Inprecor en castellano

Revista de la Liga Comunista Revolucionaria (IV Internacional), nueva serie, 1979–1991

Yugoslavia: ¿Estado de alerta?

· Inprecor n.º 13, marzo de 1980 · pp. 38-39 · 1.578 palabras

Países del Este YOGOESLAVIA

¿Estado de alerta?

Cathérine Verla

N visperas de la muerte de Tito, en enero, el ejército se puso en estado de alerta mínimo. Se intensificaron las medidas de seguridad en las ciudades. Los equipos nocturnos de trabajadores fueron movilizados para vigilar en las empresas, en el marco de un plan general de defensa civil. Todo ciudadano yugoslavo tiene su fusil y su lugar asignados en este plan dirigido contra los enemigos "interiores o exteriores"...

Evidentemente, la intervención soviética de Afganistán ha sido condenada con firmeza. Sin duda ha reforzado cierto clima de pie de guerra. ¿Vendrá el peligro del Kremlin? En forma de una intervención armada directa, esto es muy poco probable, pese a que regularmente las autoridades yugoslavas hayan aludido implicitamente a tal riesgo: los soviéticos se enfrentarían a una resistencia popular armada de gran envergadura. No obstante, renunciado a buscar sus puntos de apoyo en

Pero pensar que lo esencial de los problemas yugoslavos podría proceder de los efectos de una infiltración soviética, sería tener una concepción muy policiaca de la histo-

¿Y las potencias capitalistas? Estas no han renunciado jamás a propiciar una restauración del capitalismo en Yugoslavia, peligro que se manifestó realmente, sobre todo en el periodo 1965-1971, en que se aplicó la reforma descentralizadora. Pero ese peligro provenía más bien de los mecanismos internos de la propia Yugoslavia, que no de las presiones extranjeras.

Si las autoridades yugoslavas fomentan hoy cierta sicosis en torno a los peligros de agresión que acechan al país, se trata más bien de lograr que en el periodo de dificultades internas se cierren filas. El régimen, en un atolladero

Pero no es la muerte de Tito la que creará estas dificultades. Es cierto que la desaparición —con pocos meses de intervalo- de los dos dirigentes de más prestigio de la revolución, Kardely y Tito, favorece un clima de incertidumbre y debilita la capacidad del gobierno para controlar la situación.

Pero no es eso lo fundamental: y es que tras los grandes periodos en que el régimen daba bandazos entre la centralización burocrática más drástica (al estilo soviético) hasta la descentralización extrema de la reforma económica de 1965, la "tercera via" emprendida tras el giro recentralizador de 1971 resulta ser un callejón sin salida. Porque en realidad se trata más de un cambio a medias que de una vía alternativa, que acumula todos los males del régimen entre los que oscila: • De las leyes del mercado (llamado socialista") ha tomado prestado el paro y los mecanismos favorables al desarrollo de fuerzas pequeñoburguesas, tecnocráticas y de "aspirantes a burgueses", que operan muy particularmente en las esferas bancarias, el negocio de importación y exportación, el turismo. Y múltiples declaraciones recientes atestiguan que pese a las medidas de recentralización adoptadas desde 1971, estas fuerzas -sobre todo en la bancasiguen siendo igual de "indisciplinadas". • De los regimenes burocráticos de los grandes vecinos del Este, ha tomado prestado el sistema de partido único, reafirmado y consolidado después de 1971, con todo su lote de expulsiones y de represión de todas las oposiciones, tanto de derechas como de

"la condena de la revista Praxis, animada por marxistas, favorable a la autogestión democráticamente centralizada y del pluripartidismo). De este modo, ha desvirtuado todas las medidas de extensión formal de la autogestión (nuevo sistema de "delegación" que les permite a los trabajadores estar representados en diversas cámaras políticas, incluso a nivel federal).

Por consiguiente, ha sumado los males propios a la autogestión descentralizada, combinada con un poder central burocrático: el desinterés de los trabajadores por semejante sistema, cuyas consecuencias tienen que sufrir (el paro, las desigualdades sociales, la ausencia de una verdadera democracia política). Lo que se traduce en uno de los típicos defectos de los regimenes del Este, la escasa productividad del trabajo, al que se añaden los efectos de la autogestión: los salarios aumentan más rapidamente que la productividad —¡a pesar del paro!—, y existe una inflación de precios considerable. La cuestión nacional, ¿en sordina?

En un país dividido en múltiples nacionalidades, que abarcan territorios —repúblicas y provincias— desigualmente desarrollados, los conflictos sociales han generado tensiones de carácter nacional que se reproducen periódicamente.

En 1971, por ejemplo, el país estuvo al borde de la guerra civil entre las autoridades centrales, dominadas por los serbios, y los croatas. En realidad, el movimiento nacionalista croata estaba animado fundamentalmente por fuerzas pequeñoburguesas y burguesas de Croacia, que querian profundizar la descentralización hasta la ruptura con el sistema, apoyadas por los dirigentes de la República de Croacia, que trataban de acrecentar su poder en la Federación.

Desde entonces, y tras amplias purgas, los dirigentes titistas han desarrollado una política económica destinada al desarrollo acelerado de las regiones más retardatarias, si bien dejando un margen de autonomía a los planes e instituciones republicanas, y confiriendo a los órganos del poder central formas "colegiadas" con representación igual de las diversas repúblicas y provincias y con rotación de la presidencia por breves periodos (uno o dos años).

Esto no quita que Slovenia, la república más desarrollada, haya alcanzdo un nivel de vida similar al de Gran Bretaña, mientras que Kossovo (que incluye a la importante minoría de albaneses) permanece al nivel de Turquía. Estas desigualdades no pueden sino alimentar tensiones nacionales fuertes, para cuya atenuación no bastan las direcciones colegiadas, aunque por el momento se las haya puesto en sordina. Decisiones de crisis

Los últimos meses del año 1979 han visto acumularse las manifestaciones de crisis: fue, en primer lugar, en agosto, la conge-

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lación de la casi totalidad de los precios, prueba de que las formas de "control social" de los precios mediante acuerdos autogestionarios no funcionaban.

A finales de noviembre hubo graves dificultades de aprovisionamiento de leche; mantequilla, café, etc., en Belgrado, que provocaron importantes tormentas políticas: varios funcionarios municipales amenazaron con dimitir, las autoridades eran calificadas de incapaces, y la responsabilidad de esta situación se atribuyó a la política de congelación de los precios, que había provocado el almacenamiento de determinados productos en espera de nuevas alzas. Más generalmente, los campesinos —en su mayoría propietarios privados- parecen descontentos con la política de precios agra-

A finales de noviembre, la gravedad de la situación motivó una reunión extraordinaria de los principales dirigentes del partido y del Estado a nivel federal y de las Repúblicas. La solución común que emanó de esta reunión enumeraba todos los males de la economía yugoslava, sin encontrar otra respuesta que "una acción enérgica de la LCY (Liga de los Comunistas de Yugoslavia)" —en particular en la lucha contra los "poderes tecnocráticos"—, y de los sindicatos, sin mayores precisiones...

A finales de diciembre, por último, el gobierno se vió forzado a promulgar una "Ley de medidas temporales", ley de emergencia que le permite pasar por encima de la Asamblea Federal para imponer durante un año su plan de austeridad, rechazado por la Cámara de los Comunes y de las Repúblicas, sin que se hubiera llegado a acuerdo alguno tras largos meses de conflicto. (Nótese que semejante rechazo sería imposible entre los vecinos del Este). Las grandes opciones

Por tanto, es la misma gravedad de la situación económica la que reaviva, bastante antes de la muerte de Tito, los grandes debates en torno a la orientación a adoptar.

fundamentalmente a los partidarios de una recentralización al estilo soviético frente a los partidarios de la economía de.

Los primeros argumentan con el paro y la inflación galopante; los segundos, con la crisis manifiesta de los países del Este y la represión política que le acompaña. Durante mucho tiempo se había asimilado estalinismo y planificación. Pero la aplicación de la reforma ha demostrado que la descentralización no sólo minaba cualquier posibilidad de control central de la economía, sino también todo poder autogestionario, en beneficio de los tecnócratas de las empresas y de las fuerzas pequeñoburguesas.

El periodo abierto por el giro de 1971 ha venido marcado, sobre todo estos últimos años, por las nuevas medidas constitucionales que hacen extensiva la autogestión al control de las inversiones y a formas de representación política directa en las Asambleas Locales.

El último libro de Kardely fue la biblia del último congreso de la LCY: parecía afirmar una tercera vía, es decir, una forma de centralización apoyada en la autoges-

Países del Este tión. Pero el pluralismo político seguía siendo rechazado, como algo propio a los sisteparlamentarios "superados". El resultado es claro. Y las ideas de Kardely corren el riesgo de fracasar. Sin duda es significativo que el pasado 12 de diciembre, un miembro del CC del

Bilandzic, haya declarado en el periódico Start que frente a los actuales problemas de la economía, la alternativa "consistiría, o bien en medidas aún más administrativas, o bien tendremos que remercado; no existe ninguna tercera posibilidad".

Sin embargo, sí hay una. La que Kardely propiedad social, basada realmente en los trabajadores asociados en la autogestión, no sólo a nivel de empresa, sino también a escala nacional (véase, entre otros, su libro sobre las contradicciones de la propiedad social y la autogestión). Pero sin una disminución sustancial del tiempo de trabajo, y sin una democracia política que permita que se confronten las diferentes opciones y que los trabajadores decidan con una visión no localista y estrecha de los problemas, los medios de producción no pueden convertirse realmente en propiedad social de los trabajadores. El rechazo del pluralismo político hace que Kardely permanezca hasta el final como defensor —muy lúcido, eso sí—de un sistema burocrático, condenado irremediablemente a enfangarse en un callejón