro de la acción partidaria se plantea en efecto la cuestión de la articulación de las formas y de los terrenos de lucha.
La articulación de las formas y de los terrenos de lucha
Un partido no tiene el monopolio de la elaboración teórica y programática. Militantes de extrema izquierda han participado activamente en las elaboraciones feministas de los años 70, pero su formulación se tuvo que hacer fuera de las organizaciones políticas constituidas, antes de penetrar en ellas con fuerza. Lo mismo se puede decir de la ecología en la siguiente década. Idem en lo que se refiere a la evolución de las relaciones sociales y del trabajo…
En cambio, los partidos militantes ofrecen, en la medida de lo posible, opciones globales de orientación alternativas –a saber, cómo articular para un periodo determinado formas y terrenos de lucha–. Con ello, contribuyen a preservar la unidad de los movimientos sociales, expresando de otra manera las decisiones políticas heterogéneas de sus miembros, en lugar de dividirlos. Si a pesar de todo hay división, opera en el terreno propio de cada movimiento social: sindicalismo de clase o de acompañamiento, ecosocialismo o ecología profunda, producción campesina o agro-industria, feminismo de lucha de clases (socialist feminism) o institucional…
Dos terrenos de lucha merecen aquí una mención especial: la lucha armada y la actividad parlamentaria. Ambos tienen profundas implicaciones en los equilibrios de una organización y ambos presentan grandes peligros si estos equilibrios no son dominados.
Lucha armada
La decisión de comprometerse en la lucha armada tiene pesadas consecuencias, como las relaciones entre clandestinidad y actividades “abiertas” (aboveground). Para limitar los riesgos de derivas, mencionemos por ahora simplemente que los otros terrenos de acción no deben estar estrechamente subordinados a la lucha armada. Que la política debe continuar mandando sobre el fusil. Que la seguridad no justifica ahogar toda forma de debate, de toma de decisión colectiva. Que no debe convertirse en un modo de vida del que no se puede salir. Que un buen partido de lucha armada sabe suspenderla o interrumpirla cuando la evolución de la situación lo exige.
La salida de la lucha armada no es cosa sencilla. Se ha visto en el caso del RPM-M en Mindanao. Otros movimientos (ligados sobre todo a minorías étnicas) se han enfrentado a la cuestión de los procesos de paz e intercambian sus experiencias sobre este tema. Es un terreno al que hay que prestar atención.
Actividades parlamentarias e institucionales
La actividad parlamentaria (y más en general, institucional) responde a necesidades muy reales. Defender en todos los escenarios posibles los derechos de los dominados. Asegurarles una representación política. Utilizar al grupo parlamentario para ayudar a las lucha de aquí y de allá… Esta actividad, evidentemente, no puede ponerse en marcha en todos los lugares y en todo momento. Sus modalidades, su potencial, dependen mucho de la naturaleza del régimen político y de las legislaciones electorales propias de cada país.
En este terreno la izquierda radical ha conocido recientemente sus mayores éxitos en Europa; y ha sufrido uno de sus fracasos más duros. La primera oleada de éxitos electorales afectó a Dinamarca, el Estado español, Portugal, Grecia, teniendo como punto máximo la conquista del gobierno por parte de Syriza y el masivo apoyo popular para acabar con las políticas de austeridad. La primera lección es que semejante acontecimiento ha sido posible. La segunda, desgraciadamente, es la traición de sus mandatos por la dirección de Tsipras y su integración subordinada en la gobernanza autoritaria de la Unión Europea. Un hito negativo para la izquierda radical en Europa. El futuro de la Alianza Roja y Verde danesa (Voss 2011), del Bloque de Izquierda portugués (Louça & Romero, 2010), de Podemos (Camargo, 2016), dependerá de grandes apuestas, pero en un contexto mucho más difícil.
Otro proceso es el emprendido por Momentum y Corbyn en Gran Bretaña. Por importante que sea, no es evidente que vaya a reproducirse en otros sitios. En Alemania, la experiencia ya está hecha (Die Linke). En Francia, fue la creación del Parti de Gauche (abandonado por su creador) y, con el PCF, del Front de Gauche (clínicamente muerto); queda Mélenchon; el Partido Socialista amenaza con estallar, sin ecos y dinámica de masas. Idem con el PSOE (Pastor, 2016). El arroz ya está cocido en Italia. En muchos países, la exasperación popular la polarizan la derecha extrema y la extrema derecha.
El futuro puede reservarnos de nuevo sorpresas felices; pero hay que comprender la “lógica hegemónica” del terreno electoral y del poder de cooptación de las instituciones. Los resultados electorales, y no el progreso de su implantación social, se convierten en la medida del éxito de una organización. La sucesión de citas electorales impone las prioridades financieras y acapara la atención de las direcciones. El fracaso deja al rey desnudo y las arcas vacías. El éxito es peligroso. Hay organizaciones que han perdido su alma militante en las instituciones: Akbayan en Filipinas, Syriza en Grecia… Otras han perdido a sus diputados para no perder su alma (el RPM-M en Filipinas).
Un partido radical debe poder intervenir según las posibilidades y las necesidades en todos los terrenos, incluido el parlamentario e institucional. El peligro es adaptar la concepción misma del partido “realmente existente” a los juegos electorales.
Lenin y el partido
El debate sobre “la” concepción que Lenin tenía del partido se ha ahogado muchas veces en interpretaciones simplistas del ¿Qué hacer? (Lenin, 1902; Draper, 1999). Pero hay que considerar tanto el contexto histórico, en rápida evolución, como la trayectoria militante e intelectual de Lenin, nunca concluida (Vercammen, 1989) y el lugar asignado por Lenin a la política, a la relación entre estrategia y táctica (Bensaid, 1997).
En fin, nuestra propia lectura del “leninismo” está marcada por el contexto del momento o la experiencia adquirida. Requiere ser revisada con regularidad (ver la introducción de 2008 en Bensaid & Nair, 1969).
Nos contentaremos con retomar algunas líneas maestras:
a) Un partido delimitado y militante. ¿Un partido no debería tener ya fronteras ni exigencias, en la época de internet y del militantismo a la carta? ¿Debería ser “fluido”, adecuándose así a un capitalismo también “fluido”? ¿Es fluida la dominación de clase? ¿Fluido el machaqueo ideológico cotidiano? ¿Fluido el Estado securitario? ¿Fluidos los diktats de la deuda, de la Unión Europea, de las intervenciones imperialistas? ¿En qué se ha licuado la violencia de la guerra de clases? La necesidad de un partido delimitado, cuyos miembros son activos en estructuras militantes, sigue estando de actualidad. No siendo la revolución “un acto único” (la famosa Gran Noche), dicho partido debe ser también un “elemento de continuidad en las fluctuaciones de la conciencia colectiva” (Bensaid, 1997). Su estructura militante le permite estar arraigado en las capas populares, en relación orgánica con los movimientos sociales.
b) Un partido para la acción política en toda la sociedad. Un partido revolucionario no limita su acción a la empresa, al cara a cara directo entre un patrón y sus asalariados. “Representa” a la clase trabajadora, en sus relaciones no sólo con un grupo dado de empleadores, sino también con “todas las clases de la sociedad contemporánea y con el Estado en tanto fuerza política organizada” (Lenin, 1902). Dicho sea de paso, uno de los fracasos del bolchevismo fue no haber sabido implantarse en el campesinado antes de 1917.
c) Un partido reactivo. Un partido capaz de percibir la emergencia de lo nuevo y de reorganizarse en consecuencia, tanto en términos de implantación social o de cambio brutal de situación política. Un partido capaz también de responder a lo imprevisto –porque siempre habrá imprevisto–. Sin ser “fluido”, este tipo de partido es flexible…
d) Un partido capaz de presentar una orientación de conjunto (ver más arriba), elementos de estrategia y después una estrategia apropiada (en relación con los datos del periodo) cuando el nivel de las luchas lo permita.
e) Un partido capaz de pensar las mediaciones concretas, las formas de organización temporales, en función de la relación entre lo necesario y lo posible, teniendo en cuenta las conciencias y la herencia de las luchas anteriores.
En muchos países, las condiciones realmente existentes no permiten construir “el partido revolucionario”. El reto está en suscitar o participar en la constitución de formaciones políticas digamos híbridas, expresando la experiencia contemporánea, que permitan actuar sobre el presente, elevar el nivel de conciencia, acumular fuerzas, dar pasos adelante, evitando que se escleroticen y no den nacimiento a nuevos reformismos impotentes.
Pierre Rousset forma parte de la dirección de la Cuarta Internacional y se ocupa especialmente de Asia. Es editor de Europe Solidaire Sans Frontières.
Referencias
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Bensaïd, D. y Naïr, S. (1969) “A propos de la question de l’organisation: Lénine et Rosa Luxemburg”. Partisan, n.º 45, diciembre 1968-enero 1969. Con la introducción de Bensaïd (2008): ESSF (artículo 10230). Disponible en: http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article10230.
Camargo, R. (2016) “La hora de la política profana”. viento sur, 23/9/2016. Disponible en: http://www.vientosur.info/spip-php?article11712.
Draper, H. (1999) “The myth of Lenin’s ’Concept of the Party’: or what they did to ‘What is to be done?’”. Historical Materialism, 4.
Johsua, S. (2017) “Bulles cognitives et problèmes démocratiques – Produire de la diversité ne produit pas automatiquement du commun”, ESSF (artículo 39945). Disponible en: http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article39945.
Lenin, V. I. (1902) ¿Qué hacer?
Pastor, J. (2016) “El PSOE encadenado. Fin de una historia”. viento sur, 2/10/2016. Disponible en: http://www.vientosur.info/spip.php?article11863.
Romero, M. (2012) “Francisco Louça (Bloco de Esquerda, Portugal)”. En Romero, M., Conversaciones con la izquierda anticapitalista europea. Madrid: La oveja roja-viento sur, pp. 87-139.
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– (2010b) “Un regard porté sur l’expérience du LPP et de la gauche pakistanaise”. ESSF (artículo 16762). Disponible en: http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article16762.
– (2005) “1965-2005: Deux générations dans l’évolution de la gauche radicale européenne et quelques ‘questions brûlantes’”. ESSF (artículo 1138). Disponible en: http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article1138.
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