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Obras clave · Imperialismo y desorden geopolítico

Después de Bush, ¿qué?

Gilbert Achcar · entrevista de Antoine Boulangé · 16 de septiembre de 2008 · 6.167 palabras

Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR. Reproducido bajo la licencia Creative Commons BY-NC-SA 3.0 España de Viento Sur. La web de Viento Sur no responde (octubre de 2026); el texto procede de la copia del Internet Archive del 07/08/2026. Ver la copia archivada.

El desastre que marca el fin de la administración republicana de George W. Bush relanza la discusión sobre el estatuto de "hiperpotencia" de los Estados Unidos o de su declive. ¿Puedes poner en perspectiva este debate?

Gilbert Achcar: La noción de hiperpotencia, atribuida a Hubert Védrine, antiguo ministro de asuntos exteriores del gobierno francés de Lionel Jospin (1997-2002), describe la imagen de los Estados Unidos tal como apareció tras la primera guerra de Irak de 1990-91. Esta noción, que ha tenido éxito, remite a la emergencia de un "mundo unipolar" con la parálisis creciente de la Unión Soviética, y luego su desaparición -o más bien un "momento unipolar" según la expresión más prudente del editorialista americano neoconservador Charles Krauthammer.

El año 1991 es un año bisagra, un año cargado de símbolos que tenían que ver con reales mutaciones: no solo el hundimiento de la URSS, sino también la primera guerra del Golfo que es una guerra decisiva en la configuración de lo que será la post-guerra fría.

En efecto, los Estados Unidos hacen la demostración concreta de la potencia del ejército que habían construido en la época de Reagan -presidente de 1981 a 1989-, período durante el cual los gastos militares fueron los más elevados de toda la historia de los Estados Unidos, sin contar los tiempos de guerra. La guerra de 1991 participa también de la demostración en dirección a los aliados de los Estados Unidos de que "la desaparición del comunismo" no implica que puedan prescindir de la fuerza militar americana, tanto menos cuanto que los elementos de desestabilización internacional son muy importantes. El papel del "gendarme americano" no ha disminuido; en un cierto sentido, se ha reforzado, pues las intervenciones militares en todas las direcciones son presentadas como producto de un imperativo "democrático", "de paz". Es la época en la que aparecen expresiones como "global cop" (gendarme mundial) -o "globcop" en alusión a una película de éxito. Este último término había sido portada en uno de los principales semanarios americanos.

La invasión de Kuwait por el Irak de Saddam Hussein en agosto de 1990 es utilizada por la administración americana para volver a implantarse militarmente en esa región del mundo que había debido abandonar a comienzos de los años 1960 (evacuación de la base americana de Dhahran en el reino saudita bajo la presión del Egipto de Nasser). Los Estados Unidos se reinstalan con fuerza en esa zona cuya importancia estratégica, a causa del petróleo y de las reorganizaciones geopolíticas en curso, no se les escapa evidentemente. El control de este espacio sirve de argumento estratégico tanto en las relaciones con sus socios que dependen del petróleo medio oriental, Europa occidental o el Japón, como frente al adversario potencial que es China, no menos dependiente a este respecto.

En una tal coyuntura y dada la imbricación de todos estos elementos, los Estados Unidos aparecen entonces como una "hiperpotencia", bastante más fuerte que la "superpotencia" que eran desde el tiempo de la bipolaridad. Esto tanto más en la medida en que acumulan dos fases récord de expansión económica bajo Reagan -récord de duración en época de no guerra- luego bajo Clinton (presidente de 1993 a 2001) -récord absoluto. La apuesta económica iniciada bajo Reagan fue, en un cierto sentido, ganada. Era ciertamente una apuesta arriesgada, hasta tal punto que algunos habían visto en este período la terminación del declive americano. Hay que recordar que el principal best-seller sobre el declive americano había sido publicado en 1987, en pleno período Reagan: el libro de Paul Kennedy The Rise and Fall of the Great Powers : Economic Change and Military Conflict from 1500 to 2000 (El auge y la caída de los imperios).

Ese libro cometió un error monumental de juicio sobre la significación efectiva de los gastos militares. Su interpretación se basaba en la idea siguiente: la profusión de gastos militares era, como tal, un signo del declive del imperio americano e iba a acelerar su hundimiento por la "sobreextensión" (overstretch), es decir superación de los medios disponibles. Sin embargo, se produjo lo contrario. La apuesta reaganiana consistió en una combinación aparentemente incoherente de neoliberalismo, incluyendo reducciones de impuestos que favorecían a los más ricos, y de "keynesianismo militar", una fórmula (discutible) que designa gastos en el sector militar con efecto de arrastre económico. La combinación de la reducción de los ingresos fiscales y del aumento de los gastos militares llevó a un déficit presupuestario astronómico, acompañado de un proceso de concentración de la industria de armamento por medio de operaciones bursátiles. Visto el resultado final, la apuesta reaganiana fue coronada por el éxito.

Otra dimensión de esta apuesta era poner de rodillas a la economía y el poder de la URSS. El propio Reagan, en su autobiografía (An American Life), indica que fue "informado" por la CIA, antes de su investidura, sobre el hecho de que la economía de la URSS estaba en estado de asfixia. Dedujo de ello que, en este contexto, la carrera de armamentos iba a acentuar el estrangulamiento. Esto no fue ciertamente la causa fundamental del hundimiento de la economía soviética, pero es indudable que el hecho de llevar de frente la guerra de Afganistán y una etapa paroxística de la carrera de armamentos aceleraron en gran medida la agonía de la URSS.

Quedando solos en liza, los Estados Unidos aparecieron pues como potencia única en un mondo unipolar, como "hiperpotencia". El término de Védrine refleja también la amargura francesa frente a un socio americano que dispone de un poder de decisión exclusivo sobre todas las cuestiones clave que emergen en este período. Es el caso incluso de las que afectan más directamente a la Unión europea, como el mantenimiento de la OTAN, su mutación de alianza defensiva en organización llamada de seguridad, es decir de intervención militar, y por encima de todo la ampliación de la OTAN al este de Europa, hacia los países miembros del ex Pacto de Varsovia, incluso más tarde de ex-repúblicas soviéticas. El ostracismo hacia la nueva Rusia que se ha dibujado así compromete el futuro de Europa. Es sin embargo Washington el que decide, jugando a voluntad con las divisiones intereuropeas.

Además, como he indicado ya, este poder aumentado está sostenido por la muy larga fase de expansión económica bajo Clinton, por un relanzamiento de la productividad y de las posiciones punta conquistadas o reconquistadas en el terreno de las tecnologías -dominio en el que los gastos militares han jugado un papel determinante. Se asiste entonces al "comeback" de los Estados Unidos, tras la fase de desindustrialización de los años 1970 que había dado lugar a tantos pronósticos de declive. Este conjunto de factores han reforzado pues la imagen de hiperpotencia que culmina, paradójicamente, en el período que sigue inmediatamente al 11 de septiembre de 2001 con la "guerra contra el terrorismo" lanzada por un equipo Bush Jr. que constituye la administración más arrogante de la historia de los Estados Unidos. Su arrogancia traduce la borrachera de este "momento unipolar" en su apogeo con la instalación en el poder de los miembros del "Project for the New American Century" (PNAC- proyecto por el nuevo siglo americano) y el lugar tomado por los neoconservadores en la escena ideológica y política. La administración Bush va a traducir todo esto en la forma misma en que va a reaccionar al 11 de septiembre y en la que va a llevar a cabo las invasiones de Afganistán en 2001, y luego de Irak en 2003.

A posteriori, diversos analistas europeos plantean la cuestión: ¿cómo es posible que una potencia como la de los Estados Unidos haya permitido que una administración como la de Bush hijo se apropiara del poder? Eso merece una explicación.

Gilbert Achcar : Me parece que dos dimensiones mayores están aquí implicadas. Una concierne a las mutaciones sociopolíticas en el interior de los Estados Unidos. La burguesía en tanto que clase no gobierna jamás directa y colectivamente, por supuesto, pero en un país como los Estados Unidos, ni siquiera elige de forma exclusiva el personal político que formará el ejecutivo. Hay un proceso de selección electoral que no está determinado únicamente por el gran capital. Las mutaciones sociopolíticas del electorado americano han sido muy estudiadas. Las evoluciones de la topografía política hacia el sur y el oeste han dado lugar a estudios empíricos detallados. El ascenso de los votos del sur ha sido determinante, entre otras cosas para la elección de G.W.Bush. Se ha visto imponerse un personal político ligado por ejemplo a la burguesía de Texas, que está muy alejada del ideal tipo weberiano del capitalismo "racional", industrial. Los sectores cuya influencia sube están ligados al petróleo, a la especulación, a la renta de la tierra. Esto está reforzado por la contrarrevolución conservadora que inició su auge desde Reagan y que ha acentuado la selección de este tipo de personal, que se apoya igualmente en redes religiosas muy organizadas y "especuladores". El ascenso del poder de estas últimas traduce el impacto social desvertebrador de las contrarreformas neoliberales que abren un campo importante para la derecha cristiana, para el repliegue religioso.

Tales me parecen ser las causas del deslizamiento de terreno político. La elección de Ronald Reagan en 1980 no es aún su traducción, al menos no exclusivamente. En efecto, se beneficia sobre todo de la reacción a lo que es percibido como el declive de los Estados Unidos, haciéndose elegir bajo el tema del comeback contra el demócrata Jimmy Carter (presidente de 1977 a 1981) convertido en la encarnación misma del declive. Sin embargo, Reagan ha creado condiciones que aceleran y amplifican el deslizamiento de terreno político hacia la derecha. Cuando Clinton llega a la presidencia en 1993, hace frente a la elección el año siguiente de un Congreso ultraderechista, con la pérdida por los demócratas de la mayoría de la Cámara de representantes, por primera vez en cuarenta años, así como en el Senado, tras seis años. La derecha republicana conservará la mayoría en las dos cámaras del Congreso hasta las elecciones de noviembre de 2006.

Sin embargo, en el momento en que se instala en el poder en 2001, la administración Bush no es aún percibida por lo que va a demostrar ser posteriormente. La franca ruptura con el legado político del padre (George Bush, presidente de 1989 a 1993) no es evidente de entrada. En el terreno de la política exterior, Bush padre se había inscrito en la corriente tradicional del establishment americano. Sin embargo, aparecerán pronto claramente más diferencias entre Bush padre y Bush hijo de las que hubo entre Bush padre y Clinton en el plano de la política exterior: dicho de otra forma, la administración Bush hijo rompió con una larga tradición bipartidista de la política exterior estadounidense.

La elección de Bush hijo no fue una decisión colectiva de la clase dominante, pero el hecho de que la puesta en pie de un tal equipo fue aceptada -la decisión de la Corte suprema de justicia a propósito de la contestación sobre los resultados electorales en Florida así como la no oposición de Al Gore- expresa un dato importante: sectores claves de la burguesía estadounidense eran favorables a una ofensiva en la región del Golfo, que se sabía era una de las prioridades del nuevo equipo republicano. Deseaban que fuera desbloqueada la situación salida de la primera guerra del Golfo, lo que Clinton no había podido hacer. Ese es el segundo elemento que explica la llegada al poder de Bush-Cheney.

En efecto, el control sobre esta región ha sido ciertamente un elemento clave de la aceptación de la usurpación del poder, de alguna forma, por el equipo Bush-Cheney. Por otra parte, este último parecía dar inicialmente garantías de continuidad y de equilibrio político, con la presencia del general Colin Powel en Asuntos exteriores en tanto que garantía de una cierta ponderación y de respeto de la dimensión bipartidista propia del terreno de la política exterior. En un primer momento, la administración Bush se condujo incluso de forma moderada, como en la actitud que adoptó en 2001 en el momento de la crisis creada por el aterrizaje de un avión espía americano en la isla china de Hainan, tras una colisión con un caza de la aviación china. Más allá de las declaraciones, la administración Bush no protestó verdaderamente cuando Pekín rechazo "restituir el avión sin otras manipulaciones" y lo entregó en piezas sueltas.

Fue el 11 de septiembre de 2002 el que ofreció a esta administración la ocasión de poner en marcha su proyecto central. Cheney y Rumsfeld tenían en común estar verdaderamente obsesionados por la cuestión de Irak. Su primera reacción al 11 de septiembre -hoy el asunto está bien documentado- fue: "Invadamos Irak". Sin embargo sabían pertinentemente que Irak no tenía nada que ver con los atentados del 11 de septiembre.

Si el 11 de septiembre ofrece la posibilidad de poner en marcha la orientación de la nueva administración, ¿las decisiones tomadas no han revelado los límites y contradicciones que comporta, de forma intrínseca, esta orientación?

Gilbert Achcar : Con la administración de G.W.Bush, se puede decir que la tesis de Paul Kennedy de la "sobreextensión" (overstretch) del imperio -banal en definitiva- se encuentra de alguna forma validada. En efecto, esta administración se ha comprometido en aventuras que van bastante más allá de los medios de que disponen los Estados Unidos. Y esto en todos los terrenos.

Comencemos primero por el militar. Una de las consecuencias de la guerra del Vietnam había sido el desarrollo de una nueva doctrina del Pentágono y de una nueva programación militar reposando en los progresos de la tecnología militar y conllevando una disminución de los efectivos, añadiéndose a la supresión de la conscripción y a la profesionalización de los ejércitos -todo ello traduciendo la voluntad de no depender más del encuadramiento de la juventud que se había demostrado un talón de Aquiles en el momento de Vietnam.

Fue así como, bajo Reagan, se desarrolló lo que ha sido calificado de "revolución en los asuntos militares", en imbricación estrecha con la revolución tecnológica más general (telecomunicación, internet, laser, nuevos materiales, informática generalizada, etc.). Con la primera guerra del Golfo, una experimentación de estos nuevos medios a tamaño real, sobre el terreno, se llevó a cabo y, además, se ofreció como espectáculo impresionante al resto del mundo. Sin embargo, en 2001, en el plano tecnológico, el armamento utilizado diez años antes contra Irak está ampliamente superado.

Todo esto confirmó al núcleo civil de la administración Bush -ciertamente más que a los militares que tienen la ventaja de un conocimiento práctico- en la idea de que la tecnología militar era de alguna forma todopoderosa. Ya la civil Madeleine Albright (secretaria de Estado entre 1997 y 2001, bajo el segundo mandato de Bill Clinton) había declarado frente al militar Colin Powell más circunspecto: "¿De qué sirve tener este soberbio ejército del que habla usted todo el tiempo si no se puede utilizar?". Esta tendencia a creer en la potencia absoluta de la tecnología militar se ha ilustrado, en su más alto punto, en la invasión de Irak. Es Donald Rumsfeld, miembro fundador del PNAC, secretario de Defensa de la administración Bush de 2001 a 2006 -quien zanja en el debate sobre la amplitud de las tropas necesarias para el control de Irak. Su decisión es tomada contra la opinión de una parte importante del Pentágono que considera como muy irrealista el proyecto de controlar Irak con una presencia militar sobre el terreno reducida a 150.000 soldados. Muchos militares afirmaban que hacían falta dos o tres veces más soldados para tener una oportunidad de "estabilizar" Irak.

El aventurerismo militar del equipo Bush-Cheney-Rumsfeld comienza en Afganistán en octubre de 2001, y luego proseguirá en Irak. Conducirá a una situación de sobreextensión de los medios militares de los Estados Unidos, no de sus medios técnicos sino de sus "recursos humanos". Desde todo punto de vista, las capacidades del ejército de los Estados Unidos se colocan claramente por encima del nivel de la guerra del Vietnam –salvo sobre un punto que ha sido muy subestimado: los efectivos. Los efectivos actuales de las fuerzas armadas americanas son mucho más reducidos que cuando la guerra de Vietnam: en 1970, el personal total del departamento de Defensa superaba los 3 millones de personas; en 2005, la cifra alcanzaba a penas 1.400.000, lo que comprende el conjunto del personal civil, administrativo y de otro tipo. A partir de ahí, las tensiones ejercidas sobre los "recursos humanos" de las fuerzas armadas son llevadas al extremo. Sin embargo, el Pentágono no llega siquiera a alcanzar sus objetivos moderados de reclutamiento, y esto a pesar de las condiciones cada vez más "tentadoras" en paga y diversas ventajas. Es claramente ahí donde se sitúa el talón de Aquiles de la potencia americana. En un cierto sentido, esto confirma la permanencia del "síndrome de Vietnam", que parecía haber sido superado en 1991. El atasco en Irak ha reavivado el síndrome. Además, en la medida en que los objetivos cuantitativos de reclutamiento no son cumplidos, hay una tendencia a bajar el umbral de exigencia cualitativo, lo que se ha traducido, entre otras cosas, en la multiplicación de los "errores" en Irak. Todo esto está agravado por el hecho de que con la situación en Irak y bajo el efecto de la luz cruda lanzada sobre la propaganda de intoxicación masiva que sirvió para justificar el desencadenamiento de la guerra, es poco contemplable, si no impensable, restablecer la conscripción.

Así, la administración Bush está obligada a redescubrir una banalidad: no se controla una población únicamente con tecnología militar, aunque sea tecnología punta. Hay sobre todo que desplegar soldados de infantería sobre el terreno. En el debate sobre la invasión de Irak, la camarilla ideológica de los neoconservadores, de la que Paul Wolfowitz era su principal representante en la administración, fue utilizada por Bush, Cheney y Rumsfeld para justificar que no era necesario en Irak poner más hombres sobre el terreno que los que disponía el Pentágono. fue esta camarilla la que propagó las famosas ilusiones sobre el hecho de que las tropas de invasión americanas iban a ser acogidas en Irak con flores.

La autosugestión de la administración sobre este tema fue determinante en su forma de pasar por encima de las objeciones de los militares. La cuestión, por supuesto, era saber si los Estados Unidos podrían controlar Irak de forma duradera: es lo que había hecho que Saddam Hussein hubiera sido mantenido, desde 1991, a falta de estar seguros de poder tomar el control del país a su caída. El equipo Bush-Cheney-Rumsfeld ha zanjado la incertidumbre con la fe inaudita en una wishful thinking [razonamiento en el que se toman los deseos por realidades. NdT].

Este monumental error de cálculo condujo al atasco en Irak. Irak se ha convertido en una "catástrofe" por retomar la expresión de Zbigniew Brzezinski. La administración Bush va a salir de la escena dentro de poco con lo que es, en efecto, el balance más catastrófico de la historia de las administraciones americanas. Tiene el mayor fracaso de la política exterior americana en su pasivo. Llegada en el poder en el momento en que la "hiperpotencia" estaba en su apogeo y disponía de un capital considerable, sale tras haber puesto en quiebra a la empresa estadounidense. Y la fórmula no es metafórica.

A través de la lectura de la prensa americana, del New York Times al Wall Street Journal, se observan dos polos. Uno, las dificultades económicas que conoce el capitalismo americano; el otro, la permanencia del esfuerzo en términos de crecimiento permanente del potencial del armamento. ¿Cómo se puede comprender la conjunción de estos dos elementos?

Gilbert Achcar : Ciertamente, los gastos militares de los Estados Unidos son enormes. En dólares constantes, son los más elevados desde la Segunda Guerra Mundial. Superan incluso los de la guerra de Corea (1950-53). Sin embargo, en términos relativos, es decir, en relación al producto interior bruto, los Estados Unidos disponen aún de un margen de maniobra importante. A cerca del 5% del PIB, están aún lejos del pico de cerca del 15% de la guerra de Corea y del 9% de la de Vietnam. Quedan incluso por debajo del 7% alcanzado bajo Reagan en 1985.

Sin embargo, la cuestión más alarmante es la de los déficit gemelos, que ha vuelto a crecer tras el saneamiento presupuestario efectuado bajo la administración Clinton, indispensable tras el endeudamiento masivo reaganiano. Los Estados Unidos están de nuevo sumergidos en los déficit gemelos, el más importante de los cuales no es el del presupuesto -que fue peor bajo Reagan- sino el de la balanza de pagos que bate todos los récords.

Desde este punto de vista, se está frente a una configuración que se parece, mutatis mutandis, a la de la primera grave crisis del declive americano en el momento de la guerra del Vietnam. Vietnam revelaba ya una situación de overstretch, según los parámetros de la época, con el coste de la guerra añadiéndose al conjunto de los gastos exteriores y a una balanza comercial evolucionando hacia el rojo que comenzaban a tirar de la balanza de pagos hacia el déficit. Esto llevaría al final del sistema monetario salido de Bretton Woods y fundado en la paridad fija dólar-oro. Hoy cuando se tiene en cuenta la conjunción de los factores indicados, pienso que nos encontramos en un momento similar de crisis y declive, del que el deslizamiento del dólar es una de las expresiones.

La prioridad número uno de la próxima administración americana va a ser intentar remediar esta situación. Deberá reparar los daños causados; lo que no es totalmente imposible. Los Estados Unidos disponen de enormes recursos y de capacidades de recuperarse, tanto más cuanto que pueden captar importantes recursos externos a partir de sus posiciones de señorío a nivel monetario y de soberanía a nivel político militar a escala mundial. Y es difícil imaginar cómo los Estados Unidos pueden ser desplazados de esta última posición.

En los círculos dirigentes estadounidenses, la comprensión de que su baza mayor reside en la supremacía militar es aguda. En relación a los que no dejan de hacer sonar la alarma de un declive sin fin, hay que manifestar una gran prudencia. En efecto, la superioridad militar de los Estados Unidos en relación al resto del mundo está a un nivel récord y constituye la clave de bóveda del conjunto. Los Estados Unidos gastan en el terreno militar más que todos los demás países del planeta reunidos -algo jamás visto en la historia mundial. Los gastos de armamento no traducen evidentemente un poder militar inmediato, pues toda una serie de otros parámetros cuentan. Sin embargo, aún sin olvidar el talón de Aquiles que he mencionado precedentemente, la hiperpotencia sigue siendo una hiperpotencia en el plano de la force de frappe (fuerza de disuasión nuclear) a distancia.

Y Washington vela para revalorizar su papel de soberano protector de Europa y Japón. La política dibujada por Brzezinski para la administración Clinton -de la que la ampliación de la OTAN al este fue la pieza maestra- intentaba la crispación de Rusa, confrontada a la elección impuesta entre la abdicación de toda pretensión imperial y la sumisión o la vuelta a una postura de oposición al dispositivo occidental. Presentándose como defensor de los países fronterizos de Rusia, Washington ha revalorizado por otra parte el papel de protector de la "democracia" y de las "libertades" que fue su argumento ideológico del tiempo de la Guerra fría.

Además, los Estados Unidos se plantean como muralla frente a la potencia en ascenso de China, que no deja de inquietar al Japón. Así, bajo el ángulo de las alianzas constituidas durante la Guerra fría y ampliadas desde el fin de ésta, Washington se sigue afirmando en una posición real de potencia soberana. Y es esto lo que las administraciones por venir van a intentar explotar de nuevo, intentando revocar el "soft power" hegemónico de los Estados Unidos ampliamente degradado bajo la presidencia de Bush.

¿Cómo explicas las raíces de la alianza entre Londres y Washington?

Gilbert Achcar : Cuando se vio en la pendiente de un declive imperial irreversible tras la Segunda Guerra mundial y particularmente tras la crisis de Suez en 1956, el capitalismo británico tomó como opción apostar por su alianza con los Estados Unidos. Alianza facilitada por una afinidad cultural evidente entre los dos países y que se apoya en una interpenetración capitalista, una ligazón entre Wall Street y la City londinense. Los lazos económicos históricos entre los dos países eran ya muy fuertes, por supuesto.

Sería por otra parte posible examinar la actitud política de los países europeos hacia Washington en relación con el grado de interpenetración económica entre sus capitales respectivos y los capitales estadounidenses. Se puede citar el ejemplo de Holanda o, ciertamente por un largo período al menos, Suiza.

Las élites económicas y políticas del Reino Unido decidieron jugar con el más fuerte. Esta opción era y sigue siendo considerada por esas élites como el mejor medio de garantizarse una parte del pastel que no tendrían la capacidad de reservarse si hubieran seguido la opción francesa.

Es precisamente por lo que, por otra parte, de Gaulle estaba opuesto a la entrada de la Gran Bretaña en el Mercado Común. En efecto, para de Gaulle, Londres representaba el caballo de Troya de Washington. Por su parte, los círculos dirigentes británicos pensaban que la actitud gaullista era donquijotesca. Lo siguen pensando. No creyeron en la alianza franco-alemana que Chirac y Schröder intentaron establecer para liberar un margen de autonomía frente a Washington. Han permanecido fieles al compromiso atlantista, y eso tanto más cuanto que han aparecido como un contrapeso a la política de Chirac-Schröder en el espacio europeo, lo que les ha valorizado a ojos del aliado americano.

Cierto que Blair se ha hecho tratar de "caniche" y el Reino Unido es objeto a menudo de comentarios despectivos en los Estados Unidos -por parte de Brzezinski, por ejemplo. Pero esto tiene poca importancia en relación a las recompensas que los círculos dirigentes británicos cuentan obtener por su lealtad. Su compromiso en la guerra de Irak es una ilustración de ello. Blair, con el apoyo de la City, se alineó con Washington por una razón fácil de comprender.

Saddam Hussein imaginaba poder jugar con lo que les gusta a algunos llamar las "contradicciones interimperialistas" ofreciendo contratos petroleros jugosos a los franceses y a los rusos -digo "rusos" y no "soviéticos", pues se trata de los años 1990. Esperaba que actuaran por ello a favor del levantamiento del embargo impuesto contra Irak durante todo el decenio y hasta la invasión del país.

En frente, los ingleses mantuvieron su estrecha alianza con los Estados Unidos y se creyeron recompensados siendo elegidos como Sancho Panza por la administración Bush en la invasión de Irak. Esperaban así, y siguen esperando, obtener una parte del pastel petrolero iraquí, que es enorme. Piensan que el aliado americano va a garantizarles esto y que los rusos igual que los franceses no obtendrán nada, o migajas.

Ciertamente, Blair ha acabado por pagar su parte del precio del error monumental hecho por la administración Bush en su conquista de Irak. Pero esto no cambia la opción fundamental.

Durante los últimos meses, se tiene la impresión de un giro de la política francesa frente a los Estados Unidos. ¿Qué hay de ello?

Gilbert Achcar : La política que representa Sarkozy puede ser leída como el resultado de una constatación de fracaso de la tímida tentativa de repetición de la postura gaullista por el dúo Jacques Chirac-Dominique de Villepin. Digo bien tímida, pues muchos tienden a olvidar que en 1995, al llegar a la presidencia, Chirac había llevado a cabo una corrección parcial de la salida francesa del mando militar integrado de la OTAN, decidido en 1966 por de Gaulle. Así pues, el propio Chirac comenzó a dar prendas de "buena conducta" de Francia a los Estados Unidos.

Ocurre sin embargo que los intereses franceses son los más sistemáticamente en competencia con los de los Estados Unidos. Esto va desde el Airbus (frente a Boeing) a la banana (producida en Martinica y en Guadalupe frente al control de la producción de bananas por las firmas americanas en América central y otras partes), pasando por la exportación de armamento -se ve en los esfuerzos realizados para colocar el Rafale- o lo nuclear. Sin olvidar el petróleo y el gas que están en el centro de tensiones, más o menos abiertas, que van de Argelia al Tchad pasando por Angola o Libia. Así pues, el abanico de los conflictos de interés es muy amplio.

La política de Charles de Gaulle consistía en aprovechar la situación creada por la Guerra fría instalándose en la zona gris entre las dos "superpotencias". De Gaulle y las fracciones dominantes del capital francés pensaron que podían ganar más en este espacio autónomo que colocándose a remolque de Washington.

La política del general de Gaulle se traducirá en la apertura a la Unión Soviética -"la Europa del Atlántico a los Urales"- o también en el reconocimiento de China. Esta actitud de "no alineamiento" -por utilizar una fórmula que fuerza el rasgo, pero que apareció como tal en el tercer mundo- ha constituido durante mucho tiempo la principal baza francesa. El capital francés ha tejido lazos con países considerados como apestados por Washington, pero ávidos de relaciones con potencias occidentales. A partir de ahí, se encontraba en posición privilegiada en el seno de esos países. El mundo árabe es una de las zonas en las que esta orientación se ha concretado de la forma más clara, obteniendo resultados que no estaban garantizados de antemano como es el caso en el coto guardado colonial francés en África negra.

Es así como se puede comprender la posición de Charles de Gaulle en 1967, en la guerra árabe- israelí. Fue un giro radical de la posición francesa de los años 1950 y 1960. Francia era anteriormente el principal apoyo de Israel: el armamento israelí era en gran medida francés, y el reactor nuclear de Dimona es de origen francés. La alianza militar americana-israelí data de mediados de los años 1960. No existía antes de forma comparable. Sin embargo, a menudo, la gente comete el error de proyectar sobre el pasado las tendencias presentes.

Viendo a Israel uncido a la máquina estadounidense, de Gaulle optó por cambiar radicalmente de dirección y jugar la carta árabe -lo que dio lugar a la "política árabe de Francia". Pero con el fin de la Unión Soviética, la zona gris de la Guerra fría desapareció. Ciertamente, quedan "estados gamberros", pero no tienen mucha fuerza. En la guerra de Irak, la retórica de Villepin pudo recoger algunos aplausos, pero en términos concretos el resultado fue más bien escaso para el capital francés.

Los americanos se apoderaron de Irak y su influencia sobre la región sigue siendo muy fuerte incluso cuando deben hacer frente a numerosos y graves problemas. Así pues, de alguna manera, Sarkozy, por volver sobre él, es la traducción de este estrechamiento del campo que puede cultivar el capitalismo francés jugando la carta antiamericana. Una fracción importante del capital francés desea claramente dejar de jugar al Don Quijote y ver a Francia alinearse con el resto de la Europa actual en una asociación más serena con los Estados Unidos. Esta opción atlantista, por otra parte, ha existido siempre en Francia y se ha enfrentado más de una vez al polo gaullista. Ciertamente, si los Estados Unidos se hunden en el declive, se operará una redefinición de las opciones estratégicas y de los intereses materiales que las sostienen.

Sin entrar en la prospectiva electoral o caer en la "obamanía", ¿la irrupción en la escena política estadounidense de un Barack Obama no puede ser relacionada con el declive que has subrayado y la voluntad de contrarrestarlo?

Gilbert Achcar : El hecho de ver a un negro americano como Obama, que no tiene el pedigrí socioprofesional de un Colin Powell, perfilarse como posible presidente de los Estados Unidos no debería ser minimizado. Ciertamente, sectores importantes del capital le apoyan. Pero su surgimiento no deja de ser por ello un acontecimiento sociopolítico extraordinario en un país que, hace cuarenta años aún, conocía una discriminación racial institucionalizada. Esto muestra, dicho sea de paso, que "la acción afirmativa" tiene efectos reales; los ataques contra las medidas ligadas a esta "acción afirmativa" en el interior de los Estados Unidos lo demuestran.

Dicho esto, ¿por qué Barack Obama tiene posibilidades serias de ganar?. Aquí volvemos a la cuestión de la selección del personal político, tal como la hemos tratado inicialmente. No es evidentemente un cónclave de la burguesía como tal el que ha elegido a Obama. Sin embargo, los círculos económicamente dominantes influyen en las decisiones efectuadas, no solo por medio de sus recursos financieros, de sus redes, sino también de los medios de masas que representan un instrumento completamente determinante en ese tipo de batalla electoral.

¿Por qué pues Obama? . En mi opinión la reparación del daño causado por la administración Bush podría encontrarse facilitado por un cambio tan profundo y radical de figura, de representación de los Estados Unidos. Un "imperialismo con rostro humano y negro" podría dar de nuevo brillo al blasón de los Estados Unidos más que fuertemente empañado por el desastre de la administración Bush. En los sondeos a escala internacional, la imagen de los Estados Unidos no se ha visto jamás ensuciada de tal forma. Ni siquiera en la época de Vietnam.

Los sectores mayoritarios de la clase dominante americana sienten la necesidad de reconstruir la imagen, la reputación del país. Un personaje como Barack Obama podría facilitar esta renovación de imagen y reconfirmar elementos clave de la ideología americana: la democracia, la movilidad social, etc. Desde el punto de vista del soft power esto sería muy importante. Solo el hecho de que Obama, independientemente del resultado electoral final, se afirme como candidato del partido demócrata impresiona ya al mundo entero.

Evidentemente, para que Obama pueda jugar ese papel, que pueda ponerse los hábitos del personaje oficial que deberá ser, ha debido dar pruebas de buena conducta. La composición de su equipo es a propósito de esto de lo más significativa. A propósito de su programa de política interior, varios analistas ha subrayado ya que se encuentra a la derecha del avanzado por Hillary Clinton. En el terreno de la política exterior, el gurú es de nuevo Zbigniew Brzezinski. Se encuentra también Anthony Lake, un cercano a Brzezinski, que era el consejero de seguridad nacional bajo el primer mandato de Bill Clinton, y luego el enviado especial de este último.

Se encuentran pues alrededor de Obama personas que han configurado la orientación de las dos administraciones Clinton en política imperial. Este personal, sacando las lecciones del fracaso de la administración Bush, tiende hoy a "izquierdizar" su discurso. La lectura de los últimos escritos de Brzezinski es reveladora a propósito de esto: ¡es la conversión de San Pablo en el camino de Damasco!. El papel de un Joseph Stiglitz, consejero económico de Obama, es del mismo orden. Se encuentra ahí una toma en consideración del movimiento de vuelta del péndulo ideológico burgués que se impone después de Bush.

Los intereses del imperialismo americano tienen evidentemente como seguro último la supremacía militar, pero el lifting político-ideológico es un complemento útil y necesario. Bajo Bush, la arrogancia y la derechización han ido tan lejos que parece imperativo para la fracción "ilustrada" del establishment estadounidense dar un golpe de timón "a la izquierda", al menos en el discurso. Es aquí donde un Barack Obama puede ser útil. No inquieta a las capas dirigentes, pues no está portado por una ola de radicalización social. La cuestión no debe ser planteada al nivel de las personas como tales. Tomemos Franklin Delano Roosevelt, por ejemplo. Fue el presidente más progresista en la historia moderna de los Estados Unidos. Esto no fue debido a su personalidad, incluso si es preciso un personaje adecuado para cada papel, sino a la radicalización social profunda de la época de la Gran Depresión que tradujo a la vez que la contenía. En el fondo, no son los personajes los que hacen las situaciones, sino las situaciones las que hacen a los personajes.

Sin embargo, no hay ninguna analogía posible entre los Estados Unidos de los años 1930 -desde el punto de vista de las correlaciones de fuerzas sociales, de la lucha de clases, de la fuerza de la clase obrera- y la situación presente. En el seno de las fracciones dominantes del capital, ninguna inquietud seria se expresa. Una figura como Obama podría ser ventajosa para promover los intereses de los Estados Unidos -a menos que el curso ultrarreaccionario de la administración Bush se vea confirmado por la elección de John McCain, con unos Estados Unidos hundiéndose más aún en la vía de un declive que simbolizaría una figura gerontocrática del tipo de la de Brejnev.

9 de junio de 2008 www.alencontre.org

Gilbert Achcar es profesor de ciencias políticas en la London’s School of Oriental and African Studies

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