La economía de Estados Unidos se hunde. Las de Alemania y Japón flotan. La guerra caliente acentua el frio económico. La tercera crisis del petroleo llama notas
(1). Ver Inprecor francés, número 313, 13 de julio de 1990.
(2). The Wall Street Journal (TWSJ), 17 y 18 de agosto de 1990.
3). The International Herald Tribune (IHT), e octubre de 199(
4). The New York-Times, Sunday, 2 d eptiembre de 1990
(5). Business Week (BW), 13 y 6 de agosto de 1990.
(7). Publicado en IHT, 17 de julio de 1990.
Economía
Ola de frio en los
Estados Unidos otros una bronquitis.
La tercera crisis, porque la precedieron dos alzas espectaculares del precio de petroleo. En 1973, en Kuwait, la Organización de Países Exportadores
Petróleo (OPEP), creada en Bagdad, decidió dar por concluidos los antiguos
Así, la OPEP hizo precio del barril rebasara los diez dóla-
1975, la recesin ge eralizada de las vación de la sobrecapacidad de pro-
Charles-André Udry ducción (subutilización del aparato productivo) y el hundimiento de las ganancias-. La "crisis del petróleo" la acentuó, pero no la provocó. Crisis en serie La segunda crisis sobrevino en 1979 J se prolongó hasta 1981: el barril alcanzć los 34 dólares. Tres años después, en 1981-1982, tuvo lugar una segunda recesión en los países imperialistas, arrastrado también a los países depen-
dientes (la crisis de la deuda) y a algunos países del Este (Polonia, y Yuguslavia). Vino después de un pe marcado por una fuerte tasa de desempleo y por una depresión persistente en ciertos países del Tercer mundo. elevación de los precios del petróleo la
A partir de 1985, el precio del petróleo bajó -en igual medida que la tasa de cambio del dólar frente a otras monedas (el petróleo se paga en dólares)y apoyo la reactivación(1). En 1990, la tercera crisis llega en el momento en que la economía de Estados Unidos se encuentra, desde hace algunos meses, en fase descendente. acompañan a la economía americana, a diferentes velocidades, las de Canadá, Gran Bretaña, Australia, el Estado Español y, muy probablemente, Italia. La Alemania unificada y Japón se sostienen por el impulso adquirido, aunque ciertamente con incertidumbres.
"petro-guerrera" se produce después de las caídas bursátiles de octubre de 1987 y octubre 1989, y del largo deslizamiento iniciado en tebrero de 1990 por la Bolsa de Tokio (ha descendido un 42% desde comienzos del año). Ocurre también medio de un "Vietnam financiero" los Estados Unidos, simbolizado por la quiebra de las Cajas de Ahorro, los gigantes inmobiliarios, etc. Esta es la explicación de la bronquitis, más que el alza del petróleo - ¿por cuánto tiempo y a que nivel?- por si sola.
El Wall Street Journal describe así el paisaje: "George Bush tiene un problema mayor que Sadam Husein: la economía -relantizada desde bastante antes de la crisis iraquí- que titubea en estos momentos hacia la recesión"(2). Lester
-economista de renombre y protesor del Instituto de Tecnología de Massachusetss (MIT), que reza por que no ocurra la desgracia- describe en estos términos la gravedad para los Estados Unidos de las posibles repercusiones de una recesión: "En función de las deudas y de los problemas bancarios acumulados durante los años ochenta, cualquier recesión en los años noventa producirá un volumen de quiebras nunca visto desde la Gran Depresión. Incluso sin una recesión, el patrimonio de la clase media se derrite en función del hundimiento del precio de las viviendas en gran parte de los Estados Unidos, como reacción a los excesos del endeudamiento de los años ochenta"(3).
Es decir, en los Estados Unidos sin duda la recesión ha llegado. El verdadero debate gira en tormo a su profundidad y duración, como concluyó el New el 2 de septiembre de
1990(4), y a su conexión y repercusiones en el resto de la economía mundial. Después de varios trimestres, la caída de los beneficios de las principales compañías americanas llamaba la atención y explicaba (explica) la pronunciada apatía de la Bolsa de Nueva York, la tristeza de las inversiones productivas y, en consecuencia, la menor productividad (entre el 2% y 3%) con relación a la RFA y Japón. En marzo, el Business Week (BW) empezaba así su análisis de los resultados de 900 empresas clave de los Estados Unidos durante el cuarto trimestre de 1989: "La economía americana no está en recesión, sin embargo nadie lo diría examinando los resultados de las compañías... resultados que han bajado un
Men relación al año anterior" (5). E Indicaba que se volvía a presentar la yuxtaposición del trimestre anterior entre, por un lado, el crecimiento de las ventas (la demanda) y, por otro, la caída de las ganancias. En realidad, en el
"clásico" del ciclo, la tase se sostiene siempre por el consu-
En agosto de 1990, BW hacía poco más o menos la misma observación para el segundo trimestre de 1990, titulado: "¿Estamos en recesión?"(6). Él semanario constataba que los economisseguían respondiendo "no" a esta pregunta. Con sensatez, agregaba: 'Pero llame a cualquier jefe de empresa y, con toda seguridad, le responderá
En julio de 1990, el New York Times traducia esta impresión en una encuesta, donde se revelaba que los Estados de los USA en que habita un tercio de la población estaban en recesión, o a punto de entrar en ella (es decir, según la definición oficial, tres trimestres de crecimiento negatiLos ingresos se reducen El artículo destacaba los elocuentes resultados de una encuesta efectuada en los hogares: nueve de cada diez familias "sentían" que sus ingresos estaban reduciéndose por las primas de los seguros, los impuestos y otros gastos fijos que crecían más rápidamente que salarios. El responsable de la encuesta sacaba la siguiente conclusión: "Esta no es una recesión plagada de parados... es una recesión con personas que tienen empleo, pero cuyos ingresos se reducen cada vez más"(7). Una nueva confirmación de que una parte de los pobres de los Estados Unidos son gente que trabaja. He aquí un fruto del reaga-
A partir de ese momento, la baja de las ganancias, acompanada durante cierto tiempo por un crecimiento de las ventas, se amoldaría lentamente al estancamiento de estas últimas en función de la reducción de los ingresos (de la
(8). BW, 22 de octubre de 1990; Tribune de
'expansion, 16 de octubre de 1990; TWSJ, 15 de octubre de 1990.
(9). BW, 22 de octubre de 1990.
(10). BW, 20 de agosto de 1990.
(11). USA Today, 13-15 de octubre de 1990.
(12). Barron's, 2 de julio de 1990.
(13). TWSJ, 11 de octubre de 1990.
(14). BW, 15 de octubre de 1990.
(15). The Washington Post, reproducido en
The Guardian Weekly, 14 de octubre de 1990.
demanda) y a pesar de que el empleo seguía siendo relativamente elevado. Lo que está pasando es que los resultados de las ganancias de las empresas, durante el segundo trimestre de 1990 y el comienzo del tercero, confirnan la tendencia(8) registrada con acritud por Wall Street. Pero desde junio e 1990 el desempleo comienza a apa ecer en la incipiente recesión; pasand del 5,2% de la población activa nio de 1990, al 5,7% en septiembre de este año (cifras que, según los propios encargados de las estadísticas del departamento del Trabajo, minimizan claamplitud del problema). minadas por el departamento del Trabajo contrataron nuevos asalariados y asalariadas en septiembre. Desde comienzos del año la caída del empleo industrial alcanza los 520.000 puestos de trabajo; de ellos 114.000 desaparecieron en los dos últimos meses registrados (48.000 en agosto y 66.000 en febrero de este año en la Consturcción se perdieron 94.000 de ellos sólo en 20.000. Los empleos en el sector servicios, que durante la reactivación posterior a 1983 generó algo así como el 80% de los puestos de trabajo, descienden más que en de seis de las ocho recesiones de la post-guerra(9). Este incremento inicial del paro y, sobre todo, el descenso de las horas extras (tan importante en Estados Unidos para "completar" el ingreso), junto al alza de los precios, conducen a una reducción del poder adquisitivo (de la demanda). Las cifras de la distribución (comercio) durante septiembre de 1990 confirman la apatía de los compradores, a pesar de las rebajas y los créditos que se anuncian deslumbrantes para Navidad. Porque lo cierto es que la relación del endeudamiento total de los consumidores respecto a su ingreso disponible (lo que resta del pago de impuestos) es un 20% mayor que a comienzos de la recesión de 1981-1982. Las "quiebras personales" (la incapacidad de hacer frente al endeudamiento personal), que en 1987 llegaron a 500.000, superaron ampliamente el millón en 1990(10).
Lógicamente, el empleo también se reduce en el sector comercial(11). La caída del valor de la vivienda -que forma parte del patrimonio de una amplia capa de trabajadores y trabajadoras: el 47% de las familias pueden comprarse una casa a precio medio- no estimula los gastos de consumo. En efecto, parece poco probable poder vender la casa a un buen precio o hipotecarla.
Esta situación invalida el argumento de moda, para los cuales el crecimiento de los servicios -en relación a la industria- actúa como una válvula de seguridad contra las recesiones. Como la memoria es poco fiable -máxime cuando descansa en la incomprensión- se olvidan que ese mismo argumento fue utilizado en 1979... justo antes de la rece-
sión de 1981-1982. En primer lugar, la fragilidad de los empleos en el sector de servicios -de la que habría que discutir, por lo demás, su sentido exacto- es evidente desde el inicio de la relantización. Además, las quiebras afectan más violentamente a las empresas de sevicios. Por último, como ya señalaba en julio de 1990 Joseph Carson, uno de los mejores analistas de la coyuntura económica americana, antiguo economista del departamento de Comercio y de la General Motors: "Creo que se debería recordar que en el sector servicios no se pierden necesariamente tantos empleos como en el sector industrial, pero se oras, la masa salarial se reduce durante la relantización económica (acompañada de una inflación de más de seis puntos). Más aún, una parte importante del ingreso de los trabajadores de servicios depende de primas y comisiones diversas; que suponen una fracción considerable del ingreso de los asalariados o de trabajadores independientes de seguros, inmobiliarias, banca... y que se esfuman en cuanto "el negocio anda mal". Este conjunto de factores deprime la demanda (el poder de compra).
La realidad actual también pone en su lugar otro "argumento" utilizado por la "ciencia económica" para explicar la reducción de los ciclos. La estrategia industrial llevó a una reducción de los stocks, cuyo mantenimiento es costoso. De esta manera, en caso de caída de la demanda, las industrias no tendrán que soportar el peso de sus stcks y se evitará un corte drástico de la producción y el despido masivo de trabajadores hasta que aquellos desaparezcan. Esta cripción no es falsa, excepción hecha de los despidos... y con la salvedad de que no son los stocks quienes desencadenan la recesión. Esta vez también fue provocada por una serie de factores que conducen a un retroceso de la demanda de bienes duraderos y de producción (inversiones), y a un "exceso" de construcciones (villas, hoteles, oficinas, almacenes: el sector inmobiliario especulativo); lo que produce la caída en picado de los precios inmobiliarios y un retroceso en la industria de la construcción, máxime cuando ese tipo de cons-
Use sustituye con la deviviendas (dicha demanda en estado anémico desde hace Del aterrizaje suave a la recesión profunda Sólo hace cinco meses resultaba de buen gusto denunciar a las Casandras que predecían la recesión. Hoy: "muchos (economistas) afirman que será profunda" (13). Después del suave aterrizaje de la economía (el estribillo repetido durante dos años), tendríamos derecho a una "recesión suave". Pero, Karen Pennar señala con razón: "Sin embargo, combiene recordar a quienes tienen poca memoria o no nada, que la recesión enana es un animal muy raro.. Las últimas ocho recesiones de la post-guerra duraron un promedio de 11 meses y supusieron un descenso del PNB (en términos reales) del 2,5%"(14).
Hay que recordar también que las dos últimas recesiones en Estados Unidos duraron 16 meses, e hicieron que el paro llegara al 9%, en 1974-1975, y a más de 11%, en 1982. De nuevo esta vez el enano ha hundido sus cortas piernas en un charco de petróleo y, sobre todo, contempla el cataclismo de una montaña de deudas: lo que le obliga a calzarse las botas de siete leguas. Frente a esta perspectiva, la receta tra dicional del gobierno consistía en reducir los impuestos y tasas diversas y en inyectar dinero en el circuito para reactivar la locomotora. Sin embargo, el déficit presupuestario es de tal magnitud que lo que se discute ahora es su reducción -poco importante en relación a su volumen, pero que afecta a los sectores de la población ya desfavorecidos- y un aumento de los impuestos. No se han decidido todavía ni el alcance de este aumento, ni los impuestos directos e indirectos en los que se basará. Por otra parte, en más de un Estado ya se ha puesto en marcha el aumento de impuestos: lo que no estimula la demanda.
Este déficit presupuestario reaganiano tiene dimensiones gigantescas -estimulado por la suma del crecimiento de los gastos de armamento, la disminución de los gastos sociales y la reducción de impuestos a empresas-, que a su vez repercuten sobre la economía nacional e internacional. El pago de intereses de la deuda federal hace de ésta un componente decisivo del presupuesto. Para fiscal 1990-1991, equivale al conjunto de los llamados gastos de Seguridad Social. Más aún, iguala la mitad de la entradas del impuesto sobre la renta de las personas físicas. El servicio de esta deuda crece rápidamente: deberá canzar los 259.800 millones de dólares, más que el déficit presupuestario previsto para 1990(15).
No es muy convinciente el argumento de que la actual deuda pública no es mayor que la de finales de los años cuarenta. Por una parte, el lugar de la economía americana en la economía mundial era diferente. Por otra, el costo del servicio de la deuda medido en relación al PNB era menor (intereses más bajos, crecimiento, etc.). La recesión va a disminuir los ingresos (y por tanto las entradas) y a aumentar relativamente, a pesar de las resistencias, ciertos gastos sociales (seguro de paro), lo que puede neutralizarse con impuestos o tasas. Pero, sobre todo, el déficit seguirá siendo un problema... después de la recesión; máxime si el gobierno debe garantizar a través de distintos fondos federales, como en el caso de la Cajas
(16). Sophie Gherardi en Le Monde, 16 de octubre de 1990. (17). FT, 11-12 de agosto de 1990. (18). Barron's, 15 de octubre de 1990 y US News and World Report, 15 de octubre de 1990. (19). Ver, al respecto, la encuesta hecha por Barron's, 1 de octubre de 1990, y el IHT, 12 de octubre de 1990. (20). US News and World Report, 1 de octubre de 1990. (21). Capitalista estadunidense que invirtió buena parte de su fortuna en la compra de casinos de juego de Las Vegas, operación que resultó un rotundo fracaso. (22). TWSJ, 11 de octubre de 1990; Journal de Genève, 9 de octubre de 1990; AGEFI, 12 de octubre de 1990; US News and World Report, 17 de septiembre de 1990.
de Ahorro, prestamos mas que cancelados (seguros, hipotecas, prestamos
Además, lo más "preocupante" es la suma acumulada de endeudamiento público y privado (personal y de empresas): dos veces y media mayor que el PNB (la producción nacional de bienes y servicios), que es el múltiplo mayor desde mediados de los años treinta. El enano de la recesión, sometido a esta dieta / con una cura de quiebras, podria cre cer varias decenas de centimetros Algunos economistas argumentan que la reactivación se hará gracias a los gastos militares(16). Hipótesis que parece poco probable. Ciertamente, como destaca el Financial Times(17), las empresas de armamento "podrian tener razones para agradecerle a Sadam el momento elegido para su ataque". dente que el gobierno, a la vez que reduce los enormes gastos de mantenimiento del ejército americano, sostiene, y reactiva incluso sectorialmente, los pedidos de armas. Pero sus efectos so ore la coyuntura son bastante reducidos "creditos" in cuando una parte de los salvo en la hipótesis de una guerra prolongada, concedidos a esta industria procedan del reciclaje de los petrodólares de Arabia Saudita y lOS Estabilizarán como mucho el nivel ac-
Si emulan a Catacon en pane
este gasto se asignará a industrias mas "tecnologizadas"
mano de obra, como Raytheon, Martin
Marrietta (que quizás llegue a instalar el sistema ADATS, cedido por Oerlikondemasiado rápidamente), E-
Systems(18).
La teoría del dominó
Volviendo al endeudamiento privado -el de las empresas- hay que destacar también que no disminuyó durante el largo periodo de expansión. Esta canza ya el 46% de su capital; el um.
pral era del 36% hace diez años. Todo ello hace estremecer a Lester Thurow, lo que explica por qué se pone de rodillas para implorar que la recesión sea lo
En efecto, la característica particular americana que toma cuerpo, reside en la interconexión entre el retroceso de la producción, de la demanda y de las ganancias, y la fragilidad financiera de las firmas industriales, los grandes promotores inmobiliarios y algunos bancos y aseguradoras.
Todos ellos se relacionan en sus negocios: el efecto dominó no puede excluir-
Así, después de las quiebras más o menos fraudulentas de las Cajas de
Ahorro -en las que está metido hasta el cuello el hijo de Bush, y que indirectamente pagan los asalariados por medio de los impuestos (los mismos trabajadores y trabajadoras que ya resultaron afectados por la imposibilidad de las Cajas de hacer frente a sus obligaciones)-, se anuncian otras bancarrotas. La industria inmobiliaria no está fuerte, y más de una aseguradora que haya invertido en la construcción puede tener serias dificultades con la caída de los precios de la propiedad inmobiliaria, que afecta también así a la gente que suscribió seguros de vida(19).
Además, las aseguradoras se arries-
"obligaciones basura" (junk bond), de alto rendimiento, emitidas con motivo de la reventa y desmembración de empresas buscando el "efecto palanca" (dicho de otra forma: endeudamientos sucesivos). Ahora bien, cuando la recesión asoma la nariz la putrefacción de estas obligaciones se acelera; y empiezan a multiplicarse las quiebras de empresas endeudadas, que no pagarán ya los elevados intereses de sus obliga-
Tampoco la Banca está a salvo. Lejos de ello, hace unas semanas, el respetable Chase Manhattan anunció que había quitado de sus cuentas 350 millones de dólares, tragados por el hundimiento de la industria inmobiliaria.
Como "medida de seguridad" (sic), colocó en reserva 650 millones de dólares de préstamos inmobiliarios "fallidos".
Los analistas consideran que el City
Bank "posee" en sus libros de cuentas compromisos inmobiliarios por 2.300 millones de dólares que no valen gran cosa; el Chase, por 1.800 millones (es decir, un promedio entre ambos del
17% sobre el total de su cartera inmobiliaria). Este porcentaje es del 16% para la Manufacaturer Hanover's(20).
El boom de la industria inmobiliaria, basado en el crédito, marcó la reactivación de los últimos años: el efecto con-
trario será proporcional. Sumada a la insolvencia de empresas y particulares, la crisis de este sector será para los bancos y aseguradoras americanas en la futura crisis como la bomba de la "deuda del Tercer mundo" -que no ha desaparecido-. Es cierto que el déficit presupuestario se mantiene después de la recesión. Incluso hay muchas posibilidades de que las oficinas vacías y los casinos desiertos, de los que habla Donald Trump(21), lo sigan estando; más aún si los japoneses, grandes compradores en los últimos diez años, se retiran sigilosamente. Las oficinas vacías: he aquí una imagen de los años treinta que augura la dureza de la recesión. ¿Seguirá girando la mágica máquina japonesa? La fase de reactivación de 1983-1989 en los Estados Unidos fue ampliamente financiada por la aportación de capitales europeos y japoneses. Hoy se plantea una cuestión decisiva: ¿va a continuar este fulio de capitales?
Aquí está un factor tan importante, si no más, que los efectos directos de la crisis del petróleo. El reciclaje de petroimpuesto por la presencia americana en el Golfo, asegura cierto flujo. Pero en lo que hace a los proveedores nipones, el río podría convertirse en afluente o incluso en arroyo. El alza de las tasas de interés en Japón y las pérdidas sufridas por la Bolsa de Tokio empujan a los japoneses a colocar sus excedentes en el mercado interno, a exportar menos capitales y, también, a dirigir sus inversiones hacia Europa con miras a 1992.
Muchos inversionistas japoneses, que tomaron préstamos en el mercado japonés a tasas de interés flotantes, tienden a repatriar sus capitales. Esto es así porque su rendimiento en Estados Unidos es demasiado bajo en relación a lo que deben pagar en Japón, donde las tasas aumentan. Finalmente, se van a reducirse las inversiones japonesas у europeas, fuente de numerosos empleos industriales en Estados Unidos. La máquina mágica del dinero nipon se agarrota. Así, desde el inicio de 1990, los inversionistas del Sol naciente sólo han comprado 10.000 millones de obligaciones del Tesoro americano, la cantidad más bajo desde 1984. De igual forma, durante los seis primeros meses de este año, han repatriado algo así como 8.900 millones de dólares(22). Si el dólar cae en relaciópn al yen, se corre el riesgo de que la retirada de capitales nipones sea violenta; a pesar de la "solidaridad" que pedirá Washington... ipara combatir a Sadam Husein! Sin la máquina de prestar japonesa y con una RFA muy preocupada por sus compromisos con los cinco länder recientemente asimilados y, en general, por sus proyectos en Europa del Este, la economía americana deberá some-
La una brutal cura de adelgazamiento y a nuevos métodos de fortale-
Sin duda los círculos dirigentes van a exigir el apoyo internacional -en Juega un papel la lucha contra el "Hitde Oriente Medio-, e intentarán acelerar la integración Canada-Estados Unidos-México. Pero ésta es música para el futuro. Mientras tanto, la canción que oyen nítidamente es otra: en caso de retirada japonesa el FED (banco central) deberá elevar las tasas de interés para atraer capitales, (sobre todo si el dólar se debilita). Los efectos de este tipo de operación son conocidos: acentúan la recesión (elevan el costo de los préstamos para el consumo y la inversión y, también, la carga de la deuda) y se corre el riesgo de crack bursatil, dado el diferencial de rendimiento entre las acciones (en caída libre) y las obligaciones mas interesantes. Los pesimistas no se confunden del todo.
Evidentemente, quedan las exportaciones a países que todavía no están en recesión. Pero, admitiendo que un dólar a la baja saca ventaja para la exportación, ¿son competitivas las industrias americanas? No está nada claro y, sobre todo, las exportaciones no pueden compensar la debilidad de los sectores internos con dificultades.
La recesión será seria. ¿Cómo armocon el resto de la economía